lunes, 21 de febrero de 2011

Tristeza, rostro bello...






La escritora Françoise Sagan (1935-2004)




Las horas de hospital de un domingo dan para mucho, aunque se destinen a acompañar a un enfermo. A mi me han dado hoy para releer Buenos días, tristeza (Cátedra, Madrid, 1996), la extraordinaria novela de Françoise Sagan. Escrita en 1954, cuando solo tenía 18 años, la catapultó a la fama literaria de la noche a la mañana, y solo tres años después la llevaría al cine el gran director Otto Preminger.

La leí por vez primera, en francés, con dos años menos de los que tenía su autora cuando la escribió. Me la había regalado una amiga francesa con la que me carteaba desde hacía un tiempo, y su impacto en mí fue electrizante. Normal, hasta cierto punto, pues catalogada por muchos críticos como una novela de iniciación, con apenas 16 años la verdad es que casi todo resulta iniciación... Me aprendí de memoria, en francés, el poema de Paul Eluard que sirve de introducción a la novela, y casi todo el capítulo primero. Y me crean o no, sigue siendo, aún hoy, el único poema que soy capaz de recordar y recitar completo, en francés o en español. 

Dicen que un buen comienzo es el cincuenta por ciento del éxito de una novela. Y el de Buenos días, tristeza no puede resultar más sugerente: "Dudo en dar el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza, a este desconocido sentimiento cuyo tedio y dulzura me obsesionan. Es un sentimiento tan completo, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido algo honroso. Conocía el aburrimiento, la añoranza en menor medida el remordimiento, pero de la tristeza no había tenido experiencia alguna. Hoy algo se repliega sobre mí, como un tejido de seda, suave e irritante, y me separa de los demás."

Más tarde leí, ya en español, la mayor parte de sus otras novelas, y escribió unas cuantas, pero ninguna de ellas me gustó tanto ni alcanzó el clamoroso y espectacular éxito de Buenos días, tristeza. Françoise Sagan se convirtió para mí en un icono de juventud que persistió durante mucho tiempo y que en cierta manera no me ha abandonado nunca. Su azarosa vida personal jamás la apartó de lo que era, indiscutiblemente, la razón de su existencia: escribir.

Dejó dicho de sí misma: "Escribir es la única verificación que tengo de mí misma. A mi entender, es el único signo activo de que existo, y lo único que no me es muy difícil hacer. (...) Si no escribiera la vida sería diferente, no tendría ganas de encontrar las palabras que corresponden a lo que siento, ni tan siquiera tendría ganas de comprender o conocer, la vida estaría muerta".

Todos esos recuerdos me han venido esta tarde al releer Buenos días, tristeza, junto a una cama de hospital. Y es que la tristeza puede presentársenos en muchas ocasiones bajo la apariencia de un bello rostro, como dice el último verso del poema de Eluard. Un sentimiento que no debemos confundir con la "desgracia", que es un hecho o acontecimiento, como dijo la propia Sagan, que "no nos enseña nada, nos deja cojos, nos pone contra la pared". Por esos caminos transitamos ahora...

Sean felices, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




Adieu tristesse
Bonjour tristesse
Tu es inscrite dans les lignes du plafond
Tu es inscrite dans les yeux que j'aime
Tu n'es pas tout à fait la misère
Car les lèvres les plus pauvres te dénoncent
Par un sourire
Bonjour tristesse
Amour des corps aimables
Puissance de l'amour
Dont l'amabilité surgit
Comme un monstre sans corps
Tête désappointée
Tristesse beau visage.

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Adiós tristeza.
Buenos días tristeza.
Estás inscrita en las líneas del techo.
Estás inscrita en los ojos que amo.
Tú no eres exactamente la miseria,
pues los más pobres labios te denuncian
por una sonrisa.
Buenos días tristeza.
Amor de los cuerpos amables,
potencia del amor,
cuya amabilidad surge
como un monstruo incorpóreo.
Cabeza sin punta,
tristeza bello rostro.

Paul Eluard (1895-1952)









Imagen de portada de "Bonjour tristesse"





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Entrada núm. 1351 -
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