jueves, 14 de septiembre de 2023

De la historia de la Movida madrileña

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la historiadora María Escribano, va de la historia de la Movida madrileña. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Si no puedo bailar, no es mi revolución
MARÍA ESCRIBANO GONZÁLEZ - Revista de Libros
25 JUL 2023 - harendt.blogspot.com

Atribuida, parece que erróneamente, a la anarquista Emma Goldman, la frase se hizo famosa en el mayo francés entre los situacionistas, y años después los veinteañeros madrileños de los ochenta, de forma espontánea, sin saber muy bien todavía lo que era la biopolítica, estuvieron a punto de ponerla en práctica. Todo esto lo cuenta Veo veo, de Gabriela Bustelo, la única novela escrita sobre aquellos años en aquellos años y que ahora reedita oportunamente Larrad. Gabriela Bustelo es autora de La historia de siempre jamás (2007) y de Planeta hembra (2001), una distopía sobre un tema más candente hoy incluso que cuando se escribió, tratado con un sentido del humor vitriólico que es una de sus señas de identidad. Releer Veo veo ahora es comprobar una vez más la prodigiosa capacidad de la literatura para hacernos viajar a un tiempo y a un lugar.
De aquello han pasado ya muchos años, los mismos que de la constitución del Estatuto de la Comunidad de Madrid, y por ello una exposición, «Crónica creativa de los ochenta», en la sala Mateo Inurria de la Fundación Canal, en Madrid, rememora la vitalidad del mismo Madrid que sirve de fondo a Veo veo y que era como «un gran caldero que hervía a borbotones», según palabras del fotógrafo Alberto García-AlixAlberto García-Alix, Moriremos matando, Madrid, La Fábrica, 2023. La muestra incluye, es verdad, una amplia representación de artistas plásticos, pintores, diseñadores gráficos y fotógrafos, así como abundante documentación sobre grupos musicales. Pero como se ha eludido la palabra movida, entre las fotos de pintores están también Eduardo Arroyo o Antonio López, y en la vitrina de literatura los organizadores incluyen títulos que, si bien se publicaron en aquellos años, poco tienen que ver con lo que enseguida descubrimos que se impone como hilo conductor de la exposición; es decir, la movida misma.
Y es que son las palabras las que acaban inventándose las historias, así que, se quiera o no, reivindicado por algunos o negado por otros, el término movida ha conseguido fijarse a un contenido y a una época seguramente ya para siempre. Según Alberto García-Alix, la palabra comienza a usarse a finales de los setenta, asociada a los enredos en busca de las drogas, pero yo la primera vez que la escuché fue justamente en el verano de 1980, y de labios de una pintora, Patricia Gadea. Patricia empezaba a hacer, junto a Juan Ugalde y Manolo Dimas, una obra chirriante, de una ironía despiadada, y con una intencionalidad política cada vez más explícita, pero estos artistas activistas fueron una excepción.
Pertenezco a la generación que estuvo en la veintena en los setenta y no formé nunca parte de la movida, pero sí viví cerca de muchos de sus protagonistas y conocí a la mayoría de ellos. Observé, pues, todo aquello a una cierta distancia que me ha permitido reconocer, junto a sus evidentes diferencias, bastantes rasgos que despuntaban ya vigorosamente entre algunos círculos intelectuales (terrible adjetivo) de la generación anterior. Hubo además muchos personajes que actuaron en las dos décadas, la de 1970 y la de 1980, bien como protagonistas, caso del director Pedro Almodóvar, la gestora cultural Blanca Sánchez, la periodista Paloma Chamorro o el pintor Guillermo Pérez Villalta, bien como referentes, caso del pintor Luis Gordillo.
Carlos Granés argumenta en su ensayo El puño invisibleCarlos Granés, El puño invisible, Madrid, Taurus, 2011. cómo desde principios del siglo xx surgen en Europa grupos de vanguardia muy radicales que cuestionan la moral, las costumbres, los valores y el modo de vivir de Occidente. Un cuestionamiento que se traduce en manifestaciones estéticas que aparecen y desaparecen, pero que finalmente tendrán una incidencia en la transformación de la sociedad mucho mayor que las revoluciones abiertamente políticas. Este es el puño invisible que permaneció latente en Occidente desde entonces, que puede retroceder en ocasiones, como ocurrió durante los fascismos, pero que ahí seguirá agazapado, dispuesto a emerger en el momento oportuno. En España se había mantenido en la sombra durante años, pero ya en los sesenta y setenta comenzó a mostrarse apenas las circunstancias permitieron abrir algunos resquicios.
Los ochenteros, como el pintor Sigfrido Martín Begué, por ejemplo, reprochaban el coñazo de la efervescencia política de los setenta, «esos tipos de la barba y la trenca que estaban siempre con el rollo de si tú eres de esto o de lo otro»José Luis Gallero, entrevista a Sigfrido Martín Begué, en Solo se vive una vez, Madrid, Ardora, 1990.. Martín Begué celebraba el final de las clasificaciones del personal por razones políticas y contraponía aquella mentalidad a la divertida frivolidad de los ochenta. Pero él, que aparecía casi todas las semanas por mi casa a ver películas de Ray Harryhausen, sabía que no todo había sido tan sombrío, porque en Barcelona ya había existido la gauche divine y en el Madrid de los setenta surgieron personajes que cruzaron con su vida todos los límites, como Leopoldo Panero, Eduardo Haro Ibars, Aníbal Núñez o Pablo Fernández Flórez, y también algunos círculos como el de los nietzscheanos próximos al situacionismo, en los que ya se hablaba de la importancia de la transformación de la vida cotidiana, si no con mucha práctica, sí al menos con mucha teoría y mucha convicción.
Así que, pese a que escucharan más a David Bowie o a los Ramones que a Georges Brassens o a Édith Piaf, se vistieran indiscriminadamente con ropa retro o moderna, mezclaran el alcohol y las drogas, la alta y la baja cultura, hicieran trizas las jerarquías sociales y acudieran a veces a reservorios culturales de la España popular, muy especialmente La Mancha y Andalucía, la famosa explosión de creatividad de los ochenta transitó por caminos ya iniciados por sus hermanos mayores, aunque ellos, es verdad, aportaran una celebración de la vida y un espíritu adolescente que si bien aceptó sin grandes críticas la entrada en tromba en el país de la sociedad de consumo, ensayó formas de vivir que constituyeron todo un desafío al sistema establecido. Viene a la mente aquella frase de Reinaldo Arenas en su autobiografía Antes que anochezca: «La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar». Después el sistema, a pesar de encontrarlos bailando, y gritando, ya se las arreglaría para eliminar lo que le molestaba y quedarse con lo que le convenía, pero eso es ya otra historia.
Como por arte de magia, Madrid se llenó de grupos musicales, pintores, diseñadores y fotógrafos, algunos realmente brillantes, y nunca mejor utilizado el adjetivo, porque fue un momento en el que predominó la percepción puramente sensorial de la vida. Vania, la protagonista de Veo veo, dice tras una velada en Pachá hablando de literatura: «No podía más. Poco a poco había ido descubriendo una forma completamente distinta de relacionarme con lo real. La imagen. Otro mundo en el que la rapidez y el instante concreto eran lo que contaba». Creo que estas palabras resumen con gran exactitud el espíritu de la época, deseoso de superar las impostaciones intelectuales que habían caracterizado a buena parte de aquella confusa masa de opositores a la dictadura llamados progres. Fiel a esas palabras, la novela de Gabriela Bustelo nos hace vivir casi físicamente las enloquecidas noches de un agosto madrileño de finales de los ochenta, visitando con la protagonista todos los míticos locales de la época, ligando, bebiendo y consumiendo toda clase de drogas mientras unos misteriosos personajes la vigilan y persiguen. Joven, bella, refinada y poseedora de un excelente hígado, a juzgar por todo lo que se mete, Vania pertenece a la sección más cult de la movida, una especie de dandy femenina, si no fuera porque trabaja, madruga y cumple horarios incluso con enormes resacas. No encontraremos melancolía ni tristeza, ni lecciones morales en Veo veo, sino más bien una concentración de toda la alegría de vivir, el abandono de prejuicios y la mirada optimista sobre el mundo de aquella década adolescente, muchos de cuyos usos amorosos y vitales se quedaron en nuestras vidas ya para siempre.




































[ARCHIVO DEL BLOG] Nazis y "hipsters". [Publicada el 15/09/2017]










Durante las últimas semanas algunas extrañas polémicas han dominado los medios estadounidenses y alemanes. En Estados Unidos se sigue debatiendo la ambigua respuesta del presidente Donald Trump a los actos violentos cometidos por supremacistas blancos y neonazis en Charlottesville (Virginia). Y los alemanes discuten un ensayo publicado por el viceministro de finanzas, Jens Spahn, en el que denuncia que los hipsters berlineses que hablan en inglés están debilitando la identidad nacional alemana. La cuestión es: ¿podría surgir un Trump en Alemania? Quien se hace esa pregunta es el profesor y politólogo británico Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.
Estos debates arrojan luz sobre cómo la historia y la identidad nacional influyen en la política de cada país. En Charlottesville, un hombre embistió con su auto a un grupo de personas y mató a una mujer de 32 años llamada Heather Heyer. El conductor del auto era uno de los numerosos supremacistas blancos que acudieron a esa ciudad para manifestarse contra la decisión de quitar una estatua del general confederado Robert E. Lee, y que, al encontrarse con contramanifestantes, respondieron en algunos casos con violencia.
,Es evidente que en Estados Unidos la política de la identidad cultural eclipsó a la política de clase socioeconómica. Con su defensa de los monumentos cuestionados y su afirmación de que “los dos lados” tenían responsabilidad por la tragedia de Charlottesville, Trump hace saber a su base de apoyo predominantemente blanca que luchará por sus derechos en cuanto “mayoría amenazada”. Al fin y al cabo, su promesa de campaña de “hacer a Estados Unidos grande otra vez” nunca fue sino eufemismo de oponerse a un Estados Unidos cada vez más multiétnico.
No es extraño que la memoria de Lee se convirtiera en la mecha de un polvorín simbólico, dada la historia de las relaciones raciales en Estados Unidos. Pero muchos supremacistas blancos en Charlottesville coreaban “¡los judíos no nos reemplazarán!”, lo que muestra que una clase de intolerancia puede transformarse rápidamente en otra.
Aunque el Holocausto se esté convirtiendo de memoria en historia, ningún dirigente político alemán permitiría semejante antisemitismo entre sus partidarios. Pero la preocupación por la identidad nacional sigue muy viva en Alemania, especialmente tras la llegada de más de un millón de refugiados desde 2015. Eso explica por qué Spahn, una estrella en ascenso de la gobernante Unión Demócrata Cristiana (CDU), pudo escribir un artículo para el influyente semanario alemán Die Zeit, en el que ataca a los “hipsters elitistas” por hablar inglés y se queja por la proliferación de menús en ese idioma en restoranes y cafés.
Spahn señala que los alemanes más viejos, como sus padres, pronto se sentirán como “extranjeros en su propia tierra”, y sostiene que la difusión del inglés entre la cosmopolita “generación low cost” llevará a una “sociedad paralela” en la que las “diferencias culturales” habrán sido negadas, y la cultura nacional alemana destruida. ¿Cómo pueden los alemanes, se pregunta, pedir que los refugiados e inmigrantes se integren a la sociedad alemana, si ni ellos mismos hablan su propio idioma?
Las élites berlinesas respondieron al ensayo de Spahn con burlas, lo que ya es muestra de la cultura política cada vez más cosmopolita de la capital alemana desde la reunificación. Hoy las élites alemanas comparten una mirada muy alejada del provincianismo ensimismado de la República de Bonn de la posguerra.
Ahora bien, puede parecer extraño que un ataque al cosmopolitismo tenga por vocero precisamente a Spahn, miembro treintañero y gay de la clase política berlinesa. Pero Spahn es un ambicioso estratega político atento a su futuro electoral, y no es ajeno a la controversia. Autoproclamado “burkófobo”, ha sido un crítico muy visible de la política de la canciller alemana Angela Merkel para los refugiados, y propuso reglamentar por ley lo que puede predicarse en las mezquitas, y que se cree un registro de clérigos musulmanes.
Spahn está decidido a evitar que los votantes más viejos, conservadores y con inclinaciones religiosas abandonen la CDU rumbo a la populista Alternativa para Alemania (AfD). Pero como era de prever, también se lo acusó de beber de las mismas fuentes políticas que Trump. En ese sentido, el debate actual en Alemania es en esencia una versión más amable y políticamente correcta del que se desarrolla en Estados Unidos.
En La ruta a algún lugar: la revuelta populista y el futuro de la política, el periodista británico David Goodhart sostiene que la política actual ya no es una batalla entre la izquierda y la derecha, sino entre “personas instruidas y móviles que ven el mundo desde «cualquier lugar» y que valoran la autonomía y la fluidez” y “personas más arraigadas, generalmente no tan instruidas, que ven el mundo desde «algún lugar» y priorizan los vínculos grupales y la seguridad”.
Es verdad que, a diferencia de Estados Unidos, Alemania hasta ahora ha sido notoriamente inmune al giro al populismo que alteró la política en otros países occidentales. Pese a todo el Sturm und Drang en relación con los refugiados, las encuestas siguen dando a Merkel y la CDU amplia ventaja sobre los demás partidos. En la elección federal del 24 de septiembre, es improbable que AfD llegue al diez por ciento de los votos.
Esto hace especialmente llamativa la ambiciosa intervención de Spahn. Como posible sucesor de Merkel, su decisión de atacar al cosmopolitismo en plena campaña electoral dice mucho acerca de sus pronósticos respecto de la política alemana. Mientras otros ven en los partidos alemanes moderados la avanzada de un futuro cosmopolita, parece que para Spahn el hecho de que Alemania no haya adoptado la política identitaria es extrañamente extemporáneo.
Según Spahn, los “hipsters elitistas” que se creen cosmopolitas dejan entrever en realidad su provincianismo. Mientras ellos conversan en inglés, en la mayor parte de los otros países se celebran el idioma y la identidad nacionales.
Spahn parece sostener algo similar en relación con la corrección política, dando a entender que si los partidos alemanes principales no defienden la germanidad tradicional, entonces lo harán los extremistas de derecha. Pero la aparente apuesta de Spahn a que también en Alemania surgirá algo parecido a lo de Trump es arriesgada, dado lo mucho que Berlín (nada menos que Berlín) ha sido testigo de las tragedias de la política identitaria. Los anticuerpos de la historia no se borrarán tan fácilmente como Spahn supone.
Pero las sospechas de Spahn en relación con el futuro de la política alemana son preocupantes. El debate que se desarrolla en Alemania, como el de Estados Unidos, abre una ventana al alma no sólo de los dirigentes políticos, sino también de quienes los eligen. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












miércoles, 13 de septiembre de 2023

De las personas electrónicas





 


Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la filósofa Adela Cortina, va de las personas electrónicas. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










¿Personas electrónicas?
ADELA CORTINA - El País
07 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

En mayo de 2016, el Comité de Asuntos Legales del Parlamento Europeo lanzó una extraña propuesta, la de crear personas electrónicas, en el marco de la legislación civil para regular la robótica. Se trataba con ella de dar un estatus legal a los robots autónomos de vanguardia, para que sea posible reparar los daños que puedan causar cuando tomen decisiones autónomas o independientes de terceros. Como es sabido, la propuesta no prosperó, entre otras cosas, porque un amplio colectivo de expertos en inteligencia artificial y robótica la criticó duramente con razones muy fundadas. Sin embargo, abrió mercados de futuro y, de hecho, algunos tecnocientíficos recordaron una vez más que su propósito consiste en crear robots inteligentes, autónomos, con sentimientos, que en tal caso deberían ser reconocidos como personas morales, y no solo legales, con todos los derechos que en ese caso les corresponderían. ¿Por qué ese empeño en ampliar el círculo de los seres a los que debemos considerar personas?
Podría decirse que ese afán cobra fuerza al menos desde los años sesenta del siglo pasado al hilo de las reivindicaciones de los movimientos animalistas, y que en el primer tercio del siglo XXI ha tomado un giro inesperado con la idea de persona electrónica y con las promesas poshumanistas.
En principio, considerar a un ser como persona supone reconocerle un conjunto de derechos que los Estados y las demás personas deben respetar y proteger. Cuál es el criterio por el que se distingue a las personas y las hace acreedoras a esos derechos viene siendo una apasionante discusión que paulatinamente ha ido disminuyendo sus exigencias y ampliando el círculo de los admitidos. Desde recurrir a un criterio fuerte, como es propio de la tradición kantiana y dialógica, reclamando características como autoconciencia, autonomía, intimidad, emoción y capacidad de diálogo, a rebajar el nivel de exigencias contentándose con la capacidad de sufrir de la tradición utilitarista, pero refiriéndose a los animales superiores, o, más modestamente todavía, la capacidad de experimentar una vida, por decirlo con autores como Tom Regan. El criterio ha ido desplazándose, pero, al menos desde el siglo pasado, siempre dentro del mundo biológico y en un contexto de denuncias mutuas de discriminación. Se acusa de incurrir en especismo a quienes vinculan el concepto de persona a los seres humanos, porque eso supone conceder a la especia humana un estatus moral más elevado que al resto, pero los defensores de los derechos de la naturaleza consideran “generismo” reconocer solo derechos a los animales, obviando a la naturaleza. De este debate me ocupé en un libro que llevaba por título Las fronteras de la persona, y al que acompañaba un subtítulo muy elocuente: El valor de los animales y la dignidad de los humanos. Pero hoy la discusión se amplía al incluir a las personas electrónicas y a las superinteligencias prometidas por el poshumanismo, que rebasan el límite de lo biológico y, al parecer, plantean nuevas acusaciones de discriminación.
Si se llegara a crear sistemas inteligentes con sensibilidad y con la misma capacidad de sabiduría que un humano, ¿el humano y la máquina no tendrían el mismo estatus moral y, por supuesto, legal y político? Si dos seres tuvieran la misma funcionalidad, la misma experiencia consciente, y solo se distinguieran por el sustrato de su implementación, ¿negarles el reconocimiento como personas no sería equivalente a repudiar a alguien por el color de la piel o la raza? ¿No sería, a fin de cuentas, incurrir en otra discriminación?
Si es posible, como promete el poshumanismo, superar a la especie humana creando una especie nueva de superinteligencias, de modo que los humanos dejen su soporte biológico y pasen su inteligencia a las máquinas, el sustrato de la inteligencia artificial sería de silicio, los seres humanos serían un elemento más en la cadena de la evolución que culminaría en esos seres singulares, y la singularidad reclamaría renunciar al especismo humano, al generismo animal, pero también al biocentrismo. Exigiría entender que un cerebro en un sustrato de silicio es una persona, a la que hay que exigir el cumplimiento de deberes y proteger en ella unos derechos, porque no hacerlo sería discriminatorio. No se trataría solo de que una persona humana se convierta en un cíborg, sino de que un sistema inteligente sea persona.
Porque, ligada a los proyectos del poshumanismo, aparece esa enigmática expresión “singularidad de la humanidad”, utilizada por Von Neumann en 1957 y popularizada por Vernor Vinge en 1983, que a primera vista parece sugerir que la especie humana tiene algo de singular que le lleva a distinguirse de otras cosas de su nivel, en la más pura tradición especista, y, sin embargo, no es a este tipo de singularidad al que se refieren los poshumanistas, sino a la creación de una especia nueva de superinteligencias.
Cabe entonces pensar en un mundo poshumano, sobre cuya posibilidad existe un animado debate entre los científicos y en el que se invierte una gran cantidad de recursos. Cómo habrá que tratar a las superinteligencias cuando lleguen, si es que llegan, no lo sabemos, pero es asombroso contemplar cómo se desatiende a millones de personas que mueren diariamente de hambre y miseria y, sin embargo, el empeño con que se pretende llegar a una poshumanidad y a la vez se incluye a nuevos socios en el club de lo que se considera personas.
Tal vez esta no sea una cuestión para hoy, aunque hay quienes aseguran que sí lo es, pero, en cualquier caso, dos sugerencias al menos se siguen para la acción. Por una parte, que hay que prevenir el futuro escenario, y no porque haya de inspirar temor, que es lo que suele mencionarse en estos casos recordando a personajes de terror, porque bastante violencia hay ya en nuestro mundo sin necesidad de recurrir a leyendas esotéricas, sino por un elemental sentido de la responsabilidad ante el posible futuro, que es la que, hoy por hoy, nos hace humanos. Pero, sobre todo, y en primera instancia, urge asumir la responsabilidad por el presente.
El 10 de diciembre de este año se celebra el 75º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas. El texto empieza manifestando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca de todos los seres humanos y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana, y que la protección de esos derechos es un ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse.
Y, sin embargo, según Naciones Unidas, 24.000 personas mueren al día de hambre o por causas relacionadas con el hambre, los derechos civiles y políticos están muy lejos de protegerse en países autocráticos y totalitarios, en democracias iliberales y en democracias imperfectas, que olvidan fortalecer las instituciones y renuncian a la separación de poderes; los derechos económicos, sociales y culturales son inexistentes en una gran cantidad de países, de la paz se habla como de una utopía que no tiene ni tendrá lugar. Potenciar los sistemas inteligentes al servicio de las actuales personas es indispensable, no sea cosa que las tecnociencias acaben convirtiéndose en ideología en la línea neoliberal de Silicon Valley o en la del capitalismo comunista chino.


































[ARCHIVO DEL BLOG] El mejor alcalde de Madrid. [Publicada el 07/03/2018]








Nos falta cultura del reconocimiento y nos sobra de la sospecha, pero el tiempo y sus obras están logrando que se valore a Enrique Tierno Galván como un gran intelectual y un político importante, escribe en El País Antonio Rovira, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid.
¿Quién fue Tierno?, comienza preguntándose el profesor Rovira. Un profesor, un político querido y odiado. Un gran intelectual que se dedicó a la filosofía, a la sociología y al Derecho. Fue el mejor alcalde de Madrid y nació el 8 de febrero de 1918. 
Me preguntan cómo era, pero ¿cómo puedo responder para que no parezca adulación? Tierno fue una persona honesta, inteligente y por tanto compleja, con sus peculiaridades. Tímido y a su manera provocador. Fue una de esas figuras patriarcales y carismáticas que destilan la cordialidad ilustrada característica del viejo sabio malicioso y amable. 
En sus escritos siempre hay una preocupación por la gente, un aliento ético más allá de cualquier actitud partidista. Si sabemos que la sociedad es injusta ¿que evita que remediemos esta situación? ¿qué razones últimas evitan que la moral se realice? Esta preocupación es el “hilo conductor” de toda su obra y en gran medida también de toda su biografía: sucesivos intentos de armonizar, buscar el equilibrio entre la exigencia moral de la acción (actuar es hacer política) y la tendencia a no salir de los límites de la reflexión intelectual y facilidad teórica. 
Tierno, el de la razón mecánica y la razón dialéctica, el del intento de renovación de la idea de marxismo, también fue un agitador de grupos contra la dictadura y su cátedra se convirtió en un foco de contestación y resistencia hasta que lo expulsaron. La despedida de Tierno Galván, escribe Francisco Tomás y Valiente, se produjo en Salamanca en una mañana de 1965. Cientos de alumnos se aprestaba para escuchar al prestigioso y siempre exquisitamente y cortés profesor. El ambiente era tenso y glosando unas palabras de Hamlet, Tierno señaló la necesidad y la dignidad de vivir y obrar como hombres y no como ratas. 
Fue un trabajador infatigable. Quizá no sea una de esas figuras rompedoras, deslumbrantes y no tenga una obra maestra pero nos ha dejado muchas muestras de su gran talento y algo más difícil, nos ha dejado un nuevo estilo, un pequeño y grato género de discurso, un nuevo armazón para alojar las palabras, los bandos didáctico-lúdicos como los definió Lázaro Carreter. 
Participó, como pudo, en el proceso constituyente y redactó junto a Raúl Morodo el elegante y noble preámbulo de una Constitución que no podía ser quimérica, ni ilustrada como las anteriores, ni tampoco un simple acuerdo de intereses entre partidos. Como escribió en estas misma páginas el 15 de septiembre de 1977, necesitábamos una constitución espejo en la que se vieran reflejados los ciudadanos y los poderes, una constitución práctica, eficiente, suficiente, flexible, que reflejara también los cambios. 
En definitiva, necesitábamos una Constitución con autoridad social suficiente para permanecer y asegurar nuestras libertades en paz. Y así lo hicieron, porque la Constitución no tiene nada que sea trascendente, no es un dogma, al contrario, es como el agua o el oxígeno, una herramienta no un fin, un instrumento, un pacto, un contrato social que funciona si permanece y garantiza los derechos de los ciudadanos. 
La constitución a priori no tiene sentido, por eso los problemas constitucionales no son tanto problemas académicos o jurídicos sino de poder. Y en política no hay milagros, solo trabajo, perseverancia, voluntad, en fin saber hacer, saber esperar y sobre todo confiar. Pero, también es verdad que en política hay que tener valor y determinación sin esperar que se den las condiciones ideales porque las condiciones ideales no existen. El “consenso” por ejemplo, el acuerdo de todos o prácticamente todos, es hijo de su siglo y en este momento puede convertirse en una “condición ideal” que paralice, sin coste político, una reforma no ostentosa pero si necesaria que pueda ser asumida por los dos tercios no solo de los parlamentarios, también de los ciudadanos. 
En fin, todo empezó un día de 1973 cuando un estudiante de Barcelona fue a visitarlo a Marqués de Cubas y aquí estoy. A su lado nos detuvieron y retiraron el pasaporte y a su lado me formé como profesor junto con Manolo Mella, Maite Gallego, Matilde Gurrera y Enrique Lucas. Matilde y yo somos sus últimos discípulos directos, los últimos profesores que entramos en su reducido equipo de la UAM y allí seguimos. Nos dirigió la tesis doctoral y juntos trabajamos y publicamos durante sus últimos nueve años hasta que vimos cómo la movida subida a las farolas lo miraba en silencio mientras la carroza fúnebre, con sus caballos negros avanzaba elegante, muy despacio, entre una multitud conmovida hacia el cementerio de la Almudena. Madrid se echó a la calle y pensé en el prematuro destino del maestro y sentí la influencia que ejerció sobre todos aquellos que nos mantuvimos a su lado y me vinieron sus palabras cuando estaba ya muy cansado: “La mejor forma de solucionar algunos problemas es darnos cuenta de que no existen” y entendí que ante la muerte lo único que podemos hacer es cambiar la mirada. La muerte como resultado y no accidente, como un hecho científico incontrovertible. Morir sencillamente es dejar de pensar, dejar de soñar. 
He aquí a Enrique Tierno, una persona que fue algo más que la función que le tocó jugar. Fue más que un profesor y más que un alcalde. Casi nunca protagonista, pero siempre estuvo en los lugares donde se decidieron los grandes temas. Entonces ¿Por qué, durante una época, ha estado bien visto desdeñarlo? Quizás su carácter distante y su ironía lo explique, pero también se explica porque todo lo hizo por libre y en España ir por libre es una fatalidad y se paga, vaya si se paga. Sanciones, censuras, silencios, procesamientos y sobre todo muchas dificultades económicas que le obligaron a aceptar trabajos honrados pero modestamente retribuidos (clases particulares, traducciones) y poco adecuados para un intelectual de su valía. 
En fin, que nos falta cultura del reconocimiento y nos sobra de la sospecha. Pero quizá el tiempo y también los ochos gruesos volúmenes con sus obras completas estén logrando que se valore a Enrique Tierno como lo que es: un gran intelectual y un político muy importante, leal a sus ideas y compromisos, docente en la universidad y fuera de ella, socialista que vivió sólo de su trabajo, de un trabajo que quiso desarrollar contra corriente en su propio país. Su figura y ejemplo son importantes y aquí queda el merecido homenaje y el testimonio de mi mayor reconocimiento. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt