martes, 3 de marzo de 2026

SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY, MARTES, 3 DE MARZO DE 2026, EN CASTELLANO

 







Hola, buenos días de nuevo a todos. Nada nuevo ni mejor bajo este sol invernal que nos deja en dos semanas, al menos en este hemisferio norte de la tierra. No sé como andarán en el sur a dos semanas del otoño. Nunca he rebasado el límite del trópico de Cáncer que da nombre a este blog. Espero que mejor que en éste. Se lo merecen. Pero basta de charla y vamos con las entradas de hoy. La primera está firmada por el poeta Luis García Montero y habla de compartir: No se trata de ser homogéneos, dice, sino de reconocer lo común, de encontrarnos en los demás. La segunda es un archivo del blog de marzo de 2023, y en ella, el historiador Josep Maria Fradera hablaba de la memoria, por definición individual, que evoluciona con la transformación del individuo, todo lo contrario de “memoria histórica”, un artefacto colectivo que no prospera sin la ayuda de las instituciones públicas. El poema del día, en la tercera, se titula “Mateo. Bailarín 2. Fragmento 1”,  y es del poeta español Braulio Ortiz Poole. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor del día. Tamaragua, amigos míos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna está por la labor. Sean felices. Besos. Les quiero. HArendt






























ENTRADA NÚM. 9912

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No se trata de ser homogéneos, sino de reconocer lo común, de encontrarnos en los demás, comenta en El País (23/02/2026) el poeta y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero.Se trata de compartir, comienza diciendo. Y no sólo en los despachos intelectuales o en los pasillos de la política. Se trata de compartir la existencia y las necesidades de la gente. Debemos compartir el pan, el agua, las palabras en las conversaciones, los recuerdos, las inquietudes y la esperanza con la que respondemos a las dificultades de la vida. El verbo compartir invita a que la vida sea una convivencia, el desnudo un abrazo, las soledades una búsqueda de compañía y los secretos un deseo de claridad. Compartir supone repartir, distribuir, colaborar, y supone también hacer partícipe al otro de algo que es nuestro, porque comprendemos que el yo forma parte del nosotros. Necesitamos coincidir, ayudar, comulgar. No se trata de ser homogéneos, sino de reconocer lo común, de encontrarnos en los demás.

Es bueno localizar cerca de casa una biblioteca pública. Resulta conveniente que haya colegios públicos en el barrio. Necesitamos hospitales públicos donde cuiden y atiendan nuestra vulnerabilidad. Eso, claro, si no pertenecemos a una élite. El yo que se desentiende del nosotros y va a lo suyo, a su beneficio particular, se apropia de lo común para alimentar el egoísmo. No necesita lo público. Por el contrario, el yo que cree en las ilusiones colectivas, y reconoce las desigualdades que marcan la realidad, comprende que debe tomarse en serio el verbo compartir. Algunas dinámicas políticas favorecen y defienden el individualismo de los poderosos; otras dinámicas intentan favorecer la igualdad, los derechos, las responsabilidades. Un proyecto político funda su unidad en la conciencia de que resulta necesario compartir preocupaciones y esperanzas.

Compartir significa también poner un contenido a disposición de los usuarios en una red social. Deseo que la política de izquierdas, dispuesta a tomarse en serio el verbo compartir, sea capaz de llevar a la calle sus vínculos, el afán de sus días y sus noches.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, DEL ESTUDIO DE LA HISTORIA. (REEDITADA). PUBLICADO EL 24/03/2023

 







La memoria es por definición individual, escribe en El País (20/03/2023) el historiador Josep Maria Fradera. Evoluciona con la transformación del individuo, que no la puede controlar. La “memoria histórica”, en cambio, es más bien un constructo: un artefacto colectivo que no prospera sin la ayuda de las instituciones públicas, que no lo hacen gratis.

Uno puede imaginar qué sería en Francia el recuerdo de la Primera y la Segunda Guerra Mundial (o la de Argelia) sin el esfuerzo, año tras año, para oscurecer y confundir a los herederos de aquellas gestas gloriosas —es un decir—, de trincheras repletas de senegaleses, deserciones, Vichy y violencia de mercenarios pied noirs. Sin el sacrificio de la verdad histórica. Para aproximarse a la verdad, los historiadores rastrean en los archivos y son capaces de pensar la documentación en los parámetros que justifican la disciplina como ciencia social. La verdad definitiva no existe —por eso ya hay la teología y algunos productos puramente ideológicos que se le parecen—. La verdad es provisional, tentativa, sometida a cambio, mejora y refinamiento.

Hace pocos días, en Madrid, en la presentación de un programa para situar a grandes personajes y acontecimientos del pasado español, en la Real Academia de la Historia, la presidenta de la institución repitió que debemos tener autoestima por el pasado. Habría valido la pena preguntarle por qué. Un pasado impresionante, una parte relevante de la historia del mundo, ciertamente el mundo hispánico lo tiene. Ahora bien, ¿hay que tener autoestima por el hundimiento demográfico de la población americana del siglo XVI o por los indios peruanos bajando a las minas de plata para permanecer allí semanas enteras? ¿Hace falta que “sintamos el orgullo por un pasado que ha trascendido nuestras fronteras”, como afirmó Felipe VI en esa ocasión? Exaltar el pasado no hace ninguna falta, pensarlo sí que vale la pena.

Ocurre lo mismo con el tema que hoy nos ocupa: el tráfico de africanos que practicaron buena parte de las naciones europeas atlánticas con posesiones coloniales. La lectura de The Guardian del 13 de marzo me lleva a escribir sobre la cuestión de la participación de catalanes en el tráfico de esclavos en el siglo XIX. Tarde o temprano iba a ponerse sobre la mesa.

El imperio español entró en el tráfico de esclavos a gran escala y tardíamente, ya que operaba con más consistencia sobre el trabajo de la población indígena. Entró tarde porque salía más a cuenta comprar mano de obra a los que ya disponían de instalaciones en la costa africana y de logística naval adecuada (holandeses, británicos, franceses y portugueses). Ahora bien, contra lo que puede pensar el solvente diario británico y gente poco informada, esta no es una discusión reciente.

Por estos lares aquel negocio infame ya salió del armario en 1974, cuando el clima político presagiaba un cambio decisivo. No fueron las autoridades quienes lo facilitaron, sino una generación de historiadores que revisaban de arriba abajo la pobretona herencia cultural recibida. Aquel año Jordi Maluquer de Motes publicó el artículo La burgesia catalana i l’esclavitud colonial en la revista Recerques. En este trabajo esclarecedor, el comercio del azúcar, la marina mercante, el negocio colonial y la esclavitud se presentaban como partes de un todo, un factor vital para la prosperidad. A muchos aprendices de historiador aquel trabajo pionero nos abrió los ojos a una idea más amplia sobre la génesis del capitalismo autóctono. Nos hizo conscientes de los contextos que relacionaban Cataluña con las corrientes de la economía internacional.

Unos años después, removiendo papeles británicos, localicé los nombres de los barcos y de los capitanes catalanes que habían participado en el negocio tan lucrativo de comprar y vender seres humanos. Lo publiqué en Recerques en 1987. Me parece importante remarcar que buena parte del trabajo colectivo que desde entonces se hizo se expuso en 1995 gracias a la iniciativa del ayuntamiento de la ciudad, con el visionario Pasqual Maragall como alcalde, ayudado en aquella ocasión por el comisario Joan Anton Benach, en el Museu Marítim en las Drassanes. No era un pequeño reducto que pudiera pasar con discreción si no se hubiera querido herir las sensibilidades de la hipocresía local. El catálogo, con textos de Albert Garcia-Balanyà, Martín Rodrigo Alharilla, Juan José Lahuerta, yo mismo y otros, da fe de ello. Rodrigo Alharilla continuó después con más dedicación, inmerso en la tarea de documentar aquel aspecto todavía no lo bastante bien conocido. Los resultados están en las librerías o en la bibliografía universitaria.

Descubrir mediterráneos es siempre interesante. Pero en esta cuestión se trataba de algo más amplio: del Atlántico norte y sur, Europa, África y América, y las facetas de aquellos mundos son inacabables. Trabajando en los archivos, sudando la gota gorda, muchos de los historiadores del país allí seguimos. Por suerte, los historiadores e historiadoras no podemos perder mucho tiempo explicando a la concurrencia qué malos y avariciosos eran nuestros tatarabuelos. Ni podemos perder el tiempo insinuando de rebote que los comportamientos de los antepasados son una especie de cuaderno de bitácora para saber cómo serán sus descendientes. Tenemos que afinar la puntería y la percepción de las cosas hacia lo que de verdad nos ayuda a entender la complejidad del pasado en nuestro país y los que lo rodeaban.

En esta dirección, tres observaciones. La primera es importante: no es cierto que la industrialización catalana fuera el resultado de los beneficios del tráfico de esclavos. Si alguna cosa sabemos ahora es que se originó a través de la acumulación de capitales y la capacidad empresarial interna, a veces modestísima (Vilar, Torras, Nadal). El tráfico de esclavos fue sin duda una pieza decisiva e irrefutable del complejo colonial y de las relaciones exteriores de la economía catalana y española. Ahora bien, las grandes fortunas que todos tenemos en mente cuando se nos recuerda el eje Cataluña-Cuba eran una pieza innegable del gentlemanly capitalism, que dirían Cain y Hopkins si Barcelona fuera Londres, la cima capitalista de las finanzas y las empresas del Ibex de la época, ni más ni menos. No nos podemos confundir y no desviar la investigación histórica de aquello que es productivo para entender las complejidades de una sociedad en proceso de cambio.

Segunda observación. Sería interesante estudiar por qué el catolicismo solariego fue tan displicente, frío y distante hacia el dolor de personas vendidas y explotadas en las colonias españolas, a diferencia de la pérdida de legitimidad para algunos herederos de la Revolución Francesa, protestantes evangélicos, cuáqueros y filántropos en el mundo británico y en el mundo de Abraham Lincoln, que empujaron la esclavitud hacia una extinción inexorable (decretada en Londres en 1833 y en París en 1848).

Tercera observación. Los delitos prescriben. Si no, las guerras del pasado serían inacabables. El conocimiento histórico, en cambio, no. Tiene sentido estudiar la batalla de las Termópilas con ojos nuevos, como también la toma de Granada por los Reyes Católicos o las guerras del opio contra China. El mejor lugar para ganar la batalla del conocimiento son las aulas y la investigación histórica conforme a las reglas que la regulan. ¿El resto? Gesticulaciones.
























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, MATEO. BAILARÍN 2 FRAGMENTO 1, DE BRAULIO ORTIZ POOLE

 










MATEO. BAILARÍN 2

FRAGMENTO 1




Una madre agarra a su hijo de la mano.


Así empieza esta historia,


un sábado cualquiera.


 


Es un gesto modesto,


y sin embargo,


la mujer lleva un remo o una hélice


en un rincón del pecho,


el tesón de un recluso


que escucha el son del mar


bajo los párpados.


 


Siempre dispuesta al fuego,


conserva en un bolsillo


la vela derretida de una fiesta reciente.


 


¿Cuánto hay de fuga


en prolongar la infancia de ese niño?


 


A veces mueve los pies,


la madre,


y crea geometrías


felices y efímeras,


es una avioneta escribiendo en el aire,


y dice,


se lo dice a su hijo


para que nunca rompa


el cordón umbilical del entusiasmo:


Quien no baila está muerto.


 


Entonces vuelve a ser la muchacha


que se hizo una foto colgada con pinzas


imitando la pose de la ropa tendida.


 


Al hijo le cuenta, para que crezca erguido:


Eres una montaña.


Y el niño se descubre el plumaje de un águila


cubriéndole los hombros.


 


Entonces vuelve a ser la joven


que pinta un París que no conoce


y en cada pincelada entra a caballo


por los Campos Elíseos.


 


Pertenece al linaje de los ilusos,


la madre,


de los que hacen picnics bajo un cielo nublado;


 


pertenece, la madre,


a la estirpe de idiotas que compran lotería


y creen en el mañana.


 


Ese sábado será todos los sábados.


Ella, tan creyente,


está instaurando una iglesia para los descreídos,


un ritual profano donde también hay ángeles.


Unta con el óleo que utiliza en sus cuadros


la frente del chaval.


 


Al cine y al teatro,


a la casa del hombre,


van a calmar su sed los que apostatan.


 


Esa tarde,


la madre y el hijo acuden


a una función de El cascanueces.


 


O quizás


contemplan a Gene Kelly cantar bajo la lluvia:


son los soñadores


quienes dan forma al agua


en tiempos de sequía.


 


Y en un momento ella


le susurra a aquel niño,


con la misma lengua que hablan los seísmos,


la ternura que duerme en los volcanes:


 


¿Por qué estamos aquí,


si no es por la belleza?


 


Es el legado


de una madre que baila:


consejos para buscar oro


en el cauce de un río.


 


O cómo extraer del día


sus metales preciosos.




BRAULIO ORTIZ POOLE (1974)

poeta español 














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 3 DE MARZO DE 2026

 




























lunes, 2 de marzo de 2026

23-F. EL SECRETO VACÍO. ESPECIAL UNO DE HOY LUNES, 2 DE MARZO DE 2026

 









Juan Carlos I y Pedro Sánchez han sido los grandes beneficiarios políticos de la desclasificación de los documentos secretos del 23-F. La expresión fue acuñada por George Simmel hacia 1908. Un secreto vacío no se puede ni desvelar ni refutar, precisamente porque está vacío, porque no contiene nada; es el secreto perfecto, invulnerable. Un ejemplo ideal es el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: el gran secreto sobre el golpe de Estado del 23 de febrero es que no hay ningún secreto. ¿Significa esto que lo sabemos todo acerca de él? Por supuesto que no: no existe un solo acontecimiento en la historia de la humanidad del que lo sepamos todo; ese conocimiento absoluto no pertenece a la historia: pertenece a la fantasía o a la conspiranoia. Puede parecer curioso que lo que todavía no sabemos del golpe apenas se haya estudiado: por ejemplo, qué ocurrió con exactitud aquella noche en las diversas capitanías generales, o en las diversas capitales de provincias; pero en realidad no es curioso: saberlo contribuiría a refinar nuestro conocimiento de la verdad, pero no es espectacular ni genera titulares, no desvelaría el gran secreto imposible de desvelar sobre el golpe de Estado del 23 de febrero y, por lo tanto, no es un negocio. De eso se trata en gran parte: de que no pare el espectáculo, de seguir con el negocio.

El 20 de noviembre pasado, cuando se presentó en el Congreso de los Diputados una serie de televisión basada en mi libro Anatomía de un instante, le rogué al presidente Sánchez que desclasificase todos los documentos relativos al golpe. “Nuestra interpretación del golpe no va a cambiar en lo esencial”, le advertí. “Y tampoco van a terminar los bulos y las bolas sobre el 23 de febrero, porque son un negocio para políticos, periodistas e historiadores, y para la afición en general. Pero como mínimo los mentirosos tendrán un sitio menos al que agarrarse.” Ahora, una vez desclasificados los papeles, comprendo que me equivoqué: no es que nuestra interpretación del golpe no haya cambiado en lo esencial; es que no ha cambiado lo más mínimo.

¿Qué contienen en síntesis los documentos desclasificados? La mayor parte de lo que se cuenta en ellos se sabía, o al menos podía saberlo quien se hubiese tomado la molestia de averiguarlo, incluido por supuesto cuanto atañe a los servicios secretos; algunos de los documentos más relevantes estaban incluso publicados en diversos libros, como el informe “Panorámica de las operaciones en marcha”, y algunos de los más anecdóticos también, como la grabación de la mujer de Tejero que tanta risa da ahora, y que a mí todavía me da miedo (lo dijo Woody Allen: tragedia + tiempo = comedia); en cuanto a los pocos papeles que no conocíamos, no hacen más que ratificar lo que conocíamos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con una nota brevísima que, dos meses y pico después del golpe (el 11 de mayo de 1981), afirma que el partido comunista está inquieto por el bulo propagado por la extrema derecha según el cual el Rey se halla implicado en el golpe; sea o no fidedigna la nota, la especie no era ningún secreto, circuló muchísimo por la prensa de la época y es natural que los demócratas estuviesen preocupados por ella y que los golpistas la propagasen: era la forma de intentar eximirse, con el clásico argumento de la “obediencia debida”, de sus responsabilidades en el golpe. También puede parecer curioso que, de un tiempo a esta parte, quienes difunden el bulo engendrado por la extrema derecha sean la extrema izquierda y los secesionistas; pero eso tampoco es curioso: aquí ya todos somos mayorcitos. La realidad es que el papel del Rey en la asonada militar está bien claro: en los meses anteriores al golpe cometió errores, frivolidades e irresponsabilidades que propiciaron el golpe; quizá la más grave: andar por ahí diciendo que estaba harto del presidente Suárez y que había que quitárselo de encima. Es verdad que Suárez, que desde 1976 hasta 1978 había sido un presidente excepcional, a la altura de 1980 era un presidente mediocre o abiertamente malo, y que no controlaba una situación todavía peor; pero el Rey no era nadie para decir una sola palabra contra él, y mucho menos en presencia de militares impacientes por dar un golpe. También es verdad que los errores que cometió el Rey los cometió casi toda la clase política, incluidos el PSOE y el PCE —por eso hubo un golpe—; pero, en el caso del Rey, esos errores fueron más perniciosos. Dicho lo anterior, Juan Carlos I no montó el golpe: lo desmontó (entre otras razones porque era el único que podía desmontarlo). Esa es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Así que el 20 de noviembre pasado me equivoqué en esto: no esperaba que los documentos desclasificados no añadieran ni un matiz a lo sabido; pero en todo lo demás acerté. No tiene ningún mérito. Tras la desclasificación, los periodistas hicieron en general bastante bien su trabajo, y la ingente cantidad de mediterráneos descubiertos por algunos era casi inevitable. Por su parte, el comportamiento de los políticos, habida cuenta de los precedentes, fue casi sensato; he dicho casi: el Premio de Pensamiento Orgasmo de Rotterdam se lo llevó de calle Enrique Santiago, quien le descubrió a Occidente que es posible “blanquear” con la verdad (“una clarísima operación de blanqueo”, declaró); y el Premio Chus Lampreave a la sinceridad se lo concedí yo solo, pero por unanimidad, a Mertxe Aizpurua, que reconoció, desolada: “Ha sido una decepción”. La única sorpresa, relativa, fueron los historiadores. Esto sí que parecerá curioso: apenas hay historiadores académicos que hayan estudiado a fondo el golpe de Estado, y en 2009, cuando se publicó Anatomía de un instante, ninguno había escrito un solo libro dedicado a él —ni uno solo—; esa es una de razones por las que, aunque Anatomía sea una novela, es una novela sin ficción, donde no hay absolutamente nada inventado y sí muchas páginas de notas al final, como si se tratase de un estudio histórico: dado que los historiadores no habían hecho su trabajo, decidí hacerlo yo. Por eso ha sido tan bochornoso ver estos días a historiadores competentes en ciertos ámbitos, que sin embargo no han escrito una sola línea sobre el golpe, convertidos en empresarios de la sospecha y los misterios sin resolver, pugnando a la desesperada por sacar agua de un pozo seco, usando o coqueteando con los bulos originarios de la ultraderecha y difundiendo otros nuevos, como si protagonizaran un episodio de Cuarto Milenio.

El miércoles pasado la desclasificación de los documentos del golpe se siguió con una expectación digna de un Barça-Madrid, lo que demuestra una vez más que el golpe de Estado del 23 de febrero no solo es el mito fundacional de la democracia española, sino también nuestro asesinato de Kennedy: una obsesión, casi una paranoia o una psicosis colectiva. Dos han sido los principales beneficiarios políticos de la desclasificación. El primero, Juan Carlos I, pero solo hasta que la oposición más tonta de la historia de la democracia le amargó la alegría confundiendo el culo con las témporas y pidiendo su retorno a España, igual que si no supiéramos que Juan ­Car­­los ­I,­­­ se­­gún ­­escribió él mismo, reside en Abu Dabi porque quiere o, mejor dicho, porque no quiere dar cuentas de sus ingresos al fisco español, como ha venido a recordar la propia Casa Real. No hace falta haber leído a Shakespeare para saber que una misma persona puede hacer las cosas muy bien en un determinado momento y, al cabo de unos años, hacerlas muy mal: es lo que ha ocurrido con Juan Carlos I. (Por cierto, otro héroe de entonces convertido en villano de hoy: Jordi Pujol, que el 23 de febrero de 1981 aguantó a pie firme en su despacho mientras todo el mundo corría a salvar el pellejo). Más razón que un santo lleva Mertxe Aizpurua: la verdad, a veces, es decepcionante; de hecho, a veces es una auténtica putada. Pero no por eso deja de ser verdad.

El segundo gran beneficiario de la desclasificación es Pedro Sánchez. Quizá sea un ingenuo, pero a mí me parece que al Gobierno hay que criticarlo cuando hace las cosas mal (o cuando nos parece que las hace) y hay que elogiarlo cuando las hace bien. No entiendo cómo alguien puede albergar alguna duda de que, al desclasificar los documentos del golpe del 23 de febrero, el presidente Sánchez le ha prestado un servicio a la verdad; es decir: se lo ha prestado a nuestra democracia; es decir: nos lo ha prestado a todos. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. Este artículo se publicó en el diario El País del 1 de marzo de 2026.