miércoles, 4 de marzo de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, MÉRCORES, 4 DE MARZO DE 2026, EN GALEGO

 







Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz mércores 4 de marzo de 2026. Unha vez máis, ao achegarnos ao punto medio da décima semana do ano, o mundo segue igual: xirando sobre o seu eixo e arredor do Sol. Un bo sinal… Imos ás entradas do blog de hoxe. Na primeira, o escritor Sergio del Molino comenta o fenómeno tan actual dos "therian", sinalando que a antiga pudor burguesa das novelas do século XIX, base do antisemitismo do século XX, se está a renovar en formato dixital pero coa mesma agresividade. Na segunda, unha entrada do blog arquivada de abril de 2017, o escritor Javier Marías, falando sobre as procesións de Semana Santa, dixo que era estraño observar como algúns costumes infantís sobreviven mentres que outros se esquecen para sempre. O poema de hoxe, na terceira sección, titúlase "O anuncio da nova economía", do poeta español Juan Antonio Bernier. E a cuarta e última sección, como sempre, presenta as viñetas humorísticas do día. Ata mañá, amigos meus. Se a Deusa Sorte ten a bondade, ata mañá. Sede felices. Bicos. Quérovos. HArendt















ENTRADA NÚM. 9919

OJALÁ TE SALGA UN HIJO THERIAN

 











El viejo recato burgués de las novelas del XIX, base del antisemitismo del XX, se renueva en formato digital pero con la misma agresividad, comenta en El País el escritor Sergio del Molino. He aprendido estos días que los therians son chavales a los que les gusta disfrazarse de animales, comienza diciendo. He aprendido también, gracias a un reportaje de Paola Mendoza y Ángel Munárriz, que su existencia, hasta ayer secreta, fue aventada primero por agitadores ultras argentinos, hasta que millones de personas los señalaron como otro sello que se rompe en el apocalipsis de la civilización. Figúrense: gente que se cree perro, el final de la especie, la degradación última de lo woke, el lodo cultural al que nos ha llevado todo este libertinaje sexual. También he visto a miles de garrulos burlándose de una niña de 15 años que acudió a la Puerta del Sol con la ilusión de encontrarse con otros therians y se quedó atrapada en una red de teléfonos móviles y acosadores, la plaza convertida en un patio de colegio superpoblado de matones.

La pobre niña aguantando el tipo ante una masa de desalmados me desgarró. Era una alegoría perfecta de la soledad y la crueldad de un mundo radicalmente intolerante y violento. Entiendo los mecanismos de la agitación y la propaganda, y cómo los agentes provocadores usan una subcultura minoritaria para azuzar el odio, pero la jugada no les saldría tan redonda si el balón no rodase sobre un suelo muy bien abonado. No hay ningún propagandista bulero tan poderoso como para despertar una agresividad tan unánime hacia críos indefensos. Tan solo están recogiendo la cosecha que muchos otros sembraron hace años.

Conforme la democracia se agrieta y se vuelve temblona e indecisa, crece la hostilidad hacia los raros. Una nueva normalidad se impone con insultos y risotadas, la normalidad de quien se siente mayoría, legítimo representante de la gente (antes lo llamaban pueblo) y abanderado del sentido común, que es el más abyecto de los sentidos, pues en su nombre se han montado las peores carnicerías. El viejo recato burgués de las novelas del XIX, sobre el que cabalgaron los cuatro jinetes del antisemitismo del XX, se renueva en formato digital pero con la misma agresividad. Hoy, como ayer, señala como amenaza cualquier vida distinta, cualquier manifestación de libertad, cualquier diversión que violente su muy estrecho sentido del decoro.

Unos hijos therian les deseo a toda esa gentuza que parece que se corta el pelo en la misma peluquería y se viste en la misma tienda. Ahora que han popularizado un fenómeno inexistente, ojalá se vuelva masivo y descubran que sus hijos adolescentes quedan los sábados para olerse el culo con máscaras de scottish terrier, en vez de emborracharse con garrafón y vomitar entre los coches aparcados, como hacen las personas decentes.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, A CALLES TÉTRICAS, FESTÍN PAGANO. PUBLICADO EL 18/04/2017

 










Es extraño cómo perviven algunas costumbres de la infancia, comenta el escritos Javier Marías en El País (02/04/2017) mientras que otras se olvidan para siempre. Para parte de mi generación, de la anterior y de la siguiente, la horrorosa Semana Santa tiene un lado divertido y festivo cuyo origen, sin embargo, se remonta a uno de los rasgos más siniestros de aquélla. Hoy cuesta creerlo, pero durante todo el católico-franquismo, la Iglesia logró arrancarle al régimen no pocas imposiciones para el conjunto de la ciudadanía. De niño y adolescente odiaba esa época con todas mis fuerzas: no era sólo que las calles –exactamente igual que ahora– se vieran tomadas impune y abusivamente por tétricas procesiones de encapuchados, enlutadas señoras ceñudas, penitentes descalzos que se azotaban los lomos y ominosas trompetas y tambores, como si los zombies más atroces se apoderaran del espacio público, o quizá el Ku-Klux-Klan con libertad plena para sus aquelarres crematorios. Era que durante ocho interminables jornadas –o eran diez, desde el llamado Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección que ponía fin a la pesadilla–, la radio y la televisión tenían prohibidas las canciones “alegres”, es decir, casi todas las canciones; los cines se veían obligados a interrumpir sus programaciones normales y a proyectar películas “piadosas”, por lo general sórdidas y soporíferas; en los hogares católicos (y el de mis padres lo era, sin la menor exageración, por suerte), a los niños se nos reprendía si cantábamos o silbábamos –en aquellos tiempos se cantaba y silbaba mucho, y por eso los españoles sabían entonar y no hacer gallos, a diferencia de hoy: la educación musical abandonada como la de la Filosofía y la Literatura–. “No debéis mostrar alegría”, nos regañaban las abuelas, “porque estos son días de luto y de gran lamento”. No entendíamos que se lamentara por decreto una imprecisa leyenda con veinte siglos de retraso. ¿Teníamos que estar tristes por eso críos de nueve o diez años, tendentes al contento? Ni un cine desobedecía: supongo que los multaban o cerraban si alguno se atrevía a exhibir un western, o una bélica o de risa, no digamos una comedia como Con faldas y a lo loco, que la Iglesia consideraba obscena.

Los niños temíamos aquella eternidad de capirotes malignos, de efigies feas y tenebrosas, aquella celebración malsana (¿cuántas procesiones diarias?, ¿cuántas sigue habiendo en 2017?) de remotas truculencias. No nos engañemos: aquellas Semanas Santas se parecían enormemente a los territorios hoy controlados por el Daesh o por los talibanes, en los que todo está vedado: la alegría, la música, el tabaco, el alcohol, la risa, el fútbol, el baile, la cara afeitada, un centímetro de piel descubierta, todo. Al menos aquí no se latigaba ni degollaba al infractor. Pero el espíritu era similar.

Durante ocho interminables jornadas, la radio y la televisión tenían prohibidas las canciones “alegres” y los cines debían proyectar películas “piadosas”.

Sin embargo, había un resquicio. Entre las películas “piadosas” se aceptaban las bíblicas y las que sucedían en tiempos de Cristo, con mayor o menor presencia de lo religioso. Lo cual significaba, en la práctica, que se proyectaban masivamente “las de romanos”, como entonces se las conocía (el término peplum se popularizó más tarde). Y como algunas de las de aquella época eran excelentes, y principalmente de aventuras, los niños nos refugiábamos en ellas y así huíamos de Molokai, Marcelino pan y vino y Fray Escoba, que nos resultaban tostoníferas. Nos acostumbramos a ver cada año, en estas fechas, Ben-Hur y Quo Vadis, Barrabás y Los diez mandamientos, Rey de Reyes y La túnica sagrada, Espartaco y La caída del Imperio Romano, de las que tanto copió Gladiator hace ya decenio y medio. Pues bien, conozco a bastantes personas, entre ellas la por mí más querida, que, cuando llega la Semana Santa todavía insoportable en las calles, se las prometen muy felices ante la perspectiva de ponerse en DVD –otra vez– todas esas películas. O de pillarlas en televisión, pues no son pocos los canales que se apuntan a esa costumbre o nostalgia y vuelven a programarlas. Es como si las fechas nos dieran licencia para atracarnos de películas “de romanos”, algo que no solemos permitirnos en otoño, invierno o verano. La vieja imposición de la infancia –mejor dicho, el viejo resquicio por el que respirábamos– se convierte en patente de corso para abandonarnos sin mala conciencia a un festín de bajas pasiones e inauditas crueldades de la antigüedad más vistosa. Ahora tocan las carreras de cuadrigas, los combates de gladiadores y los envenenamientos en palacio, toca ver al malvado Frank Thring interpretando a Herodes, al despiadado Ustinov a Nerón y al histriónico Christopher Plummer a Cómodo. A Jack Palance con sus escalofriantes risotadas silenciosas y a Stephen Boyd o Messala con sus turbios odios y amores. Las apariciones del Cristo o de San Juan Bautista o la Magdalena son aburridos paréntesis que pagamos con gusto. Hemos heredado eso: licencia para sumergirnos en el incomparable mundo romano ficticio. Lo pagano en su apogeo.























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL ANUNCIO DE LA NUEVA ECONOMIA, DE JUAN ANTONIO BERNIER

 








EL ANUNCIO DE LA NUEVA ECONOMÍA




En las distintas formas


de vida que orientaban


sus yemas hacia el sol,


podía vislumbrarse la belleza


de un mundo sin nosotros.


 


Las formas nos miraban desatentas,


sin apasionamiento,


centradas en su curso


de aves o de nubes.


 


Era el tiempo y la hora,


floración inminente.


 


Todo


nos remitía


 


al deseo de antes.




JUAN ANTONIO BERNIER (1976)

poeta español


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY , MIÉRCOLES, 4 DE MARZO DE 2026

 





























martes, 3 de marzo de 2026

LA GUERRA ES CARA PARA LA GENTE COMÚN. ESPECIAL TRES DE HOY MARTES, 3 DE MARZO DE 2026

 







La Operación Furia Épica costará miles de millones que podrían haberse utilizado de forma mucho mejor.

El domingo, según el ejército estadounidense, las fuerzas kuwaitíes derribaron tres F-15 estadounidenses en un incidente de "fuego amigo". Afortunadamente, las tripulaciones lograron eyectarse sin problemas y sobrevivieron. La triste realidad es que este tipo de incidentes son comunes en la guerra moderna. Uno de los oficiales estadounidenses de mayor rango que murió en la Segunda Guerra Mundial, el general Lesley McNair , murió en Normandía por bombas estadounidenses, no alemanas.

Lo impactante de la historia es el valor del equipo destruido: un nuevo F-15 cuesta a los contribuyentes estadounidenses 97 millones de dólares . Eso equivale a casi 300 millones de dólares perdidos en segundos. Y deberíamos pensar en qué se podría haber hecho con ese dinero, además de lanzar una guerra sin un plan claro ni una estrategia de salida.

Hay muchas razones para estar preocupado por la Operación Furia Épica. Donald Trump ha llevado a Estados Unidos a la guerra, no solo sin la autorización del Congreso, sino sin siquiera intentar defenderse ante el pueblo estadounidense. Más allá de la esperanza de que los iraníes se rebelen y derroquen el régimen de los ayatolás, la guerra no tiene un plan claro ni para la victoria ni para la salida. Esto sugiere firmemente que la prisa por ir a la guerra fue un ataque de ego de Trump, más que una campaña cuidadosamente planificada. Y aunque sería una gran bendición para el mundo si el pueblo iraní pudiera liberarse de este régimen perverso, como en cualquier guerra, existen enormes riesgos de consecuencias imprevistas, incluso para la economía mundial .

Una de las razones para estar preocupados por esta guerra es la extraordinaria cantidad de dinero que el gobierno de Estados Unidos está desembolsando ahora o tendrá que desembolsar en el futuro para reemplazar las municiones usadas.

El estilo de guerra estadounidense moderno requiere un uso intensivo de capital, desplegando cantidades masivas de equipo y poniendo en peligro a relativamente pocas personas. Esto ha sido así desde la Segunda Guerra Mundial, cuando Roosevelt rechazó los llamados a reclutar un ejército inmenso y optó por librar lo que Phillips O'Brien llama una "guerra ligera de infantería con uso intensivo de máquinas". Es un enfoque racional, considerando la riqueza de nuestra nación y su aversión a las bajas. Sin duda, es mucho más racional que la charla de Pete Hegseth sobre el "ethos guerrero": ¿se supone que los soldados deben mostrar sus bíceps al atacar drones?

Pero la dependencia del ejército estadounidense de las municiones en lugar de la mano de obra puede crear dos problemas.

El primer problema es que las municiones modernas, altamente sofisticadas y complejas, no pueden producirse con poca antelación, y Trump ya ha agotado numerosos misiles y otras armas en sus diversas operaciones militares. Ayer declaró a la prensa que la campaña contra Irán podría prolongarse de cuatro a cinco semanas o incluso más. Sin embargo, numerosos informes sugieren que Estados Unidos no tiene suficientes reservas de armas para mantener el ritmo actual de acción durante más de unos pocos días sin debilitar peligrosamente la capacidad militar para contrarrestar otras amenazas, como un posible ataque chino a Taiwán.

En una publicación en Truth Social anoche, Trump insistió en que Estados Unidos tiene un “suministro virtualmente ilimitado” de armas de “grado medio y medio superior”, lo que en efecto es una confirmación de que las existencias de armas de alto grado están al borde del agotamiento.

El otro problema es que la guerra al estilo estadounidense es increíblemente cara, tanto que el costo se convierte en una preocupación seria incluso para una nación tan rica como Estados Unidos.

Linda Bilmes, de la Escuela Kennedy de Harvard, estima que la campaña de bombardeos de Trump del año pasado, en gran medida infructuosa, contra los hutíes islamistas respaldados por Irán en Yemen —un objetivo mucho más vulnerable que el propio Irán— costó entre 2.760 y 4.950 millones de dólares. La Operación Martillo de Medianoche, el ataque de un día de Trump contra presuntas instalaciones nucleares iraníes, costó entre 2.040 y 2.260 millones de dólares.

La guerra actual se libra no solo con bombardeos masivos, sino también con el uso de un gran número de costosos interceptores para defender las bases estadounidenses y sus aliados de los drones y misiles iraníes. Así que, en tan solo unos días, seguramente hemos incurrido en miles de millones de dólares en gastos. Y si esta guerra se prolonga, los costos podrían ascender fácilmente a entre veinte y treinta mil millones de dólares.

¿Cómo deberíamos considerar estos costos? Por un lado, el presupuesto federal es inmenso, y casi cada categoría de gasto individual representa solo una pequeña fracción del total. Si gastamos 20 mil millones, 30 mil millones o incluso más en la guerra de Trump, aún parecerá un error de redondeo en el presupuesto federal general.

Pero por otro lado, pensemos en qué más se podría haber hecho con ese dinero.

Los conservadores se quejan constantemente del nivel de gasto federal, alegando que gastamos más de lo que podemos permitirnos en programas sociales. La Ley de la Gran y Hermosa Ley de Trump impone fuertes recortes en la asistencia nutricional y sanitaria, supuestamente porque el costo de los cupones de alimentos y Medicaid es excesivo. Esto, a pesar de que numerosos estudios han demostrado que los costos a largo plazo de no proporcionar cupones de alimentos y Medicaid son mucho mayores que los de proporcionarlos.

Y si comparamos el costo de esta guerra con lo que gastamos para ayudar a los estadounidenses necesitados, queda claro que esta guerra es extremadamente cara en comparación con otras maneras en que podríamos haber gastado los fondos. Dicho de otro modo: el SNAP (Programa de Asistencia Alimentaria Nutricional Suplementaria, anteriormente conocido como cupones de alimentos) gasta un promedio de unos 2400 dólares al año por beneficiario . El CHIP (Programa de Seguro Médico para Niños), administrado por Medicaid, proporciona atención médica integral por unos 3000 dólares por niño .

Así que tan solo reemplazar esos tres aviones derribados sobre Kuwait —cada uno, recuerden, con un costo de 97 millones de dólares— costará aproximadamente lo mismo que proporcionar ayuda alimentaria crucial a 125.000 estadounidenses o brindar atención médica a 100.000 niños estadounidenses. Y la guerra podría muy bien terminar costando cien veces más que el precio de esos aviones.

Ahora bien, apoyo que el gobierno estadounidense gaste lo que sea necesario para mantener la seguridad nacional. Pero la administración Trump, que no ha aportado ninguna justificación coherente para la guerra, ni siquiera se molesta en fingir que tiene algo que ver con la seguridad nacional.

La opinión pública sobre esta guerra es extremadamente negativa . Como dice G. Elliott Morris , «todo presidente estadounidense moderno que inició una guerra contó con el apoyo del público desde el principio», hasta Trump. Y no hay indicios de un efecto de movilización.

¿Por qué los estadounidenses se muestran tan negativos ante esta guerra? Primero, creen que les ha sido impuesta: Trump no se ha molestado en darles una razón. Segundo, los estadounidenses —ya desilusionados por las falsas promesas sobre DOGE (recuerden esas) y los aranceles— intuyen, con razón, que no hay estrategia. Tercero, la opinión pública intuye, también con razón, que la gente común pagará el precio de esta guerra. Por supuesto, Trump no ha dicho ni un ápice sobre sacrificios compartidos, como, por ejemplo, gravar a los multimillonarios para financiar el gasto en misiles y bombas.

El estadounidense común cree que Trump está despilfarrando miles de millones de dólares sin tener ni idea de cómo se supone que funcionará, y que ellos acabarán pagando las consecuencias. Y tienen razón. Paul Krugman es premio nobel de economía. Artículo publicado en Substack el 3 de marzo de 2026.














TRUMP NO TIENE NI IDEA DE LO QUE ESTÁ HACIENDO. ESPECIAL DOS DE HOY MARTES, DE MARZO DE 2026

 







Amigos, Trump dijo el lunes que Estados Unidos continuará atacando a Irán “cueste lo que cueste”.

Pero ¿qué es el “ it ” en esa oración?

También dijo: “Estamos destruyendo la capacidad de misiles de Irán” y “aniquilando su armada” y asegurando que “este régimen enfermo y siniestro” en Irán “nunca pueda obtener un arma nuclear”.

¿Pero cómo sabremos cuando hayamos logrado algo de esto?

Funcionarios de inteligencia estadounidenses afirman que Irán no ha intentado reconstruir sus principales instalaciones nucleares desde el ataque estadounidense de junio. Las reservas iraníes de uranio enriquecido siguen sepultadas bajo los escombros. El director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) afirma que su agencia no ha encontrado pruebas de que Irán haya reanudado el enriquecimiento de uranio desde junio.

Sin embargo, aún más fuerzas estadounidenses se dirigen a Oriente Medio, y Trump afirma que se avecinan oleadas más intensas de ataques aéreos. No ha descartado el envío de tropas terrestres.

Ni Trump ni nadie más en su régimen ha aportado claridad sobre cómo sabremos si hemos “ganado” esta guerra.

No tiene un objetivo final. Ha dado diferentes plazos y objetivos, según cuándo y con quién se dirija. Cuando NBC News le preguntó cuáles eran sus objetivos, respondió: «El primero es decapitarlos, deshacerse de todo su grupo de asesinos y matones». Declaró al Washington Post: «Lo único que quiero es libertad» para el pueblo iraní.

Trump declaró el domingo a Rachel Scott, de ABC News, que tenía un "plan magnífico" para el futuro de Irán. Comentó a otros medios que había "buenos" candidatos para asumir el cargo, pero posteriormente le dijo a Jon Karl, de ABC, que todas las personas que tenía en mente habían muerto.

No puedo evitar pensar en la guerra de Vietnam, que ocupó gran parte de mi juventud (y, como tiene casi mi misma edad, supongo que también la de Trump). Tampoco allí había un final claro.

La mayor diferencia entre la guerra de Trump contra Irán y la de Lyndon Johnson en Vietnam fue que, durante la guerra, Estados Unidos aplicaba el servicio militar obligatorio, lo que implicaba que la administración tenía que justificar repetidamente la guerra ante el pueblo estadounidense. A medida que esa guerra descabellada se intensificaba y su justificación se volvía cada vez más difícil de alcanzar, se convirtió en un tema central de la política estadounidense, lo que finalmente provocó que Lyndon Johnson abandonara la carrera presidencial de 1968.

Pero Trump no siente presión para justificar ni explicar nada. No tiene ni idea de lo que hace en Irán. Improvisa. Cree que puede lograrlo porque se cree invencible.

Es el modus operandi de Trump. Le encanta crear caos porque el caos le permite improvisar: imponer su propia narrativa a un aluvión de acontecimientos, eludir la responsabilidad por los fracasos, tomar crédito por los éxitos y crear ilusiones de gloria y victoria.

Pero el caos que ha desatado en Oriente Medio es tan grande que la narrativa podría estar ya fuera de su control. La conflagración se está intensificando y extendiendo demasiado rápido. Apenas tres días después, está tomando decisiones contradictorias e incoherentes y ofreciendo versiones contradictorias.

Supuso que una guerra le sería beneficiosa. Justificaría medidas de emergencia en casa. Desviaría la atención de sus múltiples fracasos. Lo haría parecer más grande.

Pero esto ya lo está haciendo más pequeño, más rehén de lo que ocurre que líder, más toro de Netanyahu que socio principal, otro presidente estadounidense absorbido por las fauces gigantes de Medio Oriente.

Los estadounidenses tienen memoria corta, pero sí recuerdan que Trump fue reelegido para lograr tres cosas: primero, bajar los precios. No lo ha hecho. La inflación crece a una tasa anualizada de casi el 3 %. Los precios del petróleo están a punto de dispararse debido a la guerra que ha desatado en Oriente Medio.

En segundo lugar, prometió controlar la frontera sur del país. Lo ha logrado enviando agentes de inmigración dentro de Estados Unidos contra personas que se encuentran legalmente en el país, y lo ha hecho con tal barbarie —incluyendo al menos dos asesinatos— que la mayoría de los estadounidenses cree que ha ido demasiado lejos.

Su tercera promesa fue evitar los enredos extranjeros. Durante la campaña de 2024, afirmó que "rompería el ciclo de cambio de régimen" y evitaría políticas "imprudentes". Señaló que derrocar regímenes sin planes crea "vacíos de poder que simplemente llenan los terroristas". Quería que Estados Unidos dejara de ser "el policía del mundo". Prometió repetidamente "expulsar a los belicistas" del gobierno. La noche de las elecciones de noviembre de 2024, declaró: "No voy a iniciar una guerra. Voy a detener las guerras".

Trump ha roto esta promesa con una negligencia asombrosa. Ha lanzado una guerra en Oriente Medio sin un plan, sin una estrategia y sin una idea clara de adónde conduce ni cómo termina.

Incluso sin reclutamiento, los estadounidenses no tolerarán esto por mucho tiempo. Si la guerra de Trump cuesta muchas vidas estadounidenses, no lo perdonarán.

Por todas estas razones, la guerra de Trump podría ser su ruina. Ruego que no sea también la ruina de Estados Unidos. Robert Reich es profesor de la Universidad de California en Berkeley. Artículo publicado en Substack el 3 de marzo de 2026.














PERDIENDO LA GUERRA CONTRA LA VERDAD. ESPECIAL UNO DE HOY MARTES, 3 DE MARZO DE 2026

 







Mentir es un arte, y Trump es un artista. Pero es un artista con una capacidad cada vez menor; y ahora ha decidido aplicar su arte a la guerra, un tema que le resulta atractivo, pero del que solo sabe que le gusta. Trump parece no saber qué mentira decir. Las mentiras siempre son un parásito de la verdad, en el sentido de que hay que tener cierta idea de lo que es verdad para decir lo que no lo es. Pero ahora estamos en un terreno donde Trump solo conoce sus propios placeres.

Si aceptamos que nada es verdad, nos encontramos entre dictadores, tanto aspirantes como reales, con buenas historias y monopolios mediáticos. Pero incluso si mentir funciona en política, las verdades sobre el mundo no dejan de existir: los civiles asesinados siguen muertos, los aviones derribados se estrellan, las acciones provocan reacciones impredecibles. Los fascistas de la posverdad se adentrarán en los terrenos de la ignorancia y se verán atrapados.

Pero a menos que nos desviemos de estas personas en el punto fundamental de la verdad, se engañarán a sí mismos de todos modos. Casi sin importar cuán grande sea la catástrofe, reconstruirán su poder sobre la base de las mentiras a medias que repetimos, las atrocidades que ignoramos, las contradicciones que dejamos pasar, las justificaciones que encontramos para nosotros mismos.

En esta guerra, hablar de «interés nacional» es una justificación. No hay nada de eso en juego.

Solo hay interés personal, o placer personal. La verdad básica es que a Trump le gusta lo que hace. Trump parecía estar ebrio en los días posteriores al secuestro de Maduro. Claramente experimentaba mucho placer; se sentía como si estuviera " en racha ". Eso, por supuesto, es pensamiento mágico. En el mundo real, no existe tal cosa como "estar en racha".

Las contradicciones pueden nombrarse. El sentimiento de embriaguez de Trump se basa en una sola.

Las instituciones que funcionaron en Venezuela, tanto de inteligencia como militares, se construyeron durante generaciones sobre los cimientos que Trump y su administración niegan: que los funcionarios de carrera importan; que el gobierno funciona; que la ciencia es verdadera; que la investigación es valiosa; que los científicos inmigrantes realizan un trabajo valioso; que la planificación a largo plazo funciona; y, en última instancia, que los hechos son hechos. Trump y su gente jamás podrían haber construido tales instituciones. Solo pueden explotar su existencia. Y al explotar, se debilitan.

El poder estadounidense se está utilizando para destruir el orden que Estados Unidos instauró. Existe una ley de guerra, y al violarla y burlarnos de ella, hacemos que el mundo sea más peligroso y a nosotros mismos más vulnerables. La imaginación en serie de enemigos, aquellos que se sienten cómodos atacando, debilita la capacidad de Estados Unidos para defenderse de enemigos reales. Los misiles que se disparan en Oriente Medio con un propósito incierto no están disponibles para conflictos importantes, como en Ucrania. Los tres cazas estadounidenses que nuestros aliados derribaron podrían haber sido útiles en algún momento. (Y resulta un tanto inquietante que Kuwait pueda derribar tres F-15 estadounidenses en un solo día).

Una guerra en Oriente Medio podría desatar el terrorismo en Estados Unidos. Sin embargo, hemos clausurado las instituciones pertinentes y desviado al personal pertinente a la aplicación de la ley migratoria.

Trump está diciendo mentiras sobre la guerra que no solo se contradicen entre sí, sino que se contradicen internamente. ¿Se trata de un programa nuclear inexistente? ¿O de un cambio de régimen que no hemos considerado bien? ¿O de una amenaza iraní imaginaria para las elecciones?

Trump ha afirmado que ya destruyó el programa nuclear iraní y que ahora lo está destruyendo. Esto no solo es contradictorio, sino que genera un peligro real.

El efecto neto de esta guerra será la proliferación de armas nucleares por todo el mundo. A pesar de lo que CBS News dice a sus espectadores, Irán no posee armas nucleares. Aceptó abandonar su programa nuclear durante el gobierno de Obama, y ​​luego Trump rompió el acuerdo. Son los países que atacan a Irán —Israel y Estados Unidos— los que poseen un arsenal nuclear. Esto confirma una lección que Rusia enseñó con su invasión a gran escala de Ucrania en 2022: los países con armas nucleares tienen libertad para iniciar guerras de agresión. La única conclusión que otros pueden sacar es que se necesitan armas nucleares para disuadir tales ataques.

Trump ha declarado que el propósito de la guerra es tanto permitir que el pueblo iraní se autogobierne como crear una situación en la que el régimen existente negocie. Esto no solo es contradictorio, sino que generó auténticas atrocidades.

Semanas después del inicio de esta guerra, Trump instó al pueblo iraní a alzarse. Y cuando lo hicieron, el régimen asesinó a miles, probablemente a decenas de miles. Entre ellos se encontraban algunos de los iraníes más valientes, personas que podrían haber ayudado a crear un gobierno más humano. Pero ahora están muertos, y con su muerte se reduce la posibilidad de tal transformación.

Trump ha argumentado que uno de los propósitos de esta guerra era responder a la interferencia iraní en las elecciones estadounidenses. Es evidente que esta afirmación pretende justificar la supresión ("federalización") de las elecciones estadounidenses en noviembre. Todo esto es tan indeciblemente predecible que todos somos responsables si funciona.

Pero para evitarlo tenemos que empezar por las pequeñas y sencillas verdades, aquellas que a veces pueden perderse en los informes vertiginosos sobre la guerra y las elecciones.

Las potencias extranjeras sí intentan influir en la opinión pública estadounidense durante las elecciones. Rusia y China realizan sistemáticamente operaciones en redes sociales a favor de Donald Trump. En 2020, los iraníes sí llevaron a cabo una operación de influencia electoral. Su objetivo inequívoco era suprimir el voto demócrata y favorecer a Donald Trump. El Departamento de Justicia, bajo la administración Biden, procesó a los iraníes que infringieron la ley estadounidense al intentar que Trump fuera elegido. No hay indicios de que las operaciones de influencia iraníes hayan tenido algún efecto.

De nuevo en el cargo a partir de enero de 2025, Trump ha facilitado el camino a las operaciones de influencia extranjera, presumiblemente porque sabe que casi siempre es él el beneficiario previsto. Los departamentos gubernamentales diseñados para rastrearlas han sido clausurados, y los investigadores que las estudian han sido atacados y privados de financiación. Sus aliados en redes sociales también han eliminado las restricciones diseñadas para impedir que actores extranjeros realicen campañas de propaganda dentro de Estados Unidos.

Y así vemos una serie de enormes contradicciones. Estamos en guerra con Irán, dice Trump, debido a la interferencia electoral iraní. Pero esta interferencia le favoreció. Y fue perseguida bajo la administración Biden. Y Trump, de nuevo en el cargo, facilitó deliberadamente la interferencia electoral extranjera. Y luego, la interferencia electoral extranjera que le favoreció y que él permitió, ahora Trump afirma que le perjudica hasta tal punto que tiene que librar una guerra en el extranjero para detenerla y luego extenderla hasta las urnas estadounidenses . Esto es completamente absurdo.

El emperador está desnudo, de pie frente al espejo, preguntando quién es la más bella de todas. La respuesta podría ser inesperada. La guerra puede crear oportunidades para el mentiroso, pero también puede exponer la ruindad de la mentira. Trump parece creer que puede decir cualquier cosa; pero en realidad, está dando a sus oponentes cada vez más oportunidades para formar coaliciones en todos los ámbitos donde, de forma tan evidente, está traicionando a todos por su propio bien.

¿Se trata de armas nucleares, de un cambio de régimen o de una interferencia electoral? No se trata de nada de eso, por supuesto; se trata de sentirse bien y mantenerse en el poder. Es una guerra contra la verdad; pero la verdad puede ganar si encuentra aliados. Timothy Snyder es historiador. Artículo publicado en Substack el 2 de marzo de 2026.