viernes, 6 de enero de 2023

De los libros como refugio

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Belén López Peyró, va de los libros como refugio. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.





Refugio en los libros
BELÉN LÓPEZ PEIRÓ
31 DIC 2022 - El País

Es lunes por la mañana y desde lejos veo que la Biblioteca Joan Miró está cerrada. La persiana cubre como un manto negro la entrada. En mi espalda pesa la mochila con la computadora y los libros. Me acerco todavía más. Hay alguien en la puerta. Un hombre de pelo blanco y barba crecida. Lleva una bolsa en la mano. Lo conozco. Los dos miramos el cartel con los horarios. Qué pena, niña, dice. Mejor me voy a casa. Y entonces se despide y se sienta en uno de los bancos del parque que rodea la biblioteca. Saca algo de la bolsa y come. Cruzo al café de enfrente. Estoy un par de horas, pero no logro concentrarme. Pienso en ese hombre. Tengo que haberlo visto antes. Salgo a dar otra vuelta al parque y lo descubro ahora recostado debajo de uno de los techos del edificio, en una de las esquinas, ahí donde monta su refugio junto a otras personas de la calle.
Hace algunos meses, en una entrevista a la escritora ecuatoriana Natalia García Freire, hablamos de cómo se gestó su primer libro Nuestra piel muerta. Mencionó el máster al que asistió en Madrid, ahí donde vivió dos años, pero principalmente destacó las bibliotecas públicas. Dijo que eran un tesoro que no había en su país. Esto de pedir un libro y que lo busquen y lo presten por un mes, dos meses, tres.
Migré con pocos libros. Alrededor de veinte. Mucho menos de lo que hubiera deseado. Una vez en Barcelona, alquilé una habitación que no tenía luz. Tampoco cama. Ni privacidad. Pasaba los días en bares, parques, pero sobre todo en bibliotecas. Siguiendo el consejo de García Freire, lo primero que hice fue buscar la biblioteca pública más cercana y hacerme socia.
Cada mañana, esperaba en la puerta y veía pasar a la bibliotecaria y luego entraba, primera, cuando todavía estaban encendiendo las luces. Sabía con precisión los horarios de rutina. Imaginaba que podían contratarme para repetir el paso de baile. Por las mañanas dictaban clases de catalán o de tecnología. Los más jóvenes estudiaban en el piso de arriba, con más privacidad. En la planta baja los que como yo prefieren el sol en la cara. Y no les importa compartir la mesa de estudio. Lo más divertido: al mediodía, empezaba la música. Casi siempre, un disco de Fito Páez. El volumen subía de a poco, hasta que a la una y media ya era casi imposible leer o escribir y había que largarse. Entonces almorzaba en el bar de la esquina y dos horas después volvía. Durante un mes repetí la rutina. Y las caras empezaron a hacerse conocidas.
Una mañana un hombre me pidió permiso para sentarse junto a mí. Saqué mi bolso de la silla y dije sí. Y se sentó. Al rato, empecé a sentir algo extraño. Un olor intenso. Fuerte, como a guardado. Volví la vista a él y entonces me di cuenta: el pantalón cubierto de tierra, la campera con agujeros; el pelo seco y canoso. Y una bolsa de plástico que apoyaba sobre la mesa, justo al lado del diario que estaba leyendo. No leía uno, leía tres a la vez. De principio a fin, no se salteaba ni una sola página. Como si fuera un libro.
Al tiempo pude encontrar un lugar mejor donde vivir. Conseguí un escritorio. Una pizarra. Una biblioteca pequeña. Aun así seguía pensando en ese hombre. Daba vueltas con la idea de volver a encontrarlo. A veces volvía a la biblioteca a buscar libros, pero prefería leerlos en mi casa. Estar tantos días vagando en la calle me había cansado: prefería el abrigo de un hogar. Hasta que un día decidí volver.
Es diciembre y me acerco a la bibliotecaria. Pregunto si tiene registro de cuánta gente de la calle viene a la biblioteca. Dice que no. Hay muchos, pero la mayoría no se registra. Al menos, conoce a tres hombres que cada día vienen a leer. Los describe. Conozco a cada uno de ellos. La interrumpo: ¿y qué leen? No sabe. Llegan y agarran lo que está a mano en las repisas.
Me siento en una mesa decidida a escribir esta columna. Pienso: ojalá venga. Un lugar no es refugio si no hay cierta permanencia. Pasa una hora. Dos horas. Me concentro en la página. Permiso, dice alguien, y es él. Se sienta en la mesa a leer. Lleva en sus manos tres diarios. Pienso en hablarle, pero no quiero molestar. Tiene la barba aún más crecida. Un pullover abrigado debajo de la campera. Lee los diarios en orden, de la primera a la última página. Las cosas no cambian. O sí. En un momento se para y devuelve los diarios y luego se detiene sobre uno de los estantes de libros. Arriba dice Narrativa, poesía i teatre. Con los brazos hacia atrás, las manos enlazadas en la espalda, recorre las hileras. Se detiene y observa. Elige uno. Poemes del retorn. Lee un buen rato. Cuando se hace la hora de irnos, devuelve el libro, junta la bolsa y camina a la salida. Buenas tardes, niña, dice. Espero verte pronto.




















[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Quo vadis, Europa? Carta abierta al presidente del Parlamento Europeo. [Publicada el 07/01/2015]

 




Las Palmas de Gran Canaria, 7 de enero de 2015


Sr. Martin Schulz
Presidente del Parlamento Europeo
ESTRASBUGO (Francia, U.E.)

Estimado Sr. Schulz:

Su compatriota el señor Joschka Fischer, exministro de asuntos exteriores y exvicecanciller de la República Federal Alemana entre 1998 y 2005, líder del partido Verde alemán durante más de veinte años, escribía el pasado día 2 de enero en varios diarios europeos, entre ellos El País, de  Madrid, un más que interesante artículo titulado "Un año decisivo para Europa", en el que, como resumen, venía a señalar que la batalla por la política de austeridad que lidera la canciller alemana Angela Merkel amenaza no solo a los Estados de la eurozona sino a todo el entramado de la propia Unión Europea, haciéndose la reflexión acerca de lo que puede pasar en las próximas elecciones griegas del día 25 y con las amenazas del primer ministro británico, David Cameron, de celebrar lo más pronto posible un referéndum en su país sobre la permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea. No entro en más detalles porque estoy seguro de que usted ya conoce el artículo del señor Fischer.
Con toda sinceridad, tanto las amenazas de abandonar la Unión por parte del señor Cameron si no se accede a renegociar las condiciones de pertenencia a la Unión del Reino Unido, como las poco veladas amenazas de la señora Merkel a Grecia de una más que segura "salida" de la eurozona en virtud de quien gane las elecciones, no son de recibo. El señor Cameron y la señora Merkel pueden opinar en nombre propio y de sus respectivos gobiernos pero en ningún caso, entiendo yo, pueden hacerlo en nombre de sus conciudadanos y menos aun en nombre de los restantes ciudadanos y Estados de la Unión.
El próximo día 12 de enero hará justo diez años que en medio de la campaña sobre el Proyecto de Constitución Europea que se votaría en España unas semanas más tarde, tuve el honor de ser invitado a pronunciar una conferencia en la sede regional del sindicato Unión de Trabajadores de España (UGT) en Las Palmas de Gran Canaria, en las Islas Canarias, donde resido desde 1967. La titulé "El Proyecto de Constitución Europea" y la publiqué el 25 de noviembre de 2006 en mi blog Desde el trópico de Cáncer, y allí puede leerla si es que tiene interés en ello. 
¿Por qué es esta una Constitución para los ciudadanos europeos?, me preguntaba al inicio de la misma. Y añadía a continuación, esta es una Constitución para los ciudadanos europeos porque establece unos valores y principios propios y específicos de la Unión Europea, enunciando el establecimiento de la Unión como unión de los ciudadanos y los Estados de Europa y abriéndola a todos los Estados europeos que respeten esos valores y principios y los promuevan en común: dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho, derechos humanos, pluralismo, no-discrimnación, tolerancia, justicia, y solidaridad e igualdad entre sus hombres y mujeres. También la libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales, libertad de residencia y establecimiento y no-discrimanación en razón de la nacionalidad. Y todo ello para promover la paz, los valores y el bienestarb de sus pueblos, un desarrollo sostenible, el progreso científico y técnico, combatir la exclusión y discriminación y promover la justicia y la protección social, la igualdad de sexos, la solidaridad entre las generaciones, la protección de los derechos de los niños, la cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los Estados miembros. Unas páginas más tarde, concluía la conferencia con una cita de un gran europeo, Víctor Hugo, pronunciada en 1848, que dice así: "Llegará un día en que todas las naciones del continente, sin perder su idiosincrasia o su gloriosa individualidad, se fundirán estrechamente en una unidad superior y constituirán la fraternidad europea. Llegará un día en que no habrá otros campos de batalla que los mercados abriéndose a las ideas. Llegará un día en que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos". 
Todos sabemos como acabó la aventura de crear una Constitución para Europa. Al parecer nadie lo lamenta; yo, sí. Lo lamenté entonces y sigo lamentándolo aun hoy: ¡qué gran oportunidad perdida! El 30 de agosto de 2013 vuelvo a escribir en Desde el trópico de Cáncer sobre Europa. Ahora, para traer a colación la idea sobre Europa de uno de los más grandes filósofos europeos de entreguerras: el español José Ortega y Gasset. Lo hago en una entrada titulada "Los Estados Unidos de Europa: el sueño de Ortega y Gasset". Traigo hasta allí las palabras que nuestro gran filósofo pronunció en la Universidad Libre de Berlín el 7 de septiembre de 1949, titulada "De Europa meditatio quaedam", que tuvo una repercusión extraordinaria entre el público universitario, según una información periodística: "El día en que don José Ortega y Gasset dio su conferencia las multitudes de público que no habían conseguido tarjeta de entrada, a pesar de haberse repartido varios miles -todas las mayores salas estaban provistas de altavoces-, asaltaron el edificio, rompieron la gran puerta, quebraron los ventanales, causaron víctimas y fue inevitable una seria intervención de la Policía. Los periódicos alemanes, durante varios días, han relatado estos incidentes y hecho sobre ellos comentarios bajo el título humorístico: La rebelión de las masas, aludiendo al libro de nuestro compatriota, que es hoy una de las obras más populares en Alemania".
Este conjunto de ideas, dice sobre la conferencia el también filósofo español José Luis Abellán en su libro "Historia crítica del pensamiento español", ya estaban plenamente elaborado en 1929, diez años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. El contenido de la misma no difiere mucho, continúa diciendo el profesor Abellán, de las ideas centrales que ya había desarrollado Ortega en su libro "La rebelión de las masas". Su argumento base es la existencia de una "sociedad europea" secular, que ha tenido diversas formas de organización a lo largo del tiempo, pero que -las circunstancias históricas actuales- exigen se formalicen políticamente en un nuevo Estado nacional que comprenda a las distintas patrias tradicionales. Su idea nuclear es esta: "Dadas las condiciones de la vida actual, los pueblos de Europa solo pueden salvarse si trascienden esa vieja idea esclerosada poniéndose en camino hacia una supra-nación, hacia una integración europea".
Pero quizá, concluye su cita sobre Ortega el profesor Abellán, el mejor resumen de su pensamiento lo encontramos en este párrafo inédito hasta hace poco: "Es palmario que ningún Estado nacional europeo ha sido nunca totalmente soberano en relación con los demás. La soberanía nacional ha sido siempre relativa y limitada por la presión que sobre cada una de ellas ejercía el cuerpo íntegro de Europa. La total soberanía era una declaración utópica que encabezaba la redacción de la Constitución, pero, en la realidad, sobre cada Estado nacional gravitaba el conjunto de los demás pueblos europeos que ponían límites al libre comportamiento de cada uno de ellos amenazándole con guerras y represalias de toda índole, es decir, penas y castigos, según son constitutivos de todo derecho y de todo Estado. Había, pues, un poder público europeo y había un Estado europeo. Solo que este Estado no había tomado la figura precisa que los juristas llaman Estado, pero que los historiadores, más interesados en las realidades que en los formalismos jurídicos, no deben dudar en llamarlo así. Ese Estado europeo ha recibido en el pasado diversos nombres. En tiempo de Wilhelm von Humboldt se le llama "concierto europeo" y poco después hasta la Primera Guerra Mundial se le llamó "equilibrio europeo". Por tanto, los pudores que hoy algunos pueblos sienten o fingen sentir ante todo proyecto que limite su soberanía no están justificados y se originan en lo poco claras que están en las cabezas las ideas sobre la realidad histórica".
¿Queda algo de esa entusiasta e ilusionante idea de Europa en el quehacer diario de las instituciones de la Unión Europea de 2015? Yo personalmente, estimado señor Schulz, creo que poco o nada.
Presidente Schulz, me he tomado el atrevimiento de dirigirle esta carta abierta en la confianza que me depara el hecho de saberle un europeísta convencido y confeso, y como no, también por ostentar la presidencia del órgano que dentro de la Unión Europea, o lo que queda de ella, nos representa a nosotros exclusivamente, a los sufridos ciudadadanos de la Unión: nuestro parlamento, el parlamento de todos nosotros, el Parlamento Europeo.
El profesor mexicano Gustavo R. Velasco escribía en septiembre de 1943, en plena II Guerra Mundial, el prólogo de la edición del famoso tratado "El Federalista", de los ilustrados norteamericanos A. Hamilton, J. Madison y J. Jay, para el Fondo de Cultura Económica de México. Y relata en él que terminada la Guerra de Independencia mediante un tratado preliminar firmado a finales de 1782, sobrevino a los recien independizados estadounidenses el movimiento de desilusión-reacción que suele seguir a las épocas de gran tensión, una vez que desaparece el peligro del exterior que aplaca las diferencias internas. Y las trece colonias, que habían conducido la lucha contra Gran Bretaña en la forma más desunida que imaginarse pueda y atendiendo ante todo a sus intereses particulares, hasta marzo de 1781 no terminaron de ratificar el pacto que daba forma a los llamados "Artículos de Confederación", que llevaron a la Unión a una condición cercana a la anarquía. Las condiciones económicas eran precarias, dice el profesor Velasco, en una nación obligada a hacer reajustes profundos en la organización de su economía, agravada por la emisión de papel moneda y por la repudiación por parte de varios Estados de las deudas que habían contraído. La oposición de intereses entre diversos grupos de la población, principalmente entre las ciudades y el campo y entre deudores y acreedores, alcanzó a provocar motines y brotes armados. En una palabra, dice, a las altas esperanzas que se fincaban en la victoria y la consecución de la independencia habían sucedido sentimientos de confusión y desaliento, de tal grado, que los historiadores llamaron a esa época el "período crítico de la historia americana".
¿Será ese, señor Schulz, el momento crítico que su compatriota el señor Fischer denunciaba a la Unión Europea para este año 2015 en su artículo de hace unos días? Sea lo que fuere, continúa el profesor Velasco, se extendió entre los norteamericanos la convicción profunda de que era indispensable un cambio radical, y aunque a regañadientes, el Congreso convocó a una Convención que debería reunirse en Filadelfia en mayo de 1787 con el objeto único y expreso de revisar los Artículos de Confederación y de presentar dictamen a las  sobre las alteraciones y adiciones a los mismos que fueran necesarios a fin de adecuar la Constitución federal a las exigencias del Gobierno y el mantenimiento de la Unión.
Como es bien sabido, la Convención, que se reunió entre el 14 de mayo y el 17 de septiembre de ese año, resolvió como algo obvio que para alcanzar los fines que el Congreso le había asignado no bastaba con acometer una reforma de los Artículos de Confederación, así que sin perder tiempo en ello, y tras discusiones acaloradas que a punto estuvieron de provocar su disolución, se decidió por elaborar un nuevo proyecto constitucional que tras ser ratificado por el pueblo de los Estados de la Unión se convirtió en la actual Constitución de los Estados Unidos de América.
Termino, señor presidente, invitándole a hacer llegar esta petición al parlamento que preside: A "mi Parlamento"; al parlamento que representa al pueblo europeo en su conjunto. Y ello, con una doble finalidad: primera, animar al parlamento europeo como representación genuina de los ciudadanos de la Unión a que asuma el protagonismo que le corresponde de pleno derecho en el proceso de construcción de la nación europea y se pronuncie por la necesidad de proclamar ya la unión federal de los pueblos y Estados europeos y la creación de los Estados Unidos de Europa. Segunda, que con la misma determinación dé los pasos necesarios para elaborar, aprobar y someter a los pueblos y Estados de la Unión un proyecto de Constitución para los Estados Unidos de Europa.
Gracias, señor presidente, por su amable atención.

Carlos Campos 
Historiador
Las Palmas de Gran Canaria
(Islas Canarias, España, UE)


P.S.: Consternado por el criminal atentado terrorista de esta mañana en París contra los periodistas del semanario francés Charlie Hebdo, quisiera manifestarle mi repulsa más absoluta a los autores e inductores de tan horrendo acto y mi respeto profundo a las víctimas del mismo, en la seguridad de que la violencia sectaria nunca prevalecerá en los pueblos de Europa sobre sus ansias de libertad, convivencia y progreso en paz.


***


Con fecha 30 de marzo de 2015 recibo el siguiente correo electrónico de la Unidad de Solicitudes de Información del Parlamento europeo:

A(2014)415
CL/rf

Estimado Sr. Campos:

El Presidente del Parlamento Europeo (PE), Martin Schulz, ha recibido su mensaje electrónico en el que recoge un enlace a su carta abierta sobre la Unión Europea (UE).
Rogamos acepte nuestras disculpas por el retraso en la respuesta a su mensaje. El Presidente del PE recibe diariamente una cantidad elevada de solicitudes y no es posible responder a todas ellas en un plazo breve de tiempo.
El Presidente nos ha encargado responder a su correo.
Le indicamos que el Sr. Martin Schulz ha recordado en varias ocasiones el interés del Parlamento Europeo por recuperar la confianza de los ciudadanos en la Unión Europea.
En su discurso inaugural, tras su reelección como Presidente del PE, el Sr. Schulz ha insistido una vez más en este asunto, al asegurar que "solo ganaremos la confianza de los ciudadanos si los ciudadanos sienten que la Unión Europea está a su lado, que les protege y les fortalece. La base del Estado de Derecho, Señorías, es el respeto de la dignidad humana, de la dignidad de cada ser humano con independencia de su sexo, su origen, el color de su piel, sus creencias o su modo de vida".
El Presidente del PE también recordó los diferentes desafíos a los que se enfrenta actualmente la UE, como el desempleo juvenil, las desigualdades entre países y entre grupos sociales o las reformas en el sistema bancario y fiscal, entre otros numerosos temas. Usted puede consultar el texto íntegro de este discurso en la página web del Presidente del PE.
En su intervención de julio de 2014 ante el Consejo Europeo (reunión de los jefes de Estado o de Gobierno de cada país de la UE), el Sr. Schulz volvió a referirse a estos temas y destacó que: "en la presente legislatura nos enfrentaremos a desafíos muy importantes. El Parlamento Europeo quiere hacer frente a esos desafíos sobre la base del método comunitario y cooperando lealmente con la nueva Comisión y con ustedes".
En su discurso de diciembre ante el Consejo, en diciembre, el Presidente del PE destacó la importancia del plan de inversiones de la UE y aseguró que dicho plan es "una señal inequívoca de nuestro compromiso de situar a Europa en una nueva senda de crecimiento y empleo. Y es de la mayor importancia que ustedes también muestren su compromiso inequívoco con él". Puede consultar más información sobre este plan de inversiones la nota de prensa del PE a este respecto.
Esperamos que estas informaciones resulten de su interés.
Reciba un atento saludo,

Unidad de Solicitudes de Información de los Ciudadanos
www.europarl.europa.eu/askEP 










jueves, 5 de enero de 2023

De mundos rotos

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del historiador José Andrés Rojo, va sobre mundos rotos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.






Ucrania y los ecos de ‘La tierra baldía’
JOSÉ ANDRÉS ROJO
30 DIC 2022 - El País

Está terminando ya el año en que la guerra volvió a Europa de la mano de Vladímir Putin. Cada día hay historias nuevas que llegan de Ucrania, de coraje y de dolor, de destrucción, a ratos hay alguna esperanza, avances en algún frente, luego de nuevo la terca realidad de una guerra enfangada, donde no hay márgenes para imaginar el futuro. Hace un siglo, en 1922, se publicó La tierra baldía, el poema de T. S. Eliot. Era diferente, estaba cargado de los afanes de las vanguardias de aquella época por poner las cosas patas arriba. Extraño y enigmático, saltaba de una cosa a otra, trataba de culturas diferentes, llegaba a incorporar en distintas partes del poema hasta siete lenguas distintas, parecía un edificio en ruinas, hecho de fragmentos desperdigados que ni siquiera mostraban tener un hilo en común.
La guerra asomaba por todas partes y el poema tenía algo de rito de iniciación: alguien había tomado la palabra y descubría que lo que encontraba no era nada más que una tierra baldía, una Europa destruida, un mundo a la deriva, los rotos de un espíritu que ya no sabe contarse a sí mismo, que vaga perdido. “¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?”, se pregunta la voz del poema en alguna parte. “Si cuento, solo estamos tú y yo juntos / pero si miro hacia adelante por el camino blanco / siempre hay otro caminando junto a ti / un encapuchado que se desliza envuelto en oscuro manto, / no sé si hombre o mujer: pero / —¿quién es aquel al otro lado de ti?”. Por no saber, ni siquiera se sabía quiénes caminaban juntos, no había manera de comprender con exactitud lo que estaba más cerca. Caminamos los dos, ¿o va también junto a ti el encapuchado?
El poema de Eliot conecta con este tiempo porque también ahora, y quién sabe desde hace cuándo ya, no hay manera de dar cuenta precisa de lo que ocurre, no siempre hay un horizonte compartido que permita encontrarle el sentido a las cosas y las coloque con un cierto orden dentro de nuestro círculo más inmediato. En La tierra baldía hay referencias a la Gran Guerra, a la catástrofe del imperio austrohúngaro, y se habla de la City de Londres y del río Támesis, de una rata, pero está habitado también por otras presencias, está empapado de Dante y de Shakespeare, por sus venas circula la música de Wagner y el mundo que inspiró sus óperas, la búsqueda del Santo Grial y el Rey Pescador, Baudelaire y el Bhagavad Gita, Cristo, las cartas del tarot, Ezequiel y Tiresias. Pero también aparece un hombre cualquiera que tiene sexo con una mujer solitaria y la historia de la pobre Lil: Albert va a volver del frente y, antes de irse, le dio dinero para que se pusiera unos dientes nuevos, y no lo ha hecho, “después de cuatro años en el ejército querrá pasar un buen rato, / y si tú no se lo das, habrá otras que lo hagan, dije”.
Todavía queda mucho en Ucrania para regresar de la guerra, pero hace un siglo ya lo contaba La tierra baldía, y parece que estuviéramos en el mismo sitio. Habrá también ahora una Lil destrozada a la que llega desde las líneas del frente un Albert también destrozado. “Jamás pensé que la muerte hubiera deshecho a tantos”, escribe Eliot en su poema. Y también: “¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer?”. Este grito, este interrogante, estaba ya en 1922. Sigue resonando ahora: esto es lo que hay. Feliz 2023.




















[ARCHIVO DEL BLOG] Entre el pasado y el futuro. [Publicada el 21/01/2016]

 





Como confiaba, los Reyes Magos me trajeron el 6 de enero la edición bilingüe francés-español de los Ensayos (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015) de Michel de Montaigne: 2393 páginas de apretado texto en papel biblia. Cada día intento leer un capítulo completo: primero en francés y luego en español, y aunque acabo bastante deprimido por mi lamentable y defectuoso conocimiento de la lengua francesa, estoy disfrutándolo sobremanera y ya voy por la página 335... La edición me parece muy buena y los primeros días la iba cotejando con la que ya había leído anteriormente de Cátedra, en tres tomos, de 1993, pero he dejado de hacerlo -no conduce a nada- y me centro ahora en la edición de Galaxia Gutenberg. El problema es que es demasiado voluminosa para irla leyendo en la guagua.
Una de las ventajas de no tener coche propio es que me permite leer durante los trayectos urbanos, de ahí que siempre salga de casa con un libro entre las manos. Antes, en otros momentos de mi vida no muy lejanos, era capaz de caminar por la calle y leer al mismo tiempo un libro o un periódico sin tropezar con persona o farola alguna. Ahora, lo reconozco, no me atrevo, y aunque sigo saliendo de casa, siempre, con el citado libro bajo el brazo, solo lo abro en la guagua. Ya sea el trayecto corto o largo, lo aprovecho para leer.
Ayer tuve que salir de casa en dos ocasiones, y aunque me apetecía, no podía llevarme a Montaigne, así que en una rápida ojeada a la estantería arramblé con un pequeño librito que he leído al menos en tres ocasiones y utilizado como referencia en otras muchas: Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, de Hannah Arendt, en su edición de Península (Barcelona, 2003). La última vez que lo leí completo fue en abril de 2013; la primera en febrero de 2003, un mes después de su publicación.
No es un libro difícil de leer como otros suyos. Y reconozco que en cada lectura sucesiva le voy sacando cada vez más provecho y de más actualidad me parece lo que en él dice mi admirada Hannah Arendt. Como es habitual lo tengo subrayado en párrafos enteros y lleno de notas al margen de las páginas con acotaciones, signos de admiración e interrogación, sugerencias e ideas a desarrollar o plasmar en otros ámbitos.
Recordé, mientras lo releía a pasajes sueltos en la guagua, que en uno de los primeros números de Revista de Libros había aparecido una reseña sobre él, y efectivamente, nada más volver a casa encontré la crítica que del mismo había hecho el profesor Rafael del Águila en el número 2 de la misma, en febrero de 1997, que tituló Entre la acción y la reflexión
Es realmente sorprendente -dice al comienzo de su reseña- que este libro haya tenido que esperar más de cuarenta años para ser traducido. Máxime cuando el resto de la obra de Hannah Arendt ha sido vertida al castellano prácticamente al completo. Es verdad que éste es un libro complejo y en cierta medida fragmentario. También que, políticamente hablando, se trata de un libro extraño pues su objetivo declarado no es prescribir qué debemos pensar o qué verdades hemos de sostener, sino uno más modesto y difícil: «Adquirir experiencia en cuanto a cómo pensar». Pero, tal vez debido a estos rasgos peculiares, es también un libro magnífico.
La autora, sin duda -sigue diciendo- uno de los más importantes pensadores políticos del siglo, nos invita a un viaje reflexivo a través de conceptos problemáticos (tradición, autoridad, libertad, verdad y política, etc.) y lo hace sugiriéndonos la compañía de autores y enfoques que la mayoría de los libros sobre estos asuntos suelen dejar de lado. El fuerte peso de las tradiciones de pensamiento liberales hace que en la actualidad, con contadas excepciones, el tratamiento teórico se reduzca a un elenco de autores y problemas más bien reducido y estrictamente circunscrito a una corriente de pensamiento. Sin embargo, Arendt, cuyo conocimiento de los clásicos del mundo antiguo es sencillamente aplastante, nos plantea otra forma de pensar aquellos conceptos. 
El interés en el pasado de Harendt -concluye el artículo- es el interés por la acción política ante una situación contemporánea que parece promover, junto con el olvido, la pérdida de una dimensión humana esencial: la libertad política, tan diferente del pensamiento técnico-instrumental como del libre albedrío individualista y de todo aquello que ocurre en ese «oscuro lugar» que es el corazón humano. El triunfo de la fabricación y del homo faber sobre la acción política, tema tratado por Arendt en otros lugares de su obra, ocupa pues, de nuevo aquí, el centro de su interés. Y sus ideas al respecto son tan fuertes y tan pregnantes que sugieren, una y otra vez, nuevos enfoques y nuevas descripciones. Es éste un buen ejemplo de esa extraña cualidad humana que es pensar desde la brecha del tiempo y apegado a la experiencia viva: «única región en la que, quizá, al fin aparezca la verdad».
El libro de Hannah Arendt describe la crisis paralizante con las que se enfrenta la sociedad debido a la pérdida de sentido de palabras clave de la política: justicia, razón, responsabilidad, virtud, gloria... En él, en su libro, Hannah Arendt nos muestra como poder volver a destilar la esencia vital de esos conceptos tradicionales y usarlos para valorar nuestra posición actual y recuperar un marco de referencia para el futuro.
Por cierto, hoy he retirado de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas el libro del que les hablé hace unos días: Estado de crisis (Paidós, Barcelona, 2016), de Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni. Espero que tengamos ocasión de comentarlo.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt








miércoles, 4 de enero de 2023

De la función del pensar

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la investigadora cultural Berta Ares, va sobre la función del pensar. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.





No es tanto pedir
BERTA ARES
29 DIC 2022 - El País

Convendrán conmigo en que la filósofa política Hannah Arendt puede ser todo menos ingenua. Difícilmente podríamos considerar “buenista” a la pensadora que desarrolló el concepto de la banalidad del mal y que, además de una despierta inteligencia y un carácter que sus compañeros tildaron de arrogante, fue lo suficientemente valiente como para defender unas reflexiones poco complacientes tras asistir al juicio de uno de los mayores criminales de la historia. Esto a pesar del dolor que sabía que podía infligir.
De hecho, el informe que escribió para la revista The New Yorker, que en 1963 transformó en libro (Eichmann en Jerusalén), le valió una avalancha de haters. Sus pares le cuestionaron el criterio, más de un compañero en la Universidad aprovechó para ponerle la zancadilla y algún amigo próximo le retiró la amistad. Sin embargo, ella no varió ni un ápice sus conclusiones.
En su trabajo planteaba las causas que pudieron propiciar la Shoah. La relación que se dio entre responsabilidad, legalidad y justicia. Quiénes y cómo colaboraron. Quiénes y cómo ofrecieron resistencia. El modo en que, no ya un individuo de forma aislada, un mindundi con ambiciones, sino un Estado entero con toda su maquinaria burocrática y judicial renunciaba a un legado moral para seguir un instinto racial y racista.
El tiempo ha dado la razón a Arendt, por eso se la lee más que nunca, porque es una de las grandes pensadoras de uno de los más poderosos motores de la humanidad: el mal. No sorprende el origen judío de quien dio con la nueva variante de este fenómeno en constante mutación. El Génesis o el Job del Antiguo Testamento parecen inspirar, milenios después, series como The Wire y Breaking Bad. También el sentido de naufragio, desgarro y desolación que acompaña la falibilidad humana.
La Biblia es un monumento narrativo sobre el bien y el mal que desde hace siglos da que pensar. Por eso el hitlerismo hizo lo imposible por aniquilarla. A la Biblia y a todo un pueblo (el Pueblo del Libro). Todo imaginario que permitiera destilar conceptos para pensar el mundo a partir de un orden ético en vez de una jungla racial, le sobraba. La imaginación es enemiga del fascismo y del racismo. También la ética. Y la duda, como defiende la filósofa contra el odio Carolin Emcke.
El ser humano no trae el instinto moral de serie, como los coches modernos traen el GPS. Lo sucedido en Alemania demostró que la máxima del “no matarás” puede dejar de guiar incluso a la más respetable sociedad. La renuncia a pensar, la cualidad humana más definitiva, es lo que, a juicio de Arendt, creó la posibilidad de la Shoah. Ante la pregunta de si se podría volver a producir, tampoco fue complaciente: sí, porque todo paso que da la humanidad, para bien o para mal, está condenado a ser umbral del siguiente hito en su camino hacia su salvación o su destrucción.
Por eso, ella habla del pensamiento no como una suma de conocimiento, sino como la capacidad de diferenciar el bien del mal, de crear una ética, de participar con la palabra y la acción en el espacio público compartido de forma plural, es decir, entre iguales, donde cada uno es asimismo único e irremplazable.
Testigo de la Shoah, la reflexión política de Arendt reivindica el sentido de posibilidad frente al de fatalidad. Ahora que entramos en tiempos de Navidad (del latín nativitas, nacimiento) propongo pensar la vida activa y política a partir de su categoría de natalidad.
Por más que la democracia se ejercite en la desesperante estrechez de las ideologías; por más que las estrategias de ultras y populistas siembren el discurso público de nihilismo y conspiraciones para que florezca el odio, el inmovilismo y la parálisis, nuestra condición humana es capaz también de lo mejor, y podemos esperar de ella una voluntad regeneradora de cambio.
Hay eventos que pueden irrumpir y cambiar el rumbo de los acontecimientos. Epifanías de libertad capaces de dar nuevos comienzos. La revolución de una democracia surgente, por expresarlo con palabras de la filósofa Adriana Cavarero, es siempre posible. Lo estamos viendo. Está pasando ahora en Irán, donde miles de jóvenes toman las calles y cientos de mujeres ponen en riesgo sus vidas en un movimiento de protesta, liberación y lucha contra el autoritarismo.
Los jóvenes de hoy forman la primera generación que recibirá el legado de la Shoah sin supervivientes y en un mundo cada vez más complejo. Tendrán que resolver complicadísimos retos de calado moral derivados de la crisis climática, la nuclear o la migratoria. Toca ayudarles a empalabrar el mundo, ayudarles a traducir su complejidad para que los nuevos adultos que están a punto de ser puedan ocupar su lugar en la vida común, con un impulso positivo y la confianza de una perspectiva regeneradora de cambio a mejor. Sin fatalismo ni demagogia. A la vista de lo que se avecina, no es tanto pedir.
























[ARCHIVO DEL BLOG] Joyce, el obsceno. [Publicada el 25/10/2017]

 







Kevin Birmingham, comenta el editor y crítico literario Justo Navarro en Revista de Libros, ha querido escribir en El libro más peligroso (Madrid, Es Pop, 2016) la biografía de un libro»: Ulises, de James Joyce, desde su vaga concepción en 1904 a su conversión en un volumen de más de setecientas páginas condenadas a vérselas, hasta 1936, con censores, aduaneros, policías y jueces. Pero Ulises, que para Gran Bretaña y los Estados Unidos de América constituía un delito, para Valery Larbaud demostraba en 1922 que su autor, James Joyce, poseía una trascendencia similar a la de Sigmund Freud o Albert Einstein. T. S. Eliot, por su parte y por las mismas fechas, otorgó al método mítico-narrativo joyceano la «importancia de un descubrimiento científico».
Birmingham cuenta la historia de Ulises y la de su ambiente, los años en torno a la Primera Guerra Mundial, catástrofe que, según Birmingham, habría aportado a Joyce lo mismo que a dadaístas y a anarquistas, a Lenin y a Freud: la sensación de que la quiebra de Europa entrañaba un «presagio de algo revolucionario». El libro más peligroso narra las aventuras de la modernidad literaria, de las vanguardias de entreguerras: «Lo que llamamos modernismo [modernidad, diría yo] fue una colección dispersa de pequeñas insurgencias culturales impulsadas por un sentimiento general –en ocasiones indefinido‒ de descontento con la civilización occidental». La incomodidad de la época era moral, es decir, política, económica y estética, y Joyce fue muy de aquel tiempo de mapas en recomposición, «cuando se desmoronaban imperios y millones de personas cruzaban fronteras para intercambiar ideas nuevas y estilos radicales».
Irlandés errante desde 1904, exiliado por voluntad propia, vivió el resto de su vida entre Trieste, Roma, Zúrich y París: «Biblia de los desterrados» denominó un enemigo a Ulises. Antes de escribir ese monumental «museo de estilos» (así lo llama Birmingham) que iba a incitar la piromanía bibliofóbica en Europa y América, Joyce ya había reconocido su incapacidad de escribir sin ofender a nadie. Para los cuentos de Dublineses encontró en 1909, después de tres años de búsqueda, un editor que tardó tres años más en decidir que no publicaba un libro ultrajante para los dublineses de bien. El libro, ya impreso, fue enviado a la guillotina el 11 de septiembre de 1912. Salvo un ejemplar que dieron al autor, nunca salió de la imprenta. En Gran Bretaña, pero también en Estados Unidos, el gobierno no siempre tenía que mandar a la policía a secuestrar y quemar libros: bastaba con intimidar a literatos, editores e impresores. Los propios cajistas actuaban como censores: eliminaban palabras, o se negaban a componer el libro por miedo a terminar en la cárcel.
Y existían en uno y otro país sociedades privadas que tenían como objetivo la supresión del vicio. En Estados Unidos, la lucha contra la obscenidad era armada, en cumplimiento de la Ley Comstock, de 1873, que prohibía todo «libro, panfleto, imagen, periódico y grabado obsceno, o cualquier otra publicación de carácter indecente». A finales de los años veinte del siglo pasado, Ezra Pound, en una carta al presidente del Tribunal Supremo de su país, arremetía contra una ley «aprobada por una asamblea de babuinos e imbéciles», pero, gracias a la Ley Comstock, Ulises se consagró como icono de la indecencia, abominable o adorable, depende de quien lo mirara. Sobre Ulises pesaba además la ley contra la importación de material obsceno y subversivo. Publicado en París en 1922 por Shakespeare and Company, la librería de Sylvia Beach, Ulises se convirtió en material de contrabando transatlántico. La novela, tan codiciada como el alcohol, enriqueció su historial criminal cuando empezaron a aparecer en América falsificaciones de la edición parisiense.
Cuatro mujeres decidieron la suerte literaria de Joyce mientras las autoridades, para «proteger la sensibilidad femenina», entre otras cosas, se preocupaban de destruir su obra. Sylvia Beach editó heroicamente Ulises, y las responsables de las revistas The Egoist, en Londres, y The Little Review, en Nueva York, Dora Marsden y Harriet Shaw Weaver, y Margaret Anderson y Jane Heap (en los dos casos por recomendación de Ezra Pound), publicaron por entregas Retrato del artista adolescente (terminó la publicación en 1915), y medio Ulises (1918-1920), respectivamente. ¿Cómo eran estas revistas? Dora Marsden tenía clara la función de una revista radical: revolucionar «todos los aspectos de las relaciones humanas, intelectuales, sexuales, domésticas, económicas, legales y políticas». Margaret Anderson –con quien coeditaba Pound, en Londres, como Foreign Editor‒ compartía desde Nueva York simpatías anarquistas cuando fundó The Little Review en 1914. Junto con Jane Heap, entendió el arte como insumisión y acogió su revista al lema «Sin concesiones al gusto del público». Anderson y Heap acabaron ante los tribunales por James Joyce en 1917 y 1921. Una benefactora se hizo cargo de la multa que no podían pagar y les libró de la cárcel. Harriet Shaw Weaver no sólo editó a Joyce: financió desde 1914 a la familia Joyce y, en 1941, corrió con los gastos del entierro del genio.
A los problemas con los pirómanos obsesos de lo obsceno se unieron en enero de 1920 alusiones políticas de poco gusto. Llamar a la reina Victoria «the flatulent old bitch that’s dead» («la vieja zorra flatulenta que ya se ha muerto», episodio 12 de Ulises) sumaba la palabrota, bitch, a la blasfemia regia y provocó la reacción de las autoridades estadounidenses: The Little Review se vio perseguida por el servicio de Correos, vigilante, temeroso de que se le colara pornografía y subversión en las sacas de reparto. Anderson, Heap y Pound pidieron moderación a Joyce, que desobedeció todas las recomendaciones de prudencia. Anderson y Heap se quejaban en 1920: «Han quemado entera nuestra tirada de mayo». Los censores pirómanos disfrutaban además de colaboración ciudadana espontánea. Cuando el marido de la mecanógrafa encargada de transcribir el episodio de Ulises dedicado a Circe descubrió los papeles con que trabajaba su mujer, los tiró a la chimenea.
Aunque lo acusaran esencialmente de ser pornográfico, a Joyce lo manchaba también una sombra política. Adam Thirlwell, en su reseña de El libro más peligroso, ha destacado el vínculo entre ansiedad sexual y ansiedad política característico de 1920, cuando el miedo a lo obsceno se confundía con el miedo a lo subversivo. En Nueva York eran días de rebelión y represión, redadas policiales y bombas anarquistas, y seguía vigente la Ley de Espionaje, de 1917, propia de tiempos de guerra, contra cualquier irreverencia que discutiera la forma de gobierno de Estados Unidos. Cientos de miles de funcionarios de Correos vigilaban la distribución de opiniones peligrosas y pornografía. El máximo funcionario del control de la correspondencia entendía como peligrosa cualquier palabra rara, extravagante o difícil de entender. En 1918 concretó las únicas tres cosas que perseguía: el progermanismo, el pacifismo y el elitismo cultural.
El caso es que los comentarios sobre Ulises parecen cargados de alusiones políticas. Por ejemplo, Cyril Connolly, citado por Birmingham, comentaría en Enemigos de la promesa (1938) que «los Ulises se apilaban como dinamita en un sótano revolucionario» mientras esperaban en París su distribución de contrabando: el torbellino de la Primera Guerra Mundial había revuelto, mezclándolas, la estética y la política revolucionarias. Virginia Woolf, poco después de 1920, consideraba Ulises un libro de clase baja, sin cultura, propio de un obrero autodidacta («an illiterate underbred book; the book of an illiterate self-taught working man»). Woolf se negó a imprimir tal cosa en su editorial, Hogarth Press.
Más etiquetas infamantes le pegaron a Ulises en los mejores periódicos, firmadas por plumas de primera: blasfemia espantosa, bolchevismo literario. La prestigiosa The Quarterly Review definió la novela de Joyce como bomba feniana –es decir, nacionalista irlandesa, separatista‒ que hacía saltar por los aires el castillo de la literatura inglesa. Paul Claudel, embajador de Francia en Estados Unidos, realzó en 1931 el matiz religioso de las quejas: Ulises unía las «repugnantes blasfemias» de un apóstata cargado de odio a una «falta de talento diabólica». No podía faltar el ojo clínico, el vislumbre de lo patológico: en 1932, Carl Jung (que trataría poco después a Lucia, la hija esquizofrénica de Joyce) reseñó Ulises en la Europäische Revue y, entre el elogio obnubilado y el vilipendio puro, lo declaró «un caso de pensamiento visceral con severas restricciones cerebrales». Joyce agradeció mucho la atención del psiquiatra.
Pero Kevin Birmingham no recoge la frase de Jung en El libro más peligroso, excelente muestra del arte de la cita invisible, mosaico de citas sin que se noten los puntos de unión entre las piezas. Su «biografía» de Ulises es una hagiografía, una oportuna celebración de la obra maestra de James Joyce cuando, muchos años después, ha perdido su halo de heroicidad. Gesto histórico «de audacia estética, filosófica y sexual», Ulises, como todo «acto de rebelión» provocó adhesiones y repulsiones inquebrantables: su carácter herético, de clandestinidad o semiclandestinidad orgullosa, aumentaba la devoción de los fieles y la inquina de los enemigos. Hoy, en un momento en que modalidades nuevas y vergonzantes de censura empiezan a recuperar el prestigio de la censura de toda la vida, el halo de heroicidad suele atribuirse a las criaturas intrépidas que se atreven a intentar leer Ulises.
Pero «Ulises no sólo cambió el curso de la literatura, sino la propia definición de literatura a ojos de la ley», como dice Kevin Birmingham. El eje épico de El libro más peligroso son las batallas legales para conseguir la difusión libre de la novela de Joyce, primero por entregas en The Little Review y luego, a partir de 1922 y hasta 1936, en libro, empezando en Estados Unidos y acabando en Gran Bretaña. Tal como cuenta Birmingham, los defensores de la circulación libre de Ulises presentaban a Joyce no como representante del movimiento moderno, sino como héroe de las artes frente a la autoridad que quiere controlarlas y ponerlas a su servicio a costa de la libertad de expresión. El arte, por definición, no es obsceno, decían. En 1933, en Nueva York, el juez John M. Woolsey les dio la razón y Random House publicó Ulises el 25 de enero de 1934.
En esas fechas, cuando los nazis empezaban a ser los campeones de las hogueras dedicadas a reducir bibliotecas a cenizas, la quema de libros ya había perdido algo de su aura estético-religiosa. La sentencia de Woolsey sobre Ulises parecía marcar a la literatura como reveladora de lo que puede y no puede decirse, de los límites de lo permisible, de lo perseguible: la deslindaba como territorio de excepción donde no rigen los parámetros de lo obsceno. Esto quizá sea un recordatorio de la relación de la literatura de ficción con la realidad: lo que presenta la ficción no es real del todo, luego no es realmente perseguible, es decir, digno de ser tomado en serio. En este sentido, la literatura ocuparía en nuestro tiempo el lugar del antiguo bufón.
Como el bufón, no respetaría las convenciones estilísticas vigentes. Es lo que vio Arnold Bennett cuando se encontró, hace casi un siglo, con el mundo de Joyce: «Joyce lo expresa todo… ¡todo! El código ha quedado hecho añicos». Birmingham lo explica así: «Un velo de decoro separaba el mundo real de los mundos de ficción [...]. Nadie tenía el valor de escribir cómo era realmente la vida en Dublín» hacia 1900. A mí la manera joyceana de acercarse a lo real con el propósito de arrumbar todas las fantasías románticas, siempre fatalmente malogradas a fuerza de irrealidad, y de atenerse a los hechos materiales me recuerda la educación jesuítica de James Joyce. «Mi novela es la epopeya del cuerpo humano», decía, y yo pienso en la carnalidad de los ejercicios espirituales de San Ignacio.
Para perseverar en su ejercicio corporal-espiritual, Joyce hubo de imponerse a los censores gubernamentales, y eso es lo que cuenta, persuasivo, El libro más peligroso: la historia de una época en la que «redactar una crónica exhaustiva y veraz de nuestras vidas con intención de distribuirla era ilegal [...]. Una época en la que los novelistas ponían a prueba los límites de la ley». En aquel tiempo había novelas tan peligrosas que las echaban a la hoguera, recuerda Kevin Birmingham, quien dedica el libro «a mi padre, que me enseñó lo que es la libertad de expresión». Una pregunta: ¿han sido sustituidas las hogueras por hogueras virtuales?, concluye diciendo Navarro.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt