martes, 6 de diciembre de 2022

[ARCHIVO DEL BLOG] Reflexiones sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos [Publicada el 07/12/2014]

 





A mi amiga Germana Roy, con inmenso cariño


Tal como dentro de unos días de hace sesenta y seis años, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la recién creada Organización de las Naciones Unidas, reunida en París, aprobaba y promulgaba solemnemente la Resolución 217A (III) que contenía la Declaración Universal de Derechos Humanos. Su elaboración, encomendada a una comisión especial de dieciocho miembros presidida por Eleanor Roosevelt, la viuda del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, duró dos años. La redacción final de la resolución, conocida como Proyecto Ginebra, por la ciudad donde se ultimó, corrió a cargo del francés René Cassin. Fue aprobada sin ningún voto en contra y ocho abstenciones. 

Aunque algunos remontan su origen remoto al denominado "Rollo de Ciro", por el emperador persa de ese nombre del siglo VI a.C., sus antecedentes más inmediatos son, con toda evidencia, la Declaración de Derechos de Virginia de 1776 y la Declaración de Derechos del Hombre y del mCiudadano francesa de 1789. 

La Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas supuso, a tres años del final del más sangriento conflicto bélico sufrido nunca por la humanidad, un aldabonazo moral de primer orden. Hay un precioso librito de la historiadora y profesora estadounidense Lynn Hunt: La invención de los derechos humanos (Tusquets, Barcelona, 2011), que parte de la necesidad de explicar el hecho de que los Padres Fundadores de la gran nación norteamericana pudieran sostener como evidente el principio de que todos los hombres son creados iguales en una sociedad en que la desigualdad era una realidad apabullante. Para ello, parte de la tesis de que a partir de la segunda mital del siglo XVIII nuevas formas de leer crearon nuevas experiencias individuales que, a su vez, hicieron posibles nuevos conceptos sociales y políticos que volvieron evidente a la gente normal nuevas formas de comprender y a partir de ello nuevos tipos de sentimientos. Para Lynn Hunt, dice el profesor Roberto Luis Blanco Valdés al reseñar su obra en Revista de Libros (mayo, 2011), la respuesta a esa pregunta está en aproximarse al estudio y comprensión de esos nuevos derechos evidentes en una sociedad tan dispar a partir de la aparición de nuevos sentimientos de empatía derivados de la lectura de libros epistolares como los de Rousseau, Richardson o Adam Smith, todos ellos producto de la Ilustración, en los que la empatía por el sufrimiento y el dolor ajeno enseñaron a sus lectores a pensar en "los demás" como sus iguales y semejantes haciendo brotar en ellos el sentimiento de la existencia de unos derechos humanos evidentes a pesar de todas las desigualdades e injusticias reales también evidentes. De ahí que las revoluciones americana y francesa, y sus consiguientes Declaraciones de Derechos, puedan y deban considerarse antecedentes directos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Sesenta y seis años después de esa Declaración el balance no cabe calificarlo sino de positivo. aunque mucho más lento de lo que habría cabido esperar. Organizaciones de defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, ponen cada año en sus respectivos informes anuales, el dedo en una llaga que no acaba de cerrarse. El informe de Amnistía Internacional 2013, organización con la que me siento orgullo de colaborar asiduamente, expone en datos y cifras el número de Estados que en ese año torturaron a sus ciudadanos, reprimieron la libertad de expresión, toleraron juicios injustos, encarcelaron a presos de conciencia, llevaron a cabo ejecuciones, cometieron homicidios ilegales y desalojaron de sus casas a hombres mujeres y niños. El informe de Human Rights Watch, por su parte, se centra este año en el examen de las lagunas que en la defensa de los derechos humanos evidencian los Estados de la Unión Europea, concretamente en materias como inmigración y asilo, discriminación, intolerancia y lucha antiterrorista, sacándole los colores a Estados como Alemania, España, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Países Bajos, Polonia, Reino Unido o Rumanía.

A la vista de todo ello parece lícito preguntarse si existe un progreso moral real de la humanidad. Uno de los que dice que sí y que no al mismo tiempo es el profesor Javier Gomá Lanzón, que en un artículo de hace unos años en Revista de Libros (agosto 2008) concluía aseverando: "la misma civilización que ha sabido progresar moralmente ganando a la opresión una más amplia esfera de libertad, ha usado esa libertad ampliada, en una medida no despreciable, para la inmoralidad más perversa, haciendo descender al hombre a unas profundidades de abyección y envilecimiento imposibles de predecir. De lo que se sigue, en fin, que si desde la perspectiva de la libertad cabe confirmar la existencia comprobada de un progreso moral, desde la del contenido de esa libertad y de su ejercicio efectivo sería casi un sarcasmo mantener semejante aserto. De ahí, añade, el matizado sí y no a la pregunta que se suscitó al principio".

Uno de los que dice que sí, que ese progreso moral existe y que vivimos en el mejor de los mundos posibles contra toda evidencia, es el prestigioso psicólogo estadounidense Steven Pinker en su libro "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" (Paidós, Barcelona, 2013). A analizar ese libro y la veracidad de los datos en él expuestos, le dedicaron sendos artículos en mayo de 2013 en Revista de Libros Juan Antonio Rivera y mucho más recientemente en El País del pasado 7 de diciembre Marc Bassets. La conclusión a la que llegan, y yo con ellos,  es que, efectivamente, a la vista incontrovertible de los datos que se exponen es muy probable que vivamos en el mejor de los mundos posibles, pero que esa verdad que los datos acreditan, en mi opinión, y como ya dije hace unos días comentando en las redes sociales el artículo de Rivera, el corazón no la percibe.

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt











De lo ocurrido en Melilla

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy va de lo ocurrido en Melilla, donde como dice en ella la escritora Najat El Hachmi, el racismo más cruel, la deshumanización del otro hasta extremos aniquiladores no causan pudor ni vergüenza, porque lo importante aquí es averiguar si los apaleados estaban, al caer, unos centímetros más aquí o más allá. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.







Todos los muertos son nuestros
NAJAT EL HACHMI
02 DIC 2022 - 05:00 CET


Que la discusión se centre en si los muertos cayeron de un lado u otro de la frontera da cuenta de la degeneración democrática a la que estamos llegando. ¿Se acordará el ministro Fernando Grande-Marlaska de que está hablando de seres humanos de carne y hueso con nombres propios, historias, dolores y esperanzas truncadas? Ocupado como está en defender su poltrona, ¿se habrá parado a pensar en lo que supuso para todas esas personas verse tratadas peor que ganado, arrojadas unas sobre otras, malheridas, buscando desesperadamente el amparo de esta Europa que viene traicionándose a sí misma? ¿No le conmueven las imágenes recogidas por la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) hasta el punto de ver más allá del dedo que señala la luna?
Lo cierto es que todos los muertos de junio son nuestros, porque la frontera es esa estructura de violencia donde quedan en suspenso las leyes fundamentales y porque no es la frontera de Marruecos, es la de Europa. Y el mismo ministro que se sacude de encima las víctimas de la masacre para no asumir sus responsabilidades es el que elogió en su día la actuación de la gendarmería marroquí. Si actuó bien, entonces es que a Grande-Marlaska le parece aceptable el trato vergonzoso y grotescamente inhumano que la dictadura vecina dio a los inmigrantes en su territorio. Se seguirá financiando el control de los límites territoriales mediante su externalización a un país sin escrúpulos que ya en su día fue capaz de arrojar al mar a niños y bebés para darle una lección a España. A este régimen seguimos defendiendo desde un Gobierno de izquierdas, progresista, feminista y defensor de los derechos humanos.
Mientras se nos despistan de este modo, sin recordar de qué materia ética y moral están hechos sus votantes, no atienden al aliento fétido que se desprende de la bancada fascista, la que grita “¿y qué si hubo muertos?”. Sí, ¿y qué?, si no eran más que negros e inmigrantes, pobres cuyas vidas no valen nada. ¿Acaso fueron alguna vez los españoles oscuros de piel o escasos de riqueza? ¿Acaso se vieron obligados en algún momento de la historia a escapar de la persecución política, de la guerra, de la violencia o del hambre? Para nada, la amnesia desmemoriada, el racismo más cruel, la deshumanización del otro hasta extremos aniquiladores no causan pudor ni vergüenza, porque lo importante aquí es averiguar si los apaleados estaban, al caer, unos centímetros más aquí o más allá.






















lunes, 5 de diciembre de 2022

]ARCHIVO DEL BLOG] ¿Cómo pudo ocurrir Auschwitz? [Publicada el 06/12/2017]

 







Tal y como pronosticó con acierto en una ocasión el ministro de Propaganda alemán, Joseph Goebbels, los nazis han monopolizado en gran medida el lugar reservado para la maldad humana en la imaginación occidental contemporánea. Y ese lugar, qué duda cabe, resulta merecido, escribe el historiador Álvaro Lozano, reseñando el libro de Sybille Steinbacher Auschwitz. Historia y posteridad (Melusina, Santa Cruz de Tenerife, 2016). Me sumo a la celebración del Día Mundial de la Filosofía, el pasado 16 de noviembre, subiendo al blog un estremecedor texto sobre uno de los hechos más vergonzosos de la historia de la humanidad: el intento de exterminio del pueblo judío por el régimen nazi durante los años de la II Guerra Mundial.
En tan solo doce años del régimen de Adolf Hitler, comienza diciendo, cambiaron para siempre Alemania, Europa y el mundo; el mundo surgido de las cenizas de la guerra ya nunca fue igual. Se trata de uno de los pocos individuos del que puede decirse con absoluta certeza que, sin él, la historia habría sido completamente diferente. Su legado inmediato: la Guerra Fría, una Alemania dividida en una Europa partida en dos, en un mundo en el que dos superpotencias se enfrentaban con armas capaces de hacer desaparecer el planeta finalizó hace tan solo unos años. Su legado más profundo, el trauma moral, todavía permanece en el corazón de Europa. Su peor herencia, la de peores consecuencias, fue el pánico que apareció tras su muerte, ya que demostró lo que era capaz de hacer una persona a sus semejantes en la era de la industrialización. Desde entonces, existe una profunda grieta en la imagen que el ser humano se ha confeccionado de sí mismo, a pesar de los delitos que se han sucedido en la historia posterior. De ahí que no podamos comprender el mundo que nos ha tocado vivir sin el conocimiento de ese período en el que se rompieron los diques de la civilización.
Con más de cuarenta mil títulos publicados, cifra que aumenta sin cesar, nadie puede afirmar que el Tercer Reich alemán sea un tema desdeñado por los historiadores. Y, sin embargo, este fenómeno resulta ciertamente paradójico: por un lado, pocos períodos de la historia mundial, tan breves como éste, han sido sometidos a un escrutinio tan intenso y a una escala tan internacional. Por otro lado, existen pocos períodos sobre los que exista un consenso tan uniforme y tan poco distinguible por motivos de lealtad nacional. La pasión y la intensidad de los debates originados por la Revolución rusa –de la que ahora se conmemora el centenario–, por ejemplo, no se han suscitado en el caso de la Alemania nazi. Si descontamos a un irreductible grupúsculo de negacionistas del Holocausto, existe unanimidad sobre las atrocidades nazis, y no existen apenas apologistas ni defensores de la barbarie del régimen. En esas condiciones, resulta pertinente cuestionarse si todavía queda mucho campo para la investigación y el análisis.
La respuesta tiene que ser necesariamente positiva. Los historiadores se dedican principalmente a la explicación y la contextualización, no al juicio, y existe un enorme margen para los debates sobre lo que sucedió entre 1939 y 1945. Las cuestiones suscitadas son numerosas: ¿cómo pudo un partido que prometía tan poco en sus inicios surgir con tanta fuerza en el escenario político alemán tan solo unos años después? ¿Cómo logró Hitler maniobrar para sacudirse el tutelaje de la derecha conservadora alemana que pretendía utilizarlo para sus propios fines? ¿Cómo se explica la recuperación económica alemana? ¿Quién detentaba realmente el poder? ¿Quiénes fueron los principales beneficiarios de las políticas nazis? ¿Cómo pudieron las Iglesias llegar a un modus vivendi con un régimen incompatible con sus valores religiosos? ¿Cómo explicar los éxitos de política exterior de Hitler, que lanzaron a Alemania al centro de la política internacional? ¿Fue la guerra desatada en 1939 la culminación de la política exterior de Hitler o fue forzada por la marcha de la economía y las tensiones internas? ¿Cómo entender la figura de Hitler y el papel que desempeñó?
En principio, los instrumentos tradicionales de la historia deberían servir para responder a estas cuestiones. Sin embargo, es preciso añadir una cuestión fundamental: ¿cómo entender el violento programa «biopolítico» de ingeniería racial y eugenesia adoptado por el régimen nazi, con su culminación en la guerra de aniquilación contra los eslavos «subhumanos» y el paroxismo de aniquilación que acabó con la población judía europea? ¿Qué contextos de explicación pueden dar sentido al período sin relativizar, por tanto, su significado? Este es un dilema que oscurece todos los intentos de entender la Alemania nazi. Los crímenes contra la humanidad cometidos durante el Holocausto continúan evocando horror. Como resultado, el interés por el Holocausto sigue aumentando, tanto en Estados Unidos como en Europa. Incluso si descontamos las memorias de supervivientes, la literatura es ya abundantísima y creciente.
¿Por qué se produjo esa barbarie en un país europeo, acaso el más civilizado? La respuesta no es, en modo alguno, sencilla. A partir de espurios estudios de biología y antropología, los nazis consideraban que los judíos eran parásitos no humanos que amenazaban a la humanidad. Los líderes nazis consideraban el asesinato masivo de judíos no como un medio para un fin racional, sino como un fin en sí mismo. La decisión no tenía nada que ver con el comportamiento de los judíos, pues los nazis no se cuestionaban dónde vivían los judíos, en qué dios creían o incluso si ellos mismos se consideraban o no judíos: cualquiera que, según las leyes de Núremberg, fuera identificado como judío, era sentenciado a muerte. El hecho de que Alemania, donde los judíos habían recibido en general un trato amable, se convirtiese en el matadero de los judíos europeos resulta insólito. La explicación más coherente es que en el sur de Alemania y en Austria convergieron letalmente dos corrientes extremas de antisemitismo: una católica, que hundía sus raíces en la historia de Europa Central, y otra antimodernista, que odiaba a los judíos por considerarlos capitalistas, antipatriotas e intelectuales cosmopolitas que ponían en riesgo la sociedad tradicional y sus valores. Para los antisemitas, las supuestas «conspiraciones» judías iban, paradójicamente, y al mismo tiempo, dirigidas a ayudar al capitalismo mundial y a la revolución socialista internacional.
Los odios enraizados en la sociedad alemana no causaron el Holocausto; la historia del mundo está plagada de viejos prejuicios que no suelen desembocar en genocidios. Para convertir una hostilidad latente en asesinato sistemático es preciso, además, que exista liderazgo, voluntad política y manipulación de arraigados sentimientos populares. Las actitudes negativas extendidas no crean por sí solas un holocausto, pero son la condición necesaria para la persecución masiva. Un sector significativo de la población debe considerar a ciertos grupos como objetivos legítimos para que participen o toleren la agresión abierta. Los líderes nazis no podían haberse inventado una categoría nueva de enemigos (los pelirrojos o las personas de determinada edad, por ejemplo) y esperar que la mayoría de la población se volviese contra ellos. La identidad de aquellos que fueron objeto de persecución no era coincidencia: eran personas que desde hacía tiempo estaban siendo ya objeto de acoso. La revolución bolchevique de 1917 había creado un peligroso vínculo en la derecha radical alemana entre judaísmo y comunismo debido a que algunos líderes bolcheviques eran judíos. La generación de los antiguos y desilusionados combatientes fue fácilmente captada por grupos de extrema derecha que identificaban a los judíos como un «cáncer» en el cuerpo político alemán. Tan solo cuando fueran extirpados los judíos podría ser vengada la humillación de 1918.
La invasión alemana de Rusia en junio de 1941 supuso un acontecimiento decisivo en el proceso de genocidio. La invasión se consideró como una guerra racial librada por los grupos de las SS que se movían tras las tropas que avanzaban: los cuatro Einsatzgruppen estaban encargados de localizar a todos los judíos y asesinarlos en fusilamientos masivos. Durante el invierno de 1941-1942, se estima que habían asesinado ya a setecientos mil judíos en Rusia. Entre junio y noviembre de 1941, en los territorios capturados, las fuerzas alemanas habían atrapado a cuatro millones de judíos, lo que hizo imposible su transporte a los guetos, que se encontraban atestados, y, en consecuencia, sus comandantes reclamaban políticas alternativas. La fracasada campaña rusa hizo imposible poner en práctica soluciones de reasentamiento más allá de los Urales. El sangriento proceso de aniquilar a los judíos y el impacto que causaba en los hombres encargados de su ejecución suscitó la cuestión de encontrar una «solución final» al «problema judío». En algún momento de 1941 –las fechas siguen siendo objeto de debate–,las «ventajas» de un programa de exterminio superaron, para la cúpula nazi a la expulsión de los judíos de Europa o a mantenerlos en los guetos. Heinrich Himmler tuvo conocimiento de que ya existía la tecnología para llevar a cabo el exterminio por medio de gas, pues ese sistema ya había sido probado en el programa de eutanasia. El primer campo de exterminio fue construido en Chelmno (Polonia), donde se realizaron los primeros ensayos de exterminio con gas hacia el 8 de diciembre de 1941. Tal y como señala Sybille Steinbacher: Las primeras matanzas masivas en Auschwitz aún no formaban parte de la política del genocidio sistemático contra los judíos europeos. Más bien estaban relacionadas con los intentos de las SS de continuar a gran escala la llamada eutanasia en el marco de la «Operación 14 f 13», suspendida en agosto de 1941. En muchos campos de concentración se ensayaron para tal fin métodos de exterminio. En Buchenwald, las SS crearon la instalación del tiro en la nuca, en Mauthausen introdujeron el «baño letal», en Dachau los reclusos fueron víctimas de experimentos médicos a gran escala y en Auschwitz el personal de vigilancia utilizaba el ácido cianhídrico Zyklon B.
El historiador Raul Hilberg afirmó que si la «solución final» hubiese dependido de decisiones, nunca habría sucedido, expresando la idea de que el Holocausto evolucionó con impulsos e iniciativas desde arriba y desde abajo en el imperio de Hitler. En un fenómeno tan complejo, interactuaron diversos procesos autopropulsados en un círculo vicioso letal, donde los componentes se impulsaban unos a otros, provocando una aceleración de todo el sistema. Ya no puede seguir afirmándose que las diatribas antijudías de Hitler causaron el Holocausto. Con anterioridad a 1941, las pruebas de que Hitler estaba planificando el exterminio de todos los judíos europeos no resultan convincentes. El proceso del Holocausto fue demasiado errático como para reducirlo a una simple orden del Führer y debe ser analizado como un proceso evolutivo. El apoyo de Hitler a la «solución final» fue el motor del proceso, aunque se utilizaron diferentes vehículos para alcanzar un consenso de que la «solución final» equivalía al exterminio físico. La clave para comprender por qué sucedió el Holocausto se encuentra en la forma en que las diversas instituciones y los funcionarios del Tercer Reich interpretaron y pusieron en práctica los vagos designios de Hitler de «deshacerse de los judíos». Hitler mantuvo un odio virulento hacia los judíos durante su carrera política y esto condicionó el ambiente en que se produjo la radicalización de las políticas. Mediante su guerra por los objetivos interrelacionados de expansión territorial y pureza racial, los nazis fueron creándose a sí mismos dificultades a las que hicieron frente con soluciones cada vez más radicales. La idea de «trabajar en la dirección del Führer» sirve para explicar la radicalización de los líderes nazis en la cuestión judía. La mayoría consideraba que la puesta en práctica de políticas severas sería aprobada por Hitler en un claro ejemplo de «radicalización acumulativa», y esta visión fue adquiriendo un impulso propio. El diseño de políticas se convirtió no en una cuestión de cálculo racional, sino en una serie de respuestas improvisadas y contradictorias de diversas instituciones a los resultados de políticas previas.
A diferencia del terror estalinista, más imprevisible, en Alemania, si alguien no se encontraba entre el grupo de enemigos oficiales del Estado, corría mucho menos peligro. La gran mayoría de alemanes hicieron así «las paces» con el régimen a través de una mezcla de egoísmo y de indiferencia. Como señaló el historiador Ian Kershaw, «el camino hacia Auschwitz se construyó con odio, pero se pavimentó con indiferencia». Para los burócratas nazis implicados en la «solución final», el último paso fue progresivo: ya se habían comprometido con un movimiento y con una tarea, eran hombres que vivían en un ambiente de asesinatos que incluía no sólo los programas como el de la eutanasia o la destrucción de la intelligentsia polaca, sino también el hecho de presenciar asesinatos y represalias en la Europa ocupada. La invasión de la Unión Soviética en 1941 condenó a los judíos a partir de una lógica infernal. Dado que el nazismo establecía una conexión entre el comunismo y el judaísmo, los dirigentes nazis consideraban que las comunidades judías tenían que ser las que respaldaban el movimiento de resistencia. La decisión sobre la «solución final» estuvo probablemente ligada al espectro de un movimiento de resistencia judío-comunista de carácter paneuropeo.
Hoy podemos concluir, salvo que aparezcan nuevos documentos, que la decisión inicial de llevar a cabo la «solución final» fue improvisada. Hitler y los jerarcas nazis no contaron con un programa claro para solucionar la «cuestión judía» hasta 1941. No existía ningún plan concreto para el Holocausto antes de 1941: el régimen nazi era demasiado caótico. No se ha encontrado ninguna orden escrita de Hitler sobre la liquidación de los judíos, aunque, en enero de 1944, Himmler afirmó públicamente que Hitler le había ordenado otorgar prioridad a «la solución total de la cuestión judía». Resulta muy probable que, en el otoño de 1941, los jerarcas nazis decidiesen lanzar una política de exterminio, algo que se concretaría, en sus aspectos más prácticos, en la conferencia de Wannsee de 1942.
El Holocausto es un agujero negro de la historia que desafía nuestras presunciones sobre la modernidad y el progreso. El asesinato de millones de seres humanos en auténticas fábricas de la muerte, ordenado por un Estado moderno, organizado por una burocracia consciente, y apoyado por una sociedad patriótica respetuosa con la ley y «civilizada», carece de precedentes. «Esa ruptura irreparable en la historia de la civilización», en palabras de Günter Grass, ha dado lugar a una literatura abundantísima. En este contexto editorial, Sybille Steinbacher, profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de Viena, ha publicado varios libros esenciales sobre la historia del nacionalsocialismo y el Holocausto, entre ellos «Musterstadt» Auschwitz. Germanisierungspolitik und Judenmord in Ostoberschlesien («La ciudad modelo» de Auschwitz. La política de germanización y el asesinato de los judíos en la Alta Silesia Oriental) (2000) y Dachau. Die Stadt und das Konzentrationslager in der NS-Zeit (Dachau. La ciudad y el campo de concentración en tiempos del nacionalsocialismo) (1993). La obra de la profesora Steinbacher sobre Auschwitz es una sorprendente y concisa aproximación al mundo del campo de concentración-aniquilación y de trabajo forzado de Auschwitz. Existen ya numerosas obras al respecto y, sin embargo, este libro viene a colmar una laguna, pues ofrece una visión insólita sobre la ciudad como entidad histórica escrita (originalmente para un público alemán) para refutar las tesis de negadores como Robert Faurisson y David Irving. Incluso con ese objetivo limitado, el libro logra iluminar y aclarar muchos puntos en relación al tristemente célebre campo de Auschwitz: La historia de Auschwitz es compleja y hasta la fecha no ha sido objeto de un estudio monográfico exhaustivo. Éste libro no puede suplir esta carencia. Su objetivo es presentar las facetas de la historia del campo de concentración y de exterminio nacionalsocialista de Auschwitz en sus dimensiones más relevantes, al tiempo que pretende enfocar la mirada en el momento histórico-político desde una perspectiva política, histórica y social más amplia que la que se tenía en la época en que ocurrieron los crímenes y esbozar la historia de lo que vino después, incluida la persecución y sanción judicial de los crímenes una vez finalizada la guerra, así como las actividades de quienes hasta el día de hoy siguen negando la realidad de Auschwitz.
La autora aborda el desarrollo de Auschwitz desde sus orígenes como asentamiento germano en el siglo XIII hasta su desarrollo como plataforma de la utopía alemana, tanto como ciudad «modelo» que atraía a jóvenes parejas con ansias de mejorar como «clúster» de la tanatopolíca nazi impulsado por técnicos y capataces de las fábricas de I. G. Farben Verlag, que llegaron a seis mil personas en 1943. Quizás el aspecto más sorprendente (y desconocido para muchos) de este estudio sea la vertiente de «ciudad modelo» de Auschwitz: Para fomentar el espíritu emprendedor y la generación de capital, y con el fin de atraer al Este a comerciantes autónomos, agricultores y profesionales libres, el Estado nacionalsocialista concedía generosos incentivos económicos. Existía la posibilidad de obtener facilidades fiscales para salarios y rentas; los impuestos municipales eran más bajos que en el antiguo territorio del Reich y, debido a la exención tributaria que se concedía en los territorios ocupados y en el Gobierno General a los alemanes del Reich y a los alemanes étnicos, el impuesto sobre el patrimonio apenas si tenía relevancia. A esto se añadían condiciones especiales para la concesión de créditos, ayudas a las familias y préstamos para recién casados.
Pero Auschwitz tenía también otra vertiente siniestra, que es la que todos conocemos. El campo de exterminio, que estuvo operativo entre mayo de 1940 y el 27 de enero de 1945, cuando fue liberado por las tropas soviéticas, encarna todo el sistema del Holocausto. El comandante de Auschwitz, Rudolf Hoess, intentaba que los asesinatos se produjeran en el «ambiente más tranquilo posible». Hoess confesaría, «por supuesto, que, a menudo, se daban cuenta de nuestras intenciones y, de vez en cuando, teníamos motines y dificultades. Muy frecuentemente las mujeres escondían a los niños bajo su ropa, pero, por supuesto, cuando los encontrábamos los enviábamos a ser exterminados». Hoess llegaría posteriormente a quejarse de su «enorme trabajo» en Auschwitz, teniendo que aniquilar a nueve mil judíos diariamente. Aunque se construyeron campos por toda Polonia, en Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka y Majdanek, Auschwitz ha pasado a simbolizar todo el horror del Holocausto. Auschwitz se ha convertido en el sinónimo del colapso de la civilización.
Para añadir aún más sufrimiento a los campos, el método de transporte de los judíos a los mismos era también brutal e, incluso aquí, operaba una lógica económica maligna: Los detalles sobre el exterminio masivo en el campo eran conocidos no sólo por las SS, sino también por los miembros de los ferrocarriles del Reich que dirigían los trenes de carga llenos de judíos de toda Europa rumbo a Birkenau. En los registros de planificación de los ferrocarriles del Reich, estos convoyes figuraban como trenes de pasajeros, pero se les despachaba en realidad como trenes de mercancías. Dependían de la Oficina Central de Seguridad del Reich (representada en algunos casos por la dependencia regional de la Gestapo), aunque la vigilancia era competencia del Ministerio de Transporte. Los ferrocarriles cobraban el viaje como transporte de mercancía común y corriente. El dinero con que se cubrían los gastos provenía de las mismas víctimas, que tenían que abonar un billete de tercera clase para el viaje al campo de la muerte: cuatro centavos por persona por cada kilómetro de vía férrea; los niños menores de diez años pagaban la mitad. El hecho de que los ferrocarriles concedieran a las SS un descuento por cantidad –a partir de mil personas el convoy valía la mitad− y de que los viajes de vuelta que realizaban los trenes vacíos les salieran gratis, es uno de los espeluznantes pormenores de la organización del genocidio.
Introducidos a la fuerza en vagones de transporte de mercancías donde apenas podían moverse, permanecían en los mismos durante días sin comida ni bebida. Cuando llegaban a sus destinos muchos habían fallecido. Al llegar tenían que esperar de pie durante horas mientras se les dividía en dos grupos: aquellos que podían trabajar y aquellos que, por edad o debilidad, eran inmediatamente enviados a las cámaras de gas. A los elegidos para trabajar se les registraba y se les tatuaba un número en el antebrazo, posteriormente los desnudaban y les afeitaban la cabeza. A continuación, se repartían los característicos uniformes con las rayas de color gris y eran conducidos a los barracones donde se les asignaba una litera y una manta, que serían sus únicas posesiones. Una vez que se priva a la gente de su humanidad, resulta mucho más sencillo matarlos (algo que han hecho todos los dictadores modernos). Los judíos que eran enviados a Auschwitz en vagones de carga llegaban tan degradados tras el viaje que ya no eran considerados Menschen, seres humanos, sino animales para el matadero. El personal de Auschwitz se aseguraba de que su conocimiento del horror se limitara al área de su competencia: la partida puntual de los trenes, el registro de llegadas, etc. Fue esta ignorancia la que les permitió ignorar las consecuencias morales de su trabajo.
La vida diaria en los campos era espeluznante. Los campos se encontraban plagados de ratas y piojos, que vivían de los raquíticos cuerpos de los prisioneros. Las ratas devoraban a los muertos y a los gravemente enfermos. Bernd Naumann, un superviviente del campo de Birkenau, señaló posteriormente que el hambre y la necesidad extrema convertían a los «prisioneros en animales». Según un testigo, la «normalidad» de la muerte en los campos hacía que ésta perdiese su carácter de terror. La supervivencia sólo era posible a través del egoísmo. Robar comida a otros prisioneros o conseguir trabajos más ligeros, cooperando con los guardias o acusando aquellos que rompían las normas del campo, era parte del proceso de deshumanización que los nazis buscaban en los campos de concentración.
La famosa línea férrea que pasa por debajo de la llamada Puerta del Martirio hasta las cámaras de gas no entró en funcionamiento hasta abril de 1944, fecha a partir de la cual fueron exterminadas el 60% de las personas asesinadas allí. El proceso desde que llegaban los prisioneros hasta que sus cuerpos eran destruidos requería menos de dos horas. Las cámaras de gas estaban disimuladas aparentando ser unas duchas. El temor de que fueran algo peor era negado por miembros de las SS que estaban presentes mientras los prisioneros se desnudaban. Las brigadas especiales integradas por prisioneros (Sonderkommandos) se encargaban de que los otros prisioneros se confiasen y, sobornados, aceptaban la tarea de la exterminación, pues de lo contrario ellos mismos eran gaseados. Los prisioneros desnudos eran conducidos desde la sala en que se habían desnudado a la cámara de gas, donde, según creían, serían duchados. Una vez en el interior de las salas, los guardianes se retiraban y los prisioneros quedaban encerrados. Mientras tanto, remolques marcados con la Cruz Roja llevaban el suministro del Zyklon B, del cual se extraía el gas que se inyectaba a través de unos respiraderos en el techo de la cámara de gas. Por una horrible coincidencia, el gas Zyklon B había sido utilizado ampliamente por los exterminadores de plagas en las casas y pisos de Europa Central:
El gas venenoso estaba almacenado en latas metálicas herméticas y fue empleado desde julio de 1941, primero como pesticida para desinfectar alojamientos y ropa. El fabricante era la Deutsche Gesellschaft für Schädlingsbekämpfung (Degesch), una filial de la compañía I. G. Farben, con sede en Fráncfort del Meno. El gas venenoso era suministrado por la empresa Tesch und Stabenow, de Hamburgo, cuyos empleados, protegidos con mascarillas, realizaban al principio las «desinsectizaciones», tarea que fue asumida luego por los enfermeros de las SS. A finales de agosto o principios de septiembre de 1941 –el momento no está claramente determinado–empezó a emplearse Zyklon B, primero de forma experimental, pero pronto de manera regular, para asesinar a presos. En contacto con el oxígeno y a una temperatura de 26 Co, los granos cristalinos de ácido cianhídrico se transforman en un gas que ya en cantidades bajas resulta mortal.
Tras esperar unos veinte minutos, un comando de prisioneros pasaba al interior llevando máscaras antigás. El espectáculo que encontraban allí dentro sobrecogía hasta los corazones más duros. La gran montaña de cuerpos reflejaba en sus posturas la última y desesperada luchar por respirar a medida que los cuerpos escalaban sobre los cuerpos de los muertos y moribundos para respirar la última cantidad de aire que poco a poco se iba agotando. Posteriormente, los cuerpos sufrían la última profanación: los dientes de oro eran arrancados y a las mujeres se les cortaba el pelo, que podía ser utilizado posteriormente. Nada era desperdiciado para el esfuerzo de guerra nazi. Los cuerpos eran finalmente arrojados a los crematorios. Según el comandante del campo, el olor era tan nauseabundo que los habitantes de la zona sabían que allí estaba llevándose a cabo un exterminio. El aspecto más espeluznante de los campos de exterminio fue que, a diferencia de las otras etapas de la persecución, e incluso asesinatos, la planificación, la administración y la puesta en práctica de los asesinatos se llevó a cabo como «un montaje en cadena». Unas ochocientas mil personas fueron exterminadas en Treblinka en trece meses, entre julio de 1942 y agosto de 1943. Sólo fueron necesarios cincuenta alemanes, ciento cincuenta ucranianos y mil judíos, obligados a trabajar con ellos para llevar a cabo esa gigantesca matanza.
Los aliados tuvieron conocimiento detallado del campo de concentración de Auschwitz gracias a la información proporcionada por judíos que se habían escapado del campo en 1944. En abril de 1944, dos judíos eslovacos, Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, se escaparon del campo de exterminio de Auschwitz y consiguieron llegar a Eslovaquia, donde redactaron un informe de lo que sucedía en Auschwitz, incluyendo detalles sobre el funcionamiento del campo, el número de judíos que ya habían sido asesinados y los planes nazis para deportar y exterminar a ochocientos mil judíos húngaros y tres mil judíos checos, que habían sido transferidos a Auschwitz seis meses antes. El informe, denominado «Los protocolos de Auschwitz» (conocido como «Informe Vrba-Wetzler») llegó al Departamento de Estado norteamericano en junio de 1944. A pesar de los reiterados intentos por conseguir que se bombardeasen las líneas férreas que llevaban a Auschwitz, estos no fueron atendidos, señalando que era una dispersión de recursos militares que resultaban muy necesarios en ese momento debido al desembarco aliado en Normandía. En agosto de ese año, la fuerza aérea norteamericana bombardeó finalmente el complejo industrial de I. G. Farben en Monowitz, que se encontraba a corta distancia del campo de Birkenau. Durante el bombardeo los aviones pudieron fotografiar claramente las instalaciones crematorias de Auschwitz-Birkenau. La posibilidad de que un bombardeo aliado de las cámaras de gas y de los hornos crematorios de esos campos hubiese comportado el fin efectivo de su capacidad asesina es una cuestión que ha originado un gran debate, aunque sin una respuesta definitiva.
Steinbacher describe la historia de Auschwitz, centrándose en la unidad conceptual, temporal y geográfica, de la política de exterminio y la «conquista de espacio vital» germano. La autora se interroga sobre la percepción del acontecer asesino en la opinión pública y la situación de los presos, las posibilidades de resistencia contra las SS y el comportamiento de los aliados. Un capítulo está dedicado a la cuestión de la cifra de víctimas según lo que sabemos hoy día: El historiador polaco Franciszek Piper llega a conclusiones similares en su libro publicado a comienzos de los años noventa: mientras que Weller concluye que fueron un millón cuatrocientos mil los asesinados, Piper pudo precisar más, y sobre una base de fuentes más amplia, el número de prisioneros polacos matados. Piper deduce que fueron al menos un millón cien mil las víctimas mortales, pero no excluye que la cifra máxima pueda ser de hasta un millón y medio. Por fin se trata adecuadamente el tema de la persecución judicial de los crímenes después de la guerra y se rebate juiciosamente la «mentira sobre Auschwitz».
Existe, sin embargo, un reparo para una obra que desea esclarecer los hechos y hacer frente a las tesis negacionistas: no aporta referencias de fuentes primarias y tampoco contiene un análisis crítico de qué fuentes son más útiles (o de las que lo son en menor medida). Sin embargo, Steinbacher sí describe minuciosamente el universo de Auschwitz, ocupándose del estudio de las vidas y las muertes de sus habitantes, incluyendo los hombres de negocios y los de las SS y sus víctimas. «Auschwitz, en su destructivo dinamismo, era la encarnación física de los valores fundamentales del Estado nazi», escribió el historiador Laurence Rees. Steinbacher evita centrarse demasiado en cuestiones morales; el significado de Auschwitz se encuentra en sus espeluznantes detalles, que la historiadora aporta con precisión de microcirujano. Steinbacher intenta comprender el sistema del campo de concentración, su concepción, su funcionamiento social y económico, cómo se concibe Auschwitz como espacio, cómo evoluciona la ciudad que lo acoge. Una obra necesaria, tanto por formato como por claridad y que debe figurar entre las más destacadas para aproximarse al pavoroso mundo de ese campo que ha sido definido, con acierto, como la «capital del Holocausto».
El filósofo Theodor Adorno resumió bien el mundo después de Auschwitz. Se trataba de un mundo que sólo podía negarse, optando por la vía del no pensar o, utilizando su terminología, la dialéctica negativa: «Nada de poesía después de Auschwitz». La idea del progreso moral continuo de la humanidad, tan querida a los filósofos de la Ilustración, que se alcanzaría a través de la igualdad, de la justicia y de la educación de la población, quedó sepultada en aquel campo, símbolo de tantos otros. El Holocausto fue un fenómeno que expresó algunas de las tendencias más significativas de la civilización occidental en el siglo XX: la naturaleza destructiva de la guerra moderna, la expansión del poder estatal y los métodos organizativos de las empresas corporativas modernas. El Holocausto no fue un acontecimiento histórico excepcional que representara una regresión a la barbarie medieval: fue un acontecimiento central de la historia moderna que fue posible gracias a la ciencia más avanzada y a la organización racional burocrática de la sociedad industrial moderna. Estos medios no sólo proporcionaron los medios para cometer el genocidio, sino que ofrecieron también una moral moderna Ersatz que valoraba la disciplina organizativa por encima de la responsabilidad ética. En la Alemania nazi se produjo una yuxtaposición de la normalidad y la modernidad con la barbarie fascista que plantea cuestiones muy complejas acerca de las patologías de la modernidad y de las tendencias implícitas de autodestrucción de la sociedad industrializada.







HArendt






Entrada núm. 4022
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

De disfrutar

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy va de eso de disfrutar, porque como dice en ella la socióloga Patrícia Soley-Beltrán, disfrutar no es pecado, y el consumo se ha ido convirtiendo en una utopía ‘fashion’ transnacional que seduce a todos, pero el reto es desligar el placer del marco consumista sin caer en la condena puritana. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.





Disfrutar no es pecado

PATRÍCIA SOLEY-BELTRAN

02 DIC 2022 - El País


La próxima apertura del Vatican Mall, un centro comercial cercano a la plaza de San Pedro de Roma, ha suscitado un comprensible malestar en la Santa Sede. No solo se asocia una marca al aura de un espacio religioso milenario que, como reza su lema comercial, está situado “En el centro del mundo”. Cabría añadir del mundo cristiano o católico, ¿no? Bien, pues quizá no, pues desde los años 80 del siglo XX, el ecumenismo de las naciones está muy vinculado al consumo, en clara rivalidad con los valores éticos y políticos que vertebraron el siglo XX. ¿Y si el centro del mundo actual fuera una utopía fashion transnacional y los logos el esperanto de la nueva Internacional Consumista? El consumo ofrece pautas para generar una identidad visual y un marco de conexión intercultural de ideología capitalista de gran importancia económica y sociológica, y con un gran potencial para la banalización.

En una memorable secuencia de la película Roma, Fellini escenifica un desfile de indumentaria religiosa que invierte irónicamente la apropiación de la retórica y la iconografía religiosa que realizan las industrias de la moda, la belleza y el lujo. La afinidad electiva entre religión y sistema económico que estableció Max Weber al vincular la doctrina de la justificación del protestantismo con el nacimiento del capitalismo, la llevó Walter Benjamin un paso más allá al caracterizar el capitalismo como un culto religioso puro, en tanto trata de cumplir con algunos de los objetivos de lo que denominamos religión: dar respuesta a la angustia y a la inquietud dotando de sentido al mundo y a nuestra existencia.

Así, los diseñadores se presentan como médiums del zeitgeist de los tiempos cuyo significado se encarna en las identidades ideales de las modelos, cuerpos técnicos de una estética —entendida como ordenación sensual e identitaria— al servicio de la liturgia de mercancías fetichizadas. El objeto adquiere una función sacramental que religa al comprador con la comunidad de elegidos. Términos como ritual, adoración, sabiduría, iluminación, eternidad, magia, sagrado, milagro, purificación, iniciación, salvación, armonía, visión, perfección, equilibrio, misticismo, amor, bondad y luz, son habituales en el marketing de productos de belleza y perfumes, amén de imágenes provenientes de la iconografía de diversas religiones. Asimismo, las connotaciones morales con las que se promueve la observancia fiel a las dietas y otras reglas estéticas premian el autocontrol del “templo del cuerpo” como substitución de la auténtica búsqueda del sentido de la vida.

La palabra glamur devino de la corrupción de grammarye, del inglés antiguo, y significaba magia, encantamiento, hechizo o conjuro, pues el alfabetismo de los letrados les confería un brillo sobrenatural de poder y autoridad que les distinguía del pueblo desposeído y analfabeto. Del prodigio del poder real al glamur de un puñado de modelos e influencers hay un abismo de ficción basada en el narcisismo y el dinero o, mejor dicho, en su falta. Las astronómicas retribuciones de “diosas” fashion (o deportistas de élite) y su estilo de vida seducen principalmente a aquellas capas de población que distan mucho de poseerlas. En la era de la comunicación visual, se idolatra la riqueza buscando una orientación existencial que nunca será saciada.

Son muchos los esfuerzos para “limpiar los altares”: marcas que ensayan una producción ética y sostenible de productos, llamadas a la responsabilidad del consumidor, recuperación de técnicas artesanas slow, activismo estético. Se está logrando concienciar y modificar nuestro inconsciente óptico y avanzar cierta consciencia ética y medioambiental. No es poco, pero hay más. Hace unas semanas, en estas páginas, Daniel Innerarity llamaba a la izquierda a reformular el placer y la propiedad, distanciarlo de su visión individualista y burguesa y resignificarlo como gozo compartido en sociedades justas e igualitarias. A mi entender, forma parte de ese reto desligar el placer del marco consumista sin caer en la condena puritana. Disfrutar de unos buenos zapatos, un perfume o un vestidazo, no es pecado.

En el Paseo de Gracia de Barcelona, me conmovió oír a un niño de unos diez años decir: “Mamá, ¿podemos entrar en el palacio de H&M?” Desde entonces me pregunto qué le ofrece mi sociedad a este niño, más allá de las lentejuelas rosas y el Porsche (sin despreciar ninguno de los dos). Para desligar goce de consumo, propondría varios pasos. A pesar de la dificultad para cubrir necesidades materiales básicas y de la ubicua fetichización de los objetos, no solo se vive de pan. A los sueños hay que alimentarlos. Sin embargo, consumimos alimentos culturales distópicos que, más allá de alertar sobre peligros reales, operan como un outlet para el miedo, desactivándolo sin ofrecer alternativas nutricionales al despreocupado “cielo” de Vogue. Imaginar utopías genera esperanza en el futuro y ganas de vivirlo.

Continuar analizando críticamente el consumo como vector de construcción identitaria, dado que en nuestra cultura visual —heredera de la Grecia clásica— la presentación social del cuerpo es fundamental para definir la identidad. La sociología del cuerpo se topa con dos prejuicios relacionados: por una parte, el rechazo de ciertos sectores del feminismo clásico hacia el consumo y la moda, con la consiguiente simplificación y pérdida de capacidad analítica y reactiva ante un vector normativo de primer orden; por la otra, la persistencia entre la intelectualidad de la división jerárquica mente/cuerpo —también herencia clásica— conforma una mentalidad que desprecia lo simbólicamente asociado con la corporalidad (y la feminidad) por considerarlo irracional e irrelevante, cuando no maligno y engañoso.

Dar más valor social y mediático al conocimiento que a la moda y el espectáculo mediante formatos interdisciplinarios e innovadores, conceptual y visualmente que fidelicen al público habitual y, muy importante, seduzcan a nuevos públicos alienados por una visión elitista, anticuada y soberbia de la cultura. Herencia y contracultura: re-visiones críticas a debate. Un vector de innovación: cumplir de una vez por todas con la Ley de Igualdad de género del 2007 aseguraría la paridad y, junto a la adopción de la perspectiva interseccional de género, garantizaría los derechos culturales de más de la mitad de la población, pues no solo protegen el acceso a la cultura, sino también la participación y la contribución.

Para desactivar la relación entre consumo y ciudadanía, propongo conocer, valorar, agradecer y celebrar los derechos humanos conquistados durante generaciones en un contexto mundial en el que las posibles comparaciones desfavorables son demasiadas: la represión de las mujeres en países como Afganistán o Irán, o el sufrimiento de poblaciones que viven en el caos, el exilio y la guerra son solo un par de ejemplos. No hay más que ver el dolor impotente ante las pérdidas humanas en el Mediterráneo o las emocionadas reacciones ante la rebelión de las mujeres iraníes para captar la inmensa necesidad pública de reconocer causas globales y unirse a ellas. La alegría colectiva por la libertad de la que sí gozamos no es solo fuente de mesura y poderoso motor político, es también fundamento para erigirle un verdadero palacio al niño.

Para finalizar, sugeriría un poco de compasión con las personas que confunden el becerro de oro con la divinidad. Quizá su única esperanza resida en hallar un diamante en el barro. Quizá nuestro trabajo sea limpiar el barro sin denostar ni el diamante ni su búsqueda. Ya saben, quien esté libre de culpa…



















domingo, 4 de diciembre de 2022

[ARCHIVO DEL BLOG] En el aniversario de la Constitución. Una reflexión muy personal. [Publicada el 5/12/2015]

 








Es evidente que los aniversarios me ponen sentimental. Lo prueba el hecho incontrovertible de recientes entradas del blog, como las dedicadas a Hannah Arendt o el presidente Kennedy, por citar solo dos ejemplos. 
Mañana, 6 de diciembre, se cumplen treinta y siete años de la aprobación de la Constitución de 1978 en referéndum y no podía dejar pasar la ocasión para ajustar algunas cuentas al respecto: sobre sus evidentes virtudes; sus también evidentes, con el paso del tiempo, defectos; la necesidad, también evidente, de reformas puntuales pero ineludibles; las falacias y mentiras que encierran muchas críticas a la misma; y por último, un poco de información documental. Esto último es deformación profesional académica. Y es que la lealtad debida a la Constitución, no puede cegar nuestro entendimiento: ha llegado la hora de reformarla.
En cuanto a las virtudes de la Constitución de 1978 seré brevísimo: ha garantizado a los españoles la época más esplendorosa de su historia en cuanto a progreso social y libertades civiles y políticas; no solo la más espléndida, también la más duradera. Y ese es un hecho incontrovertible que no admite discusión, por muchas sombras que le quieran poner al periodo, que haberlas haylas, como las meigas en Galicia, o las brujas en esta mi tierra mágica de Canarias.
Algunos de sus defectos, que el paso de los años ha dejado al descubierto, están clarísimos: un sistema electoral y partidista que no responde a las necesidades de los ciudadanos, cada vez más alejados de la política y más cabreados con sus representantes y con las propias instituciones; una administración de justicia que no funciona; un régimen autonómico que hace aguas por todas partes ante el "salto hacia la nada" de los nacionalismos y el inmovilismo suicida del gobierno de la nación; un senado que no sirve ni cumple su función de representación territorial; y una corrupción galopante a todos los niveles producto del maridaje incestuoso del poder económico-financiero con el poder político. Sí, me doy cuenta de que lo dicho son manchurrones de brocha gorda, pero es que ni yo soy un fino pintor ni esto es un tratado académico.
Soluciones posibles, también a brochazo grueso, una reforma parcial pero profunda de la Constitución, desde luego, ya, bastante más profunda que la perfilada por el dictamen del Consejo de Estado en 2006, a estas alturas absolutamente superado.
Es imprescindible una reforma radical del funcionamiento de los partidos, que obligue a estos, constitucionalmente, a financiarse de manera absolutamente transparente y con publicidad de sus cuentas; a dotarse de órganos de control independientes de sus ejecutivas; a celebrar elecciones primarias obligatorias para la elección de todos sus cargos internos así como de sus candidatos a los órganos representativos, a todos los niveles; y a celebrar congresos a fecha fija, donde la dirección responda de su actuación ante sus respectivos afiliados.
Es imprescindible una reforma del sistema electoral general en la que el principio rector sea la ineludible e indelegable responsabilidad de los elegidos ante sus electores. Y para ello, sería necesario relegar el sistema electoral proporcional al olvido y establecer un sistema electoral mayoritario simple a dos vueltas, en distritos electorales uninominales. Y eso a todos los niveles: municipal, autonómico y nacional.
Es imprescindible una reforma de la administración de justicia en la que los jueces se encarguen única y exclusivamente de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, dejando la instrucción de los procedimientos a los fiscales, absolutamente independientes en su función de los órganos políticos. Y por supuesto, el establecimiento del "jurado puro" (sin intervención de los jueces) como único órgano competente para determinar la culpabilidad o inocencia de los imputados en procesos penales y de corrupción, y en aquellos civiles que por su naturaleza así determinen las leyes. 
Pero también se hace necesaria una reforma en profundidad del titulo VIII de la Constitución, en clave federal, que establezca y determine taxativamente cuales son las competencias indelegables de carácter estatal, y deje todas las demás a lo que decidan los respectivos Estatutos de Autonomía; los mecanismos de financiación, colaboración y cooperación de las Comunidades autónomas con el Estado; que garantice la igualdad civil y política y los derechos reconocidos por la Constitución a todos los españoles en todo el territorio nacional y la supremacía de las leyes estatales sobre cualquier ley autonómica, y de la Constitución nacional sobre las constituciones o estatutos autonómicos y sobre cualquier ley.
El Senado, como cámara de representación territorial, debería estar conformado por los gobiernos de las respectivas entidades autónomas, con un número ponderado de votos para cada una de ellas en función de su población, de manera similar a como se organiza y funciona el Consejo de Ministros de la Unión Europea, y sus competencias y facultades, legislativas y de cualquier otro tipo, determinadas explícitamente en la Constitución.
Sobre el Tribunal Constitucional entiendo que debería limitar su función a la estricta defensa de la Constitución frente a cualquier ley o acto de gobierno contraria a la misma, y a la defensa de los derechos fundamentales establecidos en ella, una vez agotadas todas las vías procesales ordinarias. En cuanto al nombramiento de sus miembros bien podría ser por designación real (a propuesta del Gobierno, lógicamente), con la aprobación cualificada y agravada de las Cortes Generales (Congreso y Senado) entre juristas de reconocido prestigio, y con mandato vitalicio, o hasta su renuncia voluntaria o impedimento físico apreciado por el propio Tribunal Constitucional y aceptado por las Cortes.
Sobre la erradicación de la corrupción política de la vida pública está todo por hacer. Y no creo que haya recetas mágicas para solucionarla: ¿Transparencia y publicidad obligada constitucional y legalmente de todos los actos y contratos de las administraciones públicas y en su funcionamiento interno? Bien, ¿y cómo se hace eso?
Un poco de historia sobre la Constitución de 1978 y su proceso de la elaboración tampoco está de más. Y para eso, nada mejor que recurrir a los documentos. Por ejemplo, el diario El País mantiene permanentemente actualizado un impresionante dosier con miles de documentos sobre la Constitución, actualizado diariamente desde mayo de 1976, que pueden ver en el enlace de más arriba, con noticias, artículos de opinión, entrevistas y reportajes que ponen al día el estado de la cuestión.
Desde este otro enlace de la página web del Congreso de los Diputados pueden ustedes acceder a las notas y minutas de la ponencia que elaboró el anteproyecto de constitución, a los Diarios de Sesiones de las respectivas comisiones constitucionales del Congreso y del Senado que debatieron el proyecto constitucional y de los plenos de ambas cámaras; al dictamen de la comisión mixta Congreso-Senado que dio forma al texto final del proyecto de Constitución; y al de la sesión conjunta de las Cortes Generales de 27 de diciembre de 1978 en la que el Rey sancionó solemnemente la Constitución. Y en este otro, al Boletín Oficial del Estado, extraordinario, de 29 de diciembre de 1978, en el que se publicó el texto oficial de la Constitución. 
Y desde estos dos últimos enlaces que siguen a continuación pueden acceder al texto comentado, artículo por artículo, de la Constitución de 1978 y a los textos, íntegros, de todas las Constituciones, anteriores a la actual, que han estado vigentes en España, desde la de 1812 a la de 1931.
Aludo de pasada a algunas de las falacias que en contra de la Constitución de 1978 se vienen repitiendo machaconamente. Algunas de una simpleza tal que caen por su propio peso. 
Primera: La Constitución fue elaborada a espaldas del pueblo español por los continuadores del régimen franquista sin contar para nada con él. Vamos con unos datos elementales: la constitución es elaborada y aprobada después de amplísimos debates por unas cámaras legislativas producto de las primeras elecciones libres celebradas en España desde 1936, tres años después de muerto el general Franco, en las que participan todos los partidos políticos libremente. Sometida a referéndum nacional obtiene 17.873.301 votos favorables (el 87,87% de los votantes, que equivalen al 67,71% del censo electoral), 1.400.505 votos en contra (el 7,89% de los votantes, que equivalen al 5,25% del censo electoral), 632.902 votos en blanco y 133.786 votos nulos. Los hechos son los hechos, como decía el camarada Lenin, y todo lo demás, opiniones. Y lo que hay que respetar es el derecho a opinar, no la opinión misma.
Segunda: La mayoría de los españoles que votaron la Constitución de 1978 ya no viven, y los que no pudieron votar entonces tienen derecho a votar ahora una nueva Constitución. ¿Por qué?, me pregunto yo en mi cándida ignorancia. La Constitución de Estados Unidos es de 1789, la de Suiza de 1848, la de Nueva Zelanda de 1853, la de Canadá de 1867, y la del Reino Unido (que no tiene ni siquiera constitución) tiene su origen en una disposición real de 1215. De los veintiocho Estados de la Unión Europea catorce de ellos tienen Constituciones anteriores a 1978, una de ellas del siglo XIX (Luxemburgo). ¿Ustedes perciben especialmente cabreados a los ciudadanos vivos de esos países por no haber votado sus Constituciones vigentes? ¿Sí?... Pues yo no, la verdad, pero no vamos a discutir por eso. 
Tercera: La forma monárquica del Estado fue impuesta, otra vez, a espaldas de los españoles. Perdón, pero no cuela. Conviene recordar que los partidos de izquierda y algunos nacionalistas propusieron en el debate parlamentario de la Constitución la forma republicana de gobierno. Está en los Diarios de Sesiones. Perdieron todas las votaciones al respecto. Y el resultado del referéndum fue el qué fue, así que guste o no la forma monárquica de la jefatura del Estado en España es legítima, legal y constitucional y está aprobada por el pueblo español. ¿Eso convierte en ilegítima la propuesta de una forma de Estado republicana? En absoluto: los partidos que defiendan la misma que lo propongan en sus programas electorales, obtengan representación parlamentaria suficiente para aprobarlo en las Cortes Generales y someterlo a referéndum. Y Dios (y los españoles) dirán lo que estimen oportuno, pero dejen de dar la tabarra con el tema, por favor, que resulta cansino... Porque así, y no de otra manera, es como funciona la democracia.
Cuarta (o tercera-bis): La forma monárquica de Estado convierte a los ciudadanos en súbditos. Perdón, una vez más, pero tampoco cuela. ¿De verdad ustedes se atreverían a decirles eso a británicos, daneses, suecos, noruegos, holandeses, belgas, luxemburgueses, canadienses, australianos, neozelandeses, etc., etc.?... Todos ellos son democracias con forma monárquica de Estado. ¿Siguen pensando que es verdad, que británicos, daneses, suecos, noruegos, holandeses, belgas, luxemburgueses, canadienses, australianos, neozelandeses y un largo etcétera, son súbditos y no ciudadanos de sus respectivos Estados?... ¿Sí? Pues allá cada cual, pero no me vale.
Concluyo mi personal manera de homenajear a la Constitución que a todos nos ampara con este vídeo en el que pueden ver y escuchar, interpretada por el grupo musical Jarcha, la canción icono de aquellos no tan lejanos años de mediados de los 70: "Libertad sin ira". Un lema que no nos vendría mal recuperar, sobre todo lo de "sin ira". Feliz día de la Constitución, y hasta el próximo aniversario, que esperemos ya celebrar con una Constitución renovada. Y termino como debí comenzar, con un emocionado ¡Viva la Constitución!
Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt