domingo, 19 de junio de 2016

[Reedición] Felipe VI, Rey de España. Con algunas anécdotas personales del autor del blog



El rey Felipe VI, la reina Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía 


"Reedición" es una nueva sección del blog dedicada a reproducir antiguas entradas que tuvieron cierto predicamento en su momento entre los lectores de Desde el trópico de Cáncer. Estas entradas se publican sin periodicidad fija, conservan su título, fecha y numeración y pueden variar ligeramente en su contenido sobre el publicado originariamente. Disfrútenla de nuevo si lo desean. 

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A estas alturas de la historia me parece innecesario justificar mi condición de monárquico de izquierdas y socialdemócrata. Si viviera en Alemania, Austria, Grecia, Portugal o Italia, que fueron monarquías hasta hace unos años y ahora son repúblicas, pues sí tendría algo de original. Declararse monárquico en un Estado que lo ha sido durante siglos y que desde 1978, en los 39 años de reinado de Juan Carlos I, ha vivido la etapa de libertades y democracia más larga, pacífica y exitosa de su historia nacional, me parece algo bastante obvio y un ejercicio de sensatez y madurez emocional. 

Yo no me declaro monárquico solo por respeto al juramento de lealtad prestado, que también, si no sobre todo por convicción personal. Monarquías son algunas de las democracias más antiguas y de las sociedades más libres del mundo: Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, los Países Bajos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda... Son monarquías parlamentarias, como la española, en la que el rey es el símbolo del Estado, no un monarca absoluto que hace y deshace a su antojo o participa en la vicisitudes de la vida política de forma partidista apoyando a unos u otros. Por el contrario, garantiza la unidad y continuidad del Estado al situarse por encima de la legítima lucha por el poder de los adversarios políticos. No veo, pues, ni tengo razón alguna para avergonzarme de ser y declararme monárquico. Si a otros no les parece bien, pues nada: "pas de problème", que dicen los franceses; aquí paz y después gloria. 

Mi defensa de la monarquía no tiene antecedentes familiares. Mi padre nació en 1900, a punto de finalizar el siglo XIX, decimonoveno hijo de mi abuelo, guardia civil. A los 21 años entraba al servicio de la Casa del Rey, también como guardia civil, en la escolta personal de Alfonso XIII. La guerra civil le cayó del lado republicano, y cuando terminó, lo pagó con cinco años de destino forzoso en la isla de El Hierro, aunque conservó su condición de militar hasta su licenciamiento en 1956, como comandante. Nunca se declaró políticamente, aunque antes de la guerra tuvo carné de Falange y le podía su vena republicana, que pocas veces aireaba. 

Mi madre nació en 1906. Y tenía prohibido terminantemente hablar de política en las reuniones familiares. Sus padres, mis abuelos, se casaban en una iglesia de Madrid el mismo día que también en Madrid, pero en la de San Jerónimo el Real, lo hacían el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia. Mis abuelos maternos eran socialistas. Destacados dirigentes del PSOE como Prieto, Besteiro, Largo Caballero y Negrín (los dos últimos llegarían a ser presidentes del gobierno durante la II República) fueron amigos personales de mis abuelos. Mi madre, su hija mayor, recordaba haberlos visto en alguna ocasión en casa de sus padres en la Ribera de Curtidores, de Madrid, cuando ella era joven. Un hermano de mi abuelo, mi tío-abuelo Amós Acero, fue alcalde del Puente de Vallecas y diputado en las Cortes republicanas. Lo fusilaron los nacionales al término de la guerra civil. 

Y yo, con diez años, recuerdo que tenía en mi cuarto, en la casa de mis padres en Madrid, una foto recortada de la revista Life en la que aparecía el príncipe Juan Carlos de Borbón vestido con su uniforme de cadete de la Academia General Militar de Zaragoza. Curiosamente, en mi tesina de graduación en la Escuela Social de Madrid, en 1966, titulada "El futuro político de España", yo defendía como salida al régimen franquista la de una regencia provisional hasta que los españoles decidieran por referéndum, si preferían una monarquía, una república, o una regencia electiva renovada periódicamente. Me la aprobaron con nota. Y eso, nueve años antes de la muerte del dictador. Años más tarde tuve ocasión de saludar personalmente en Las Palmas, durante una recepción oficial, a don Juan Carlos y doña Sofía, con la que departí unos minutos en los que hablamos de historia del arte. Más tarde volví a saludarles en dos ocasiones más. Si alguno piensa que traiciono mi herencia familiar declarándome monárquico de izquierdas y socialdemócrata, le aseguro que se equivoca. 

De vez en cuando me encuentro contertulios en la redes sociales que me ponen literalmente a caldo por declararme monárquico, de izquierdas, progresista y socialdemócrata. Me dicen que no se puede ser monárquico, de izquierdas, progresista y socialdemócrata; que son conceptos incompatibles. Por lo visto desconocen la historia del socialismo europeo, especialmente del nórdico o del británico, pero también, por lo que se ve, del español. Claro está que algunos de esos contertulios contraponen lo de socialdemócrata a lo que ellos denominan "socialistas auténticos", que así, a palo seco, no tengo yo muy claro quienes son. Si desde luego el "socialismo auténtico" que ellos defienden es el denominado "socialismo real" que se practicó en la extinta URSS, o el que rige actualmente en la República Popular China, Corea del Norte o Cuba, o el que preconizan regímenes como los de Venezuela, Ecuador o Bolivia, por citar los más cercanos sentimentalmente a mi condición de canario y español, pues sí, evidentemente, no soy de izquierdas, ni progresista ni socialdemócrata. Si por "socialismo auténtico" entienden lo que defienden Podemos, Izquierda Unida, Equo, Amaiur, Bildu, ERC y otros compañeros de viaje hacia la nada que se pretenden de izquierdas, pues evidentemente, no soy "socialista". 

Si por "socialismo" se entiende lo que defiende la socialdemocracia europea, los partidos socialistas de Gran Bretaña, Alemania, Francia, Holanda, Suecia, Noruega, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Israel o España, por no citar nada más que unos cuantos partidos socialistas históricos, pues entonces sí me considero socialista. Y desde luego, aunque nunca fue santo de mi especial devoción, tengo que decir que suscribo de la "a" a la "z" las palabras del diputado socialista Alfonso Guerra pronunciadas en la reunión de su grupo parlamentario el pasado día 10 sobre el asunto de la disyuntiva monarquía-república. ¿Oportunismo por su parte? No lo creo, los oportunistas, desafortunados a mí juicio, son los que mezclando churras con merinas sacan a colación este asunto en este preciso momento. Por cierto, no milito en ningún partido, ni de izquierdas ni de derechas, ni conservador ni progresista, ni de centro ni mediopensionista.

Les invito a leer el especial "Retrato de un un rey del siglo XXI" que el diario El País viene dedicando a la persona del que, desde hace unas horas es ya el rey de España, Felipe VI.

Termino con un clásico ¡Larga vida al rey! Y ahora, sean felices, por favor, y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




Estandarte personal del rey Felipe VI 



Entrada núm. 2077
elblogdeharendt@gmail.com
Pues tanto como saber me agrada dudar (Dante Alighieri)
Publicada originariamente con fecha 19 de junio de 2014

3 comentarios:

Kosmisch dijo...

Hola Carlos, recién conozco tu blog y me gustó mucho, te felicito por tus comentarios y noticias, muy interesante todo!

Aquí me quedo, te sigo!

Me gustaría que te pases por mi blog literario para ver qué te parece y si te gusta, sígueme :).

saludos desde http://buscandotelibro.blogspot.com.ar/

Mark de Zabaleta dijo...

Muy interesante.


Saludos

Carlos F. Asís Campos dijo...

Muchas gracias, Kosmisch, por tus amables palabras. Será un placer. Un saludo muy afectuoso.