domingo, 25 de septiembre de 2011

¡Aire, más aire..!








Hace unos días, de paseo por un centro comercial, llevaba al niño en brazos. Un señor muy maleducado, en un cruce de pasillos, me cortó el paso -me atropelló, sería más correcto-  para meterse él, su señora –supongo- y una niña de unos ocho años. 

Tanto mis padres como el colegio de monjas en el que estudié de niña me enseñaron a dar las gracias cuando te ceden el paso, o a pedir disculpas cuando eres tú la que lo cortas de mala manera. Los tres pasaron delante mía; padre, madre –supongo- e hija, y como no oí nada, dije en alto: ¡gracias! Y casi me llevo un guantazo. La madre –supongo- se giro y me fulminó con la mirada; sentí como si me arrancaran los pelos y me dieran patadas en el estómago. Yo seguí mi camino como si nada, pero por el rabillo del ojo seguía observando a la esposa –supongo- y oyendo como la mujer me ponía verde y se lo contaba al marido –supongo- señalándome. Como a la pobre niña le ponga esa mirada se le tiene que hacer pis encima…

Es una mala costumbre que tengo esa de dar las gracias en alto cuando no me las dan. Será que es una palabra bonita y me gusta oírla. Me he llevado varias miradas de esas, incluso algún: “desde luego; las hay maleducadas”. Lo que hay que oír. Reconozco que soy un poco tocapelotas pero la ausencia de maneras me enferma.

¿Les gusta su espacio? Yo lo adoro. Llevo alrededor una burbuja que marca límites y emite pitidos cuando la gente se acerca demasiado; me refiero a extraños, claro está.

Hace nada, en la parada de la guagua: un banco de cemento largo, de unos 15 metros, totalmente vacío; me siento en un lugar cualquiera, no precisamente al principio, y allá va:  la señora pesada que parece que le has robado el sitio y quiere sentarse encima de tí. Me muevo un poquito, y otra vez va la señora. Tres veces. Sí, sí. Al último rodamiento ya la miré malamente, más o menos como la mirada de la madre del centro comercial; una que aprende rápido. La buena mujer se dio por ofendida, cogió su bolso y giró la cabeza ¡Quince metros para dos personas, teníamos siete y medio para cada una y ella quería reducirlo a cincuenta centímetros. No sé si es que a le gente le gusta rozarse o quería ponerme la zancadilla para entrar ella primero en el autobús. Por supuesto que la dejé entrar primero, no fuera a ser que me sentara y ella se pusiera a mi lado.

Sin contar a mi padre, que es el cariñoso de la familia, el resto somos un poco desprendidos; cuanto más aire alrededor mejor. Si tenemos un mal día, nada de abrazos y besos: lejitos, allá por el horizonte. Porque esa protección que puede dar un abrazo o un apretón se convierte en una soga al cuello.

Si saben de un sitio con buena ventilación, espacios libres y gente educada, avisen a este blog. 


El vídeo publicitario que acompaña esta entrada es una muy buena reflexión sobre la importancia que tenemos que dar a nuestros gestos, sobre todo, ante los niños. 

Un saludo. Nos vemos. Ruth Campos





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Entrada núm. 1406 -
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