ENTRADA NÚM. 9813
El blog de HArendt: Pensar para comprender, comprender para actuar # Primera etapa 2005-2008 (en Blog.com) # Segunda etapa: 2008-2020 (en Blogger.com) # Tercera etapa: 2022-2026 (en Blogger.com) #
Usted no ha visto lo que ha visto, porque como en ‘1984’, la Casa Blanca de Trump pretende construir una realidad a la medida de sus intereses, escribe en El País (01/02/2026) el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Lo contaba Timothy Garton Ash en un discurso que dio hace unos años en Barcelona. Durante sus viajes por la Europa comunista, la gente se le acercaba con libros de George Orwell en ediciones samizdat: copias de libros prohibidos que se hacían de manera clandestina (samizdat quiere decir, más o menos, “publicado por uno mismo”, o “editorial de uno mismo”) para evitar la censura. Eran copias de 1984 y Animal Farm, gastadas de tanto leerlas, que los lectores agitaban en el aire mientras le preguntaban a Ash: “¿Cómo lo sabía?”. Se referían, por supuesto, a todo lo que les estaba pasando o les había pasado a las víctimas del totalitarismo: ¿cómo lo sabía Orwell? ¿Cómo sabía ese inglés tan inglés, que nunca viajó a los países del Telón de Acero, que sólo supo del mundo comunista por sus lecturas y por las noticias que le llegaban, lo que ocurría del otro lado?
Por supuesto que no se referían a la represión de todos los días, la persecución de la disidencia y el terror político, ingredientes predecibles de todo totalitarismo. Se referían más bien a las novedades que Orwell entendió mejor y antes que el resto de los intelectuales de su tiempo: la falsificación de la Historia, la mentira organizada y el lavado de cerebros, toda la capacidad de los totalitarismos para transformar la realidad hasta dejarla irreconocible, o para distorsionar nuestra percepción hasta hacernos dudar de nuestros propios ojos. Eso es lo que le pasa al pobre Winston Smith en 1984. Si la novela de Orwell se ha metido en nuestras conversaciones de los últimos años —desde 2016, por poner una fecha arbitraria, pero yo recuerdo instancias anteriores— es por eso: porque nos parece que en ella hay herramientas para desmontar lo que nos está ocurriendo ahora. El hecho de que sigamos citando a Orwell, de que no hayamos parado de hacerlo en los últimos 10 años, es síntoma de algo grave: porque el mundo de Donald Trump se parece cada vez más a la dictadura del Partido en Oceanía.
Lo pensaba yo esta semana después de tres incidentes profundamente preocupantes, pero que se ahogaron —predeciblemente— en la marea de desmanes con la que la Administración Trump ha colonizado nuestra atención y dominado sin resquicios los ciclos de los noticieros. El primero es el asesinato de una mujer, Renee Good, que se vio envuelta en un altercado con agentes del ICE, la agencia de persecución de inmigrantes que se ha convertido en una fuerza paramilitar de terror de Estado que no da cuentas a nadie o cuya impunidad está garantizada de antemano por Trump y sus fascistas. Todos vimos las imágenes: la camioneta de la mujer atravesada en la vía, los agentes que se le acercan con ademanes amenazantes, el agente que trata de sacarla a la fuerza del vehículo; y entonces ella maniobra para irse de allí, y todos la vemos comenzar a irse, pero otro agente le pega tres tiros casi a quemarropa, sin justificación ninguna. El segundo incidente fue otro asesinato: el enfermero Alex Pretti, armado con un teléfono móvil, se enfrenta a los agentes del ICE que están matoneando a una ciudadana, y minutos después está en el suelo, sometido por los matones. Y a pesar de que está sometido y golpeado, los agentes lo asesinan: 10 tiros en total.
Fueron dos asesinatos cometidos contra ciudadanos inocentes. De inmediato produjeron la repulsa de siempre, pero esta vez, además, produjeron otra reacción: la maquinaria del trumpismo se puso en marcha inmediatamente, como perros que responden al pito, para decirle a la gente que lo que estaba viendo no había sucedido en realidad. Que Renee Good no se estaba yendo, a pesar de que la vemos irse, sino que estaba atacando al agente con su camioneta: usando su camioneta como un arma. Que Alex Pretti llevaba un arma (aunque un agente se la haya quitado) y era un “pistolero” que “iba a provocar una masacre”. Que los dos no eran ciudadanos, sino “terroristas domésticos”. En fin: que lo que ha pasado en realidad no ha pasado, y lo que hemos visto es en realidad algo muy distinto de lo que hemos visto.
Pocos días después —pero se siente como si hubieran pasado meses—, Trump fue al Foro de Davos a destrozar como pudiera el orden internacional y a atacar, con su mezcla particular de matonismo y puerilidad, a los líderes de esa Europa que puede muy bien ser la única resistencia. Al matonismo y la puerilidad les añadió dos ingredientes que van y vienen: el tono de mafioso y las equivocaciones de su mente senil, invulnerable a las correcciones de la información o la cultura. Y entonces dio un discurso soporífero en su tono soporífero, y en él usó muchas más palabras de las necesarias para echar atrás sus pretensiones imperialistas mientras seguía reventando los puentes con los aliados de toda la vida y, de paso, destrozando más si cabe la reputación y el soft power de Estados Unidos en el mundo. Pues bien: para referirse a Groenlandia, el territorio que se quiere tomar —por las buenas o por las malas, como en una pésima película de vaqueros—, Trump dijo tres veces el nombre de Islandia. Lo señaló enseguida la periodista Libbey Dean: “En sus comentarios en el World Economic Forum, el presidente Trump confundió aparentemente Groenlandia con Islandia unas tres veces”.
Y ocurrió de nuevo: los organismos de la propaganda trumpista, comenzando por la vergonzosa Casa Blanca, pusieron en marcha los mecanismos para probar que lo que vimos no ocurrió nunca. Islandia en inglés es Iceland: ese es el nombre del país, pero la palabra también podría partirse en dos y significaría “tierra de hielo”: ice land. Y por eso la jefa de prensa de Trump, una mujer que ha dado una nueva definición a la palabra cinismo, pudo responder sin que a su cuenta de X se le moviera una ceja: “No es así, Libby. Su discurso escrito se refería a Groenlandia como ‘un pedazo de hielo’ porque eso es lo que es”. Y luego: “Tú eres la única que está confundiendo las cosas”. Todos lo habíamos visto: Trump dijo Islandia en vez de Groenlandia por senilidad, ignorancia, cansancio, mediocridad o descuido. Pero Karoline Leavitt hizo un pase jedi con la mano y nos dijo que no: eso que vimos no fue lo que vimos. Lo que vimos fue otra cosa.
En la primera parte de 1984, Winston Smith reflexiona sobre la forma como el Partido ha construido una realidad a la medida de sus intereses. Piensa en la Policía del Pensamiento, en la falsificación de la historia, en la imposibilidad de saber cómo fue el pasado en realidad, en la destrucción de las certezas. “Después de todo”, se dice, “¿cómo sabemos que dos más dos es cuatro? ¿O que la fuerza de gravedad funciona? ¿O que el pasado no se puede cambiar? Si tanto el pasado como el mundo exterior existen sólo en la mente, y si la mente se puede controlar, ¿entonces qué?” Y concluye: “El Partido le pedía a uno que rechazara la evidencia de sus ojos y sus oídos. Era su orden definitiva, la más esencial”. Esa fue la orden que llegó desde la Oficina de Prensa de la Casa Blanca. “Tú eres la única que está confundiendo las cosas”, le dijo Karoline Leavitt a una periodista. Y yo sentí que nos hablaba a todos.
Con los novelistas -los buenos- y los filósofos -casi todos-, mantengo una cordial relación de amor y odio a partes iguales que, en el fondo, no es más que envidia pura y dura. ¡Al, la envidia!... Sin duda el pecado capital de los españoles... Dejémoslo así. A ambos, filósofos y novelistas, hay que escucharlos siempre cuando hablan de otras cosas que no son ni la literatura ni la filosofía. Lo que no implica, ni por asomo, compartir sus opiniones siempre. Me pasaba con Francisco Umbral o Camilo José Cela. Me pasa hoy y ahora con Fernando Savater o Mario Vargas Llosa. Y otros, claro, que no cito.
Mario Vargas Llosa escribe muy a menudo de política, y aunque no comparta del todo algunas de las cosas que dice, lo hace tan bien que en cualquier caso disfruto de su lectura. Hace unos días escribía en El País sobre los nuevos enemigos. Sigan leyendo y averiguarán a quienes se refería.
El comunismo se ha convertido en una ideología residual, comenzaba diciendo. Ahora la amenaza es el populismo, que ataca por igual a países desarrollados y atrasados. El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal —de la libertad— sino el populismo. Aquel dejó de serlo cuando desapareció la URSS, por su incapacidad para resolver los problemas económicos y sociales más elementales, y cuando (por los mismos motivos) China Popular se transformó en un régimen capitalista autoritario. Los países comunistas que sobreviven —Cuba, Corea del Norte, Venezuela— se hallan en un estado tan calamitoso que difícilmente podrían ser un modelo, como pareció serlo la URSS en su momento, para sacar de la pobreza y el subdesarrollo a una sociedad. El comunismo es ahora una ideología residual y sus seguidores, grupos y grupúsculos, están en los márgenes de la vida política de las naciones.
Pero, a diferencia de lo que muchos creíamos, añade, que la desaparición del comunismo reforzaría la democracia liberal y la extendería por el mundo, ha surgido la amenaza populista. No se trata de una ideología sino de una epidemia viral —en el sentido más tóxico de la palabra— que ataca por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando para cada caso máscaras diversas, de izquierdismo en el Tercer Mundo y de derechismo en el primero. Ni siquiera los países de más arraigadas tradiciones democráticas, como Reino Unido, Francia, Holanda y Estados Unidos están vacunados contra esta enfermedad: lo prueban el triunfo del Brexit, la presidencia de Donald Trump, que el partido del Geert Wilders (el PVV o Partido por la Libertad) encabece todas las encuestas para las próximas elecciones holandesas y el Front National de Marine Le Pen las francesas.
¿Qué es el populismo?, se pregunta. Ante todo, la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero. Por ejemplo, estatizando empresas y congelando los precios y aumentando los salarios, como hizo en el Perú el presidente Alan García durante su primer Gobierno, lo que produjo una bonanza momentánea que disparó su popularidad. Después, sobrevendría una hiperinflación que estuvo a punto de destruir la estructura productiva de un país al que aquellas políticas empobrecieron de manera brutal. (Aprendida la lección a costa del pueblo peruano, Alan García hizo una política bastante sensata en su segundo Gobierno).
Ingrediente central del populismo, añade, es el nacionalismo, la fuente, después de la religión, de las guerras más mortíferas que haya padecido la humanidad. Trump promete a sus electores que “América será grande de nuevo” y que “volverá a ganar guerras”; Estados Unidos ya no se dejará explotar por China, Europa, ni por los demás países del mundo, pues, ahora, sus intereses prevalecerán sobre los de todas las demás naciones. Los partidarios del Brexit —yo estaba en Londres y oí, estupefacto, la sarta de mentiras chauvinistas y xenófobas que propalaron gentes como Boris Johnson y Nigel Farage, el líder de UKIP en la televisión durante la campaña— ganaron el referéndum proclamando que, saliendo de la Unión Europea, Reino Unido recuperaría su soberanía y su libertad, ahora sometidas a los burócratas de Bruselas.
E inseparable del nacionalismo, dice más adelante, es el racismo, y se manifiesta sobre todo buscando chivos expiatorios a los que se hace culpables de todo lo que anda mal en el país. Los inmigrantes de color y los musulmanes son por ahora las víctimas propiciatorias del populismo en Occidente. Por ejemplo, esos mexicanos a los que el presidente Trump ha acusado de ser violadores, ladrones y narcotraficantes, y los árabes y africanos a los que Geert Wilders en Holanda, Marine Le Pen en Francia, y no se diga Viktor Orbán en Hungría y Beata Szydlo en Polonia, acusan de quitar el trabajo a los nativos, de abusar de la seguridad social, de degradar la educación pública, etcétera.
En América Latina, comenta, Gobiernos como los de Rafael Correa en Ecuador, el comandante Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia, se jactan de ser antiimperialistas y socialistas, pero, en verdad, son la encarnación misma del populismo. Los tres se cuidan mucho de aplicar las recetas comunistas de nacionalizaciones masivas, colectivismo y estatismo económicos, pues, con mejor olfato que el iletrado Nicolás Maduro, saben el desastre a que conducen esas políticas. Apoyan de viva voz a Cuba y Venezuela, pero no las imitan. Practican, más bien, el mercantilismo de Putin (es decir, el capitalismo corrupto de los compinches), estableciendo alianzas mafiosas con empresarios serviles, a los que favorecen con privilegios y monopolios, siempre y cuando sean sumisos al poder y paguen las comisiones adecuadas. Todos ellos consideran, como el ultraconservador Trump, que la prensa libre es el peor enemigo del progreso y han establecido sistemas de control, directo o indirecto, para sojuzgarla. En esto, Rafael Correa fue más lejos que nadie: aprobó la ley de prensa más antidemocrática de la historia de América Latina. Trump no lo ha hecho todavía, porque la libertad de prensa es un derecho profundamente arraigado en Estados Unidos y provocaría una reacción negativa enorme de las instituciones y del público. Pero no se puede descartar que, a la corta o a la larga, tome medidas que —como en la Nicaragua sandinista o la Bolivia de Evo Morales— restrinjan y desnaturalicen la libertad de expresión.
El populismo, afirma, tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanzó la magnitud actual. Una de las dificultades mayores para combatirlo es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distintas, la xenofobia, el patrioterismo, la ignorancia. Eso se advierte de manera dramática en el Estados Unidos de hoy. Jamás la división política en el país ha sido tan grande, y nunca ha estado tan clara la línea divisoria: de un lado, toda la América culta, cosmopolita, educada, moderna; del otro, la más primitiva, aislada, provinciana, que ve con desconfianza o miedo pánico la apertura de fronteras, la revolución de las comunicaciones, la globalización. El populismo frenético de Trump la ha convencido de que es posible detener el tiempo, retroceder a ese mundo supuestamente feliz y previsible, sin riesgos para los blancos y cristianos, que fue el Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta. El despertar de esa ilusión será traumático y, por desgracia, no sólo para el país de Washington y Lincoln, sino también para el resto del mundo.
¿Se puede combatir al populismo? termina preguntándose. Desde luego que sí, responde. Están dando un ejemplo de ello los brasileños con su formidable movilización contra la corrupción, los estadounidenses que resisten las políticas demenciales de Trump, los ecuatorianos que acaban de infligir una derrota a los planes de Correa imponiendo una segunda vuelta electoral que podría llevar al poder a Guillermo Lasso, un genuino demócrata, y los bolivianos que derrotaron a Evo Morales en el referéndum con el que pretendía hacerse reelegir por los siglos de los siglos. Y lo están dando los venezolanos que, pese al salvajismo de la represión desatada contra ellos por la dictadura narcopopulista de Nicolás Maduro, siguen combatiendo por la libertad. Sin embargo, la derrota definitiva del populismo, como fue la del comunismo, la dará la realidad, el fracaso traumático de unas políticas irresponsables que agravarán todos los problemas sociales y económicos de los países incautos que se rindieron a su hechizo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
LIBERTAD
A tiros nos dijeron cruz y raya.
En cruz estamos. Raya. Tachadura.
Borrón y cárcel nueva. Punto en boca.
Si observas la conducta conveniente,
podrás decir palabras permitidas:
invierno, luz, hispanidad, sombrero.
(Si se te cae la lengua de vergüenza,
te cuelgas un cartel que diga “mudo”,
tiendes la mano y juntas calderilla.)
Si calzas los zapatos según norma,
también podrás cruzar a la otra acera
buscando el sol o un techo que te abrigue.
Pagando tus impuestos puntualmente,
podrás ir al taller o a la oficina,
quemarte las pestañas y las uñas,
partirte el pecho y alcanzar la gloria.
También tendrás honestas diversiones.
El paso de un entierro, una película
de las debidamente autorizadas,
fútbol del bueno, un vaso de cerveza,
bonitas emisiones en la radio
y misa por la tarde los domingos.
Pero no pienses libertad, no digas,
no escribas libertad, nunca consientas
que se te asome al blanco de los ojos,
ni exhale su olorcillo por tus ropas,
ni se te prenda a un rizo del cabello.
Y, sobre todo, amigo, al acostarte,
no escondas libertad bajo tu almohada
por ver si sueñas con mejores días.
No sea que una noche te incorpores
sonambulando libertad, y olvides,
y salgas a gritarla por las calles,
descerrajando puertas y ventanas,
matando a los serenos y los gatos,
rompiendo los faroles y las fuentes,
y el sueño de los justos, porque entonces,
punto final, hermano, y Dios te ayude.
ÁNGELA FIGUERA AYMERICH (1902-1984)
escritora española
Hola, bon dia de nou a tots i feliç dilluns. El primer del mes de febrer. Esperem que sigui una mica menys desafortunat i tràgic que el gener passat. Anem amb les entrades del bloc. La primera, de Diego López Garrido, director de la Fundació Alternatives, que ens diu que l'ordre mundial està tocat, però no enfonsat, i alguns països intenten restaurar el model colonialista, però el model sorgit després de la Segona Guerra Mundial continua viu. La segona, un arxiu del bloc del febrer del 2019, és de Máriam Martínez-Bascuñán, professora en Ciència Política de la Universitat de Columbia, a Nova York que es preguntava: Què passa quan has d'executar allò que has promès i descobreixes que el teu relat xoca amb la realitat?, ningú va respondre. El poema del dia és del poeta espanyol Luis Antonio de Villena i es titula Emmy Hennings: Un crepuscle. I la quarta, com sempre, són les vinyetes d?humor del dia. Tamaragua, amics meus. Sigueu feliços, si us plau. Petons. Els vull. HArendt
ENTRADA NÚM. 9807
El orden mundial está tocado, pero no hundido, y algunos países tratan de restaurar el modelo colonialista, pero el modelo surgido tras la Segunda Guerra Mundial sigue vivo, escribe en El País (30/01/2026), Diego López Garrido, director de la Fundación Alternativas y exsecretario de Estado para la Unión Europea
Desde que Donald Trump ocupó la presidencia de Estados Unidos por segunda vez y empezó a actuar de manera amenazante, caprichosa e impredecible, se ha impuesto en analistas y medios el mantra de que el llamado “orden mundial” está irremediablemente roto. Discrepo de esta visión de la realidad internacional. Trump no es tan fuerte, ni el ordenamiento internacional tan débil como para profetizar una sentencia de muerte.
Se dice que el Estado nación moderno nació con el Tratado de Westfalia (1648), que puso fin a la guerra de los Treinta Años y a la guerra de los Ochenta Años. Desde entonces la forma política básica del planeta ha sido el Estado soberano.
Cuando terminó la II Guerra Mundial, que empezó siendo una guerra europea —la segunda en medio siglo— el orden mundial se constituyó mayoritariamente de modo opuesto a la fisonomía que habían tenido los Estados perdedores. Frente a la dictadura fascista triunfó la democracia como forma de gobierno legítimo. Frente a la ley del más fuerte —proclamada por los nazis— se impuso la defensa de la independencia de los Estados. Y frente a la tortura y la violencia practicadas por los gobiernos de los países del Eje, se afirmaron los derechos humanos como valores supremos e invulnerables.
Las instituciones nacidas de la victoria de los aliados, en primer lugar, las Naciones Unidas, con la Carta que prohíbe la intervención militar sin acuerdo del Consejo de Seguridad y la agresión de un Estado a otro, y con los juicios de Núremberg a los crímenes del nazismo, se han mantenido 80 años de forma incólume.
Este orden mundial no hizo sino fortalecerse y consolidarse en esas ocho décadas. Con los dos pactos de libertades civiles y de derechos sociales. Y más recientemente con la creación del Tribunal Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional, que están en plenitud de funcionamiento.
Hay dos acontecimientos que han contribuido a hacer irreversible todas estas decisiones de la comunidad internacional. El primero, la creación de la Unión Europea, apoyada en valores imprescindibles: la democracia, el Rule of Law y los derechos humanos y libertades públicas. El segundo, la implosión de la Unión Soviética, y el ingreso en la Unión Europea de Estados que, por muchos años, o formaban parte o estaban sometidos a la URSS mediante el Pacto de Varsovia, que se concibió como respuesta a la Alianza Atlántica.
Es cierto que las acciones de Trump, en el interior de Estados Unidos (persecución despiadada de inmigrantes) y hacia el exterior (Venezuela, aranceles extraordinarios, pretensión de expansión hacia Groenlandia, el canal de Panamá y hasta Canadá) son de un impacto disruptivo incuestionable. Y que parece tambalearse la OTAN, ante la conducta incomprensible de Trump de acercamiento a Putin, al que se acerca al perdonar la invasión de Ucrania. Sin embargo, esta conducta no es equiparable a las reglas del orden internacional vivas desde 1945.
Son normas que resisten que Estados Unidos se haya retirado de decenas de organizaciones internacionales o de tratados tan relevantes como la Convención de Derechos del Niño, el Protocolo de Kioto o el Acuerdo de París contra el cambio climático. En su última intervención ante la Asamblea de Naciones Unidas, en efecto, el presidente de Estados Unidos hizo un discurso directamente hostil a Naciones Unidas y negacionista del cambio climático. Palabras improductivas y dañinas, pero no tanto como para acabar con el orden mundial.
Debemos admitir que el mundo de hoy sufre transformaciones de importancia indudable: la violación del derecho internacional por las decisiones arbitrarias de Trump o Putin; el auge de la política económica proteccionista y nacionalista que dificulta el libre comercio; el crecimiento incontenible de la deuda, particularmente en los propios Estados Unidos, o el envejecimiento poblacional, salvo en África, el continente joven.
Para todo ello, el protagonismo de la Unión Europea —ahora algo oscurecida y no suficientemente integrada— es absolutamente necesario. Pero a la Unión le faltan instrumentos de política exterior y carece de una defensa común. Algo que se podría obtener, para los Estados que lo quieran, con un nuevo Tratado, que parece necesario dado el desdén de Trump respecto de la OTAN y su célebre artículo 5.
Estados Unidos es un país poderoso, y de eso se está aprovechando su Gobierno ultraconservador. Pero no es admisible aceptar que la política de Trump —de efectos, a mi juicio, efímeros— signifique el fin del ordenamiento que salvó a Europa y el mundo occidental de caer en el infierno del fascismo y de sus crímenes contra la humanidad.
El orden mundial está herido por el deseo de países muy importantes de crear en torno a ellos esferas de influencia expansionista, que se asemejan a la política ferozmente colonialista que Europa impuso durante siglos en América y África. Pero ese orden mundial y ese derecho internacional diseñado para la paz y la prosperidad sigue estando vigente. Lo único que hace falta es que creamos en él y que nos neguemos a ser vencidos por una nueva forma de brutalidad en el siglo XXI.
ENTRADA NÚM. 9806