ENTRADA NÚM. 9818
El blog de HArendt: Pensar para comprender, comprender para actuar # Primera etapa 2005-2008 (en Blog.com) # Segunda etapa: 2008-2020 (en Blogger.com) # Tercera etapa: 2022-2026 (en Blogger.com) #
Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz mércores! Avanzamos a bo ritmo cara a metade da semana. Que sexa próspera, oh deuses! Imos ás entradas do blog de hoxe. A primeira, escrita por Manuel Vicent, fálanos da década de 1960, cando viaxar por primeira vez a Nova York —daquela unha cidade chea de música e arte por todas partes— era sinónimo de regresar transformados. Na segunda, unha entrada arquivada de xullo de 2018, o profesor David Mejía comentaba que aínda non superamos o fervor esencialista e sentimental que impregnaba o discurso político, pero que debemos entender a nacionalidade como pertenza a unha comunidade política, o que lle outorga ao seu titular unha serie de dereitos e obrigas. O poema do día, na terceira entrada, titúlase "O libro milagroso", e é do poeta español Benjamín Prado. E a cuarta e última parte, coma sempre, son os debuxos animados de humor. Tamaragua, meus amigos. Sede felices. Ata mañá. Bicos. Quérovos. HArendt
ENTRADA NÚM. 9817
En los años 60, viajar por primera vez a Nueva York, entonces lleno de explosiones de música y de arte que reventaban por todas partes, era sinónimo de volver transformado, comenta en El País (01/02/2026) el escritor Manuel Vicent. Hubo un tiempo que entre mis amigos los había rojos, muy rojos, cuya ideología, pese a ser muy cinéfilos, les obligaba a odiar a John Ford y a John Wayne, comienza diciendo. Este desprecio se extendía a cualquier estilo de vida norteamericano empezando por abstenerse de consumir refrescos de cola y, por supuesto, prohibirse cualquier viaje a Nueva York. En cambio, otros rojos, menos acérrimos, solo teñidos de rosa púrpura, no dejaban de admirar las películas del Oeste, el cine negro, las comedias de los años 50 y en secreto soñaban con inmiscuir su vida entre los rascacielos de Manhattan para embeberse con el jazz y blues que se expendía en el club Village Vanguard. Al fin y al cabo, los esclavos negros habían sacado esas melodías del alma para expresar el dolor y la pena. En la cultura negra la pena era azul y la cantaban con voz de madera; los saxos y clarinetes extraían un licor dulce y muy largo; todos los pianos en los antros del sur también servían de féretros; Billie Holiday, la primera, cantaba a sus hermanos ahorcados que colgaban de los árboles como una extraña fruta. Nadie de izquierdas podía ser ajeno a esa pena azul que incluía tanta belleza y melancolía. En aquel tiempo sucedía que si un comunista visitaba la Unión Soviética volvía desolado, escandalizado, consciente de que lo habían engañado. Le pasó a Gide, a Camus y a muchos de aquellos intelectuales del momento. Por el contrario, si alguno de mis amigos rojos viajaba por primera vez a aquel Nueva York de los años 60 lleno de explosiones de música y de arte que reventaban por todas partes volvía transformado. Nueva York era entonces el verdadero Este del Edén. Allí se cumplían todos los sueños creativos, excitantes, divertidos y sobre todo lucrativos que uno llevaba en el equipaje. Esa ciudad constituía una experiencia iniciática, pero en Norteamérica el miedo se ha vuelto violencia y la violencia ya no se distingue de la decadencia. Hoy Nueva York ha dejado de ser un polo de atracción. Ya no seduce a nadie.
ENTRADA NÚM. 9816
Aún no hemos superado la fiebre esencialista y sentimental que impregna el discurso político, pero tenemos que entender la nacionalidad como la pertenencia a una comunidad política, que hace titular a quien la posee de una serie de derechos y obligaciones, comentaba hace unas semanas en El País David Mejía, profesor investigador en la Universidad de Columbia, de Nueva York.
La vieja inquietud por el Ser de España, comenzaba diciendo el profesor Mejía, ha resurgido como consecuencia de la crisis territorial en Cataluña. Estos días se escuchan de nuevo declaraciones como “España sufre una crisis de identidad” o “debemos repensar qué es ser español”. Historiadores, juristas, políticos, son muchas las voces que coinciden en que España tiene la tarea pendiente de encontrar su esencia, insinuando que “ser español” trasciende la prosaica y neutra realidad de tener nacionalidad española.
Este debate intelectual en torno al Ser de España surgió a finales del XIX, principalmente de manos de un grupo de intelectuales que la historiografía literaria inmortalizaría como Generación del 98. Los Unamuno, Maeztu, Ganivet y compañía inauguraron un régimen emocional que muchos se niegan a abandonar, y que consiste en emplear moldes metafísicos para enmarcar debates políticos. Es un vicio que no terminó con el fin de siglo. Ni siquiera Ortega y Gasset, que encaró el “problema de España” desde un regeneracionismo más institucionista, logró superar el marco esencialista impuesto por la generación precedente.
Si este debate fuera una mera distracción académica, no valdría la pena ocuparse de él, pero la cuestión arrastra consecuencias políticas. La zozobra nacional resurge ante una grave crisis, y lleva a muchos a presumir que España no puede justificarse plenamente como Estado hasta que sea aclarado su verdadero Ser, es decir, hasta que se manifieste el espíritu nacional que define a su pueblo. Estas aproximaciones esencialistas olvidan que España, con sus defectos, es una democracia consolidada, y no necesita urdir narrativas nacionales ni descubrir humores colectivos para legitimar su soberanía. Que en el siglo XIX nunca se consolidara como nación cultural —como tampoco otros países europeos— no implica que hoy no pueda ser un Estado sólido. Sin embargo, hay quien considera que la ausencia de un espíritu nacional definido debe abrir la puerta a una discusión sobre la existencia misma del Estado.
La tradición del nacionalismo español expresado como quejido no la inventó el 98. Las primeras menciones a la decadencia española aparecen ya a mediados del siglo XVII. Como señala el historiador Álvarez Junco, España era retratada por sus cronistas como la Mater Dolorosa del imaginario católico, portando el aire quejumbroso y autoconmiserativo de la virgen doliente. Este imaginario encaja con el “me duele España” noventayochista, y llega hasta nuestros días. Por eso, ahora que se cumplen 120 años del desastre, es importante aunar esfuerzos para desdramatizarlo como acontecimiento y superarlo como marco discursivo.
¿Hubo tal cataclismo? Los historiadores coinciden en negarlo: la derrota no tuvo un impacto acusado en la economía, ni logró agitar el frágil régimen de la Restauración. Tampoco se explica el trauma anímico, supuestamente, provocado por la pérdida del imperio, pues la mayor parte de los territorios de ultramar se habían perdido ya en 1821. Los críticos coinciden en que aquel pesimismo generacional no fue consecuencia de un acontecimiento histórico concreto, sino de la corriente finisecular de decadentismo extendida por Europa; el célebre Fin de siècle. Según esta lectura, la crisis de la identidad nacional española sería una variante de la crisis intelectual europea, que entroncó bien con la mencionada pesadumbre del Antiguo Régimen. Aquella intelectualidad digirió el mal de siglo en clave nacional y, desgraciadamente, aún no hemos superado la fiebre esencialista y sentimental que impregna el discurso político.
A este lamento en la esfera pública por el Ser de España le acompaña el desconcierto por el “ser español”. Cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, el director Fernando Trueba declaró no haberse sentido español “ni cinco minutos”. Declaración que muchos encontraron divertida, otros, hiriente, y algunos encontramos ininteligible. El error conceptual reside en envolver la nacionalidad —una realidad administrativa objetiva— en el ámbito de la subjetividad sentimental. La afirmación no es ofensiva, es simplemente un sinsentido. No es un caso aislado; la sentimentalización engendra una concepción de nacionalidad (“ser español”) desatinada: se emplea para designar la pertenencia a una identidad sentimental colectiva por definir, en lugar de a una comunidad política nítidamente definida.
Hasta que no se generalice una concepción cívica, es decir, administrativa, de la nacionalidad, estamos condenados a repetir los mismos errores conceptuales y los mismos tópicos esencialistas. La nacionalidad se rige por un sistema binario, y por tanto no puede vincularse a una esencia o tradición cultural, que admite grados, y nos aboca irremediablemente a discursos de pureza de sangre: A es más español (o catalán o francés) que B. Superar el 98 significa precisamente erradicar la metafísica del discurso nacional para entender la nacionalidad como la pertenencia a una comunidad política, que hace titular a quien la posee de una serie de derechos y obligaciones; nada más, y nada menos.
Este retorno al 98 está relacionado con el giro emocional que aqueja la esfera pública de la última década. A esto se refiere el profesor Manuel Arias Maldonado en La democracia sentimental cuando explica cómo el populismo emplea un lazo social de índole emocional. La emergencia del populismo y el descrédito de la democracia representativa, sumados al éxtasis nacionalista, han contribuido a que las comunidades políticas sean percibidas como comunidades sentimentales, lo que permite señalar como disidente a quien no participa adecuadamente del Volksgeist. Y las mismas voces atribuyen a estas entidades emocionales (que llaman naciones) una agencia que las personifica, es decir, que las dota de una voluntad e intención unívocas, y de un espíritu imperecedero; sirva como ejemplo el eslogan “España contra Cataluña”.
La crisis del 98 no fue una reacción política, sino ideológica. Hizo visible una transformación social en curso, marcada por el descrédito del positivismo, la ciencia y el progreso. En el renacer actual del “me duele España” resuena la misma angustia, y el mismo desengaño, respecto a la posibilidad de definir, cívica y racionalmente, el lazo que nos envuelve como comunidad. Y urge insistir en que, ni ahora ni entonces, la crisis es consecuencia de los “males de la patria”, ni es una crisis exclusivamente española. España no es ni fue excepcional. Lo único que hace a España diferente es su mística y turbada autopercepción de excepcionalidad.Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
EL LIBRO MILAGROSO
Esta historia la sabe todo el mundo,
se ha contado mil veces:
alguien encuentra un libro milagroso
que obliga a quien lo abre
a vivir
línea a línea
lo que dicen sus páginas,
como si lo que lee fuese una maldición
escrita
en la palma
de su mano.
Su tinta es un veneno en la mirada,
sus hojas,
el tarot de una hechicera,
las alas de una tribu de demonios,
los pétalos
de las flores del mal.
Cualquier cosa que ocurra en él, va a sucederte
—peligros,
aventuras,
conspiraciones,
guerras—
y sólo
quien supere
cada una
de sus trampas
—imaginad espectros,
momias
o un dragón—,
podrá volver a la realidad.
Se me ocurre otra idea: una autobiografía
de la que se pudiera
suprimir
lo que duele
y hacer que nunca haya sucedido.
¿Sabrías responder,
si alguien te preguntara,
qué planes tienes para tu pasado?
Sé que mejorarían mis recuerdos
si borrase
mis huellas
del camino
a la boca del lobo
—ya lo dice Adrienne Rich: no hay nada más sencillo
que despertar al lado de un extraño—
y cambiar, por ejemplo, el haber compartido
todo lo que tenía
con quien después usó su mitad contra mí.
Cuando acabé esa guerra,
parecía
uno de esos soldados que vuelven a sus casas
rotos,
como esculturas
griegas
a un museo;
pero haber caído me hizo ponerme en pie:
no hay
revolución
que no comience
a las puertas de una panadería sin pan.
Ojalá se pudiese
hacer con la memoria lo que con un poema:
corregirla,
quitar las palabras que sobran,
igual que quien devuelve un pez al agua,
como quien rompe en dos una fotografía…
Un verso que se tacha
es lo mismo que un mal recuerdo que se olvida.
BENJAMÍN PRADO (1961)
poeta español
Usted no ha visto lo que ha visto, porque como en ‘1984’, la Casa Blanca de Trump pretende construir una realidad a la medida de sus intereses, escribe en El País (01/02/2026) el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Lo contaba Timothy Garton Ash en un discurso que dio hace unos años en Barcelona. Durante sus viajes por la Europa comunista, la gente se le acercaba con libros de George Orwell en ediciones samizdat: copias de libros prohibidos que se hacían de manera clandestina (samizdat quiere decir, más o menos, “publicado por uno mismo”, o “editorial de uno mismo”) para evitar la censura. Eran copias de 1984 y Animal Farm, gastadas de tanto leerlas, que los lectores agitaban en el aire mientras le preguntaban a Ash: “¿Cómo lo sabía?”. Se referían, por supuesto, a todo lo que les estaba pasando o les había pasado a las víctimas del totalitarismo: ¿cómo lo sabía Orwell? ¿Cómo sabía ese inglés tan inglés, que nunca viajó a los países del Telón de Acero, que sólo supo del mundo comunista por sus lecturas y por las noticias que le llegaban, lo que ocurría del otro lado?
Por supuesto que no se referían a la represión de todos los días, la persecución de la disidencia y el terror político, ingredientes predecibles de todo totalitarismo. Se referían más bien a las novedades que Orwell entendió mejor y antes que el resto de los intelectuales de su tiempo: la falsificación de la Historia, la mentira organizada y el lavado de cerebros, toda la capacidad de los totalitarismos para transformar la realidad hasta dejarla irreconocible, o para distorsionar nuestra percepción hasta hacernos dudar de nuestros propios ojos. Eso es lo que le pasa al pobre Winston Smith en 1984. Si la novela de Orwell se ha metido en nuestras conversaciones de los últimos años —desde 2016, por poner una fecha arbitraria, pero yo recuerdo instancias anteriores— es por eso: porque nos parece que en ella hay herramientas para desmontar lo que nos está ocurriendo ahora. El hecho de que sigamos citando a Orwell, de que no hayamos parado de hacerlo en los últimos 10 años, es síntoma de algo grave: porque el mundo de Donald Trump se parece cada vez más a la dictadura del Partido en Oceanía.
Lo pensaba yo esta semana después de tres incidentes profundamente preocupantes, pero que se ahogaron —predeciblemente— en la marea de desmanes con la que la Administración Trump ha colonizado nuestra atención y dominado sin resquicios los ciclos de los noticieros. El primero es el asesinato de una mujer, Renee Good, que se vio envuelta en un altercado con agentes del ICE, la agencia de persecución de inmigrantes que se ha convertido en una fuerza paramilitar de terror de Estado que no da cuentas a nadie o cuya impunidad está garantizada de antemano por Trump y sus fascistas. Todos vimos las imágenes: la camioneta de la mujer atravesada en la vía, los agentes que se le acercan con ademanes amenazantes, el agente que trata de sacarla a la fuerza del vehículo; y entonces ella maniobra para irse de allí, y todos la vemos comenzar a irse, pero otro agente le pega tres tiros casi a quemarropa, sin justificación ninguna. El segundo incidente fue otro asesinato: el enfermero Alex Pretti, armado con un teléfono móvil, se enfrenta a los agentes del ICE que están matoneando a una ciudadana, y minutos después está en el suelo, sometido por los matones. Y a pesar de que está sometido y golpeado, los agentes lo asesinan: 10 tiros en total.
Fueron dos asesinatos cometidos contra ciudadanos inocentes. De inmediato produjeron la repulsa de siempre, pero esta vez, además, produjeron otra reacción: la maquinaria del trumpismo se puso en marcha inmediatamente, como perros que responden al pito, para decirle a la gente que lo que estaba viendo no había sucedido en realidad. Que Renee Good no se estaba yendo, a pesar de que la vemos irse, sino que estaba atacando al agente con su camioneta: usando su camioneta como un arma. Que Alex Pretti llevaba un arma (aunque un agente se la haya quitado) y era un “pistolero” que “iba a provocar una masacre”. Que los dos no eran ciudadanos, sino “terroristas domésticos”. En fin: que lo que ha pasado en realidad no ha pasado, y lo que hemos visto es en realidad algo muy distinto de lo que hemos visto.
Pocos días después —pero se siente como si hubieran pasado meses—, Trump fue al Foro de Davos a destrozar como pudiera el orden internacional y a atacar, con su mezcla particular de matonismo y puerilidad, a los líderes de esa Europa que puede muy bien ser la única resistencia. Al matonismo y la puerilidad les añadió dos ingredientes que van y vienen: el tono de mafioso y las equivocaciones de su mente senil, invulnerable a las correcciones de la información o la cultura. Y entonces dio un discurso soporífero en su tono soporífero, y en él usó muchas más palabras de las necesarias para echar atrás sus pretensiones imperialistas mientras seguía reventando los puentes con los aliados de toda la vida y, de paso, destrozando más si cabe la reputación y el soft power de Estados Unidos en el mundo. Pues bien: para referirse a Groenlandia, el territorio que se quiere tomar —por las buenas o por las malas, como en una pésima película de vaqueros—, Trump dijo tres veces el nombre de Islandia. Lo señaló enseguida la periodista Libbey Dean: “En sus comentarios en el World Economic Forum, el presidente Trump confundió aparentemente Groenlandia con Islandia unas tres veces”.
Y ocurrió de nuevo: los organismos de la propaganda trumpista, comenzando por la vergonzosa Casa Blanca, pusieron en marcha los mecanismos para probar que lo que vimos no ocurrió nunca. Islandia en inglés es Iceland: ese es el nombre del país, pero la palabra también podría partirse en dos y significaría “tierra de hielo”: ice land. Y por eso la jefa de prensa de Trump, una mujer que ha dado una nueva definición a la palabra cinismo, pudo responder sin que a su cuenta de X se le moviera una ceja: “No es así, Libby. Su discurso escrito se refería a Groenlandia como ‘un pedazo de hielo’ porque eso es lo que es”. Y luego: “Tú eres la única que está confundiendo las cosas”. Todos lo habíamos visto: Trump dijo Islandia en vez de Groenlandia por senilidad, ignorancia, cansancio, mediocridad o descuido. Pero Karoline Leavitt hizo un pase jedi con la mano y nos dijo que no: eso que vimos no fue lo que vimos. Lo que vimos fue otra cosa.
En la primera parte de 1984, Winston Smith reflexiona sobre la forma como el Partido ha construido una realidad a la medida de sus intereses. Piensa en la Policía del Pensamiento, en la falsificación de la historia, en la imposibilidad de saber cómo fue el pasado en realidad, en la destrucción de las certezas. “Después de todo”, se dice, “¿cómo sabemos que dos más dos es cuatro? ¿O que la fuerza de gravedad funciona? ¿O que el pasado no se puede cambiar? Si tanto el pasado como el mundo exterior existen sólo en la mente, y si la mente se puede controlar, ¿entonces qué?” Y concluye: “El Partido le pedía a uno que rechazara la evidencia de sus ojos y sus oídos. Era su orden definitiva, la más esencial”. Esa fue la orden que llegó desde la Oficina de Prensa de la Casa Blanca. “Tú eres la única que está confundiendo las cosas”, le dijo Karoline Leavitt a una periodista. Y yo sentí que nos hablaba a todos.