domingo, 21 de junio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 10. ANTÍGONA Y LEÓN XIV, POR JOSÉ ANDRÉS ROJO. 21 DE JUNIO DE 2026

 






En la tragedia en la que Sófocles cuenta la historia de Antígona, que se representó por primera vez en el año 441 a. C., su hermana Ismene le dice que tienen que aceptar los hechos, que son dos mujeres, que no pueden pelear contra los hombres. “Ellos tienen el poder, son los que dan órdenes, y hay que obedecerlas —éstas y todavía otras más dolorosas—”. Pero Antígona no le hace caso, y decide seguir adelante: “Yo me voy a cubrir de tierra a mi hermano amadísimo hasta darle sepultura”. Lo tienen prohibido. El episodio tiene lugar en Tebas, ese rincón de la vieja Grecia que parece contener todas las oscuridades y contradicciones que todavía hoy siguen afectando a las personas. Es allí donde Edipo mató a su padre y se casó con Yocasta, su madre. Y es también donde han terminado por pelearse por el poder sus dos hijos varones, Etéocles y Polinices. Ambos han muerto en la reyerta. Creonte, el hermano de Yocasta, toma las riendas del Gobierno y ordena que se entierre con todos los honores a Etéocles y se deje a Policines al pairo, para que se lo coman los buitres. Antígona decide no obedecer —“él no tiene potestad para apartarme de los míos”— y procede, sabiendo que le espera la muerte.

Ahí en la remota Grecia del siglo V a. C., en Tebas, están las raíces de lo que sigue siendo la Europa de hoy. Y Antígona lo contiene todo. El desgarro entre las leyes de la ciudad y los lazos familiares. La oscura trama que viene de lejos y confunde lealtades y servidumbres. La derrota de la persona frente al poder y la paradoja de que ha sido vencida justo cuando conquistaba su libertad. El coraje y el miedo, la prudencia de comportarse bajo el amparo legal y la soledad de hacerlo en los márgenes. El camino a la oscuridad, el no terminar de entender nunca las cosas. Las maniobras de los mortales frente a la fuerza superior del destino. La impresión de no ser nada más que juguetes en medio de un juego macabro y que carece de cualquier sentido. Y, en medio de todo eso, Antígona y su firmeza. A pesar de todo. Y el coro que subraya que “muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre”.

Considerar un portento al hombre, a la mujer, a cualquier persona, de eso va el proyecto europeo, de comportarse como si incluso en Tebas —donde han ocurrido tantas barbaridades y donde acaso ya las tinieblas cubren cada esquina— hubiera alguna manera de ser libres y construir un mundo mejor, donde fuera incluso posible enterrar también al otro hermano, al despojado de honores, pero que es también carne de nuestra carne. Y hacerlo sin ningún premio, sin paraíso, incluso en contra de los dioses.

También es verdad que el cristianismo está en los orígenes del proyecto europeo, y el papa León XIV vino a España a recordarlo. Lo hizo con sencillez y con convicción, con gestos de generosidad y con simpatía, procuró ser próximo, intentó tender lazos para proteger a los más débiles, a los que abandonan su lugar de origen para buscar un futuro mejor. Pero como suele ocurrir con los ceremoniales de la Iglesia, y frente a esa Antígona que solitaria y temblorosa levanta un puñado de tierra y empieza a enterrar a su hermano, Robert Francis Prevost desfiló amparado por un aparato propagandístico que convertía cada uno de sus gestos banales en momentos históricos. Tanto foco, tanta luz, tanta algarabía a veces pueden cegar, y conducir a la impotencia. Por eso, justo en este momento, hace falta regresar a Tebas y mirar la oscuridad que se abate sobre Antígona, que es la nuestra, cuando entierra a su queridísimo hermano. José Andrés Rojo es historiador. El País, 19 de junio de 2026.





















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