miércoles, 17 de junio de 2026

BONS DIES. SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIMECRES, 17 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 




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Hola, bon dia de nou a tots i feliç dimecres. Tres dies més, i som a l'estiu… Però anem amb les entrades d'avui, que és important. La primera, l'assumpte del dia, escrita per l'investigador Fabrice Arfi, es titula Contra la corrupció, descobrir l'engany. La segona és un poema de la poeta Alfonsina Storni titulat La carícia perduda. L'arxiu del bloc, a la tercera, és del juny del 2017, està escrit per l'analista polític Jorge Galindo i es titula Demòcrates autoritaris. La quarta són les deu vinyetes d'humor de cada dia. La cinquena, el cafè de sobretaula, es titula El papa i la doble moral, i la signa el periodista Enric Company. I la sisena, la tarda que cau d'avui, la firma la politòlica Mariola Urrea, i es titula Com i amb qui avançar a la U.E. de la Defensa. La setena i última és el Bona nit de tots els dies de l'autor del bloc, avui també en català, que és el la llengua de la meva pàtria que tocava aquest dimecres que arriba al final. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Que passin un bon dia. Espero que les entrades del bloc d'avui siguin del vostre interès. I ens veiem demà de nou si la deessa Fortuna ho permet. Petons. Els vull. HArendt
















ENTRADA NÚM. 10813

martes, 16 de junio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, ASTEARTEA, 2026KO EKAINAK 16, EUSKARAZ

 





Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi astearte gau honetan, 2026ko ekainaren 16-17. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Eskerrik asko bihotz-bihotzez bloga bisitatzeagatik. Espero dut zuen bisita gustatu izana. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. Harendt











 







DE LA TARDE QUE CAE. EL GÉNESIS A LAS PUERTAS, POR LIDIA JORGE. 16 DE JUNIO DE 2026

 






1. Entré en casa de la niña cuando acababa el día, pero ella no levantó la vista porque estaba escribiendo una carta a su tía, que cumplía años. Sus piernas se balanceaban bajo la alta mesa de cristal, sentada en una silla de adulto. Estaba rodeada de lápices de distintos colores y dibujaba letras. Mientras las perfilaba con la mano, se pasaba su pequeña lengua rosada por los labios como si necesitara ese gesto para que sus dedos lograran la proeza de la escritura. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Su mayor preocupación era si el trazo de la T mayúscula se parecía al de la F o no. Pero, en realidad, tampoco importaba mucho. Alrededor de las letras había soles, lunas, flores y abejas. Su madre estaba en la cocina, su padre no había vuelto aún, la casa estaba en silencio y pensé en el Génesis. Era la vida que se recomponía, que se reiniciaba, el mundo que volvía a empezar

2. Fue agradable charlar con esa niña distraída, concentrada en la tarea de decorar la carta. Y me sirvió de consuelo. Esa mañana, había oído relatos opuestos. Un grupo de niños de entre 11 y 12 años, durante el recreo, ahora que les han prohibido los móviles, en lugar de jugar al fútbol, ​​hablaban sobre la potencia de las armas nucleares e imaginaban cuál, proveniente de Oriente Próximo o de Asia, podría impactar contra Lisboa, el río Tajo y su propio barrio. Y pensaban en cuánto tiempo les llevaría correr desde sus casas hasta la estación de metro más cercana. Los más audaces anticipaban una represalia de Estados Unidos y se recordaban unos a otros la existencia de un Reloj del Juicio Final en una ciudad de ese continente, sabiendo con precisión que la manecilla de los segundos marca casi la medianoche. Uno de ellos explicaba la clase de emisiones que oscurecerían el día para siempre y cómo desaparecerían los animales, igual que les sucedió a los dinosaurios. Otro sabía algo más, que no quedaría nadie para contarlo. Al final del recreo, acabaron peleándose y pegándose, y algunos volvieron a clase llorando. Por el contrario, yo había ido a visitar a la niña a su casa, y ella dibujaba y escribía letras dispersas en un papel, en paz.

3. Hablando del Apocalipsis, sabemos que, en el siglo I, san Juan de Patmos sufrió una serie de alucinaciones extraordinarias. Ya no era joven, y la proximidad del final de su vida debió de haber generado en él el terrible sentimiento de que todo termina en la Tierra, y ante la angustia de la finitud, el cielo se abrirá al Mundo del Más Allá, donde se concretará la justicia plena. Como se lee en la profecía casi al final: “Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida y entrarán por las puertas en la ciudad. ¡Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira!”. Desde la perspectiva de la justa recompensa, no podría ser mejor.

Lo cierto es que, por alguna razón, las personas religiosas siempre nos recuerdan que apocalipsis no significa catástrofe, sino revelación. Sucede, sin embargo, que la imagen de los Cuatro Jinetes es tan poderosa que se ha apoderado de la palabra y de ella se desprende una síntesis de predicciones sobre la derrota de la humanidad, y no lo contrario. En los tiempos en los que vivimos, en los que se desconoce si la cultura que se nos acerca al galope contiene en su interior un quinto jinete para el que aún no hemos encontrado un nombre adecuado, se multiplican de tal modo las ficciones sobre apocalipsis que nos hacen pensar que, en el mejor de los casos, caminamos junto a un abismo. En poco tiempo, han llegado a mis manos varios libros, todos admirables, desde El Apocalipsis según san Goliat, de Basilio Baltasar, hasta el reciente What Can We Know?, de Ian McEwan, distopías diferentes en distintos tonos, fábulas subversivas o retratos distópicos de advertencia, al estilo de san Juan, como si el tema de lo que va a ocurrir, a la luz de lo que está ocurriendo, obsesionara por completo nuestro pensamiento. Los ejemplos se suceden uno tras otro. Es primavera en Europa y las ferias del libro se multiplican. Las pruebas son visibles y están por doquier.

4. Por ejemplo, el fin de semana pasado, la Feria del Libro de Lisboa estaba abarrotada de visitantes. El sábado, a mi izquierda, Rodrigo Guedes de Carvalho firmaba ejemplares de su último libro, O Meu Primeiro Apocalipse, ambientado en el año 2066. Con agilidad, ironía y riqueza de inventiva, el mundo que el autor vislumbra, prolonga y amplifica las tendencias del presente, lidiando con la disgregación del lenguaje y del texto literario, la subversión del periodismo, la degradación ambiental, la anulación de los valores de justicia y acogida. Parece casi un preludio al libro de Ian McEwan, cuya acción transcurre décadas después, dentro de cien años.

Por pura coincidencia, al día siguiente, bajo el mismo toldo, a mi derecha, se encontraba el escritor caboverdiano Mário Lúcio. Su libro se titula Afrocalipsis. Otro libro increíble. Solo que su apocalipsis no tiene lugar en el futuro, sino en el presente, si bien, al igual que los otros libros que acabo de mencionar, insinúa lo que sucederá a continuación, después de que los dictadores africanos caigan en la abyección. Las dos primeras páginas son como puñaladas en el estómago, las últimas palabras nos dejan un nudo en la garganta, con la certeza de que, dada la semejanza con lo que ocurre en muchos otros lugares del planeta, no se trata de un Apocalipsis de África sino de Apocalipsis mundial. El futuro está ahí, muy bien pintado.

5. Así pues, dado que todo lo que termina tiene un principio, me lancé a la búsqueda de esos principios. Leí fragmentos de los génesis de Malí, de China, de Norteamérica, de Nigeria, de Tierra del Fuego; releí nuestro Génesis, el que aparece en la Biblia, el que nos sabemos de memoria, y otros más, pero al final me centré en el texto de los orígenes de Nepal. Es hermoso y breve, y quiero reproducirlo: “Los nyeshangte vinieron hace mucho tiempo, del Tíbet. Eran un ejército feroz. Mataban todo lo que se movía o se quedaba quieto: plantas, animales, personas. Mataban a veinte muchachas cada tres años, pero acabaron percatándose de que se quedarían sin mujeres y de que no podían procrear. Así que empezaron a matar únicamente yaks. Sin embargo, los yaks pronto se agotaron y los nyeshangte se pusieron a matar cabras. Poco después, se convirtieron al budismo y desde entonces no le hicieron daño a una mosca”. Lo elijo porque es un texto seminal que empieza como un apocalipsis depredador parecido a lo que está a punto de suceder, pero termina anunciando una génesis.

6. Con todo, me apremia volver a esa casa, al final de esa tarde. La madre salió de la cocina, el padre volvió de la calle con comida preparada. Ambos quisieron leer la carta que había escrito la niña: “Tía, te quiero. No llores, el mundo no se va a acabar”. Por supuesto, no había puntuación, y las letras estaban esparcidas entre flores, peces, abejas, soles y lunas con la forma de rostro humano. Los padres decían que tal conversación nunca se había producido; a su tía no le hacía falta tal consuelo. Era la niña, a fin de cuentas, quien lo necesitaba. Lo cierto es que yo no habría escrito este artículo si no hubiera leído ese génesis. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es El día de los prodigios (La Umbría y la Solana). El País, 14 de junio de 2026.






















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. UN LEÓN DESPEDAZADO, POR ELVIRA LINDO. 16 DE JUNIO DE 2026

 





Siete minutos de aplausos. Al estilo de un congreso del Partido Comunista soviético. Siete minutos. Pruébenlo, aun a riesgo de parecer tronados delante de los suyos: levántense y comiencen a aplaudir con energía y sin perder entusiasmo, sigan así, siete minutos. Solo de esta manera percibirán lo largos que son. Los profesionales de la radio saben bien lo que vale cada segundo: al cabo de tres minutos uno ya no sabe ni lo que aplaude. Ah, perdón, sí que lo sabían en este caso. Aplaudían para patrimonializar a quien pronunció el discurso, aplaudían para no dejar de aplaudir antes que el de al lado o para afirmar que lo escuchado está en consonancia con la ideología propia, aunque ocurra que lo expuesto por el padre santo esté radicalmente en contra de lo que a diario se defiende a gritos, con sarcasmo o violencia verbal. Sin piedad.

Aplaudía la derecha porque siempre ha considerado que en España la voluntad de Dios está de su parte, no le falta razón, pero tampoco le sobra, dado que ignora a esos otros fieles que anteponen la compasión y la generosidad al interés propio. Aplaudía Díaz Ayuso con su traje negro y su moño de devota, como transida, y a las pocas horas denunciaba públicamente que los que nos llegan en pateras van armados con móviles. ¡Móviles en África! Estamos perdidos. Aplaudían muchos en connivencia con la extrema derecha, convirtiendo al Papa, y esto sí que es inaudito, en un progre. Aplaudían quienes creen que su patria es solo para los cristianos, quienes recurren al discurso colonialista de la evangelización al salvaje.

Aplaudía la izquierda satisfecha por el sapo que se han de tragar los de la “prioridad nacional”, aplaudía porque este papa, sereno y cultivado, impone un silencio eclesiástico cuando recuerda que no deben existir los excluidos, que no hay vida más valiosa que otra. Pero la izquierda también hubo de aplaudir fingiendo que no se enteraba cuando escuchó aquello de que el ser humano no tiene derecho a acabar con el dolor si el dolor emana de la enfermedad.

Aplaudieron las diputadas feministas aunque no hay papa sobre la Tierra ni ha habido ni habrá que esté de acuerdo con el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Aplaudieron porque esa mañana en que el estrado se convirtió en púlpito priorizaron lo urgente. Es justo reconocer que el discurso a favor de los inmigrantes emanaba un halo de samaritanismo en estos tiempos de crueldad. Aplaudieron siete minutos hasta los entusiastas de Trump, los partidarios de la guerra, los equidistantes con Israel, los que ignoran a las víctimas de Gaza, aun sabiendo que este papa se haya medido con Trump por dichos asuntos.

Aplaudieron también quienes habiéndose erigido en defensores de las víctimas de los abusos de la Iglesia toleraron que ese asunto no entrara en el orden del día. Aplaudieron las mujeres ignorando a esas otras mujeres católicas que quisieran una Iglesia igualitaria, más allá de las sotanas. Aplaudieron como asumiendo que cada uno estaba recibiendo su pedazo de discurso: los proinmigrantes, los de la “prioridad nacional”, los antiabortistas, los contrarios a la muerte digna y también sus defensores, los creyentes en una iglesia compasiva y social, los que afirman a los cuatros vientos que los españoles no matan ni violan ni roban, que eso es tarea de los que llegan en patera con el móvil en la mano.

Aplaudieron todos pero no por lo mismo, contentos como niños con su pedazo de Papa en la boca. León XIV, sin pretenderlo, terminó personificando las palabras de san Pablo cuando dijo aquello de ser todo para todos los hombres. Se hizo la paz en el Congreso, concluyó un iluso cronista, pero la paz duró menos de siete minutos. Más reflexión provocaron las palabras de los migrantes del muelle de Arguineguín pronunciadas a la intemperie, fuera del contexto partidista, ante las que no cupo más que el silencio y la inevitable vergüenza porque su dolor exista. Elvira Lindo es escritora. El País, 14 de junio de 2026.


















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 16 DE JUNIO DE 2026

 
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. CABREADOS, POR HARENDT. PUBLICADO EL 15 DE JUNIO DE 2016

 







Dice mi admirado Michel de Montaigne (1533-1592) en su Ensayos (Libro II, capítulo X, págs. 815/817. Edición bilingüe de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2014), que le gustan los historiadores o muy simples o muy eminentes. Los simples, añade, porque no tienen nada suyo que integrar en la obra, aportando a esta únicamente el afán y la diligencia de recoger todo lo que llega a su conocimiento, y de registrar de buena fe todas las cosas sin seleccionarlas ni clasificarlas, dejándonos el juicio intacto para conocer la verdad. De más está decir que me encuadro gustosamente en el equipo de los historiadores simples por las razones que tan elegantemente expresa Montaigne. Aunque selecciono a mis interlocutores, algo que también hace él aunque se le note menos que a mí. Y de ahí, que en ocasiones como esta de hoy resulte un vuelapluma un poco más extenso de lo habitual sobre cabreos ciudadanos, sociedades exasperadas, políticos al uso y gentes del común. Del debate a cuatro del lunes confieso que no lo ví por pereza e higiene mental. Preferí leerme de un tirón el Noches sin dormir (Seix Barral, Barcelona, 2015) de mi querida Elvira Lindo. Y disfrutarlo.

El primero de los artículos que traigo a colación está escrito por Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, autor del libro La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015) que ya he comentado en el blog, y además, candidato de Geroa Bai al Congreso de los Diputados en las elecciones de dentro de dos semanas. Se titula "Sociedades exasperadas". El segundo artículo lo firman conjuntamente Juan Rodríguez Teruel y Pau Marí-Klose, profesores respectivamente de Ciencia Política en la Universidad de Valencia y de Sociología en la Universidad de Zaragoza, y lleva el título de "¡Arriba la gente, abajo los políticos!". Ambos están publicados en El País, diario del cual sigo pensando, a pesar de las críticas en contrario -que respeto- que es el menos sectario, el más plural y el más progresista de los periódicos españoles. 

Dice el profesor Innerarity al inicio del suyo que ante el ascenso de indignados y populistas de extrema derecha hay que convertir las exasperaciones en transformaciones reales. No creo exagerar, añade, si afirmo que vivimos en sociedades exasperadas. Por motivos más que suficientes en algunos casos y por otros menos razonables, se multiplican los movimientos de rechazo, rabia o miedo. Las sociedades civiles irrumpen en la escena contra lo que perciben como un establishment político estancado, ajeno al interés general e impotente a la hora de enfrentarse a los principales problemas que agobian a la gente.

Probablemente todo esto deba explicarse, sigue diciendo, sobre el trasfondo de los cambios sociales que hemos sufrido y nuestra incapacidad tanto de entenderlos como de gobernarlos. Asistimos impotentes a un conjunto de transformaciones profundas y brutales de nuestras formas de vida. Hay quien culpabiliza de estos cambios a la globalización, otros a los emigrantes, a la técnica o a una crisis de valores. Hay decepcionados por todas partes y por muy diversos motivos, frecuentemente contradictorios, en la derecha y en la izquierda, a los que ha decepcionado el pueblo o las élites, la falta de globalización o su exceso. Este malestar se traduce en fenómenos tan heterogéneos como el movimiento de los indignados o el ascenso de la extrema derecha en tantos países de Europa. Por todas partes crece el partido de los descontentos. En la competición política, tienen las de ganar quienes aciertan a representar mejor la gestión de los malestares. Y no hay nada peor que parecer ante la opinión pública como quien se resigna ante el actual estado de cosas, lo que probablemente explique a qué se deben las dificultades de los partidos clásicos, que son más conscientes de los límites de la política, menos capaces de hacerse cargo de las nuevas agendas y con unas posiciones equilibradas que resultan incomprensibles para quienes están enfurecidos.

La extensión de tal estado emocional, añade, no sería posible sin los medios de comunicación y las redes sociales. En esta sociedad irascible, gran parte del trabajo de los medios consiste precisamente en poner en escena los ataques de ira, mientras que las redes sociales se encienden una y otra vez dando lugar a verdaderas burbujas emocionales. En esta mezcla de información, entretenimiento y espectáculo que caracteriza a nuestro espacio público, se privilegian los temperamentos sobre los discursos. Las virulencias son vistas como ejercicios de sinceridad y los discursos matizados como inauténticos; quienes son más ofensivos ganan la mayor atención en la esfera pública. Gracias a los medios y las redes sociales, hay una plusvalía que se concede a quienes saben asegurar el espectáculo.

Deberíamos comenzar, dice, reconociendo la grandeza de la cólera política, de esa voluntad de rechazar lo inaceptable. La realidad de nuestro mundo es escandalosa, en general y en detalle. Mientras que la apatía pone los acontecimientos bajo el signo de la necesidad y la repetición, la cólera descubre un desor­den tras el orden aparente de las cosas, se niega a considerar el insoportable presente como un destino al que someterse.

El cuadro de las indignaciones estaría incompleto si no tuviéramos en cuenta su ambivalencia y cacofonía, matiza. El disgusto ante la impotencia política ha dado lugar a movimientos de regeneración democrática, pero también está en el origen de la aparición de esa “derecha sin complejos” que avanza en tantos países. Hay víctimas pero también victimismos de muy diverso tipo; además el estatus de indignado, crítico o víctima no le convierte a uno en políticamente infalible.

Para ilustrar en variedad de iras colectivas, continúa, pensemos en cómo la política americana ha visto nacer después de 2008 dos movimientos de auténtica cólera social de signo contrario (el Tea Party y Occupy), así como en el hecho de que los últimos ciclos electorales han estado marcados por la polarización política y el ascenso de los discursos extremos. El éxito de Donald Trump ha sido interpretado como la gran cólera del pueblo conservador. Pero a veces se olvida que lo que impulsó al Tea Party fue el anuncio del Gobierno de Obama de nuevas medidas de rescate financiero a los grandes bancos, exactamente lo mismo que puso en marcha a los movimientos de protesta en la izquierda altermundialista.

A la indignación le suele faltar reflexividad, añade más adelante. Por eso tenemos buenas razones para desconfiar de las cóleras mayoritarias, que frecuentemente terminan designando un enemigo, el extranjero, el islam, la casta o la globalización, con generalizaciones tan injustas que dificultan la imputación equilibrada de responsabilidades. Hay que distinguir en todo momento entre la indignación frente a la injusticia y las cóleras reactivas que se interesan en designar a los culpables mientras que fallan estrepitosamente cuando se trata de construir una responsabilidad colectiva.

Por todas partes crece el partido de los descontentos, sigue diciendo. Tiene las de ganar quien representa mejor los malestares. El hecho de que la indignación esté más interesada en denunciar que en construir es lo que le confiere una gran capacidad de impugnación y lo que explica sus límites a la hora de traducirse en iniciativas políticas. Una sociedad exacerbada puede ser una sociedad en la que nada se modifica, incluido aquello que suscitaba tanta irritación. El principal problema que tenemos es cómo conseguir que la indignación no se reduzca a una agitación improductiva y dé lugar a transformaciones efectivas de nuestras sociedades.

Ante el actual desbordamiento de nuestras capacidades de configuración del futuro, las reacciones van desde la melancolía a la cólera, pero en ambos casos hay una implícita rendición de la pasividad, añade Innerarity. En el fondo estamos convencidos de que ninguna iniciativa propiamente dicha es posible. Los actos de la indignación son actos apolíticos, en cuanto que no están inscritos en construcciones ideológicas completas ni en ninguna estructura duradera de intervención. Lo político comparece hoy generalmente bajo la forma de una movilización que apenas produce experiencias constructivas, se limita a ritualizar ciertas contradicciones contra los que gobiernan, quienes a su vez reaccionan simulando diálogo y no haciendo nada. Tenemos una sociedad irritada y un sistema político agitado, cuya interacción apenas produce nada nuevo, como tendríamos derecho a esperar dada la naturaleza de los problemas con los que tenemos que enfrentarnos.

La política se reduce, continúa diciendo, por un lado, a una práctica de gestión prudente sin entusiasmo y, por otro, a una expresividad brutal de las pasiones sin racionalidad, simplificada en el combate entre los gestores grises de la impotencia y los provocadores, en Hollande y Le Pen, por poner un ejemplo (la Hollandia y la Lepenia, como decía Dick Howard).

La miseria del mundo debe ser gobernada políticamente, concluye su artículo. Se trataría de acabar con las exasperaciones improductivas y reconducir el desorden de las emociones hacia la prueba de los argumentos. Nos lo jugamos todo en nuestra capacidad de traducir el lenguaje de la exasperación en política, es decir, convertir esa amalgama plural de irritaciones en proyectos y transformaciones reales, dar cauce y coherencia a esas expresiones de rabia y configurar un espacio público de calidad donde todo ello se discuta, pondere y sintetice.

Al comienzo del segundo de los artículos citados, dicen los profesores Rodríguez Teruel y Marí-Klose que la disparidad entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente éstos pueden ofrecerles provoca frustración y desencanto y que es el momento de exigir que unos y otros estén a la altura en sus respectivos papeles. 

En un reciente spot electoral de Ciudadanos, continúan diciendo, el cliente aparentemente más lúcido y asertivo del bar reclama políticos que estén a la altura de la ciudadanía. Una curiosa forma de resaltar las cualidades del candidato, poniendo, para ello, en el punto de mira a la clase política en general. Quizá sea efectiva, pero no original. Se trata de una lógica discursiva calcada a la que viene desplegando Podemos, contraponiendo ese pueblo llano al conjunto de representantes políticos, que forman la “casta”,dedicada a proteger sus privilegios y los de oscuros intereses empresariales.

En realidad, añaden, denigrar a la clase política o rebajarla moralmente respecto al resto de ciudadanos es un recurso característico de los populismos modernos, y común en un ideario de la antipolítica tejido desde la antigüedad, en el que se idealiza a una ciudadanía esforzada, predispuesta a asumir sacrificios justos y, ante todo, profundamente honesta. Probablemente, Podemos fue quien mejor logró sintetizar ese sentimiento en el lema de otro anuncio electoral del 20-D: “Maldita casta, bendita gente”.

Razones hay para denunciar en los últimos años problemas de representación política, que la clase política no ha sabido atender con la celeridad exigible, continúan diciendo. Pero es dudoso que deba achacarse a su falta de “calidad” una responsabilidad significativa en la generación de esos problemas. Pocos motivos hay para pensar que los políticos españoles no están a la altura de su ciudadanía. Cuando se examina la evidencia internacional, los datos desmienten que nuestros políticos trabajen poco, cobren mucho, estén poco formados o incumplan sus promesas en mayor medida. Resultaría discutible incluso afirmar que sean particularmente corruptos e inmorales. Ningún argumento académico serio justifica ese concepto impresionista de élites extractivas que Acemoglu y Robinson propusieron para otras latitudes que nada tienen que ver con nuestra democracia.

Tampoco parece, siguen escribiendo más adelante, que nos hallemos ante una ciudadanía especialmente virtuosa, informada e intolerante con los pecados de sus políticos. Y esta debilidad de la esfera pública sí que parece ser un verdadero factor diferencial, en negativo, en comparación con democracias de referencia de nuestro entorno. Así lo acreditan datos recientes del Barómetro de la Democracia de la Universidad de Zurich: ciudadanos que participan poco en partidos, sindicatos u otras asociaciones, que utilizan aún menos los instrumentos de democracia participativa o directa disponibles en nuestro marco legal, o que compran poca prensa (donde —por cierto— el debate político suele escribirse con trazo grueso de calidad literaria, pero de dato escaso). Aunque en los últimos años se han incrementado los niveles de interés por la política, éstos siguen siendo relativamente bajos y compatibles con elevadas dosis de desafección, desdén hacia la política y los políticos. Esas actitudes se han combinado, no pocas veces, con dosis elevadas de permisividad con los actos de corrupción cometidos por muchos representantes políticos y personalidades sociales.

Denigrar a la clase política  es un recurso característico de los populismos modernos, afirman. De manera invariable se intuye un problema, de parte del ciudadano, para captar la naturaleza, inherentemente conflictiva y siempre insatisfactoria, de la política democrática, reflejado en tres paradojas sobre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos. De entrada, esperamos representantes con cualidades excepcionales, de formación y comportamiento sobresalientes, que conozcan no solo los problemas sino también sus soluciones. Luego resulta que cosechan las mayores audiencias en programas de televisión banales, donde deben mostrarse campechanos y evitar cualquier sutileza o sofisticación. A sabiendas de su audiencia y proyección, los candidatos acuden raudos a ofrecer entrevistas insustanciales, aportando detalles íntimos sobre cosas que les emocionan, preferencias deportivas o, últimamente, alguno lo hace incluso sobre sus mitos eróticos y hábitos sexuales.

Por otro lado, añaden, esperamos dirigentes que lideren, marquen orientaciones a la ciudadanía, atiendan a consideraciones estratégicas, y piensen en el largo término. Pero a la vez los queremos sensibles a las preocupaciones inmediatas expresadas por los ciudadanos y que respondan a las directrices fluctuantes de nuestra democracia de audiencia. En esta línea, algunos pretenden convertir el sistema democrático en una suerte de asamblea constituyente permanente, donde los políticos se limiten a ejecutar veredictos de la ciudadanía.

Como colofón, puntualizan, esperamos líderes que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, que hablen claro y resulten insobornables en el cumplimiento de sus promesas. Pero les reclamamos, a la vez, que estén dispuestos a renunciar a esos principios, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en las grandes materias con sus oponentes. Se nos dice que la ciudadanía está harta de políticos que no dialogan, pero no parece dispuesta a recompensar a quienes llevan la iniciativa para pactar. Más bien al contrario, los sondeos apuntan a que los partidos que más se esforzaron por evitar la repetición de elecciones no serán premiados por ello. De confirmarse la notable continuidad del voto entre diciembre y junio, podríamos deducir que, en realidad, los partidos —todos ellos— se comportaron tal como esperaban sus votantes.

El problema es, añaden, que estas paradojas inflan, inevitablemente, lo que el politólogo Stephan Medvic denominó una trampa de las expectativas, la enorme disparidad a menudo existente entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente éstos pueden ofrecerles. El riesgo proviene de que, en un contexto de escaso margen de maniobra, esa disparidad entre el elevado grado de exigencia y la capacidad real deje a los políticos a la intemperie y alimente la frustración y el desencanto.

Llega el momento, concluyen diciendo, de exigir que ciudadanos y políticos estén a la altura en sus respectivos papeles. Y avanzar en la buena dirección pasa, ahora, por exigir a la ciudadanía algo más. No debe convertir las próximas elecciones en una oportunidad perdida para asignar responsabilidades sobre lo que los partidos políticos hicieron —o dejaron de hacer— en los últimos meses, o para evaluar la credibilidad de los respectivos programas y promesas políticas a la luz del nuevo contexto en el que nos van a gobernar los representantes elegidos finalmente. Por su parte, para estar a la altura, los partidos deben manejar con cautela los discursos de la antipolítica, porque sí algo sabemos a ciencia cierta en el análisis político comparado, es que es un arma que carga el diablo.

Si comenzaba esta prolija entrada de hoy con una cita de Michel de Montaigne, permítanme cerrarla con otra de Zygmund Bauman y Carlo Bordoni en su libro Estado de crisis (Paidós, Barcelona, 2016. Pág. 96) también comentado por mí en el blog con anterioridad. Dice así: "La historia es un cementerio de esperanzas inmaterializadas y expectativas defraudadas". Pues, bien, por difícil que nos parezca no dejemos que la política lo sea también. Al menos, hagamos todo lo que esté en nuestras manos por evitarlo. Y voten el día 26 pensando en lo mejor para ustedes y lo mejor para todos. Seguramente, acertarán. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




















DEL POEMA DE CADA DÍA. LOTÓFAGOS, POR HELENA GONZÁLEZ VAQUERIZO. 16 DE JUNIO DE 2026

 






LOTÓFAGOS



La vida no se mide en años

se mide en bocanadas de aire y en bits

la locura en vatios

el amor en ligas.


¿A quién ofrecieron vino y no se emborrachó?

¿A quién prometieron sol y se puso gafas negras?

¿A quién regalaron un árbol y no durmió a su sombra?


No te compadezcas de los que se quedan

compadécete de los que se van.

Guarda tu llanto para Odiseo,

únete a los Lotófagos.



HELENA GONZÁLEZ VAQUERIZO (1982)

poetisa española




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Helena González Vaquerizo (1982) es una destacada académica, investigadora y ensayista española cuya trayectoria une con maestría el mundo de la filología clásica, la literatura neohelénica (el griego moderno) y la sensibilidad poética contemporánea. Estudió Filología Clásica en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), una institución a la que ha permanecido muy ligada. En 2013 se doctoró en esa misma universidad con una tesis doctoral centrada en una obra monumental de las letras griegas modernas: la Odisea de Nikos Kazantzakis. 




















DEL ASUNTO DEL DÍA. LOS GRIEGOS SOMOS NOSOTROS, POR JULIO ANTONIO HURTADO DÍAZ. 16 DE JUNIO DE 2026

 





“Una mano mira al cielo, la otra en el cajón del pan”, cantaba María Jiménez tocada con plumas de pavo real. La famosa letra de La lista de la compra, de La Cabra Mecánica, puede verse a la luz de La escuela de Atenas, el cuadro en el que Rafael imagina a Platón y Aristóteles, las figuras que ilustran esta página, como los pilares centrales de la filosofía griega.

Si en la cultura popular podemos encontrar ecos del pensamiento clásico, el diálogo entre dos sabios españoles que saben más que los siete de Grecia juntos porque acumulan el saber de los dos mil quinientos años que han transcurrido desde el paso del mito al logos rompe la barrera del sonido en el ir y venir entre el mundo de las ideas y la realidad práctica.

Javier Gomá y Ángel Gabilondo conversan durante más de hora y media como si estuvieran en la academia o el liceo, dejándose guiar por lo que uno y otro dicen, escuchándose y replicándose con profundo respeto, para desentrañar las enseñanzas que aún perviven en La república de Platón y la Política de Aristóteles, a propósito de las nuevas traducciones que ha publicado Arpa y ellos han enriquecido con sendos prólogos.

Gomá, que se ha ocupado del libro de Platón, insiste en que la filosofía es una rama de la literatura , conceptual si se quiere, pero literatura, y que por eso, porque no es ciencia, disciplina de saber acumulativo, “vive en una eterna primavera”. Leemos a los clásicos porque “son obras que han encerrado una verdad que soporta el paso del tiempo”.

Gabilondo, que se inclina hacia la metafísica casi sin darse cuenta, lamenta que, a diferencia de los de Platón, los diálogos de Aristóteles, el autor sobre el que él ha escrito, se hayan perdido y su pensamiento nos haya llegado solo a través de las notas con las que preparaba sus cursos. Pero siempre “hay una intervención del oyente en la redacción del texto”, indica. “No es que hagamos una conversación sobre el pensamiento, sino que el propio pensamiento es una conversación”, reflexiona sobre el diálogo como género, que no significa, advierte, hablar dos, sino que “el logos está atravesado por su propio decir”.

Evaluado el valor del diálogo para transmitir el “pensamiento abierto” de los clásicos y hacerlos “nuestros contemporáneos”, ambos coinciden en que Platón no era casi nunca platónico ni, muchas veces, Aristóteles aristotélico.

Tanto el uno como el otro anteponían la oralidad a la escritura como forma de conocimiento, explican. Lo importante para Platón y para Aristóteles, que fue su discípulo durante veinte años, era convivir, conversar, y el diálogo escrito no es sino una imitación de esas charlas que se dan en la realidad. “La filosofía no es estar razonando en tu alcoba a solas”, argumenta Gomá, sino que es el fruto de estar con la gente hasta que “de repente” se produce el “centelleo”, la iluminación del conocimiento al que se refiere Gabilondo.

“El peligro es entender lo escrito como algo cerrado, clausurado y entregado dogmáticamente, y por ello la acción de leer libera el pensamiento para abrirlo a otras posibilidades”, sostiene el Defensor del Pueblo, ¿o de la Polis?, para quien un libro no existe, a la manera cuántica, si no se abre: “El lector es el último autor”, defiende.

De hecho, abunda el director de la Fundación Juan March, en cuya sede se desarrolla el diálogo, hasta el siglo XVIII leer era un acto colectivo en sí mismo. Se leía en voz alta. El individuo como tal, prosigue Gomá, no era algo que preocupara ni a Platón ni a Aristóteles, y por ahí es por donde se cuela la gran cesura entre antiguos y modernos, sobre todo a partir de la noción de la dignidad humana.

“Es muy importante no tener nostalgia de Grecia. Probablemente los griegos de verdad somos nosotros”, tercia Gabilondo, con la esclavitud y la falta de derechos de las mujeres y los no ciudadanos en mente, por más que Aristóteles bautizara como “animal político” al que es capaz, a diferencia de las bestias, de comunicarse, circunstancia que le causaba sorpresa: “Somos una especie rarísima, seres de palabra que compartimos con otros un cierto carácter moral gracias al lenguaje”, añade.

“A partir del siglo XIX, el individuo se emancipa del todo cósmico anterior y se descubre semejante a un ángel”, recuerda Gomá, para quien el romanticismo alumbra a un nuevo hombre: mientras que en la polis, o en la actual China, el interés particular se pliega al general, la dignidad moderna invierte los términos: “En Occidente hemos admitido que cada ciudadano es un contrapoder. Por eso la democracia es una fragilidad invencible, porque el respeto a la noción de persona, que no concebían Aristóteles ni Platón, saber que ningún ser humano es superior a otro, que todos son, entre comillas, sagrados, impera sobre el colectivismo”.

Sin embargo, a los filósofos griegos la idea del genio les era ajena, y eso, que tenía su parte buena, como que Platón y Aristóteles pudieran pasar veinte años juntos como maestro y discípulo sin pelearse, algo impensable hoy en día, bromean Gabilondo y Gomá, los hizo sobrevalorar la capacidad de construir sociedades perfectas.

Más en el caso de Platón, que en La República , no tanto en Las leyes , que escribió más tarde, ya con ochenta años, y supuso una especie de autoenmienda, plantea lo que Gomá define como “totalitarismo del bien”. Ese dualismo estricto y puritano del Platón más platónico, que contrasta con el carácter juguetón y hasta “lujurioso” de la mayoría de sus diálogos, lo corrige luego Aristóteles en su Política , donde advierte que la polis, el Estado, no puede ordenarse por la razón absoluta como las matemáticas o la física, porque no pertenece al orden de lo necesario, como la caída de una piedra, sino que tiene un carácter contingente, porque “lo humano está trenzado con la casualidad, con la fortuna, con la libertad”.

Y prosigue: “Al principio de la Ética , casi de pasada y de esa forma antienfática tan suya, Aristóteles tuvo la intuición absolutamente deslumbrante, que hizo época, de decir que ética y política son lo mismo, que la una es continuación de la otra”.

Si la República de Platón, como sugirió de forma “algo tosca” Karl Popper, según Gomá, es una utopía contraria a la democracia liberal, Aristóteles es menos ambicioso y, como dice Gabilondo, considera que la política ha de ser considerada “un saber de la prudencia, de la sabiduría y de la inteligencia práctica”. Es decir, se muestra más realista que su maestro.

Es comprensible, porque Platón creaba casi del vacío, mientras que Aristóteles lo tenía a él por encima. Además, la república ideal, así como la preponderancia de Atenas, se empezó a cuestionar con el auge de Alejandro Magno, que sustituyó las viejas polis por los nuevos Estados macedonios.

Sea como fuere, los dos coincidían en su rechazo visceral del sofismo, el desprecio de la verdad en aras del poder: “La tarea que nos enseña este único texto que forman La Repúbli ca y la Política es la íntima relación de la política con un decir que haga lo que dice y con personas que digan y hagan lo que dicen y lo que son”, señala Gabilondo, que no en vano fue ministro de Educación. Y en este sentido, “es muy importante vincular la política con la felicidad”, apunta, aun consciente de que si alguien defendiera algo así desde el atril del Parlamento “le dirán que deje de beber”.

En resumen, las enseñanzas políticas de los clásicos se cifran en buscar el “régimen de la medianía” en sentido positivo, el de moderación, ponderación y justicia, sin caer en “la trampa de las grandes ideas, los grandes bienes, las grandes bellezas como objetivo de la vida”, continúa el filósofo donostiarra, para quien la política “aparece como una posibilidad de generar espacios de convivencia, concordia, mesura y vida sencilla”. Algunos dirán “mediocre”, asume Gabilondo, pero le da lo mismo. ¿Y cómo se consigue? Siendo buenos y cultivando la amistad, con voluntad de aprender y saber. “La educación es el camino, y como me ha quedado muy sentencioso seguro que no es así”, duda y bromea a la vez. Julio Antonio Hurtado Diaz es Licenciado en Filología y Periodismo y posgraduado en Crítica Literaria. La Vanguardia, 14 de junio de 2026.