El 12 de mayo, uno de los tres fiscales que representaron a la acusación durante los dos meses del juicio por el recurso de Nicolas Sarkozy tras su condena por el caso de la financiación libia —como lo denominan en Francia— dedicó las primeras palabras de la segunda jornada de alegatos a La República, de Platón.
El magistrado, Damien Brunet, citó en concreto el mito de Giges, el pastor que tenía un anillo mágico que lo hacía invisible y, como consecuencia, se sentía autorizado a cometer los peores crímenes. Pues bien, el temor penal que todo ciudadano honrado debe sentir se ha visto sometido a una dura prueba por el caso libio, cuyos implicados eran unos hombres que se creían “intocables”, según el fiscal.
“La corrupción es eso: el camino más rápido de un ego a otro, de una voluntad de poder a otra”, dijo, antes de solicitar siete años de prisión para el expresidente francés, que tiene ya una condena firme en otros dos casos y en este está acusado de recibir dinero corrupto del dictador libio Muamar el Gadafi (1942-2011) para su elección en 2007. El tribunal dictará sentencia el próximo 30 de noviembre.
Nicolas Sarkozy fue condenado a cinco años de prisión en primera instancia y estuvo encarcelado durante tres semanas, lo que provocó en Francia un debate pasmoso, alimentado por toda una serie de personas que no entienden el concepto de igualdad ante la ley. Un amigo del expresidente francés acudió incluso a una emisora de radio importante para declarar: “No estamos hechos para la cárcel, no somos animales”.
¿Qué se esconde en ese nosotros más que una sensación de impunidad digna de Giges? Porque, al margen de los hechos, las personas y las fronteras, está claro que la sensación de impunidad es la constante del espíritu de la corrupción que destruye la promesa democrática y corroe todo: la confianza pública, el lenguaje e incluso nuestra representación de la realidad.
De eso saben algo en España. También en Francia, donde en los últimos años se ha condenado en sentencia firme a dos jefes de Estado y dos jefes de Gobierno por delitos de corrupción. Pero también en Estados Unidos con Donald Trump, en Italia con Silvio Berlusconi, en Brasil con Jair Bolsonaro, en Israel con Benjamin Netanyahu… Y el problema no es privativo de la derecha o la extrema derecha. Quienes piensan que la izquierda, en este aspecto, tiene el monopolio de la moral, se equivocan por completo.
Por eso, la lucha contra la corrupción, que, en general, corre a cargo de magistrados y policías comprometidos, pero también de asociaciones entregadas, denunciantes valientes y periodistas especializados, es un problema democrático que debería ser objeto de un enorme consenso. Sin embargo, no lo es.
Yo solo puedo hablar de la experiencia francesa, que conozco bien. Los debates que suelen rodear estos casos —por desgracia, muchos— me recuerdan muchas veces al Upside Down de la serie Stranger Things que ven mis hijos, ese mundo físicamente al revés en el que viven los monstruos.
Los monstruos de la corrupción son quienes acusan a los magistrados de estar borrachos de poder, a pesar de que lo único que hacen es aplicar las leyes aprobadas por otros, en concreto, los legisladores electos. Son quienes, como en 1984 de George Orwell —donde la ignorancia es el poder—, acusan a los jueces de violar el Estado de derecho cuando lo único que hacen es hacer cumplir la ley. Son quienes hablan de “justicia politizada” porque se juzga a políticos. ¿Acaso se ha acusado alguna vez a un juez de ser vegano por haber condenado a un carnicero que malversaba fondos?
Este es uno de los síntomas de la delincuencia de cuello blanco: ver a los acusados en la televisión o en la radio diciendo que el problema no son las sospechas que pesan sobre ellos, por Dios, sino la policía, los jueces, la prensa, la oposición. Todos menos ellos.
Por definición, la corrupción es el punto de encuentro entre el dinero, el poder y los privilegios, en detrimento del bien común. No insulto a nadie si digo que hay pocos casos de corrupción entre las personas sin hogar. ¿Pero qué persona corriente, qué ciudadano de a pie, tiene la capacidad de suscitar un debate público con el pretexto de que la justicia le persigue?
No pretendo decir que los jueces sean perfectos —Nicolas Sarkozy lo sabe mejor que nadie, puesto que tiene ya una condena firme por haber sobornado a uno de ellos en el llamado caso Bismuth—, pero si hay unos funcionarios públicos que se enfrentan al orden establecido, son ellos. Quizá ese sea el motivo de que los ataquen tanto en Francia y en otros países, incluso diversos medios de comunicación dirigidos por magnates para los que la probidad no parece ser una brújula existencial.
Un día, me preguntaron si creía que el capitalismo era la fuente de la corrupción moderna. Seguramente, un sistema económico para el que el dinero es el centro de todo la favorece, pero ni el Imperio Romano ni los países socialistas del bloque soviético necesitaron esperar al capitalismo para revolcarse en la prevaricación. Como sabemos desde Cicerón, el alma humana está hecha de tal manera que siempre habrá un corruptor y un corrompido. La cuestión, por tanto, es saber qué nos revela esto y cómo intentar construir un muro que frene esta tragedia para la gente.
Siempre he pensado que los casos de corrupción son pruebas de choque. Seguro que han visto esos vídeos de coches a los que se lanza a toda velocidad contra una pared con un maniquí dentro para comprobar la resistencia de la carrocería en caso de accidente. Los escándalos de corrupción son pruebas de choque de nuestra democracia para comprobar la carrocería de las leyes, la ciudadanía, la justicia, los mundos políticos y mediáticos, etcétera. Y el maniquí somos nosotros.
Las víctimas de la corrupción (o de un fraude fiscal) no son tan identificables a simple vista como las de un atraco, pero son más numerosas. Y el delito social es devastador. La corrupción no solo resulta muy cara para nuestras finanzas públicas y, en algunos casos, puede distorsionar la relación entre Estados, sino que además destruye el propio fundamento del pacto democrático: la confianza de los representados en sus representantes.
Me encanta la película de Peter Weir El show de Truman (1998). Su protagonista, interpretado por Jim Carrey, vive sin saberlo en un mundo ficticio creado para un reality show de ámbito mundial. Cuando se da cuenta del engaño del que es víctima, decide huir atravesando el mar a bordo de un pequeño barco. Se ve envuelto en una terrible tormenta provocada por la producción del programa, pero sobrevive a ella y, con la proa de su frágil embarcación, recupera su libertad después de haber conseguido lo que cualquier persona que lucha contra la corrupción espera lograr algún día: descubrir el engaño. Fabrice Arfi es periodista de investigación y autor del ensayo sobre corrupción Le sens des affaires. Voyage au bout de la corruption (Calmann‑Lévy). El País, 15 de junio de 2026.



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