viernes, 29 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. LIDERAZGOS DE IZQUIERDA EN BUSCA DE AUTORIDAD MORAL, POR AZAHARA PALOMEQUE. 29 DE MAYO DE 2026

 






Hay un sentimiento generalizado de desasosiego, acompañado por la decepción más profunda, que percibo colarse en los ambientes de izquierdas. Desde quien votaba y se volvió abstencionista, hasta los círculos militantes en constante conflicto con las siglas de su carné, remar juntos hacia lugares amables se va tornando una quimera. Como si alguien hubiese arrojado una viscosa pátina de marasmo colectivo, a muchos les resulta difícil creer en las soluciones políticas propuestas por los espacios autodenominados progresistas, tras el desgaste de una legislatura que arrastra, además, el cainismo y las numerosas escisiones de los partidos que nacieron a la luz del 15-M. Se trata de apatía y descreimiento, ayudados por circunstancias de acoso externo y traición interna, surgidos conforme avanza un escenario tecnológico que apenas permite distinguir la verdad de la mentira, dentro del cual las mejoras sociales han sido escasas. En mitad de este panorama, la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero en el caso Plus Ultra viene a asestar otro golpe ineludible que va dejándonos, poco a poco, huérfanos de líderes, incluso si nuestros postulados sobre lo que debería constituir una vida buena continúan intactos: vivienda digna, sanidad y educación pública de calidad, una ecología a la altura de la especie que queremos seguir siendo. Simplemente, la democracia representativa no parece aportar quienes los ejecuten, y la ciudadanía se agota en una espera cada vez más pesarosa.

Si Zapatero es culpable o inocente de los delitos que se le atribuyen lo sabremos en su momento; el problema es que, mientras los tiempos judiciales se eternizan, transcurren los de la desafección y la gente busca asideros en unas fuerzas identitarias llenas de limitaciones, cuando no desconecta y se preocupa sólo de su propio ensimismamiento. “Antes era activista; ahora soy hedonista”, me decía ayer una amiga. El fenómeno engrosa las filas de la ultraderecha, pero, más allá de los conteos electorales, se produce una desconfianza en las instituciones que ahoga los vínculos comunitarios justo durante la época en que más falta hacen: para sustituir el militarismo por la ampliación de derechos; las tendencias autoritarias, por la justicia y la igualdad. ¿Qué ha pasado? En la pérdida de la autoridad, descrita por Hannah Arendt, hallamos parte de las respuestas. Para la filósofa, se trata de un principio organizativo a través del cual “los hombres conservan su libertad”, pues donde hay autoridad no es necesaria la coacción; de hecho, quienes la detentan no tienen poder, y es ésa la característica que facilitaría un funcionamiento social saludable en torno a ciertos consensos. En las antípodas de este modelo, Arendt advertía de lo que ocurría cuando se evaporaban “los fundamentos del mundo”: el totalitarismo se transformaba en el “mejor preparado para aprovechar una atmósfera general… en la que el sistema de partidos había perdido su prestigio”. Quizá nos encontremos en la antesala de una rima histórica aterradora.

Es preciso contar con autoridades morales en el sentido descrito por Arendt, y lo que vamos descubriendo del señor Zapatero lo aleja de tal definición. Independientemente de la sentencia final, la gravedad del caso radica en la descalificación de un liderazgo que muchos consideraban loable, debido especialmente a las medidas adoptadas durante su primer mandato. En la memoria millennial —la mía— Zapatero fue el presidente de la crisis, contra quien se desató el 15-M y el que gobernaba cuando algunos tuvimos que marcharnos del país para ganarnos el pan. Aun así, existía una valoración positiva alrededor de logros como el matrimonio homosexual, la retirada de tropas de Irak o la ley de violencia de género, que se unía a la de los fervientes fans olvidadizos de su nefasta gestión a partir de 2008. Ahora, su imputación evoca directamente algunos de los males que han infectado tradicionalmente la urdimbre política de nuestra democracia: la corrupción, el nepotismo, el uso de un cargo público como autopista hacia el enriquecimiento personal. El daño que esto causa entre las personas que anhelamos no sólo unas instituciones limpias, sino también cargadas de compromiso ético es inenarrable, porque llueve sobre mojado, y porque sabemos que la alternativa tampoco se presenta con un programa moral que conduzca a una renovación halagüeña. Así, la izquierda huérfana deambula sonámbula por derroteros inciertos, carente de modelos que inspiren; la autoridad siendo reemplazada por videos de influencers.

Entretanto, el descalabro de los ídolos sucede de manera simultánea al ascenso del tecnofascismo, una emergencia climática desbocada, el debilitamiento del Estado del bienestar, y una degradación cognitiva de proporciones nunca antes vistas, aupada por el abuso de las pantallas. De algunos de estos temas habla el papa León XIV en su primera encíclica, difundida recientemente. Esperemos que su próxima visita a España provoque que aquí germinen algunas de sus enseñanzas; ante el desencanto con las voces laicas, no parece descabellado leer a quienes reflexionan desde lo espiritual, recuperando el sentido etimológico de la religión: religare, unir, trazar lazos duraderos. Incuestionable es que van quedando cada vez menos referentes, y que ese desamparo, si nada lo impide, engendrará los peores monstruos. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire). El País, 28 de mayo de 2026.




























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