sábado, 19 de septiembre de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de sábado,  19 de septiembre de 2026. Espero que hayan pasado un buen día en compañía de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. HArendt

















ENTRADA NÚM. 11479

DE LA TARDE QUE CAE: LOS TIEMPOS DEL ECLIPSE, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






De pronto la escena adquiría una inmovilidad de fotografía o de cuadro, de una de esas películas estáticas de principios de los años sesenta, en las que un grupo de personajes muy distintos y del todo aislados entre sí contemplan algo, o simbolizan la incomunicación o la alienación humana. Los colores se debilitaban como el papel fotográfico en un álbum antiguo. Elevada en su ladera sobre la desembocadura de la ría, la terraza de planchas de madera del hotel parecía proyectarse hacia el horizonte del oeste como la cubierta de un navío. Yo me quitaba las gafas de cartón y volvía la cara para observar al grupo de los espectadores del eclipse, uniformados en el antifaz preventivo y en la dirección de las miradas, aunque no en las posiciones corporales. Había quien se concentraba por completo en la observación y quien, sentado en una mesa con bebidas, se ocupaba de su cerveza o su gin-tonic y solo giraba el cuello para mantenerse al tanto del progreso demorado del eclipse. En un balcón de la última planta, perfilado contra una esquina del edificio, un hombre se inclinaba sobre el visor de un telescopio en una alerta ensimismada como de personaje de Edward Hopper. Delante del hotel de formas apasiadas y limpias, el azul de la piscina tenía ese brillo alegre de superficie plástica de las piscinas de David Hockney. Con las gafas puestas se veía una negrura sin matices de espacio profundo, en la que empezaba a dibujarse la hoz delgada y amarilla de un cuarto creciente mucho más pequeño que el de la Luna. Me las quitaba un momento, para contemplar una luz de atardecer acelerado, como velada por un tenue filtro de ceniza. Unos bañistas jóvenes se envolvían ateridos en las toallas, porque el aire estaba volviéndose frío, como si ya fuera de noche. Poco a poco las sombras de las cosas y de los cuerpos se perfilaban con menos precisión.

Estábamos atentos a cada segundo de inminencia y, sin embargo, lo veíamos todo como si ya estuviera quedándose lejos. Habíamos llegado unos días atrás al hotel como refugiados climáticos, fugitivos del calor sin misericordia ni tregua y los ruidos urbanos. El calor siguió persiguiéndonos incluso en esa tierra de brumas matinales y mareas atlánticas, en la que la falta prolongada de lluvias marchitaba el verde de los prados e imponía restricciones al consumo de agua. Pero aun así había horas de respiro, noches de frescor húmedo y mañanas fragantes de rocío y de una llovizna que flotaba sin peso en el aire. Unos cuantos huéspedes habían venido de muy lejos con el propósito exclusivo de observar el eclipse. Una familia visiblemente unida por la vocación astronómica había llegado desde Pakistán. Un astrofísico nacido en Singapur y profesor en una universidad de Taiwán pasaba horas montando y desmontando sus aparatos junto a la baranda de la terraza, cambiando los ángulos de observación, probando con pulcritud y paciencia cada lente, cada cámara. En el sector español y gandul de los huéspedes circuló la teoría de que este hombre era uno de esos agentes chinos que, según los periódicos, podían estar espiando los astilleros del Ferrol.

Incluso en esta época de conexiones instantáneas, algunos de nosotros conservamos la capacidad de convertir la distancia física en alejamiento mental, o espiritual, reforzado por el cambio de hábitos, en una geografía de gran variedad pero de horizontes limitados, en un hotel de propiedad familiar y dimensiones casi domésticas en el que a los dos días casi todas las caras son ya conocidas. El desayuno sabroso y abundante sucede con la misma regularidad que los paseos monte abajo a través de prados en los que pastan caballos y vacas pensativas, hacia las dunas pobladas por una botánica de litoral y de desierto, y la ancha boca de la ría. Con la marea alta el mar sube encauzado a través del pueblo, y se adentra en una zona de bosque en la que la mezcla del agua dulce y la salada alimenta una espesura de cañaverales de marisma. En las orillas, árboles de especies autóctonas, robles, castaños, arces, tejos, alcanzan un tamaño de gigantes benévolos.

La combinación del paisaje y de los ritmos horarios recién adquiridos favorece lecturas sin urgencia, limpias de la coacción de lo actual, amplias como las perspectivas que nos ofrecen sobre el espectáculo de la vida. En estos días leo El Gatopardo, una de esas novelas que uno cree haberle leído, o que leyó hace demasiado tiempo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa fue un novelista tan original y extemporáneo que muchos lo calificaron en su momento de anacrónico. El Gatopardo juega a conciencia a ser una novela del siglo XIX, para corresponderse con la época que retrata, la del proceso de la unidad de Italia, a través de una familia noble de Sicilia, a partir de 1860. Literariamente, Lampedusa era un afrancesado, devoto de Flaubert, y todavía más de Stendhal. Su prosa tiene la naturalidad cordial de Stendhal, la precisión de Flaubert, la capacidad de observación y la ironía de los dos. Pero no es un pastiche, y menos aún la antigualla que vieron en ella algunos de sus contemporáneos italianos, acuciados por el prejuicio de la modernidad. Saltos temporales audaces y quiebros a la vez bruscos y sutiles de perspectiva atestiguan el derrumbe del viejo mundo y la llegada de otro nuevo en el que perdurarán invariables el atraso y la injusticia. Lampedusa recrea con primor sensorial no un pasado arqueológico, sino una época de tránsito que le explicaba la que él mismo vivió, en la Sicilia convulsa y arrasada tras la II Guerra Mundial, en la Italia modernizadora que se apresuraba a borrar la memoria nada gloriosa del fascismo. Don Fabrizio, el formidable príncipe Salina, vive atrapado en un tiempo que ya no le parece el suyo: “Pertenezco a una generación infeliz, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto en estos ni en aquellos”, dice en la traducción de Ricardo Pochtar.

La tarde del eclipse me había quedado tan absorto leyendo que cuando bajé a la terraza todo el mundo estaba ya mirando con las gafas puestas en la misma dirección, en hamacas, en sillas, de pie, dentro del agua. Me acordé entonces de una foto célebre, tomada en Brooklyn hace justo 25 años, un grupo de personas que contemplan desde una terraza el espectáculo inconcebible y lejano del colapso de las Torres Gemelas, en la luz serena de una mañana de septiembre. Cuando el gajo de claridad solar se extinguió del todo hizo más frío y hubo un gran silencio. Me quité unos segundos las gafas y vi el disco negro de la Luna rodeado por los fulgores de la corona solar. No creo que nadie que mirara en ese instante vaya a olvidarlo nunca. A la exactitud del conocimiento científico capaz de calcular con tanta anticipación el día y la hora y el instante del eclipse se superponía sin discordia el sobrecogimiento de lo sagrado: la intuición originaria de la complejidad del universo, de su inmensidad abrumadora, del lugar ínfimo y sin embargo para cada uno de nosotros único y necesario que ocupamos en él los seres humanos.

El astrofísico de Taiwán y su mujer desmontaron poco a poco sus aparatos y los fueron envolviendo en sus fundas. El padre, la madre y los hijos de la familia paquistaní hablaban apasionadamente entre sí, mostrándose las pantallas de los móviles. Yo pensé en ese otro eclipse del mundo hasta entonces conocido que presencié en Nueva York hace 25 años, el siglo XX que acababa de golpe, trayéndonos lo que ya estamos viendo y lo que no sabemos que vendrá, tan atrapados como el príncipe Salina en un tiempo que ya no sentimos como nuestro. En el horizonte despejado del mar había una suntuosa puesta de sol que no miraba nadie. Antonio Muñoz Molina es escritor. 5 de septiembre de 2026.

























DEL CAFÉ DE SOBREMESA: EL ACUERDO QUE SALVO A META, POR MARTA PEIRANO. 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Los fiscales buscaban repetir el mayor acuerdo civil de la historia de Estados Unidos, aquel que 46 Estados, Washington DC y otros cinco territorios estadounidenses firmaron con las principales compañías tabaqueras en 1998. Para eso era crucial conseguir que Meta fuese juzgada como un vendedor de cigarrillos y no como un medio de comunicación. Gestionar contenidos es una actividad editorial protegida por la primera enmienda y por la Sección 230, que hace irresponsables a las plataformas de los contenidos que los usuarios suben a sus servidores. Pero no así el algoritmo que decide qué contenidos ve cada usuario. El código que bombardea deliberadamente a niños deprimidos con mensajes que romantizan el suicidio, que conecta deliberadamente a adolescentes furiosos y desencantados con criminales que glorifican la violencia, y que deliberadamente ha convencido a miles de millones de mujeres de todas las edades que sus cuerpos son tan deformes que requieren una reforma integral. Eso es un producto diseñado por Meta para ser adictivo, con grandes riesgos para la salud.

Lo habrían conseguido. La industria tabacalera invirtió millones en ocultar y negar el hecho de que su producto provocaba cáncer. La prueba de que aquellas empresas conocían internamente los riesgos del tabaco y siguieron promocionando los beneficios saludables de su consumo fue uno de los elementos determinantes que propiciaron el histórico acuerdo de 1998. Arturo Bejar, exingeniero y responsable de seguridad de Meta, declaró que Mark Zuckerberg recibía sus informes y llamadas constantes sobre el impacto del algoritmo en la salud mental, incluyendo el hecho de que facilita conexiones entre los niños y depredadores sexual. No sólo no hizo nada por mitigar sus efectos sino que juró en el Senado, y en numerosas entrevistas y comparecencias, que la seguridad de los niños era su prioridad. Sus declaraciones refuerzan las de Frances Haugen en 2021. No se trata de una negligencia aislada sino de un patrón de conducta estructural: Meta hace negocio con menores a sabiendas de la toxicidad del producto.

Más importante todavía: el destino les regaló un precedente. El pasado marzo, un juez de Nuevo México sentenció a favor de una adolescente californiana que demandó a Meta en 2023 por comercializar un producto adictivo que le generó ansiedad, depresión y dismorfia corporal. Esa bala era muy difícil de esquivar. Un documento judicial reveló que los abogados de Meta habían estimado un riesgo de 1,4 billones de dólares. Gracias al acuerdo, Meta ha conseguido esquivar toda responsabilidad jurídica y pagará hasta 18.000 millones de dólares, una cantidad muy inferior a los 200.000 millones que solicitaban los fiscales.

Doscientos mil millones era la cifra que firmaron las tabacaleras en 1998. También es, curiosamente, la cantidad de ingresos que Meta declaró en su último cierre fiscal. Meta pagará 18.000 dólares que encogen todavía más cuando leemos la letra pequeña. Unos 12.700 millones serán abonados a lo largo de 10 años, apenas un 0,63% de sus ingresos anuales. El 30% restante sólo los pagará si YouTube y TikTok acceden a realizar pagos equivalentes y a adoptar las mismas restricciones y mecanismos de verificación de edad. Una condición que no tiene precedentes, ni siquiera en la América de Trump.

Meta se compromete a establecer un uso máximo de dos horas diarias para los menores, sumando las de Facebook e Instagram. Impondrá restricciones nocturnas de 12 a 6 de la mañana y silenciará las notificaciones durante horario escolar. Les recordará cada 15 días la posibilidad de desactivar la reproducción automática y de elegir un feed no personalizado por el algoritmo de recomendación. No podrán ver el número de likes, ni suyos ni ajenos, para no incentivar agravios comparativos, y bloqueará filtros “extremos” de maquillaje y cirugía estética. Estas restricciones, que entraban ya en el plan de la Comisión Europea, tienen un plazo de cinco años y están sujetas de un solo clavo: la verificación de edad.

Meta ya prohíbe a los menores de 13 años usar sus plataformas, pero no lo consigue. Australia ha prohibido las redes sociales hasta los 16. En cuatro meses, los menores australianos han recuperado el acceso a sus redes mintiendo sobre su fecha de nacimiento o ignorando las solicitudes de verificación de edad. Según Zuckerberg, nada se puede hacer si los niños mienten. La empresa que registra los contenidos y movimientos de miles de millones de personas, para inferir quiénes son y entender sus gustos, aspiraciones y vulnerabilidades, es incapaz de identificar el lenguaje, los horarios, las expresiones y los selfis de un niño de 12 años.

Argumentan que, para verificar la edad de los niños de forma fiable necesitarían documentos de identidad, información biométrica o registros detallados de su actividad en internet. Ni EE UU permite que las empresas recopilen datos personales de menores de 13 años sin consentimiento paterno. Irónicamente, salen de este acuerdo con más acceso a los menores, en lugar de menos: ahora Meta podrá utilizar temporalmente datos generados por los menores que los identifique de forma definitiva, con el fin de entrenar un modelo de IA que los detecte de forma automática. Esto en EE UU. En la UE, un tribunal acaba de impedir a Emmanuel Macron prohibir las redes sociales a menores de 15 años, y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión que concluyó que el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones y sistemas de recomendación personalizados eran perjudiciales para los niños e incumplen la ley de servicios digitales, podría sanseacabar el asunto permitiendo acceso a todos los menores con permiso parental.

La principal ventaja del acuerdo de conciliación de Meta con los 52 fiscales generales de EE UU es que esquiva una estrategia habitual de las multinacionales: litigar con recursos, cuestiones procesales y apelaciones hasta agotar las fuerzas de la Administración. La cuestión es si los términos son tan favorables para la empresa que, más que a pagar, le sale a devolver. Tiene que pagar una fracción de lo que gana haciendo publicidad segmentada a través de sistemas de recomendación opacos y adictivos basados en la extracción de datos para su explotación política y comercial. La sociedad civil ha tratado de hacer el trabajo que no quiere hacer el Congreso: proteger a los niños e impedir que los poderosos operen fuera del marco democrático. Un esfuerzo heroico, que merece nuestro aplauso y nuestra admiración. Pero el acuerdo es tan favorable para Meta que, al anunciar el acuerdo, sus acciones subieron el lugar de bajar.

Un último detalle. El acuerdo histórico de las tabacaleras reclamaba el reembolso de los enormes costes sanitarios que soportaban los hospitales y la sanidad estadounidense como consecuencia de las enfermedades relacionadas con el tabaco, incluidos los gastos de Medicaid. Lamentablemente, aquel dinero acabó siendo utilizado por los distintos Estados para equilibrar presupuestos, pagar deudas y financiar centros de entrenamiento para la policía y cárceles. De momento, nada condiciona a los Estados a dedicar el dinero que pague Meta para ayudar a los colegios públicos a afrontar y mitigar la crisis mental a la que se enfrentan en su importante y difícil trabajo. Con el estado de la Administración estadounidense, es perfectamente posible que ese dinero acabe financiando el disparatado centro de datos de Meta en Luisiana, más conocido como proyecto Hyperion. Marta Peirano es escritora. Publicado en El País el 3 de septiembre de 2026.























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





















DEL ARCHIVO DEL BLOG: HISTORIAS DE LA DEMOCRACIA, POR PILAR MERA. PUBLICADO EL 2 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 





En tiempos de bulos y banalidad necesitamos recordar quienes desde dentro o desde fuera sufrieron para recuperar la libertad, escribe en El País [Historias de democracia, 24/08/2025] la politóloga Pilar Mera.  “Un 20 de noviembre supe que, quizá y poco a poco, las puertas de España iban, por fin, a abrirse para los de fuera y para los de dentro”. María Casares, la mujer que pronunció estas palabras, era de “las de fuera”, comienza diciendo Mera. Tuvo que exiliarse siendo apenas una niña. Llegó a París un día antes de cumplir los 14. Cuatro décadas después, el 23 de noviembre de 1976, María recordó aquel pensamiento sobre un futuro esperanzador en Madrid, ante un auditorio abarrotado de gente reunida para homenajearla. En sus cuatro décadas de ausencia, la niña gallega se había convertido en la gran dama del teatro francés. Y el teatro la trajo de vuelta a España para protagonizar El adefesio, la obra que Rafael Alberti escribió en su exilio argentino para Margarita Xirgu. Dos más de “los de fuera”.

En sus memorias, María Casares cuenta que al conocer la muerte de Franco se puso a llorar. Con suavidad primero. Como un torrente después. Sin pensar ni sentir nada. Sin dejar de llorar. Quizás lloraba el desarraigo de la niña arrebatada de su infancia. A su familia, separada por la guerra. La muerte prematura en el exilio de su madre, Gloria Pérez. El lento apagar de su padre, Santiago Casares Quiroga, uno de los políticos más destacados del primer tercio del siglo XX. Y de los más olvidados. O peor recordados. El secuestro de su hermana Esther y de su sobrina, que por azar fueron las únicas Casares en la retaguardia rebelde en julio del 36, lo que las convirtió en las rehenes perfectas. Sin un cargo en contra, Esther sufrió persecución, cárcel, libertad vigilada, repudio social y 19 años de retención de pasaporte, con su apellido como único delito. Pese a los intentos desesperados de la familia por recuperarla antes de la muerte de Casares, cuando pudo abandonar España llevaba cinco años muerto. Una tragedia familiar y cuatro décadas de dictadura resumidas en aquellas lágrimas que sintetizan miles de historias.

Como la de Josefa Olivares, que era de “las de dentro”. Esta costurera socialista de Lavapiés, nacida con el despuntar del siglo XX, fue evacuada con sus hijas durante la guerra. De Madrid a Tomelloso. De Tomelloso a Burjasot. Regresaron a Madrid cuando los franquistas ya habían tomado la ciudad y se acostumbraron a vivir con miedo. El mismo miedo que, vestido de prudencia, llevó a una amiga de Josefa a protegerla quemando todos sus papeles comprometedores en su ausencia, incluida una foto de Pablo Iglesias y sus libros de García Lorca. El mismo miedo que no le impidió llevar comida a los presos que construían el Valle de los Caídos, pero que, como a tantos de “los de dentro”, la llevó a vivir en el silencio del exilio interior, hecha un ovillo, con su identidad y sus ideas escondidas en casa.

Los setenta alcanzaron a Josefa deprimida y casi desahuciada. Prácticamente vivía en la cama. La muerte de Franco insufló cierta vida en sus pulmones, pero en abril de 1978 resucitó de manera literal. El día que los restos de Largo Caballero llegaron a Madrid se levantó como un huracán de la cama, se vistió, cogió el bolso y a dos de sus nietos y se fue a la sede del PSOE, de donde partía el cortejo fúnebre hacia el cementerio civil. Josefa recobró la vida en sus últimos alientos al recuperar lo que creía perdido. El 19 de septiembre de 1978 asistió feliz con su familia al estreno de Así que pasen cinco años, rescatando del fuego a su amigo Lorca.

En tiempos de bulos y banalidad, con pensadores provocadores recetando dictaduras corporativas, jóvenes acomodados que juegan a la épica silbando el Cara al sol o partidos que se desgañitan gritando libertad con un discurso basado en acabar con ella, necesitamos recordar a todas las Marías y Josefas. Porque las historias de carne y hueso de los de fuera y de los de dentro, su dolor, pero también su renacer cuando en los setenta comenzaron a recuperar las libertades y la esperanza, son el mejor argumento a favor de la democracia. Pilar Mera Costas (Vigo, 1978), doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense, es profesora en el departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. Está especializada en la historia de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. Publicado en El País el 2 de septiembre de 2025.















DEL POEMA DE CADA DÍA: HOY, PARAÍSO REGADO, DE JORGE GUILLÉN (1893-1984). 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







PARAÍSO REGADO



Sacude el agua a la hoja

Con un chorro de rumor,

Alumbra el verde y lo moja

Dentro de un fulgor. ¡Qué olor

A brusca tierra inmediata!

Así me arroja y me ata

Lo tan soleadamente

Despejado a este retiro

Fresquísimo que respiro

Con mi Adán más inocente.



JORGE GUILLÉN  (1893-1984)

poeta español





***





Jorge Guillén Álvarez (Valladolid, 18 de enero de 1893-Málaga, 6 de febrero de 1984) fue un poeta y crítico literario español de la generación del 27. Por su inclinación a la poesía pura, algunos críticos lo consideran el discípulo más directo de Juan Ramón Jiménez. Guillén se introduce tardíamente en el terreno literario: a los treinta y cinco años publica su primer libro, Cántico, que será ampliado en diversas ediciones, pues desde el principio pensó en su obra como un todo orgánico, al que dio el título general de Aire nuestro. Si Aleixandre es el poeta del pesimismo cósmico, Guillén lo es del optimismo. «El mundo está bien hecho», proclama, lo que en la posguerra española le supuso una cierta enemistad entre los poetas existenciales y sociales que padecían las duras consecuencias de la guerra, por lo cual el poeta se corregirá más tarde, en Clamor: «El mundo de los hombres está mal hecho».




















DEL ASUNTO DEL DÍA: LA IMPORTANCIA DE LAS INSTITUCIONES, POR DANIEL INNERARITY. 19 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






El imaginario político contemporáneo se alimenta de la desconfianza en las instituciones. Todo aquello que media entre el individuo y la sociedad (partidos, sindicatos, universidades, constituciones, parlamentos...) ha dejado en buena medida de organizar la vida común. Hay un deseo de protección y regulación, pero al mismo tiempo resulta sospechosa la oferta que las instituciones nos hacen en este sentido. Reina una fatiga institucional por la que toda mediación es percibida como inercia burocrática, pesadez administrativa y reproducción de las dominaciones al servicio de la supervivencia de un régimen agotado. Los partidos se reducen a aparatos, los sindicatos no representan a la mayor parte de los trabajadores, las universidades se burocratizan, las constituciones no se pueden cambiar, el Parlamento se convierte en un instrumento del poder ejecutivo y el poder judicial actúa más como veto que como contrapeso.

Ante este panorama dos son las posibles respuestas y en sentidos opuestos. La solución tecnocrática reduce la cuestión institucional a un problema de gestión: bastaría con llevar a cabo reformas, modernización y adaptación. La segunda consiste en denunciar toda institución como aparato de dominación y apela a formas de autoorganización que permitan sortear las mediaciones esclerotizadas. Entre optimización gestionaria y ruptura revolucionaria perdemos la oportunidad de preguntarnos por el sentido de la institución para la vida de las sociedades democráticas.

Pero existe una tercera posibilidad para salir del voluntarismo que se cree capaz de transformar las sociedades por decreto y el nihilismo que solo ve en las instituciones una máscara de poder. En un contexto en el que la urgencia parece prohibir toda temporalidad larga y la crítica de las instituciones concluye en su simple destitución, es posible entender la política como reactivación, más que como momento de fundación absoluta. Las instituciones son las encargadas de hacer posible la articulación entre generaciones y compatibilizar la referencia al origen legitimador con su reactivación.

En el origen de la actual desafección democrática hay una expectativa desmesurada en cuanto a lo que el procedimiento democrático (incremental, limitado, negociado, sostenido en el tiempo) puede proporcionar, un deseo que explota de vez en cuando en agitaciones improductivas que en el fondo no cambian nada. Tras la indignación viene la decepción.

Ciertas formas de compromiso que rechazan toda mediación institucional en nombre de la autenticidad o la espontaneidad revelan un desconocimiento profundo de la historicidad en la que vivimos. Querrían que cada intervención diera fruto instantáneamente, que toda movilización produjera inmediatamente resultados visibles, pero esa exigencia de inmediatez niega la temporalidad larga de la institución, sin la cual ningún cambio resulta duradero y fecundo. Nunca se actúa a partir de nada, sino tomando como punto de partida las dinámicas existentes, que moderan el cambio social, pero al mismo tiempo son las únicas que lo hacen posible. No hay cambio real sin un mínimo de respeto hacia aquello que queremos cambiar.

Quien quiera cambios ha de reconocer que la transformación no se cumple en un instante

Al mismo tiempo hay que advertir también que es muy razonable la crítica de las instituciones porque muchas de ellas parecen haber perdido su poder instituyente, su capacidad de reactivarse, de reinterpretar su propio origen, y se limitan a administrar mecánica­mente el statu quo. Dentro de la lógica institucional que debemos proteger se encuentra la obligación que estas tienen de renovarse y retomar su legitimidad originaria.

La reactivación no es ni reforma tecnocrática ni ruptura radical, sino una vuelta al suceso instituyente que se actualiza en las condiciones presentes sin pretender reproducir idénticamente el gesto originario que las hizo nacer: organizar la deliberación colectiva, articular los intereses particulares y el interés general, permitir la confrontación pacífica de las posiciones antagonistas, facilitar los acuerdos y los compromisos.

Cada generación retoma la herencia y la transforma según sus propias exigencias, sin la cual no habría duración institucional. Las instituciones inauguran una historia que continúa sin nosotros; asumimos el riesgo democrático de que las generaciones futuras reinterpreten el acontecimiento institucional de una manera que nos sorprendería. Decía Claude Lefort que la actitud más fecunda que caracteriza a la democracia moderna consiste en su capacidad de mantener abiertas las cuestiones fundamentales.

Frente a la obsesión contemporánea por la urgencia, pensar las instituciones nos invita a recuperar una política de la duración. Rehabilitar una política de la duración no equivale a rendirse al conservadurismo, sino reconocer que toda verdadera transformación toma su tiempo. Quien quiera cambiar ha de reconocer que la transformación no se cumple en un instante. Estas interrogaciones no reciben nunca una respuesta definitiva; cada generación las retoma y reformula en una indeterminación constitutiva que no es un fallo, sino la condición de una política verdaderamente democrática. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política. Universidad del País Vasco/Instituto Europeo de Florencia. Autor de 'El futuro de la democracia' (Galaxia Gutenberg). La Vanguardia, 5 de septiembre de 2026.




















viernes, 18 de septiembre de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. 18 DE SETEMBRE DE 2026

 






Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i somnis dolços a tots aquesta nit de divendres, 18 de setembre de 2026. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les seves famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. HArendt















ENTRADA NÚM. 11472


DE LA TARDE QUE CAE: LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA, POR FERNANDO VALLESPÍN. 18 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






En la mitología clásica, la Ocasión era una divinidad menor, que solía representarse como una mujer alada con un largo mechón sobre la frente y calva por detrás. La alegoría es clara, cuando pasa una ocasión hay que atraparla en ese mismo instante, agarrarla “por los pelos” —seguramente de ahí viene también esa expresión tan extendida—; de no hacerlo, nos encontraremos con su nuca desnuda, se esfumará y habremos perdido toda la ventaja potencial que nos ofrecía y/o sufriremos las consecuencias negativas de no haberlo hecho. Para Maquiavelo era el momento trascendental de la acción política: aprovechar l’occasione constituye uno de los rasgos fundamentales de la virtú del gobernante. La política como el arte de saber leer la coyuntura y actuar siempre en el momento oportuno. El tempo de la política está lleno de esos inquietantes momentos en los que las ocasiones se abren y se cierran. Y una vez clausuradas es cuando comienzan los problemas.

Esto viene a cuenta del asalto a Ceuta y de la tardía reacción del Gobierno ante una situación que exigía una acción radical inmediata. El mando único y la convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional deberían haberse establecido desde el primer momento. Y haberse adoptado enseguida también todas las demás medidas. La situación era de tal gravedad que habría exigido una reunión urgente de buena parte del Gobierno, presidida por su presidente, en el propio lugar de los hechos, en la misma Ceuta. ¡Esa sí que habría sido una magnífica forma de aprovechar la ocasión! Se clausuran las vacaciones y todos a dar la cara. A ver cómo habría reaccionado la oposición. Si en ese caso no le hubiera ofrecido su colaboración plena, pasarían a ser los verdaderos perdedores políticos.

Hay que tener en cuenta, además, que en este caso no había “relato” posible que pudiera justificar al Gobierno por su parcheo inicial. Aun dando por buena que la información del CNI no aludiera al tremendo tamaño de la marea humana dispuesta a entrar en la ciudad, no deja de ser por ello una institución a su servicio y de la que es responsable directo. Cabe pensar también en otra opción (estoy especulando): la información existió y se consideró que el coste de la represión de tal marea humana —¿se lo imaginan?— superaba con mucho al de dejarla entrar. Se optó por el mal menor.

Las consecuencias de no haber actuado de forma más resuelta están a la vista. Lo inquietante, sin embargo, es indagar sobre el motivo por el que no lo hicieron. Sobre todo, porque si hay algo que venía caracterizando a Sánchez es su capacidad maquiaveliana para sacar el mayor rendimiento posible de cada situación, su manejo de los tempos y la acción intrépida. ¿Por qué ha fallado aquí, entonces, cuando podía haber obtenido una ganancia política óptima? El supuesto argumento de las vacaciones me parece ridículo. Los políticos no tienen vacaciones. Dedican algunas horas al descanso o al ocio, pero aprovechan también el tener la agenda más despejada para ir programando actividades.

Me temo que la verdadera razón tiene que ver con Marruecos, que parece habernos atado las manos en nuestra capacidad para operar en Ceuta y Melilla como en cualquier otro lugar de España. Sabemos de su enorme capacidad de chantaje abriendo o cerrando el grifo de la inmigración ilegal y de su sólida alianza con Estados Unidos. Pero no estamos condenados a seguir permitiéndolo. Eso sí, siempre y cuando consigamos poner a la UE de nuestro lado —y ahí habrá que hacer alguna concesión dolorosa en materia de inmigración— y vayan unidos Gobierno y oposición. Esto último, hoy por hoy, lo doy por perdido. Precisamente porque ahora la ocasión ha cambiado de bando. Otra cosa es que sean capaces de agarrarla por los pelos. Fernando Vallespín es politólogo. Publicado en El País el 3 de septiembre de 2026.