sábado, 12 de septiembre de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de sábado, 12 de septiembre de 2026. Espero que hayan pasado un buen día en compañía de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. HArendt


















ENTRADA NÚM. 11423

DE LA TARDE QUE CAE. EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, POR LEONARDO PADURA. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






1. El tiempo, lo sabemos, es una muy caprichosa dimensión de la realidad. Para los físicos es el instrumento que mide el cambio y duración de los fenómenos y los procesos, y nos permite ubicarlos en un antes o un después. Para ello, siguiendo los ciclos cósmicos, se han establecido acuerdos universales para medir su transcurso. Pero incluso algunos físicos han relativizado su transcurrir y estimado que, en la relación que establezca con la velocidad y la gravedad, el tiempo puede tener diferentes comportamientos y, según ellos, hacerse relativo.

Para los historiadores, mientras tanto, el tiempo es un plano que discurre cronológicamente y les permite organizar los sucesos ocurridos, con causas previas y consecuencias posteriores, en un transcurrir preciso. Su relatividad, si acaso, depende de percepciones como la conexión entre los desarrollos sociales en los diversos momentos históricos. Es un instrumento comparativo, aunque siempre con un tránsito progresivo.

Para los escritores, por su lado, el tiempo es un desafío y se le puede emplear como un recurso estético. Los novelistas sabemos que hay pocas cuestiones más difíciles en el desarrollo dramático de un argumento que hacer pasar el tiempo sin que se vean las costuras con que lo hemos hilvanado. Sin embargo, nos resulta indispensable contar con el tiempo (el pasado, donde ocurrieron los hechos) y, si nos parece necesario, jugar con sus dimensiones. Tiempos que se convierten en un tempo narrativo más acelerado o más lento, incluso tiempos alterados en su decursar cronológico para buscar con ello una percepción más acabada de la realidad plasmada.

El tiempo de la vida, por su parte, aunque también es cronológico, puede tener comportamientos mucho más veleidosos. El tiempo vuela o no pasa, solemos decir, y lo hacemos a partir de una relación personal, existencial, de carácter subjetivo, con los acontecimientos o procesos que nos están ocurriendo o nos ha sucedido. De esa percepción, por supuesto, también se alimentan los escritores pues trae consigo un valioso componente dramático.

Y si algo de lo hasta ahora anotado puede ser rebatido o considerado un disparate conceptual por físicos, filósofos o historiadores, pues me someto a su juicio, alegando como única defensa a mi favor la certeza de que lo dicho sobre el tiempo y la literatura es una experiencia personal que he vivido y practicado. Durante mucho tiempo, por cierto.

2. El tiempo, sin tener culpas o conciencia de ello, puede ser también una dimensión enemiga. Lo estoy viendo día a día a mi alrededor. Incluso lo estoy viviendo personal y cotidianamente.

Cualquier compatriota mío de hoy puede hacerse cada día la pregunta de “¿hasta cuándo?”, y con esa interrogación estar cuestionando al tiempo. “¿Hasta cuándo va a durar esto?” puede ser incluso la formulación más precisa y, ahora mismo, recurrida.

Para un habitante de este siglo que ha vencido su primer cuarto puede parecer una distopía el hecho de que por días, semanas, ya meses, ese compatriota mío tenga servicio de electricidad un par de horas al día o incluso, ninguno en varias jornadas y, por supuesto, su refrigerador altere sus funciones y se convierta en algo así como una despensa. Que apenas logre dormir en las noches tórridas de este verano porque es casi imposible hacerlo sin un ventilador. Que el suministro de agua corriente, más o menos potable, le llegue de vez en cuando, con semanas y hasta meses de sequía y entonces espere a que los dioses le envíen la lluvia y puedan limpiarse con ella, descargar sus fétidos inodoros cuando no se ha practicado el recurso de orinar en un caño o defecar en una bolsa que luego es lanzada al basurero desbordado que, para más ardor, no es recolectado en varios, a veces muchos días. Que, ante la carencia de combustibles y de la falta de electricidad pues preparen los alimentos conseguidos —también con dificultad física y económica— y los cocinen con carbón. Que les resulte muy complicado desplazarse, incluso para una cuestión médica. Que casi nunca tengan conexión a algo llamado internet… Todo eso, y más, al mismo tiempo, y sin bombardeos ni invasiones, como las de Gaza o Ucrania.

Y se podrá entender que esas personas con dolorosa frecuencia se pregunten “¿Hasta cuándo?”. Porque viven en una guerra de supervivencia en un tiempo que a la vez se ha detenido, se dilata, que se percibe como enemigo. Y la reacción de muchas personas ante lo que no pueden cambiar (pues no existen mecanismos para hacerlo) es algo así como somatizar el agobio: con rabia pero con resignación, con ron y reguetón si es posible, sin contar las horas porque la noción del tiempo se ha convertido en otro refrigerador que ha perdido su sentido.

¿Se puede imaginar un ciudadano de alguna de las partes favorecidas del mundo cómo es pasar así el tiempo vital de cada día durante muchos días y sin saber “hasta cuándo”?

3. Los cubanos de este tiempo miran con nostalgia un pasado raquítico en el cual ya acumulaban carencias y decepciones que incluso pudieron llegar a parecerles la normalidad nacional. Una crisis económica que hunde sus raíces en la década de 1990 cuando el país dejó de ser virtual, sostenido por las dispendiosas e interesadas arcas soviéticas, para convertirse en el país más real en el cual viven desde entonces: un país con una economía devastada que, por incapacidades políticas sostenidas en el tiempo, no ha logrado levantar boga.

El descenso a los infiernos del presente que se ha acelerado en los primeros años de esta década ha tenido además otro componente catalizador: la política de hostilidad del Gobierno de Estados Unidos, empeñado en un cambio de sistema político en la vecina isla comunista. Una política que de los diversos embargos ha pasado a un bloqueo puro y duro que impide la llegada de combustible y de otros muchos recursos a Cuba… con la excepción de los que provengan de territorio estadounidense. Ellos sí, otros no.

Buscando alivio el Gobierno cubano ha implementado medidas que, para muchos, llegan tarde en… el tiempo. Una lista de 176 ordenanzas de apertura económica —para dinamizar y actualizar la economía doméstica, dicen— ha sido aprobada en lo que, de concretarse, será un giro de 180 grados de la estructura socioeconómica del país que abriría de par en par las puertas al mercado y sus leyes más capitalistas. Porque ahora se puede fundar una banca privada en la isla o montar una farmacia privada que venda los medicamentos que no consigue garantizar el Estado.

Y todo cae en el recipiente de un tiempo que parece detenido, incluso en retroceso histórico, aunque esa es solo una percepción ilusoria. Porque en verdad se trata de un tiempo que transcurre no solo en la historia, sino y sobre todo en la vida de varios millones de personas atrapadas en esa realidad agobiante. Es el tiempo de la existencia humana, el único valor vital que es irrecuperable, pues se puede enriquecer desde la pobreza (casi nunca, la verdad) o restablecer la salud deteriorada, pero nunca volver a tener el tiempo perdido.

Y con la certeza, más que la sensación de pérdida, a mi alrededor transcurren tantas vidas. Víctimas de diversas decisiones políticas llegadas desde distintos frentes. Sin capacidad social para cambiar las coordenadas de su contexto. Con la opción, si acaso, de intentar largarse a donde sea que puedan lograrlo, los que consigan lograrlo. Sumidos en un foso del tiempo desde el cual se preguntan “¿hasta cuándo?”, y nadie, nadie les responde. Ni siquiera el futuro. Leonardo Padura es escritor. El País, 30 de agosto de 2026.



















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. VIDA INTERIOR DEL DÉSPOTA, POR IMMA MONSÓ. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Anoche soñé que Trump escribía una novela de verdadero genio literario. Una de esas novelas introspectivas que exploran a fondo las debilidades y contradicciones del personaje, una de esas que no esquivan las verdades incómodas, precisamente porque hablan a través de la ficción. En la jerga editorial las llaman “novelas literarias”. En las librerías, “ficción para adultos”. En mi sueño, veo a Donald sentado en un sillón de orejas leyendo, muy concentrado, el séptimo volumen de la obra de Proust. Junto a él, una pila de libros: Kafka, Cioran, Camus, Clarice Lispector, Virginia Woolf… Por momentos, en una de esas metamorfosis oníricas que sólo ocurren en los sueños, el rostro de Trump muta en el de Netanyahu, y luego en el de Nasralah, difunto líder terrorista de Hizbulah.

Yo sé (no me pregunten cómo) que él o ellos están leyendo alta literatura por primera vez. Subrayan atentamente. Leen con una entrega conmovedora: puedo apreciar cómo su mirada se torna más tolerante, más sensible, más inclusiva... De repente, mi sueño cambia: Donald ya no lee. Ahora, escribe. Lo hace con una Pelikan de alta gama a la luz de un candil, en una sencilla cabaña de los Adirondack.

Su rostro es mutante: como antes, alterna con el de los otros dos líderes, hombres que fueron fanáticos delirantes y que ahora han decidido verter en el papel sus más oscuras motivaciones para tomar las decisiones que tomaron. A través de su alter ego, cuentan sus dudas, relatan cómo se levantaban de noche bañados en sudor preguntándose: “¿Me habré pasado de rosca?”… Y, finalmente exploran el remordimiento y la culpa, a la manera de Raskólnikov, con una prosa de intensidad dostoyevskiana.

Al final del sueño, los veo en la fase de promoción del libro. Donald y Beniamin aparecen por separado, cada uno en su silla, en un programa de gran audiencia (la Fox no ha invitado al de Hizbulah). El entrevistador, que es Johnny Carson (aunque yo descubro que se trata de Nicole Kidman recién operada), pregunta: “¿Por qué, en lugar de escribir sus memorias o contratar a un negro, han optado ustedes por la ficción?”. Donald responde que, tras una larga temporada leyendo en secreto, la suerte lo bendijo con la vocación literaria. Dice que explorar sus debilidades a través del personaje principal (que en su novela se llama Ronald Pump) le ha proporcionado un placer nunca antes experimentado. Y añade: “Creo en una literatura que sirva para crear lectores, no para contarlos”.

Carson-Kidman le interrumpe: “¿Pero podrá usted vivir de la creación literaria?”. Trump responde: “El oro del plumín de mi Pelikan es el único que ahora necesito. De mi vida anterior, no conservo ni un gramo: doné personalmente mis grifos de Mar-a-Lago a unos cuantos sintecho”. Él mismo lee un párrafo de su novela: me parece sublime.

Netanyahu es más parco. A la pregunta de por qué ha escrito ahora una novela de ficción, responde con un aforismo machadiano: “Por falta de fantasía, mentía más de la cuenta: también la verdad se ­inventa”. Al preguntarme de qué me suena la voz de Netanyahu (es la del doblador de Woody Allen al castellano), me despierto desesperanzada: la sabiduría les ha llegado cuando ya no están en activo y nada puede ser enmendado.

Como son las cuatro y sé que no volveré a conciliar el sueño, me entretengo con antiguas preguntas cuya respuesta es “no”. ¿Podría la literatura, el mejor antídoto contra la simplificación y el maniqueísmo, mejorar la sensibilidad de los que ejercen el poder, en especial la de los más cafres? ¿Podría incluso convertirse la inspiración literaria en un requisito para los candidatos a déspotas? Sería hermosísimo… Pero la respuesta, repito, es no.

Precisamente la empatía con el otro y la complejidad de la mirada es lo que le falta al tirano fanático. Ha habido buenos escritores capaces de entrar en la piel de psicópatas: Bret Easton Ellis se metió en la del yuppie de American psycho. Jonathan Littell se metió en la del oficial nazi Max Aue. Pero ni un solo déspota, a lo largo de la historia, ha dado a la literatura una novela de ficción con un personaje tan potente como el de Ronald Pump. Y es que estas cosas solo ocurren en los sueños, nunca en las pesadillas. Imma Monsó es escritora. La Vanguardia. 30 de agosto de 2026.



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. REIVINDICACIÓN DEL PECADO, POR JORGE BUSTOS. PUBLICADO EL 9 DE DICIEMBRE DE 2016





 



Un párroco español ha lanzado una aplicación móvil llamada Confesor Go que permite localizar al cura más próximo al penitente para administrarle la confesión. A partir de ahora cualquier político atormentado por su última mentira no tendrá que esperar cuatro años a ser indultado por las urnas, sino que podrá aliviar su conciencia citándose con un sacerdote en un parque o una plaza, o a la salida misma del lupanar o del Parlamento, por mencionar las dos sedes tradicionales del pecado.Confesor Go ha superado ya las 4.300 descargas y su desarrollador, el padre Latorre, espera que pronto se internacionalice su uso, que para eso católico quiere decir universal y en todas partes se peca con análoga fruición. Se deduce que los emprendedores ya no se conforman con comerse este mundo sino que aspiran a explotar el más allá con un Über no de cuerpos sino de espíritus que habría enloquecido a Gógol, cuyo personaje más famoso viaja por la estepa rusa en su troika comprando almas muertas. Confesor Go es el reverso luminoso de Tinder: en la era digital uno se empecata y se limpia por internet.La noticia ha sido celebrada como la penúltima vuelta de aggiornamento que Francisco imprime a la Iglesia. A Bergoglio se le da título de pontífice revolucionario porque le preocupa más atraer a los gentiles que sujetar a los fieles, aunque de momento nos falta un balance riguroso de entradas y salidas, no sea que vayan unas por las otras y el padrón de la casa del Padre al final se quede como estaba. Es el problema de toda revolución, que al consumar el giro completo lo deja a uno en el punto de partida. A los cristianos viejos, siempre recelosos del cambio, hay que señalarles que no se trata de virtualizar el sacramento, sino sólo el acceso a él. En el quinto centenario del cisma protestante cabe recordar que fue el obsceno tráfico de indulgencias lo que precipitó el desafío reformista de Lutero, pero antes de llamar al Santo Oficio aclaremos que Confesor Go es una app gratuita.Más allá del pintoresquismo que concite la noticia, a mí no me extrañaría que la noción de pecado volviera a ponerse de moda. Demasiado signos nos advierten del agotamiento de la contracultura y del retorno de la identidad, nostalgia del absoluto o malestar mítico según uno lea a Steiner o a Vattimo o mire al país de Fillon, donde nació también el escritor que predijo que el siglo XXI sería espiritual o no sería, y donde sus dos novelistas mayores -Houellebecq y Carrère- se obstinan en tematizar la religión sin concesiones a la corrección laicista. Desde que el hedonismo se volvió normativo, no sólo dejó de conceder el oscuro placer de la transgresión sino que canceló la consoladora posibilidad de arrepentirse. La propia idea de pecado, que había articulado la moral pública y privada durante siglos, fue proscrita a partir del 68. El iuspositivismo laminó el iusnaturalismo y el delito absorbió el pecado. Pero el Código Penal no se basta para remedar las tablas mosaicas, y en el hueco proliferan clérigos laicos que lo mismo te abroncan por no pagar el IVA que por no portar lazo cromático en la solapa. No es que el pecado haya sido abolido: ha cambiado el repertorio. Y a la Iglesia le cuesta sostener el catálogo canónico, así que rebaja las condiciones para perdonar un aborto o dar la comunión al divorciado. Pero ¿y si el hombre occidental ya no pide misericordia sino severidad? ¿Y si anhelamos los viejos códigos, que llaman pecado al pecado, para saber que somos libres de cometerlos y capaces de su perdón?

Por supuesto que vuelve la religiosidad. No hay más que ver a todos los concejales de ERC y la CUP que trabajaron el 6 por no creer en la Constitución y que ayer, en su ocio, se mostraron como fervorosos creyentes en la Inmaculada Concepción. Y ni siquiera Rita Maestre protestó por esa perturbación del laicismo corriendo desnuda por las calles. Jorge Bustos es escritor. El Mundo, 9 de diciembre de 2016.





















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ABRO LA MAÑANA DE UN BLANCO LUNES, POR PIER PAOLO PASSOLINI (1922-1975)

 







ABRO LA MAÑANA DE UN BLANCO LUNES



Abro a la mañana de un blanco lunes

la ventana, y la calle indiferente

roba entre su luz y sus rumores

mi presencia infrecuente entre las hojas.

Este moverme… en días totalmente

fuera del tiempo que parecía consagrado

a mí, sin regresos ni paradas,

espacio lleno todo de mi estado,

casi prolongación de la existencia

mía, de mi calor, del cuerpo mío…

y se ha truncado… Estoy en otro tiempo,

un tiempo que dispone sus mañanas

en esta calle que yo miro, ignoto,

en esta gente fruto de otra historia



PIER PAOLO PASSOLINI (1922-1975)

poeta italiano





***





Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 5 de marzo de 1922-Ostia, Lacio, 2 de noviembre de 1975) fue un escritor y director de cine italiano. Después del verano en Casarsa, en 1941 publicó su primera colección de poemas en friulano, Versi a Casarsa. El trabajo fue apreciado y notado por los intelectuales y críticos como Gianfranco Contini, Alfonso Gatto y Antonio Russi. Sus pinturas también fueron bien recibidas. Pasolini fue director en jefe de la revista II Setaccio (El tamiz), pero acabó siendo despedido por conflictos con el director, quien estaba alineado con el régimen fascista. Un viaje a Alemania le ayudó, también, a percibir el estatus "provinciano" de la cultura italiana en ese momento. Estas experiencias le dieron a Pasolini nuevos pensamientos en su opinión acerca de la cultura política del fascismo y gradualmente iniciar su posición comunista.Hombre polifacético y personaje controvertido, fue uno de los artistas más reconocidos de su generación, como poeta y como realizador cinematográfico. Pero también se distinguió como actor, periodista, ensayista, novelista y activista político; en menor medida, como dramaturgo y pintor. Su asesinato provocó conmoción en Italia y el resto del mundo. La autoría y las circunstancias de su asesinato siguen siendo objeto de debate. 













DEL ASUNTO DEL DÍA. EL 11-S, TODAVÍA, POR SERGI PAMIÉS. 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Disney + ha estrenado la docuserie 11-S, unidos por la tragedia como conmemoración de los 25 años (!) de los atentados de las Torres Gemelas y del Pentágono. Producido por National Geographic y el Memorial del 11-S de Nueva York, el argumento es simple: que algunos sobrevivientes se reencuentren con los bomberos, policías, socorristas o voluntarios que les salvaron la vida. Es un ejercicio de gratitud que, intentando evitar excesos lacrimógenos, no siempre lo consigue. Y lo es tanto por los trucos narrativos como por la autenticidad de los sentimientos que afloran entre personas que, aunque parezca mentira, no se habían vuelto a ver desde aquel martes de septiembre del 2001.

De la cronología de los hechos, lo sabemos casi todo. El corpus de imágenes sobre el 11-S es tan completo que, aunque no nos sorprende, refuerza el acierto del montaje. Los testimonios, en cambio, sí son una novedad y tienen una categoría que conviene situar en el contexto norteamericano. En todos los casos, los supervivientes confiesan que necesitan hablar con los que les salvaron, pero también pasa al revés.

El azar se impone como un nexo entre los recuerdos de unos y otros. La consultora, que llegó media hora antes al despacho porque quería hacer unas fotocopias. La militar del Pentágono, que saltó por la ventana sabiendo que un marine la cogería en brazos. O los ejecutivos, que, atrapados en un ascensor, salieron gracias a la determinación de un limpiador de las fachadas de vidrio de una de las Torres Gemelas, un polaco tan bondadoso que si saliera en una película de ficción nos parecería inverosímil. O la mujer que, muy mal malherida por los restos de avión que le cayeron encima, necesitó 18 meses de hospitalización y 50 operaciones –repito: 50– para salir adelante.

¿Que la docuserie no analiza las secuelas políticas de los atentados? Es verdad. ¿Que es un ejercicio para reforzar el patriotismo a través de los buenos sentimientos? Puede que sí. ¿Que hay momentos en los que no hace falta subrayar las emociones con la música porque los testimonios ya son lo bastante conmovedores? Seguro. ¿Que a pesar de todo es un documental extraordinario sobre el paso del tiempo y las secuelas de la historia en la memoria individual y colectiva? También. Sergi Pamiés es escritor. 30 de agosto de 2026.























viernes, 11 de septiembre de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. 11 DE SETEMBRE DE 2026

 





Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i dolços somnis a tots aquesta nit de divendres, 11 de setembre de 2026. 25è aniversari dels atemptats islamistes a Nova York, que van canviar per malament l'esdevenir del món present. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. HArendt














ENTRADA NÚM. 11416

DE LA TARDE QUE CAE. CUANDO LAS IDEAS MOLESTAN, POR MANUEL CRUZ. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






En pleno Antropoceno, cuando prácticamente todo cuando ocurre en el planeta, empezando por el propio clima, se encuentra relacionado con la intervención de la especie humana, resulta difícil señalar algo realmente importante con respecto de lo cual se puede decir que no cabe reclamar responsabilidad a ningún individuo, grupo, institución, gobierno o poder en general. De hecho, incluso cuando hoy ocurren catástrofes en las que no ha existido la menor intervención de ningún ser humano, como puede ser un terremoto, una inundación o una epidemia, de inmediato aparece alguien que se encarga de señalar los daños materiales o personales que se podían haber evitado si se hubieran adoptado las medidas preventivas oportunas.

De ahí que sea difícil entender el significado que pueda tener en nuestros días la frase de primeros de agosto, pronunciada por el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, tras los sucesos de Ceuta, “hay cosas que ocurren y no tiene por qué haber responsabilidades de nadie”, máxime referida a situaciones que tienen una notable repercusión colectiva. Quizá alguien pueda pensar que concederle demasiada trascendencia a una afirmación vertida en el transcurso de unas declaraciones improvisadas (un “canutazo”, en la jerga periodística) equivale a coger el rábano por las hojas. Sería esta sin duda una interpretación benévola, sobre todo teniendo en cuenta que el ministro remachó el clavo de su afirmación con un concluyente “son cosas que pasan”. Pero si tiendo a pensar que el asunto no se puede despachar a la ligera es porque no estaba muy lejos en el tiempo de otra frase, igualmente tajante y por un igual vacía, pronunciada semanas antes por otro relevante político de nuestro país. Me refiero a José Luis Rodríguez Zapatero, quien, preguntado en TVE por las famosas joyas encontradas por la UDEF en la caja fuerte de su despacho, respondió con una frase no menos llamativa que la del titular de Interior: “Estaban ahí”, fueron sus primeras (y rotundas) palabras.

Pues bien, lo que vincula el “son cosas que pasan” de uno y el “estaban ahí” del otro es precisamente la ausencia, por completo clamorosa, de cualquier noción de responsabilidad, ausencia, por cierto, reconocida de manera explícita por Marlaska. Pero mientras este parecía querer evitar el uso de la noción insinuando una cierta condición azarosa de la situación por la que se le preguntaba, el expresidente se acogía a una estrategia justificativa un pelín (pero tan solo un pelín) más elaborada. Porque a su obvia respuesta añadió luego argumentos tales como que las famosas joyas no tenían afán patrimonial alguno (“ni tenían uso, ni destino, ni hemos pensado en ellas”). Como si la responsabilidad no tuviera ninguna dimensión objetiva, material, y quedara identificada por completo con la intención del individuo, de modo que una buena intención (o, en su defecto, la inexistencia de una mala) pusiera a salvo de todo reproche o reclamación. En su simplicidad, el planteamiento recuerda el de esos niños que creen sentirse completamente exculpados de cualquier estropicio que puedan haber causado con el argumento de que “lo he hecho sin querer”.

Sin embargo, ambas actitudes parecen haber llamado poco la atención o, en cualquier caso, no han tenido una especial repercusión en el debate público. Como si no se hubiera reparado en el fondo del asunto, esto es, en los supuestos sobre los que se sostenían y que, sin duda, deberían ser motivo de preocupación. De hecho, los de mayor edad recordarán aquellos tiempos en los que se debatía constantemente en los medios de comunicación y en toda clase de foros (incluidos los parlamentarios) acerca de los diversos tipos de responsabilidad, distinguiendo sobre todo la política de la jurídica, sin excluir alguna que otra alusión, siempre más delicada, a la responsabilidad moral. Hoy parecen haberse acabado los distingos y, en caso de plantear la cuestión de la responsabilidad, se diría que solo importa la que se dilucida ante los tribunales.

Se trata de un drástico y brutal empobrecimiento del debate, no exento de importantes consecuencias, tanto prácticas como teóricas. Las primeras están a la orden del día y no dejamos de tropezarnos con ellas constantemente, en prensa, radio, televisión y redes sociales. En efecto, identificar un comportamiento reprochable con un comportamiento delictivo implica trasladar a los tribunales la tarea de investigar, valorar y, en su caso, penalizar tal comportamiento. Esta perspectiva, que parece haberse impuesto, tiene algo de externalización del servicio, de delegación de la función de reclamar responsabilidad en quienes lo hacen de una determinada manera y con determinados códigos (jueces y magistrados) o, por llevar la formulación al límite de la paradoja, de desresponsabilización de la responsabilidad de los políticos. Con las consecuencias por todos conocidas, y es que la lentitud de la justicia termine, o bien neutralizando a la política como tal, o bien pervirtiendo su sentido. Lo primero ocurre cuando las sentencias se posponen ad calendas graecas (el caso Pujol resulta paradigmático al respecto), en tanto que lo segundo tiene lugar cuando la instrucción se constituye en una especie de encubierto juicio público que puede terminar condenando a la muerte social a quien tiempo después, en el juicio propiamente dicho, queda absuelto.

Esta segunda posibilidad conecta con las consecuencias teóricas aludidas. Centrar la exigencia de responsabilidad en la responsabilidad jurídica termina vaciando de sentido a la actividad política misma. Así, lo ocurrido con los dos procesos judiciales que afectan de manera directa al presidente del Gobierno ilustra bien este proceso de vaciado. Mi competencia para valorar esta clase de asuntos es prácticamente nula, pero mi sensación es la de que no resulta descartable en absoluto que las acusaciones contra Begoña Gómez queden finalmente en nada. Pero lo más destacable de este asunto desde el punto de vista político es que la derecha lo haya apostado todo a la carta de su condena en los tribunales, como si renunciara por completo a la crítica en cualquier otro ámbito. Una consecuencia posible de semejante estrategia es que una hipotética sentencia absolutoria, no ya solo fuera presentada públicamente por parte del Gobierno como una inapelable derrota de la oposición, sino, mucho más relevante que eso, que se entendiera que deja a la mujer de Pedro Sánchez a salvo de cualquier otro tipo de reproche, como, por ejemplo, de carácter moral, referido a la escasísima ejemplaridad de su comportamiento. Cosas parecidas podrían afirmarse respecto a la condena recibida por el hermano del presidente, que uno puede estimar desproporcionada, pero eso no quita para considerar que las conductas de los condenados merecen una severa crítica desde el punto vista de los valores con los que estaban comprometidos y que han incumplido de manera flagrante.

En todo caso, lo importante es que ha sido la creciente y generalizada renuncia a asumir la idea misma de responsabilidad lo que nos ha traído hasta el punto en el que ahora nos encontramos, que se acerca de manera inquietante al grado cero de la política, como las afirmaciones de Marlaska y Zapatero certifican sin rubor. Parecería que muchos de nuestros representantes creen haber encontrado en el clásico principio jurídico “lo que no está prohibido, está permitido” una especie de salvoconducto con el que poder circular por la vida pública sin ser objeto de reproche alguno. Se diría que su razonamiento íntimo es: mientras no se me pueda acusar de ningún delito, no tengo por qué responder de nada. Así las cosas, quizá habría que empezar a pensar en cerrar el Parlamento. Manuel Cruz es catedrático de Filosofía y expresidente del Senado, y autor de Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual (Galaxia Gutenberg). El País, 29 de agosto de 2026.


























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. YO CONTROLO, POR ANA IRIS SIMÓN. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Esta semana, Meta, el gigante que engloba Facebook, Instagram o WhatsApp, ha sentado un precedente: pagará hasta 18.000 millones de dólares a las arcas americanas para evitar ser juzgada por los daños que sus productos habrían generado a millones de adolescentes. Los fiscales alegaban que Meta conocía que sus aplicaciones tenían riesgo de generar adicción e incrementaban el de padecer ansiedad, depresión o ideación suicida entre los menores. Y no hicieron nada.

Así que la empresa ha decidido apoquinar 18.000 millones para evitar una posible condena, además de implementar una serie de mecanismos para que los niños no desarrollen adicción a sus aplicaciones. Uno de ellos, un límite de uso de dos horas diarias que se podrá ampliar si los padres dan un permiso. Y lo darán, porque la conciencia respecto al perjuicio que generan las redes sociales e Internet es casi nula.

Hace unas semanas, en una sobremesa, un amigo contaba que su primer cigarro se lo dio su abuelastro en la comunión, y que nadie le echó cuenta. Que alguno se escandalizó un poco, pero que en el fondo a todos les hizo gracia ver al crío con un Ducados en la boca. Hace unos años, mi abuela me contaba que hubo un tiempo no tan lejano en el que los resfriados de los niños no se curaban con Apiretal sino con un preparado de vino y azúcar, o con chupitos de brandi si había. En unas décadas, seguramente veamos con los mismos ojos con los que hoy miramos esos fenómenos a los bebés que van con un teléfono en el carrito, o a los que en la comunión no se les pone un cigarro en la boca pero sí un teléfono en las manos, o a unas comunidades autónomas que ya han condenado a varias generaciones a estudiar con dispositivos electrónicos.

Porque la relación entre el uso problemático de internet y las redes sociales y algunos problemas de salud mental ya está ampliamente documentada. Y con litigios como el de Meta queda patente lo que es una evidencia para cualquier usuario de sus productos: que es complicadísimo no hacer un uso problemático de ellos. Porque su negocio depende de conseguir que nadie —ya sean chicos o grandes— quiera dejar de mirar la pantalla.

Pero seguimos normalizando usar el móvil dos, cuatro, seis, ocho horas al día. No somos conscientes de la gravedad de no poder dejarlo en casa unas horas, o unos días, o incluso de renunciar a él, esa locura. Ya no es que pasemos demasiadas horas delante de una pantalla, sino que tenemos serias dificultades para dejar de hacerlo. Si Instagram, Facebook o WhatsApp son una droga para los críos, como se ha reconocido esta semana, ¿qué somos nosotros? No podemos empezar a tratar el abuso de internet y las redes por parte de los niños como un problema de salud pública mientras concebimos el de los adultos como una peculiaridad de la vida moderna.

Entre aquellos años en los que a un crío se le daba una calada de un puro en una boda o sus padres fumaban con él en los bares, y los días en los que miramos aquello con escándalo ha habido campañas informativas, decisiones políticas y una inversión pública que ha generado conciencia social. El Estado entendió que no bastaba con decirle a un crío que no fumara o a sus padres que no lo ahumaran: reguló el tabaco, como el alcohol. Quizá sea el momento de entender que con la economía de la atención, con los productos de las grandes tecnológicas, ocurre algo parecido. Mientras tanto, al leer sobre los perjuicios de las redes y la adicción a internet, seguiremos pensando que nosotros controlamos. Todos controlamos. Yo controlo, tú controlas. ¿Qué otra cosa diría un adicto? Ana Iris Simón es escritora. El País, 29 de agosto de 2026.