martes, 16 de junio de 2026

DEL ARCHIVO DEL BLOG. CABREADOS, POR HARENDT. PUBLICADO EL 15 DE JUNIO DE 2016

 







Dice mi admirado Michel de Montaigne (1533-1592) en su Ensayos (Libro II, capítulo X, págs. 815/817. Edición bilingüe de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2014), que le gustan los historiadores o muy simples o muy eminentes. Los simples, añade, porque no tienen nada suyo que integrar en la obra, aportando a esta únicamente el afán y la diligencia de recoger todo lo que llega a su conocimiento, y de registrar de buena fe todas las cosas sin seleccionarlas ni clasificarlas, dejándonos el juicio intacto para conocer la verdad. De más está decir que me encuadro gustosamente en el equipo de los historiadores simples por las razones que tan elegantemente expresa Montaigne. Aunque selecciono a mis interlocutores, algo que también hace él aunque se le note menos que a mí. Y de ahí, que en ocasiones como esta de hoy resulte un vuelapluma un poco más extenso de lo habitual sobre cabreos ciudadanos, sociedades exasperadas, políticos al uso y gentes del común. Del debate a cuatro del lunes confieso que no lo ví por pereza e higiene mental. Preferí leerme de un tirón el Noches sin dormir (Seix Barral, Barcelona, 2015) de mi querida Elvira Lindo. Y disfrutarlo.

El primero de los artículos que traigo a colación está escrito por Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, autor del libro La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015) que ya he comentado en el blog, y además, candidato de Geroa Bai al Congreso de los Diputados en las elecciones de dentro de dos semanas. Se titula "Sociedades exasperadas". El segundo artículo lo firman conjuntamente Juan Rodríguez Teruel y Pau Marí-Klose, profesores respectivamente de Ciencia Política en la Universidad de Valencia y de Sociología en la Universidad de Zaragoza, y lleva el título de "¡Arriba la gente, abajo los políticos!". Ambos están publicados en El País, diario del cual sigo pensando, a pesar de las críticas en contrario -que respeto- que es el menos sectario, el más plural y el más progresista de los periódicos españoles. 

Dice el profesor Innerarity al inicio del suyo que ante el ascenso de indignados y populistas de extrema derecha hay que convertir las exasperaciones en transformaciones reales. No creo exagerar, añade, si afirmo que vivimos en sociedades exasperadas. Por motivos más que suficientes en algunos casos y por otros menos razonables, se multiplican los movimientos de rechazo, rabia o miedo. Las sociedades civiles irrumpen en la escena contra lo que perciben como un establishment político estancado, ajeno al interés general e impotente a la hora de enfrentarse a los principales problemas que agobian a la gente.

Probablemente todo esto deba explicarse, sigue diciendo, sobre el trasfondo de los cambios sociales que hemos sufrido y nuestra incapacidad tanto de entenderlos como de gobernarlos. Asistimos impotentes a un conjunto de transformaciones profundas y brutales de nuestras formas de vida. Hay quien culpabiliza de estos cambios a la globalización, otros a los emigrantes, a la técnica o a una crisis de valores. Hay decepcionados por todas partes y por muy diversos motivos, frecuentemente contradictorios, en la derecha y en la izquierda, a los que ha decepcionado el pueblo o las élites, la falta de globalización o su exceso. Este malestar se traduce en fenómenos tan heterogéneos como el movimiento de los indignados o el ascenso de la extrema derecha en tantos países de Europa. Por todas partes crece el partido de los descontentos. En la competición política, tienen las de ganar quienes aciertan a representar mejor la gestión de los malestares. Y no hay nada peor que parecer ante la opinión pública como quien se resigna ante el actual estado de cosas, lo que probablemente explique a qué se deben las dificultades de los partidos clásicos, que son más conscientes de los límites de la política, menos capaces de hacerse cargo de las nuevas agendas y con unas posiciones equilibradas que resultan incomprensibles para quienes están enfurecidos.

La extensión de tal estado emocional, añade, no sería posible sin los medios de comunicación y las redes sociales. En esta sociedad irascible, gran parte del trabajo de los medios consiste precisamente en poner en escena los ataques de ira, mientras que las redes sociales se encienden una y otra vez dando lugar a verdaderas burbujas emocionales. En esta mezcla de información, entretenimiento y espectáculo que caracteriza a nuestro espacio público, se privilegian los temperamentos sobre los discursos. Las virulencias son vistas como ejercicios de sinceridad y los discursos matizados como inauténticos; quienes son más ofensivos ganan la mayor atención en la esfera pública. Gracias a los medios y las redes sociales, hay una plusvalía que se concede a quienes saben asegurar el espectáculo.

Deberíamos comenzar, dice, reconociendo la grandeza de la cólera política, de esa voluntad de rechazar lo inaceptable. La realidad de nuestro mundo es escandalosa, en general y en detalle. Mientras que la apatía pone los acontecimientos bajo el signo de la necesidad y la repetición, la cólera descubre un desor­den tras el orden aparente de las cosas, se niega a considerar el insoportable presente como un destino al que someterse.

El cuadro de las indignaciones estaría incompleto si no tuviéramos en cuenta su ambivalencia y cacofonía, matiza. El disgusto ante la impotencia política ha dado lugar a movimientos de regeneración democrática, pero también está en el origen de la aparición de esa “derecha sin complejos” que avanza en tantos países. Hay víctimas pero también victimismos de muy diverso tipo; además el estatus de indignado, crítico o víctima no le convierte a uno en políticamente infalible.

Para ilustrar en variedad de iras colectivas, continúa, pensemos en cómo la política americana ha visto nacer después de 2008 dos movimientos de auténtica cólera social de signo contrario (el Tea Party y Occupy), así como en el hecho de que los últimos ciclos electorales han estado marcados por la polarización política y el ascenso de los discursos extremos. El éxito de Donald Trump ha sido interpretado como la gran cólera del pueblo conservador. Pero a veces se olvida que lo que impulsó al Tea Party fue el anuncio del Gobierno de Obama de nuevas medidas de rescate financiero a los grandes bancos, exactamente lo mismo que puso en marcha a los movimientos de protesta en la izquierda altermundialista.

A la indignación le suele faltar reflexividad, añade más adelante. Por eso tenemos buenas razones para desconfiar de las cóleras mayoritarias, que frecuentemente terminan designando un enemigo, el extranjero, el islam, la casta o la globalización, con generalizaciones tan injustas que dificultan la imputación equilibrada de responsabilidades. Hay que distinguir en todo momento entre la indignación frente a la injusticia y las cóleras reactivas que se interesan en designar a los culpables mientras que fallan estrepitosamente cuando se trata de construir una responsabilidad colectiva.

Por todas partes crece el partido de los descontentos, sigue diciendo. Tiene las de ganar quien representa mejor los malestares. El hecho de que la indignación esté más interesada en denunciar que en construir es lo que le confiere una gran capacidad de impugnación y lo que explica sus límites a la hora de traducirse en iniciativas políticas. Una sociedad exacerbada puede ser una sociedad en la que nada se modifica, incluido aquello que suscitaba tanta irritación. El principal problema que tenemos es cómo conseguir que la indignación no se reduzca a una agitación improductiva y dé lugar a transformaciones efectivas de nuestras sociedades.

Ante el actual desbordamiento de nuestras capacidades de configuración del futuro, las reacciones van desde la melancolía a la cólera, pero en ambos casos hay una implícita rendición de la pasividad, añade Innerarity. En el fondo estamos convencidos de que ninguna iniciativa propiamente dicha es posible. Los actos de la indignación son actos apolíticos, en cuanto que no están inscritos en construcciones ideológicas completas ni en ninguna estructura duradera de intervención. Lo político comparece hoy generalmente bajo la forma de una movilización que apenas produce experiencias constructivas, se limita a ritualizar ciertas contradicciones contra los que gobiernan, quienes a su vez reaccionan simulando diálogo y no haciendo nada. Tenemos una sociedad irritada y un sistema político agitado, cuya interacción apenas produce nada nuevo, como tendríamos derecho a esperar dada la naturaleza de los problemas con los que tenemos que enfrentarnos.

La política se reduce, continúa diciendo, por un lado, a una práctica de gestión prudente sin entusiasmo y, por otro, a una expresividad brutal de las pasiones sin racionalidad, simplificada en el combate entre los gestores grises de la impotencia y los provocadores, en Hollande y Le Pen, por poner un ejemplo (la Hollandia y la Lepenia, como decía Dick Howard).

La miseria del mundo debe ser gobernada políticamente, concluye su artículo. Se trataría de acabar con las exasperaciones improductivas y reconducir el desorden de las emociones hacia la prueba de los argumentos. Nos lo jugamos todo en nuestra capacidad de traducir el lenguaje de la exasperación en política, es decir, convertir esa amalgama plural de irritaciones en proyectos y transformaciones reales, dar cauce y coherencia a esas expresiones de rabia y configurar un espacio público de calidad donde todo ello se discuta, pondere y sintetice.

Al comienzo del segundo de los artículos citados, dicen los profesores Rodríguez Teruel y Marí-Klose que la disparidad entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente éstos pueden ofrecerles provoca frustración y desencanto y que es el momento de exigir que unos y otros estén a la altura en sus respectivos papeles. 

En un reciente spot electoral de Ciudadanos, continúan diciendo, el cliente aparentemente más lúcido y asertivo del bar reclama políticos que estén a la altura de la ciudadanía. Una curiosa forma de resaltar las cualidades del candidato, poniendo, para ello, en el punto de mira a la clase política en general. Quizá sea efectiva, pero no original. Se trata de una lógica discursiva calcada a la que viene desplegando Podemos, contraponiendo ese pueblo llano al conjunto de representantes políticos, que forman la “casta”,dedicada a proteger sus privilegios y los de oscuros intereses empresariales.

En realidad, añaden, denigrar a la clase política o rebajarla moralmente respecto al resto de ciudadanos es un recurso característico de los populismos modernos, y común en un ideario de la antipolítica tejido desde la antigüedad, en el que se idealiza a una ciudadanía esforzada, predispuesta a asumir sacrificios justos y, ante todo, profundamente honesta. Probablemente, Podemos fue quien mejor logró sintetizar ese sentimiento en el lema de otro anuncio electoral del 20-D: “Maldita casta, bendita gente”.

Razones hay para denunciar en los últimos años problemas de representación política, que la clase política no ha sabido atender con la celeridad exigible, continúan diciendo. Pero es dudoso que deba achacarse a su falta de “calidad” una responsabilidad significativa en la generación de esos problemas. Pocos motivos hay para pensar que los políticos españoles no están a la altura de su ciudadanía. Cuando se examina la evidencia internacional, los datos desmienten que nuestros políticos trabajen poco, cobren mucho, estén poco formados o incumplan sus promesas en mayor medida. Resultaría discutible incluso afirmar que sean particularmente corruptos e inmorales. Ningún argumento académico serio justifica ese concepto impresionista de élites extractivas que Acemoglu y Robinson propusieron para otras latitudes que nada tienen que ver con nuestra democracia.

Tampoco parece, siguen escribiendo más adelante, que nos hallemos ante una ciudadanía especialmente virtuosa, informada e intolerante con los pecados de sus políticos. Y esta debilidad de la esfera pública sí que parece ser un verdadero factor diferencial, en negativo, en comparación con democracias de referencia de nuestro entorno. Así lo acreditan datos recientes del Barómetro de la Democracia de la Universidad de Zurich: ciudadanos que participan poco en partidos, sindicatos u otras asociaciones, que utilizan aún menos los instrumentos de democracia participativa o directa disponibles en nuestro marco legal, o que compran poca prensa (donde —por cierto— el debate político suele escribirse con trazo grueso de calidad literaria, pero de dato escaso). Aunque en los últimos años se han incrementado los niveles de interés por la política, éstos siguen siendo relativamente bajos y compatibles con elevadas dosis de desafección, desdén hacia la política y los políticos. Esas actitudes se han combinado, no pocas veces, con dosis elevadas de permisividad con los actos de corrupción cometidos por muchos representantes políticos y personalidades sociales.

Denigrar a la clase política  es un recurso característico de los populismos modernos, afirman. De manera invariable se intuye un problema, de parte del ciudadano, para captar la naturaleza, inherentemente conflictiva y siempre insatisfactoria, de la política democrática, reflejado en tres paradojas sobre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos. De entrada, esperamos representantes con cualidades excepcionales, de formación y comportamiento sobresalientes, que conozcan no solo los problemas sino también sus soluciones. Luego resulta que cosechan las mayores audiencias en programas de televisión banales, donde deben mostrarse campechanos y evitar cualquier sutileza o sofisticación. A sabiendas de su audiencia y proyección, los candidatos acuden raudos a ofrecer entrevistas insustanciales, aportando detalles íntimos sobre cosas que les emocionan, preferencias deportivas o, últimamente, alguno lo hace incluso sobre sus mitos eróticos y hábitos sexuales.

Por otro lado, añaden, esperamos dirigentes que lideren, marquen orientaciones a la ciudadanía, atiendan a consideraciones estratégicas, y piensen en el largo término. Pero a la vez los queremos sensibles a las preocupaciones inmediatas expresadas por los ciudadanos y que respondan a las directrices fluctuantes de nuestra democracia de audiencia. En esta línea, algunos pretenden convertir el sistema democrático en una suerte de asamblea constituyente permanente, donde los políticos se limiten a ejecutar veredictos de la ciudadanía.

Como colofón, puntualizan, esperamos líderes que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, que hablen claro y resulten insobornables en el cumplimiento de sus promesas. Pero les reclamamos, a la vez, que estén dispuestos a renunciar a esos principios, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en las grandes materias con sus oponentes. Se nos dice que la ciudadanía está harta de políticos que no dialogan, pero no parece dispuesta a recompensar a quienes llevan la iniciativa para pactar. Más bien al contrario, los sondeos apuntan a que los partidos que más se esforzaron por evitar la repetición de elecciones no serán premiados por ello. De confirmarse la notable continuidad del voto entre diciembre y junio, podríamos deducir que, en realidad, los partidos —todos ellos— se comportaron tal como esperaban sus votantes.

El problema es, añaden, que estas paradojas inflan, inevitablemente, lo que el politólogo Stephan Medvic denominó una trampa de las expectativas, la enorme disparidad a menudo existente entre lo que los ciudadanos esperan de sus políticos y lo que realmente éstos pueden ofrecerles. El riesgo proviene de que, en un contexto de escaso margen de maniobra, esa disparidad entre el elevado grado de exigencia y la capacidad real deje a los políticos a la intemperie y alimente la frustración y el desencanto.

Llega el momento, concluyen diciendo, de exigir que ciudadanos y políticos estén a la altura en sus respectivos papeles. Y avanzar en la buena dirección pasa, ahora, por exigir a la ciudadanía algo más. No debe convertir las próximas elecciones en una oportunidad perdida para asignar responsabilidades sobre lo que los partidos políticos hicieron —o dejaron de hacer— en los últimos meses, o para evaluar la credibilidad de los respectivos programas y promesas políticas a la luz del nuevo contexto en el que nos van a gobernar los representantes elegidos finalmente. Por su parte, para estar a la altura, los partidos deben manejar con cautela los discursos de la antipolítica, porque sí algo sabemos a ciencia cierta en el análisis político comparado, es que es un arma que carga el diablo.

Si comenzaba esta prolija entrada de hoy con una cita de Michel de Montaigne, permítanme cerrarla con otra de Zygmund Bauman y Carlo Bordoni en su libro Estado de crisis (Paidós, Barcelona, 2016. Pág. 96) también comentado por mí en el blog con anterioridad. Dice así: "La historia es un cementerio de esperanzas inmaterializadas y expectativas defraudadas". Pues, bien, por difícil que nos parezca no dejemos que la política lo sea también. Al menos, hagamos todo lo que esté en nuestras manos por evitarlo. Y voten el día 26 pensando en lo mejor para ustedes y lo mejor para todos. Seguramente, acertarán. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




















DEL POEMA DE CADA DÍA. LOTÓFAGOS, POR HELENA GONZÁLEZ VAQUERIZO. 16 DE JUNIO DE 2026

 






LOTÓFAGOS



La vida no se mide en años

se mide en bocanadas de aire y en bits

la locura en vatios

el amor en ligas.


¿A quién ofrecieron vino y no se emborrachó?

¿A quién prometieron sol y se puso gafas negras?

¿A quién regalaron un árbol y no durmió a su sombra?


No te compadezcas de los que se quedan

compadécete de los que se van.

Guarda tu llanto para Odiseo,

únete a los Lotófagos.



HELENA GONZÁLEZ VAQUERIZO (1982)

poetisa española




***




Helena González Vaquerizo (1982) es una destacada académica, investigadora y ensayista española cuya trayectoria une con maestría el mundo de la filología clásica, la literatura neohelénica (el griego moderno) y la sensibilidad poética contemporánea. Estudió Filología Clásica en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), una institución a la que ha permanecido muy ligada. En 2013 se doctoró en esa misma universidad con una tesis doctoral centrada en una obra monumental de las letras griegas modernas: la Odisea de Nikos Kazantzakis. 




















DEL ASUNTO DEL DÍA. LOS GRIEGOS SOMOS NOSOTROS, POR JULIO ANTONIO HURTADO DÍAZ. 16 DE JUNIO DE 2026

 





“Una mano mira al cielo, la otra en el cajón del pan”, cantaba María Jiménez tocada con plumas de pavo real. La famosa letra de La lista de la compra, de La Cabra Mecánica, puede verse a la luz de La escuela de Atenas, el cuadro en el que Rafael imagina a Platón y Aristóteles, las figuras que ilustran esta página, como los pilares centrales de la filosofía griega.

Si en la cultura popular podemos encontrar ecos del pensamiento clásico, el diálogo entre dos sabios españoles que saben más que los siete de Grecia juntos porque acumulan el saber de los dos mil quinientos años que han transcurrido desde el paso del mito al logos rompe la barrera del sonido en el ir y venir entre el mundo de las ideas y la realidad práctica.

Javier Gomá y Ángel Gabilondo conversan durante más de hora y media como si estuvieran en la academia o el liceo, dejándose guiar por lo que uno y otro dicen, escuchándose y replicándose con profundo respeto, para desentrañar las enseñanzas que aún perviven en La república de Platón y la Política de Aristóteles, a propósito de las nuevas traducciones que ha publicado Arpa y ellos han enriquecido con sendos prólogos.

Gomá, que se ha ocupado del libro de Platón, insiste en que la filosofía es una rama de la literatura , conceptual si se quiere, pero literatura, y que por eso, porque no es ciencia, disciplina de saber acumulativo, “vive en una eterna primavera”. Leemos a los clásicos porque “son obras que han encerrado una verdad que soporta el paso del tiempo”.

Gabilondo, que se inclina hacia la metafísica casi sin darse cuenta, lamenta que, a diferencia de los de Platón, los diálogos de Aristóteles, el autor sobre el que él ha escrito, se hayan perdido y su pensamiento nos haya llegado solo a través de las notas con las que preparaba sus cursos. Pero siempre “hay una intervención del oyente en la redacción del texto”, indica. “No es que hagamos una conversación sobre el pensamiento, sino que el propio pensamiento es una conversación”, reflexiona sobre el diálogo como género, que no significa, advierte, hablar dos, sino que “el logos está atravesado por su propio decir”.

Evaluado el valor del diálogo para transmitir el “pensamiento abierto” de los clásicos y hacerlos “nuestros contemporáneos”, ambos coinciden en que Platón no era casi nunca platónico ni, muchas veces, Aristóteles aristotélico.

Tanto el uno como el otro anteponían la oralidad a la escritura como forma de conocimiento, explican. Lo importante para Platón y para Aristóteles, que fue su discípulo durante veinte años, era convivir, conversar, y el diálogo escrito no es sino una imitación de esas charlas que se dan en la realidad. “La filosofía no es estar razonando en tu alcoba a solas”, argumenta Gomá, sino que es el fruto de estar con la gente hasta que “de repente” se produce el “centelleo”, la iluminación del conocimiento al que se refiere Gabilondo.

“El peligro es entender lo escrito como algo cerrado, clausurado y entregado dogmáticamente, y por ello la acción de leer libera el pensamiento para abrirlo a otras posibilidades”, sostiene el Defensor del Pueblo, ¿o de la Polis?, para quien un libro no existe, a la manera cuántica, si no se abre: “El lector es el último autor”, defiende.

De hecho, abunda el director de la Fundación Juan March, en cuya sede se desarrolla el diálogo, hasta el siglo XVIII leer era un acto colectivo en sí mismo. Se leía en voz alta. El individuo como tal, prosigue Gomá, no era algo que preocupara ni a Platón ni a Aristóteles, y por ahí es por donde se cuela la gran cesura entre antiguos y modernos, sobre todo a partir de la noción de la dignidad humana.

“Es muy importante no tener nostalgia de Grecia. Probablemente los griegos de verdad somos nosotros”, tercia Gabilondo, con la esclavitud y la falta de derechos de las mujeres y los no ciudadanos en mente, por más que Aristóteles bautizara como “animal político” al que es capaz, a diferencia de las bestias, de comunicarse, circunstancia que le causaba sorpresa: “Somos una especie rarísima, seres de palabra que compartimos con otros un cierto carácter moral gracias al lenguaje”, añade.

“A partir del siglo XIX, el individuo se emancipa del todo cósmico anterior y se descubre semejante a un ángel”, recuerda Gomá, para quien el romanticismo alumbra a un nuevo hombre: mientras que en la polis, o en la actual China, el interés particular se pliega al general, la dignidad moderna invierte los términos: “En Occidente hemos admitido que cada ciudadano es un contrapoder. Por eso la democracia es una fragilidad invencible, porque el respeto a la noción de persona, que no concebían Aristóteles ni Platón, saber que ningún ser humano es superior a otro, que todos son, entre comillas, sagrados, impera sobre el colectivismo”.

Sin embargo, a los filósofos griegos la idea del genio les era ajena, y eso, que tenía su parte buena, como que Platón y Aristóteles pudieran pasar veinte años juntos como maestro y discípulo sin pelearse, algo impensable hoy en día, bromean Gabilondo y Gomá, los hizo sobrevalorar la capacidad de construir sociedades perfectas.

Más en el caso de Platón, que en La República , no tanto en Las leyes , que escribió más tarde, ya con ochenta años, y supuso una especie de autoenmienda, plantea lo que Gomá define como “totalitarismo del bien”. Ese dualismo estricto y puritano del Platón más platónico, que contrasta con el carácter juguetón y hasta “lujurioso” de la mayoría de sus diálogos, lo corrige luego Aristóteles en su Política , donde advierte que la polis, el Estado, no puede ordenarse por la razón absoluta como las matemáticas o la física, porque no pertenece al orden de lo necesario, como la caída de una piedra, sino que tiene un carácter contingente, porque “lo humano está trenzado con la casualidad, con la fortuna, con la libertad”.

Y prosigue: “Al principio de la Ética , casi de pasada y de esa forma antienfática tan suya, Aristóteles tuvo la intuición absolutamente deslumbrante, que hizo época, de decir que ética y política son lo mismo, que la una es continuación de la otra”.

Si la República de Platón, como sugirió de forma “algo tosca” Karl Popper, según Gomá, es una utopía contraria a la democracia liberal, Aristóteles es menos ambicioso y, como dice Gabilondo, considera que la política ha de ser considerada “un saber de la prudencia, de la sabiduría y de la inteligencia práctica”. Es decir, se muestra más realista que su maestro.

Es comprensible, porque Platón creaba casi del vacío, mientras que Aristóteles lo tenía a él por encima. Además, la república ideal, así como la preponderancia de Atenas, se empezó a cuestionar con el auge de Alejandro Magno, que sustituyó las viejas polis por los nuevos Estados macedonios.

Sea como fuere, los dos coincidían en su rechazo visceral del sofismo, el desprecio de la verdad en aras del poder: “La tarea que nos enseña este único texto que forman La Repúbli ca y la Política es la íntima relación de la política con un decir que haga lo que dice y con personas que digan y hagan lo que dicen y lo que son”, señala Gabilondo, que no en vano fue ministro de Educación. Y en este sentido, “es muy importante vincular la política con la felicidad”, apunta, aun consciente de que si alguien defendiera algo así desde el atril del Parlamento “le dirán que deje de beber”.

En resumen, las enseñanzas políticas de los clásicos se cifran en buscar el “régimen de la medianía” en sentido positivo, el de moderación, ponderación y justicia, sin caer en “la trampa de las grandes ideas, los grandes bienes, las grandes bellezas como objetivo de la vida”, continúa el filósofo donostiarra, para quien la política “aparece como una posibilidad de generar espacios de convivencia, concordia, mesura y vida sencilla”. Algunos dirán “mediocre”, asume Gabilondo, pero le da lo mismo. ¿Y cómo se consigue? Siendo buenos y cultivando la amistad, con voluntad de aprender y saber. “La educación es el camino, y como me ha quedado muy sentencioso seguro que no es así”, duda y bromea a la vez. Julio Antonio Hurtado Diaz es Licenciado en Filología y Periodismo y posgraduado en Crítica Literaria. La Vanguardia, 14 de junio de 2026.






















EGUN ON. AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN. GAUR, ASTEARTEA, 2026KO EKAINAREN 16A, EUSKARAZ

 





Kaixo, egun on berriro guztioi, eta astearte zoriontsua. Lau egun gehiago, eta udan gaude… Gaurko argitalpenetara goaz. Lehenengoa, eguneko gaia, Julio Antonio Hurtado filologoarena da, "Gu greziarrok" izenburupean, eta Ángel Gabilondo eta Javier Gomá filosofoekin egindako elkarrizketa liluragarria da. Bigarrena, Helena González Vaquerizoren "Loto-jaleak" izeneko poema bat da. Blogaren artxiboan, hirugarren argitalpena, "Haserre" izenburua du, Harendtek idatzia da eta 2016ko ekainekoa da. Laugarrena, eguneko umorezko marrazki biziduna da. Bosgarrena, afalosteko kafea, Elvira Lindo idazlearena da eta "Lehoi urratua" izenburua du. Seigarren argitalpena, arratsalde amaierarakoa, beste idazle batek idatzia da, Lidia Jorge portugaldarrarena, eta "Genesia" izenburua du. Zazpigarren eta azken mezua blogaren egilearen eguneroko agurra da, gaur ere euskeraz, nire sorterriko hizkuntzan, amaitzear dagoen astearte honetarako egokia zena. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Egun ona izan. Espero dut gaurko blog sarrerak interesgarriak izatea. Eta bihar ikusiko zaituztet berriro, Fortuna jainkosak uzten badit. Musuak. Maite zaituztet. HArendt
















ENTRADA NÚM. 10805

lunes, 15 de junio de 2026

PERSONAL: MI PROYECTO DE LECTURAS PARA EL AÑO EN CURSO. RECTIFICACIONES. POR HARENDT. 15 DE JUNIO DE 2026

 





PLAN DE LECTURAS. INVIERNO 2025-OTOÑO 2026

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INVIERNO, 2025/2026

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LA FUGITIVA (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VI), de Marcel Proust (leída).

HANNAH ARENDT, UNA BIOGRAFÍA INTELECTUAL, de Thomas Meyer (leída).

IDENTIDAD Y AMISTAD, de Emilio Lledó (leída).

EL TIEMPO RECOBRADO (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VII), de Marcel Proust (leída). 

APOLOGÍA DE SÓCRATES, de Platón (leída).

WALDEN, de Henry David Thoreau (leída).

LOS GRANDES CEMENTERIOS BAJO LA LUNA, de George Bernanos (leída).

EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald (leída).

LA MARAVILLOSA HISTORIA DEL ESPAÑOL, de Francisco Moreno (leída).

FEDÓN, de Platón (leída).

SONETOS DE AMOR, de William Shakespeare (leída). 

ANA NO, DE Agustín Gómez Arcos (leída).

CAMINAR, de Henry David Thoreau (leída).

(Trece lecturas completadas).

     

PRIMAVERA, 2026

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LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO, de Byung-Chul Han (leída).

ENEIDA, de Virgilio (leída).

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO, de Pablo D’Ors (leída).

TRISTRAM SHANDI, de Laurence Sterne (leída).

CRÓNICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la Real Academia Española (leída).

COMERÁS FLORES, de Lucía Solla (leída).

SAN MIGUEL, BUENO Y MÁRTIR, de Miguel de Unamuno (leída).

EL ARTE DE TENER RAZÓN, DE ARTHUR SCHOPENHAUER (leída).

SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky (leída).

ANTOLOGÍA GENERAL, de Pablo Neruda (leída).

EL PERIÓDICO DE LA DEMOCRACIA, de Javier Cercas (leída).

CÓMO EL MUNDO CREÓ OCCIDENTE, de Josephine Quinn (leída).

ANTOLOGÍA EN VERSO Y PROSA, de Gabriela Mistral (leyendo ahora).

POEMA DE GILGAMESH, Anónimo (leyendo ahora).

LENGUA MADRE, de Laura Spinney (leyendo ahora).

MARTÍ EN SU UNIVERSO, de José Martí (pendiente de lectura).

(Doce lecturas completadas, tres leyendo ahora, simultáneamente, y una pendiente).


VERANO, 2026

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ORIGEN Y META DE LA HISTORIA, de Karl Jaspers (pendiente de lectura).

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE - 2 TOMOS, de Oswald Spengler (pendiente de lectura).

ARTE SONORA, de Auserón (pendiente de lectura).

UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de Jürgen Habermas (pendiente de lectura).

HISTORIA ALTERNATIVA DE LA FELICIDAD, de Juan Antonio González Iglesias (pendiente de lectura).

POLÍTICA Y FICCIÓN, de Jorge Lagos y Pablo Bustinday (pendiente de lectura).

ESCRITOS 6, de Soren Kierkegaard (pendiente de lectura).

¿TIENE FUTURO LA VERDAD? de Georg Steiner (pendiente de lectura).

UN CABALLERO EN MOSCÚ, de Amor Towles (pendiente de lectura).

MANIFIESTO POR UNA DEMOCRACIA RADICAL, de Jordi Sevilla (pendiente de lectura).

GALDÓS, Yolanda Arencibia (pendiente de lectura).

CONTRA EL ESTADO, de James C. Scott (pendiente de lectura).

MOMO, de Michael Ende (pendiente de lectura).

LA MEMORIA RECUPERADA, de Antonio Iglesias (pendiente de lectura).

(Quince lecturas pendientes).


OTOÑO, 2026

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ERASMO Y ESPAÑA, de Marcel Bataillon (pendiente de releer).

ULISES, de James Joycee (pendiente de releer).

ENSAYOS, de Michael de Montaigne (pendiente de releer).

OBRAS COMPLETAS, de Esquilo, Sófocles y Eurípides (pendiente de releer).

IBIS, de Vargas Vila (pendiente de releer).

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche (pendiente de releer).

¿QUÉ ES LA POLÍTICA?, de Hannah Arendt (pendiente de releer).

LA REPÚBLICA, de Platón (pendiente de releer).

ANTOLOGÍA GENERAl, de Pablo Neruda. (Pendiente de releer).

DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes. (Pendiente de releer).

(Diez relecturas pendientes).

TOTAL DE LECTURAS PROGRAMADAS EN EL AÑO: 54.