Propongo aquí un paseo por el mito envenenado del salvaje Oeste: un entorno ficticio. El sueño de la frontera, el sueño de la pureza, el sueño de la libertad, el sueño de lo salvaje. Todavía respiramos. Todavía caminamos. A la hora que queremos. Encendemos un fuego y contemplamos las estrellas. Somos libres.
El estado de Montana, en EE.UU., es un territorio ensimismado y fascinante donde confluyen las corrientes subterráneas de las sociedades contemporáneas. Olas gigantescas de magma que emergen al fin entrechocando sus espumas furiosas entre los bosques de abedules y roble americano, entre los pinos y los abetos Douglas que, un poco más arriba, cubren las laderas espesando los senderos de las Rocosas, la espina dorsal de la América occidental, desde Canadá hasta Nuevo México. El viejo y lejano salvaje Oeste. Como decía Thoreau: «En la naturaleza salvaje está la preservación del mundo… Todas las cosas buenas son libres y salvajes».
Alojamientos de diseño para amos del universo venidos de California o Texas frente a cabañas aisladas sin agua corriente; helipuertos y pickups destartaladas; terratenientes autóctonos, como el patriarca de la serie de Netflix Yellowstone, frente a magnates de las tecnológicas; negacionismo versus cambio climático; anarquistas o libertarios; ecologismo radical frente a ambientalismo ñoño; trascendentalismo contra nihilismo autodestructivo; leyes anticaza, antitala, antipesca y antivertidos frente a tramperos 2.0; luditas o tecnoutopistas; libertad o domesticación; lo natural frente a lo artificial; historiadores de la ciencia versus futurólogos… Todo eso es Montana. El mito del paraíso y la naturaleza de lo humano. ¿Dónde estás, libertad?
«De todas las cosas que viven y crecen en esta tierra, la hierba es la más importante1», escribió Donald Culross Peattie. Las praderas de Montana ocupan la extensión de Inglaterra. Los pastizales orientales, más áridos, son herbazales montunos y tenaces; en el centro y norte del estado, el forraje crece más alto y nutritivo. En las grandes praderas la vida comenzaba con la oscilación silenciosa de la azulada hierba bluebunch meciéndose como un mar antiguo bajo el peso del cielo. Por ellas transitaba el bisonte, señor de un reino sin barreras, cuya pisada no destruía, sino que sembraba: al hendir la tierra, hacía caer la semilla que aseguraba la siguiente estación. El viento tejía sus voces entre los tallos y la densa melena de los animales; susurros que atestiguaban que, en la pradera, nada era estático, todo se movía y se renovaba, todo dependía de ese equilibrio invisible entre raíz, carne y aire.
Frente a la inmensidad de la hierba ondulante que domina el este, en el oeste y noroeste del estado se abren amplios valles intermontanos, pastizales y paisajes de transición. Las cumbres de Montana, desde lejos, aparecen como montículos azules en el borde del mundo. En el norte, en las montañas de Glacier —las Lewis y las Livingston—las paredes de roca afiladas por el frío se elevan casi verticales, grises y verdosas, surcadas por vetas de nieve que nunca se van del todo. Caminar por allí es moverse dentro de un mundo sin concesiones. Al noroeste, la cordillera Bitterroot, y las montañas Cabinet y Mission, se tornan más amables sin llegar a ser dóciles. Los bosques se espesan, el verde se oscurece, y el olor a resina y piedra mojada acompaña cada paso. En Montana central, las cordilleras Big Belt y Little Belt emergen solitarias, rodeadas de espacio abierto, como grumos de sangre solidificados que hubieran quedado atrás durante el parto de los titanes. Al sur, se yerguen las montañas Crazy, la cordillera Absaroka —una de las puertas al Parque Nacional de Yellowstone— y las montañas Beartooth. En sus aledaños, el paisaje se hace elemental. Sus mesetas altas, barridas por el viento, parecen más cercanas al cielo que a la tierra. Pero en todas ellas —norte, oeste, centro o sur— hay una constante: la sensación de estar dentro de algo que no te necesita.
En mayo de 1984, el Comité de Humanidades de Montana reunió en Helena a académicos, escritores y ciudadanos interesados de todo el estado para un encuentro cultural con el fin de planificar el aniversario del Centenario del Estado en 1989 titulado de manera irreverente «Mitos de Montana: historias sagradas, vacas sagradas». La tarea resultó ser mucho más ingente de lo previsto, y uno de sus frutos fue un libro titulado The Last Best Place: A Montana Anthology (El último mejor lugar, una antología de Montana) publicado en 1988. Me he tomado la libertad de suprimir la palabra mejor al apropiarme de este magnífico rubro. Creo que en castellano no añade el matiz absoluto que «best» tiene en inglés. Pero, además, creo que Montana funge de último, sin más. Montana, como «último inmejorable lugar» —asilo material y refugio para la memoria— simboliza magníficamente el mito fundacional de la identidad norteamericana donde arraiga el imaginario de la frontera como espacio de libertad, riesgo y reinvención. El individuo se define a sí mismo sin la tutela del Estado. Allí, valores como la autosuficiencia, la propiedad de la tierra, la libertad, la violencia entendida como defensa, la desconfianza hacia la autoridad y la convicción de que el carácter norteamericano se forja en el conflicto con un territorio hostil representan hoy algo mucho más perturbador: la idea de «último lugar» en el sentido de terminal, de consumado. Ni siquiera a Montana se puede escapar ya, ni física ni metafóricamente.
Existe un programa de televisión —en uno de esos canales a los que solo se llega por desesperación— que se llama «Bajo cero». Muestra la vida de individuos fringe, marginales que han huido de la apisonadora que es la vida normalizada. Varios de ellos habitan en cabañas de Alaska, Canadá o las Rocosas viviendo de la caza y la pesca. Son dueños y señores de sus días. Montana es uno de los lugares fetiche de esa emisión que miles de televidentes contemplan fascinados, envidiosos, desde sus sofás en cualquier parte del mundo: hay personas que no son esclavas, ni fofas, que son capaces de construir una canoa o pasar una noche a treinta bajo cero. Desde hace tres décadas largas, Montana se ha convertido en refugio de escritores, naturalistas, guardabosques, marginales, profesores, biólogos o periodistas. Es o ha sido hogar y fuente de inspiración para grandes escritores clásicos y contemporáneos. Basten un par de ejemplos, como El río de la vida de N. MacLean; Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie; o Leyendas de pasión, de Jim Harrison. A las suyas pueden sumarse voces contemporáneas como las de Richard Ford, Rick Bass e Ivan Doig, Pete Fromm, James Welch, Amy Leach, William Kittredge o David Quammen.
Escriben todos en el borde entre lo salvaje y lo domesticado, entre la libertad absoluta y la ley, entre una forma de vida originaria y su desaparición. En unos, Montana no es todavía el lugar del repliegue moderno, sino el escenario donde la libertad y la violencia del mundo indómito se manifiestan de modo puro y transparente. La pérdida de lo salvaje está teniendo lugar, pero la esperanza de que perdure sigue actuando como impulso vital incluso cuando ya no puede sostener una vida satisfactoria o coherente. En otros, la desaparición de lo primitivo, lo intocado, lo feroz ya ha ocurrido, y el escenario simbólico es un espacio de retirada, de margen, de examen interior que expone a los individuos a sus grietas morales.
«Levántate, mata y come: Hechos 10:13», se puede leer en la página web de la empresa de caza Anchor Outfitting propiedad de Chuck Rein, un personaje muy activo en sectores clave como la caza, el turismo de naturaleza, la gestión del territorio y la representación institucional del mundo rural, a quien se podría calificar como prototipo de la Montana pudiente tradicional. Junto al caciquismo tradicional, surgen hoy lemas como private powder (nieve privada), divisa acuñada por el Club Yellowstone. Fundado en 1997 en la montaña Big Sky, esta comunidad privada constituye uno de los ejemplos más elocuentes de la reconfiguración socioeconómica reciente de Montana. Con una membresía aproximada de 900 personas y descrito en los medios como el enclave con la mayor concentración de multimillonarios fuera de Nueva York, el club vertebra un espacio de acceso restringido donde confluyen capital financiero, influencia política y consumo exclusivo. Concebido por el promotor Tim Blixseth como un refugio para élites —desde ejecutivos de Wall Street y empresarios de Silicon Valley hasta figuras del entretenimiento—, dispone de montaña de esquí privada, infraestructuras propias —incluido un cuerpo de bomberos—, vigilancia permanente o restaurantes con estrellas Michelin.
Como sucede en otras partes del planeta, Montana está siendo comprada a bocados de miles de hectáreas para hacer inmensos ranchos inaccesibles; incluso zonas forestales públicas que se rigen por la ley federal y están bajo la tutela del Servicio Forestal de los Estados Unidos ven cerrados sus accesos o miles de sus acres usurpados con malas artes. En las montañas Crazy, además de las negociaciones para privatizar grandes extensiones de tierras públicas, existe un capítulo particularmente delicado relacionado con los Apsáalooke, Crow y Shoshone: muchos de los lugares ahora controlados por propietarios privados incluyen sitios sagrados de estos pueblos.
En una carta a Peter Collison, Benjamin Franklin, más conocido por ser el inventor del pararrayos que por ser uno de los padres fundadores de los EE.UU., decía lo siguiente: «La propensión de la naturaleza humana a una vida cómoda, libre de preocupaciones y trabajo, se manifiesta claramente en el escaso éxito que han tenido hasta ahora todos los intentos de civilizar a los indios americanos. […] Nunca han mostrado ninguna inclinación a cambiar su modo de vida por el nuestro, ni a aprender ninguna de nuestras artes. Cuando un niño indio ha sido criado entre nosotros, se le ha enseñado nuestro idioma y se le ha acostumbrado a nuestras costumbres, si va a ver a sus familiares y hace una excursión india con ellos, no hay forma de convencerlo de que regrese2» ¿Dónde quedan hoy las palabras del bueno de Franklin? Desde que fabricamos el primer fuego, desde que biselamos el primer sílex para hacer la primera hacha, somos seres tecnológicos. Más aún: ¿no somos acaso artificiales por naturaleza? El escenario de Montana sirve para pensar de un modo muy real en cuestiones centrales que se dirimen hoy en la filosofía, en la política, en la ciencia: la idea de progreso, la utopía tecnológica, la idea de naturaleza, la idea de lo artificial, la del determinismo evolutivo, la idea de propiedad, la de legalidad, el ludismo…
Un siglo después de Franklin, Ralph Waldo Emerson, otro padre, esta vez de la filosofía americana, formulada en tono a la intuición, la naturaleza y el individuo, que cristalizó en el trascendentalismo, influiría decisivamente en dos corrientes opuestas del ADN estadounidense: el pragmatismo y el individualismo libertario o romanticismo individualista. Son los hijos de esta última los que aquí nos interesan: Thoreau, Muir, Whitman, Fuller o Carson creían que en la naturaleza indómita se encuentra una forma de verdad moral y de libertad interior que la sociedad organizada tiende a sofocar. Hijos que, a su vez, son padres del ambientalismo, del conservacionismo, del movimiento verde, del ecologismo clásico; y, hasta cierto punto, del neoecologismo, de la ecología profunda, del biocentrismo, del antiespecismo, del decrecentismo, del ludismo, el neoludismo o el primitivismo… En 1971, dos años después de abandonar su puesto de profesor de análisis matemático complejo en la universidad de Berkeley, Ted Kaczynski, conocido como el Unabomber, se mudó a una cabaña en el área de Lincoln, Montana. ¿Por qué elegiría Montana? Hablemos ahora de ludoterrorismo.
Prisión de máxima seguridad ADX, Florence, Colorado. La Alcatraz de las Rocosas. Theodore Kaczynski pasó allí veinte años en cumplimiento de las ocho cadenas perpetuas a las que fue condenado. Los reclusos eran escoltados a jaulas individuales de malla metálica —de unos 3,6 por 5,5 metros, según estimó Kaczynski— donde podían hablar entre ellos bajo la vigilancia de los guardias. Según recogió la periodista Holly Bailey en 2016, Kaczynski afirmaba en una carta que los presos de su bloque de celdas «son fáciles de tratar». Elogió especialmente a Ramzi Yousef y Timothy McVeigh3, a quienes describió en otra carta como «muy inteligentes, amables y considerados con los demás». «En realidad —le dijo Kaczynski a otro amigo por correspondencia—, las personas que conozco en este bloque de celdas son más agradables que la mayoría de las personas que he conocido fuera».
Harina, azúcar, sal, cerillas, herramientas básicas, clavos, alambre, pequeños materiales, queroseno para la estufa, pilas, papel, cuadernos, sobres… formaban parte de la lista de compras que Ted hacía muy de tanto en tanto, cuando bajaba a la oficina de correos de Lincoln, a unos ocho kilómetros de su cabaña. Escondida en los bosques de Stemple Pass, Montana, se trataba de un refugio mínimo y lóbrego de madera, sin electricidad ni agua corriente, no mucho mayor que su celda de Florence. Allí se trasladó en 1971, dos años después de dejar su puesto de profesor de cálculo en la universidad de Berkeley. Ted se había graduado muy joven por Harvard en matemáticas con un rendimiento académico brillante. Según numerosas biografías, su cociente intelectual era de 167.
Kaczynski fue bautizado como el «Unabomber» por el FBI a partir del acrónimo UNABOM (University and Airline Bomber). Detrás de esa etiqueta —casi burocrática— se ocultaba una de las persecuciones más largas y humillantes de la historia reciente de Estados Unidos. Durante dieciocho años, las autoridades dieron palos de ciego, incapaces de poner nombre al responsable de enviar dieciséis bombas por correo con precisión obsesiva. Su campaña tuvo como resultado tres muertos y veintitrés heridos. Hasta 1995 no se vislumbraron sus motivaciones. Ese año, Ted Kaczynski hizo llegar a varios medios un extenso manifiesto —La sociedad industrial y su futuro— y exigió su publicación íntegra en un gran periódico, bajo amenaza de continuar con los atentados si se le negaba esa tribuna. La prensa y las autoridades dudaron, atrapadas entre el dilema moral y la necesidad de encontrarle, pero finalmente el texto se publicó en un suplemento especial. Fue aquella revelación, su ideología puesta por escrito, lo que acabó convirtiéndose en la pista decisiva para localizarle.
Este manifiesto, junto a otros escritos —en su mayoría posteriores a su detención en 1996—, conforma Desde un bosque lejano (Errata naturae, 2025). Se trata de una edición que no se limita a reproducir el texto fundacional del Unabomber; lo sitúa y lo contextualiza mediante ensayos que completan su impugnación de la sociedad tecnológica. El conjunto funciona casi como una cartografía ideológica: un mapa de obsesiones, argumentos y derivaciones que permite seguir la lógica interna de su pensamiento más allá del crimen. Terrorista doméstico, ludoterrorista, extremista antitecnológico, lobo solitario… A Kaczynski se le ha calificado de todos estos modos. También se ha dicho que su manifiesto no contiene ninguna idea original, que es reiterativo y naíf. Entonces, ¿por qué su publicación?, ¿por qué esta recensión?
Se puede alegar que este texto anticipó debates que hoy son de una actualidad inquietante: básicamente Kaczynski veía la sociedad industrial y tecnológica como una maquinaria inevitablemente opresora. En su manifiesto sostiene que el progreso tecnológico no es neutral, sino que impele a una forma de organización social cada vez más desmesurada, compleja y controladora, que reduce la autonomía individual y convierte la vida en un sistema de gestión regido por normas, vigilancia, dependencia y sustitución de lo natural por lo artificial en un proceso inevitable. Resuenan en él las ideas de R. W. Emerson, H. D. Thoreau, J. Ellul, D. Morris o M. Seligman. En la disolución de lo salvaje, se disuelve el mismo concepto de lo humano.
Al margen de esta idea central, destacaría algunos pasajes como particularmente premonitorios. Concretamente, cuando describe con desdén la «debilidad» de ciertas sensibilidades de izquierdas y la proliferación de «actividades sustitutivas», trazando una psicología del resentimiento que por momentos roza el territorio conceptual de Nietzsche. La modernidad industrial produce sujetos con escasa autonomía real, poco control sobre su vida cotidiana en una existencia hiperregulada, especializada y dependiente que provoca una frustración crónica. Eso genera lo que él llama sentimientos de inferioridad o impotencia, a partir de los cuales, aparecen mecanismos compensatorios. En algunas formas de compromiso político, como las izquierdas identitarias o los movimientos ecologistas, más que una voluntad transformadora, ve un síntoma de impotencia que desplaza sus escasas energías hacia ademanes morales, causas y discursos cuya función íntima no es cambiar el mundo, sino administrar una herida. Nietzsche, al hablar de la moral del esclavo, identifica un mecanismo similar: la inversión de valores por parte de quien no puede ejercer su voluntad, de modo que convierte su propia carencia en virtud —la sumisión como bondad, la debilidad como superioridad ética, el miedo como justicia—. En ambos casos, la moral aparece como estrategia donde la virtud funciona como sublimación de la incapacidad de actuar.
Entre los abetos Douglas y los cursos de agua cristalina, entre los valles y las cumbres nevadas de Montana, se larva la actividad sísmica, se agita un magma de cuestiones y preocupaciones dispares: el cambio climático y la contaminación; la automatización, el desempleo y la desigualdad; la privatización del entorno; la alienación y la desintegración de la comunidad; los macropoderes tecnológicos; la vigilancia masiva y el control social; y las preocupaciones morales sobre la biotecnología. Una amalgama que hace de la oposición a la tecnología algo ideológicamente poderoso. ¿Será la violencia antitecnológica el terrorismo del futuro? Tal vez estas palabras de Kaczynski sean más elocuentes:
«El lugar que más me gustaba era el mayor vestigio de esta meseta, que se remonta a la Era Terciaria. El terreno es suavemente ondulado, no plano, y al llegar al borde te encuentras con esos desfiladeros que terminan de golpe en precipicios como acantilados; incluso había una cascada. […]
Aquel verano había demasiada gente cerca de mi cabaña y decidí que necesitaba un poco de tranquilidad. Fui hasta la meseta y, cuando llegué, vi que habían construido una carretera justo en medio. […] No puedes imaginar la desolación que sentí. Desde ese momento decidí que, en lugar de prepararme mejor para sobrevivir en la naturaleza, haría todo lo posible por responder al sistema. Venganza4».
Un complemento, o quizá una secuela, sugerente a Desde un bosque lejano, es Against the Machine (Contra la máquina), un recopilatorio de ensayos publicado también en el otoño de 2025, aunque todavía sin traducir al español. Su autor, Paul Kingsnorth —novelista, poeta y ensayista formado en historia moderna en Oxford— abandonó gradualmente el activismo medioambiental mainstream —por puro desencanto moral— para llegar a una especie de neotrascendentalismo radical no violento. Contrario al tecnosolucionismo y crítico acérrimo del mito del progreso, es cofundador del Dark Mountain Project, un proyecto cultural sobre colapso ecológico y narrativas del fin de la civilización. El manifiesto de Dark Mountain, Descivilización, sostiene que la civilización industrial está fracasando y que no se arreglará con sostenibilidad, activismo convencional ni más tecnología. Afirma que el problema es mucho más profundo y por eso propone dejar de fingir que el sistema puede salvarse, asumir el colapso como horizonte posible y empezar a construir una nueva cultura desde las ruinas.
«El futuro es STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics) y chatbots, y parquímetros sin efectivo, y crecimiento económico, y minería de asteroides por los siglos de los siglos. No hay manera de discutirlo. Puedes sentir los grandes cráteres que esto abre en el mundo; puedes sentir lo que está siendo asfaltado, ordenado y racionalizado hasta desaparecer, y la profundidad de lo que se va; pero no puedes explicarlo ni justificarlo en los términos que ahora son los términos con los que vivimos. Solo sabes que algo está mal. Todo el mundo te dice que sientes esto porque estás infectado por algo llamado “nostalgia”, o porque te contagiaste de una dosis de “ludismo” o “romanticismo” en una fiesta o en la sala de espera de un médico. Básicamente, hay algo que no va bien en ti. No entiendes el Progreso, que siempre y en todas partes es Algo Bueno», reza la introducción de Kingsnorth.
En Contra la máquina, Paul Kingsnorth parte del mito bíblico de la expulsión del Jardín del Edén como el primer relato de una humanidad que rompe su pertenencia al mundo. Desde entonces —sugiere— vivimos como exiliados, buscamos sustituir el paraíso perdido con una promesa fabricada, un «Edén» artificial erigido con y sobre la tecnología. Ese Edén moderno tiene nombre: la Máquina. Pero no se trata simplemente de la tecnología, sino de una mentalidad total, de un sistema. Aquí es donde enlaza con Kaczynski. En un texto que escribió en 2012, Ecología oscura5, Kingsnorth contaba que releyendo las obras completas de Kaczynski le resultaba francamente difícil encontrar contraargumentos y que eso le preocupaba.
El Sistema-Máquina tiene sus sacerdotes y funciona como una teología: un dogma que diluye lo mistérico, lo irracional, todo aquello que en lo humano no podemos explicar. A este respecto, Kingsnorth se muestra deliberadamente provocador y, a lo largo de estos ensayos, trae a colación distintos ejemplos. Uno de ellos es Richard Dawkins, icono cultural del imaginario contemporáneo, emblema de la confianza ciega en el discurso científico cuando este se vuelve reduccionista y autosuficiente, satisfecho de haber expulsado lo irreductible del mundo. Dawkins funge aquí menos como adversario intelectual que como símbolo. Encarna al santo laico de una época que cree que solo es real lo que puede cuantificarse, medirse y explicarse, y, en consecuencia, parece inevitable que el ser humano acabe por convertirse un mecanismo optimizable.
Kingsnorth extiende esa crítica a otros territorios de la cultura contemporánea y carga, por ejemplo, contra la influencia de Judith Butler, a quien presenta como síntoma de una época que entiende la identidad como una construcción ilimitada y esparce sus sospechas sobre todo aquello que le huela a naturaleza (physis) o límite. En ese marco, el cuerpo deja de ser un hecho irreductible, una restricción insoslayable, y pasa a concebirse como un mero soporte reprogramable, material a disposición. El transhumanismo aparece entonces como el paso siguiente: la ambición de rediseñar lo humano mediante técnica. Lo que él denuncia no es solo un error filosófico, sino un cambio de cosmovisión que es la sustitución de lo humano como misterio por lo humano como proyecto. La Máquina ya no se limita a transformar el mundo, aspira a fabricar un nuevo Edén a costa de abolir al ser humano.
Puede decirse que estos ensayos son tan sugerentes como enojosos. A su fuerza literaria y su energía, se opone un cierto tono de sermón laico. Su perspicacia crítica y su talento para hurgar en la herida, se ve empañada por el envés de una emocionalidad poco argumentativa. Despierta, en cualquier caso, a esos monstruos de mil nombres que no tenemos muchas ganas de ver. Contra el automatismo de pensar que todo avance tecnológico es por sí mismo bueno, ¿es quizá inevitable que el antimodernismo reaccionario, el tecnoescepticismo radical, el nihilismo y la fobia violenta se conviertan en las formas de oposición al hechizo de la máquina?
Reseña de los libros The Last Best Place: A Montana Anthology, de William Kittredge, Helena, Montana Historical Society Press, 1988; Desde un bosque lejano, de Theodore Kaczynski, Madrid, Errata naturae, 2025; Against the Machine: on the Unmaking of Humanity, de Paul Kingnorth, Nueva York, Penguin Random House, 2025. NATALIA PÉREZ-GALDÓS es escritora, traductora y fotógrafa. Publicado en Revista de Libros el 20 de marzo de 2026.


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