viernes, 11 de septiembre de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. YO CONTROLO, POR ANA IRIS SIMÓN. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






Esta semana, Meta, el gigante que engloba Facebook, Instagram o WhatsApp, ha sentado un precedente: pagará hasta 18.000 millones de dólares a las arcas americanas para evitar ser juzgada por los daños que sus productos habrían generado a millones de adolescentes. Los fiscales alegaban que Meta conocía que sus aplicaciones tenían riesgo de generar adicción e incrementaban el de padecer ansiedad, depresión o ideación suicida entre los menores. Y no hicieron nada.

Así que la empresa ha decidido apoquinar 18.000 millones para evitar una posible condena, además de implementar una serie de mecanismos para que los niños no desarrollen adicción a sus aplicaciones. Uno de ellos, un límite de uso de dos horas diarias que se podrá ampliar si los padres dan un permiso. Y lo darán, porque la conciencia respecto al perjuicio que generan las redes sociales e Internet es casi nula.

Hace unas semanas, en una sobremesa, un amigo contaba que su primer cigarro se lo dio su abuelastro en la comunión, y que nadie le echó cuenta. Que alguno se escandalizó un poco, pero que en el fondo a todos les hizo gracia ver al crío con un Ducados en la boca. Hace unos años, mi abuela me contaba que hubo un tiempo no tan lejano en el que los resfriados de los niños no se curaban con Apiretal sino con un preparado de vino y azúcar, o con chupitos de brandi si había. En unas décadas, seguramente veamos con los mismos ojos con los que hoy miramos esos fenómenos a los bebés que van con un teléfono en el carrito, o a los que en la comunión no se les pone un cigarro en la boca pero sí un teléfono en las manos, o a unas comunidades autónomas que ya han condenado a varias generaciones a estudiar con dispositivos electrónicos.

Porque la relación entre el uso problemático de internet y las redes sociales y algunos problemas de salud mental ya está ampliamente documentada. Y con litigios como el de Meta queda patente lo que es una evidencia para cualquier usuario de sus productos: que es complicadísimo no hacer un uso problemático de ellos. Porque su negocio depende de conseguir que nadie —ya sean chicos o grandes— quiera dejar de mirar la pantalla.

Pero seguimos normalizando usar el móvil dos, cuatro, seis, ocho horas al día. No somos conscientes de la gravedad de no poder dejarlo en casa unas horas, o unos días, o incluso de renunciar a él, esa locura. Ya no es que pasemos demasiadas horas delante de una pantalla, sino que tenemos serias dificultades para dejar de hacerlo. Si Instagram, Facebook o WhatsApp son una droga para los críos, como se ha reconocido esta semana, ¿qué somos nosotros? No podemos empezar a tratar el abuso de internet y las redes por parte de los niños como un problema de salud pública mientras concebimos el de los adultos como una peculiaridad de la vida moderna.

Entre aquellos años en los que a un crío se le daba una calada de un puro en una boda o sus padres fumaban con él en los bares, y los días en los que miramos aquello con escándalo ha habido campañas informativas, decisiones políticas y una inversión pública que ha generado conciencia social. El Estado entendió que no bastaba con decirle a un crío que no fumara o a sus padres que no lo ahumaran: reguló el tabaco, como el alcohol. Quizá sea el momento de entender que con la economía de la atención, con los productos de las grandes tecnológicas, ocurre algo parecido. Mientras tanto, al leer sobre los perjuicios de las redes y la adicción a internet, seguiremos pensando que nosotros controlamos. Todos controlamos. Yo controlo, tú controlas. ¿Qué otra cosa diría un adicto? Ana Iris Simón es escritora. El País, 29 de agosto de 2026.


























No hay comentarios:

Publicar un comentario