Se van a cumplir diez años del referéndum sobre el Brexit, en junio del 2016. Si me permiten la comparación, fue algo así como la guerra de Cuba para España en 1898: el remate final a un imperio global ya extinto, como pegarse un redundante tiro en el pie con ceguera y arrogancia.
Comencemos con la caída del más antiguo de los dos imperios, España. Tras la invasión de la metrópolis por las tropas napoleónicas, hubo numerosas separaciones de las colonias españolas en América en las décadas de 1820 y 1830. Durante un tiempo, la Corona española mantuvo la ficción de que continuaba siendo una gran potencia imperial. Pero cuando, en 1898, unos sesenta años después de la disolución efectiva del imperio, Estados Unidos intervino en Cuba, la Armada española fue destruida en pocas horas. El traumático impacto se conoció como “el Desastre”. Sin embargo, muchos políticos e intelectuales negaron la evidencia, como si España aún pudiera vivir de sus glorias pasadas.
Por su parte, el imperio británico se desintegró tras sufrir los enormes costes de la Segunda Guerra Mundial, en las décadas de 1940 y 1950, desde la independencia de India hasta la expulsión del canal de Suez. Los gobernantes británicos intentaron mantenerse en la cima del mundo apoyándose en Estados Unidos y solo se unieron a la Comunidad Europea con retraso y reticencia. Para los imperiales británicos, Europa representaba una derrota, un destino al que se resistían, una necesidad aceptada a regañadientes. En la práctica, buscaron reducir su contribución financiera a Bruselas, se excluyeron del acuerdo de Schengen, no adoptaron el euro y no aceptaron la primacía del Tribunal de Justicia de la Unión en la legislación sobre derechos fundamentales.
Unos sesenta años después de la disolución efectiva del imperio, en el 2016, el gobierno británico convocó el referéndum sobre la permanencia o la salida de la Unión Europea. Las campañas secesionistas se centraron en lemas como “Recuperemos el control”, “Queremos recobrar nuestro país” y “Creemos en Gran Bretaña”, que reflejaban la añoranza imperial y negaban la evidencia, como si el país aún pudiera vivir de sus glorias pasadas.
En los dos grandes imperios, el español y el británico, las consecuencias de la salida fueron desorden político interno, aislamiento internacional y retroceso económico.
En los imperios español y británico, el remate de la salida generó desorden, aislamiento y recesión
En la España posterior al “Desastre”, los dos partidos que se alternaban en el gobierno, los conservadores y los liberales, fueron desafiados por republicanos, socialistas, anarquistas, catalanistas y vasquistas. El país tardó muchas décadas en recuperarse de la subsiguiente inestabilidad política.
En el Reino Unido posterior al Brexit, en ocho años fueron nombrados cinco primeros ministros conservadores. Los dos partidos que se alternaban en el gobierno, los conservadores y los laboristas, han sido desafiados por los liberales y por nuevos populistas, verdes, escoceses, galeses, norirlandeses y otros. La Cámara de los Comunes, que era el museo histórico del bipartidismo, alberga ahora 13 partidos. En las elecciones más recientes, el actual Partido Laborista en el Gobierno obtuvo el 33% de los votos, pero, a través del deplorable sistema electoral, recibió el 66% de los escaños; no es extraño que sea tan impopular.
En los dos países, las banales resistencias a la vida postimperial han tenido también contundentes consecuencias económicas. A principios del siglo XX, España se retiró de los mercados internacionales mediante la imposición de altos aranceles y otras medidas de aislamiento que produjeron adversos resultados económicos. A principios del siglo XXI, las promesas de los brexiters de un gran acuerdo comercial con Estados Unidos y un auge económico con sus antiguas colonias en la Commonwealth han sufrido severos reveses. Josep M. Colomer es politólogo. La Vanguardia, 15 de junio de 2026.


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