jueves, 19 de febrero de 2026

AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN, GAUR, OSTEGUNA, OTSAILAREN 19AN, EUSKARAZ

 







Kaixo, egun on berriro guztioi, eta ostegun zoriontsua. Gaur ez dut ezer berezirik kontatzeko, beraz, goazen zuzenean gaurko blogeko sarrerara. Lehenengoa, Trumpi gustatzen ez zaion Amerikari buruzkoa, El País egunkariko editorial bat da, non Amerika Bad Bunny dela dioen, eta abeslariaren Super Bowleko emanaldi gogoangarriak trumpistaren xenofobiaren muina jotzen duela. Bigarrena, 2019ko otsaileko blogeko sarrera artxibatu bat da, non Europako Espazio Agentziaren (ESA) zientzialari nagusiak, Günther Hasinger astronomoak, bizitza hor kanpoan dagoela uste duela adierazten duen, guk aurkitzeko zain. Eguneko poema, hirugarren sarrera, Inés Montes poeta espainiarrarena da eta "Hondartza" izenburua du. Eta laugarren eta azken sarrera, beti bezala, umorezko marrazki bizidunak dira. Tamaragua, lagunok. Zoriontsu izan zaitezte. Zorte onak irribarre egin diezazuela. Musuak. Maite zaituztet. HArendt














ENTRADA NÚM. 8920

DE LA OTRA AMÉRICA QUE NO GUSTA A TRUMP

 








América es Bad Bunny, dice el editorial (10/02/2026) de El País, y la memorable actuación del cantante en la Super Bowl golpea al corazón de la xenofobia trumpista. La memorable actuación de Bad Bunny en la Super Bowl no fue un gesto simbólico, comienza diciendo el editorial. Fue una intervención política en el centro mismo del relato estadounidense. Cantó en español en el escenario más visto de Estados Unidos y, al hacerlo, desplazó el centro de gravedad cultural de un país que lleva años debatiéndose, a veces con violencia, sobre quién pertenece a él y en qué lengua se expresa esa pertenencia. Millones de personas en EE UU viven, trabajan y sueñan en español. El show no se lo explicó; lo dio por hecho. Bad Bunny puso en escena una verdad que incomoda a Washington desde hace décadas: Estados Unidos no se entiende ya sin América Latina, aunque una parte de su clase dirigente se empeñe en negarlo.

La Super Bowl, el Super Bowl, como se conoce en algunos lugares de América porque es la traducción de “tazón”, es, quizás, el último ritual verdaderamente compartido de la cultura estadounidense. Un espacio diseñado para la unanimidad, la épica nacional, la identidad sin fisuras. Por eso importa tanto lo que ocurrió el domingo. No fue un triunfo individual, ni siquiera solo generacional, sino la cristalización de una relación asimétrica. Durante décadas, Estados Unidos ha mirado a Puerto Rico y al Sur como frontera, como problema, como espacio a contener. La migración ha sido narrada en clave de amenaza, crisis o excepcionalidad. Bad Bunny hizo algo radicalmente distinto: la convirtió en normalidad. Ahí reside el verdadero contenido político del espectáculo. El español no apareció como lengua de resistencia, sino de presente. No como memoria, sino como realidad viva. En un momento de criminalización del extranjero y de nostalgia por una América homogénea que nunca existió, el mensaje fue brutalmente sencillo: esta es la América que está y sigue aquí.

La reacción de Donald Trump resultó previsible y, precisamente por eso, reveladora. Al calificar el espectáculo de “terrible” y “de los peores de la historia”, no estaba haciendo una crítica estética. Estaba marcando una frontera. El trumpismo no discute la calidad de la actuación: discute su legitimidad. Lo que le molesta no es la música, sino el mensaje implícito de que EE UU ya no es, si es que alguna vez lo fue, monolingüe, monocultural, homogéneo.

El show del Conejo Malo mostró cómo lo latino es indispensable para el presente cultural de Estados Unidos, pero sigue siendo incómodo en su proyecto político. Se baila al ritmo del Sur, pero se legisla contra él. Se consume su cultura, pero se cuestiona su derecho a existir en igualdad. Bad Bunny no resolvió esa paradoja, pero la volvió imposible de ignorar. La actuación funcionó como un espejo brutal: mostró un país que una parte de su clase política se niega a reconocer. Un país atravesado y moldeado por lo latino, transformado por una generación que no pide integración, sino reconocimiento. Bad Bunny no reclamó espacio: lo ocupó.

El espectáculo fue épico no por el despliegue técnico ni por la audiencia, sino porque condensó en apenas 15 minutos una mutación histórica: el paso de la minoría que pide permiso a la mayoría que ya no necesita pedirlo. El español dejó de ser un gesto identitario para convertirse en un hecho cultural central, imposible de ignorar incluso en el corazón del espectáculo más estadounidense que existe.

La Super Bowl pasó. El ruido se apagará. Pero la imagen queda: el evento más estadounidense ya no puede fingir que habla una sola lengua ni que se dirige a un solo país. América, de Chile a Puerto Rico, no estuvo representada esa noche. Estuvo presente. Y esa diferencia lo cambia todo.






















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, EL LUGAR DE EUROPA EN EL COSMOS. PUBLICADO EL 23/02/20129

 









El nuevo director científico de la Agencia Espacial Europea (ESA), el astrónomo Günther Hasinger, cree que la vida está ahí fuera esperando a que la descubramos; ojalá tenga razón, escribe en El País el científico español Javier Sampedro, doctor en Genética y Biología Molecular, investigador del Centro de Biología Molecular "Severo Ochoa" de Madrid y del Laboratorio de Biología molecular del "Medical Research Council" de Cambridge.

Imagina el titular, comienza diciendo Sampedro: “Descubierta vida más allá de Orión”, bueno, o algo similar, algo que revelara la primera evidencia de que la vida surge allí donde las condiciones lo permiten, de que no estamos solos en la galaxia, de que no somos el producto de una inconcebible casualidad cósmica. ¿No sería esa la noticia del siglo? Y la del milenio, tal vez. Siempre ha habido una corriente científica favorable al argumento de que estamos solos en el cosmos. El físico británico Stephen Webb recopiló un censo exhaustivo de esos argumentos en su libro de 2003 Where is everybody? (¿Dónde está todo el mundo?), donde ofrecía 50 posibles soluciones a la “paradoja de Fermi”, que en términos modernos consiste en lo siguiente: si la vida surge donde se dan las condiciones, y evoluciona hasta la inteligencia en unos miles de millones de años, ¡los marcianos ya deberían estar aquí! Y entonces ¿dónde está todo el mundo? ¿Por qué no encontramos evidencias de vida extraterrestre en el cielo nocturno? [En el número de Materia de esta semana puede leerse lo último sobre la paradoja de Fermi, en forma de una entrevista con Günter Hasinger].

Hasinger te hace estallar la cabeza. Predice que en diez o veinte años detectaremos vida bacteriana extraterrestre. Por supuesto, si en veinte años no hemos encontrado nada de eso, Hasinger ya no será jefe de la ESA, y las reclamaciones acabarán en la bandeja de entrada del maestro armero. Pero lo cierto es que, en nuestros tiempos de adocenamiento terrenal, los astrofísicos suelen ser la gente con más osadía y una mirada más clara y esperanzada hacia el futuro. Es muy de agradecer.

La vida en la Tierra es la única que conocemos, y eso le da un brillo místico o un estatus de excepción que, si bien se mira, constituye el último refugio de la mente religiosa. Si somos únicos, tendremos seguramente una relación directa con Dios nuestro creador. Tras un siglo de bioquímica, sin embargo, estamos en condiciones de afirmar que el origen de la vida terrestre tiene muy poco de casualidad arbitraria. Los ladrillos que constituyen nuestro cuerpo son las moléculas más sencillas y obvias que puede formar la materia inorgánica, hasta el punto de que muchas de ellas cayeron en la Tierra primigenia literalmente del cielo: los aminoácidos de nuestras proteínas que trajeron los cometas, los nucleótidos de nuestros genes, los ácidos de tres carbonos que encarnan el ciclo de Krebs, la clave central del metabolismo de todos los seres vivos. La vida, tal y como la conocemos en nuestro planeta, parece el paso lógico que el mundo, cualquier mundo, puede dar después de la química inorgánica. La biología no funcionaría si estuviera estudiando un milagro estadístico. “Creed en la universalidad de la bioquímica”, dijo el premio Nobel Arthur Kornberg. Así que Hasinger debe tener razón. En veinte años tendremos las evidencias de que no estamos solos. Si es que no lo estamos.













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA PLAYA, DE INÉS MONTES

 







LA PLAYA




La luz del verano se derrama

sobre la realidad de las cosas.

Es tan nítida que puedes leer

en la boca de las piedras

sus palabras.

El mar incesante recibe los cuerpos

de unos bañistas que no dejan de celebrarlo.

Los observo sentada en la arena de la playa.

Mis ojos se detienen en una niña

frágil y oscura

que juega en la orilla

y pienso en ese instante

puro y eterno

en el que todos fuimos

incondicionalmente felices

como hoy lo es ella,

ignorante de las sombras

que poblarán su vida.

También yo fui como ella,

con esa avaricia por la alegría,

cuando todo era una ráfaga

de misterios por descubrir

y cada día guardaba en su interior

un nuevo prodigio.

Mantuve dentro de mí la luz

que emana ahora de ella

una luz que ya no reconozco

y que desde el olvido me ciega.




INÉS MONTES

poetisa española

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 19 DE FEBRERO DE 2026.

 





























miércoles, 18 de febrero de 2026

EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS. ESPECIAL UNO DE HOY MIÉRCOLES, 18 DE FEBRERO DE 2026

 







Ya ni siquiera se sabe si hay alguna luz al final del túnel oscuro que está atravesando la sociedad cubana, comenta en El País (15/02/2026) el escritor Leonardo Padura.

1. Desde Bruselas una amiga me escribe y me dice que cada mañana abre el periódico con miedo de encontrar una noticia que sea aún peor que las del día anterior. Otra, desde París, comenta que tiene la sensación de que el mundo ya no gira en círculos, sino a trompicones. Otra más, compatriota mía, me confiaba su nerviosismo, los temores que tenía por lo que pudiera ocurrir. Y anoto esas percepciones de la realidad porque se identifican con algunas de las mías y de muchas personas en estos, nuestros tiempos turbulentos.

Creo que casi nadie duda de que la incertidumbre se ha convertido en un sentimiento agobiante para muchos de los habitantes del planeta. Un vertiginoso deterioro de tantos paradigmas, acuerdos de convivencia y certezas más o menos establecidas se ha apoderado de los contextos locales y universales con una fuerza centrífuga que hace borrosos, imprecisos, los referentes más trabajados con los que se trató de crear un orden mundial en el cual no hubiera barbaries imperialistas y genocidios como los ocurridos durante las dos guerras mundiales del siglo XX. Pero, ¿qué puede pasar mañana, pasado, en una semana? ¿Cuál será, digamos, el destino de la OTAN y, peor aún, el de la Unión Europea como proyecto? Aventurar una respuesta resultaría el más absurdo de los ejercicios mentales en que podamos enfrascarnos… pero no solo para los ciudadanos de a pie, sino incluso para los estadistas que deben tomar las decisiones colectivas. El caos crece a un ritmo incontrolado.

Y nadie dudará, tampoco, de que el protagonista, creador y director de este proceso de incertidumbre global hoy en crisis de crecimiento es el presidente estadounidense, Donald Trump, que se ha propuesto, como todos saben, “hacer América grande otra vez”. Solo que para lograr su objetivo —y me disculpan si les recuerdo lo que ya conocen— ha aplicado las más crueles políticas de represión contra inmigrantes indocumentados, considerados terribles criminales y hasta justifica el asesinato de algunos de sus ciudadanos; es el que ya ha comenzado a intentar manipular las elecciones de medio mandato, pues sabe que un resultado adverso podría implicar que sea sometido a un juicio político que, para más ardor, se produciría en unas condiciones de crispación social y política (generada por él) que podría tener impredecibles consecuencias en un país donde hay más armas de fuego que personas; que es el político poderoso, encantado de exhibir su prepotencia con amenazas diversas, que va pasando por encima de acuerdos históricos, incluso con sus aliados; es, también, el presunto pacificador que, por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, asegura que ya no se siente comprometido con la solución de conflictos bélicos; y, lo mejor de todo, resulta ser el mismo servidor público que —según un editorial de The New York Times— en su primer año de segundo mandato ha hecho una caja de ganancias personales y corporativas de una cifra que desborda mis capacidades de cálculo, ascendente a 1.408.500.000 dólares. Y siempre con la retórica de que ya ha devuelto a su nación la grandeza que había perdido.

2. Desde mi condición de cubano afincado en la isla siento ahora mismo, y creo que con justificada intensidad, todas las incertidumbres que crecen dentro y fuera del país. ¿Qué puede pasar en Cuba mañana, la semana que viene? ¿Asfixia, agonía, colapso? Lo más terrible es que puede ocurrir lo peor (no importa qué, solo que puede ser lo peor), porque lo peor está sobre la mesa de la realidad del país. Como hace poco dijo un colega en estas páginas: hasta las pesadillas pueden tener gradaciones.

La política de máxima presión aplicada a Cuba por la Administración estadounidense, llevada al extremo con el decreto presidencial que ha provocado el bloqueo de la importación de petróleo, ha generado efectos inmediatos en un país que desde hace años vive entre crisis. El Gobierno cubano ha decretado otra especie de “período especial en tiempos de paz”, como el que proclamó Fidel Castro en los años noventa, cuando se esfumó la Unión Soviética. Y ahora será una cascada aún mayor de calamidades que ya habían alcanzado niveles críticos: los apagones se multiplicarán; la falta de transporte público será más notoria; incluso el acceso a alimentos, cada vez más caros, se hará un proceso más precario, entre otros efectos anunciados. Pero téngase en cuenta que la Cuba de 1991 no es la de 2026: la de hoy arrastra una falta de confianza que se ha alimentado con años de carencias, de inmovilismo político y de proyectos de estrategias económicas tan erradas o tímidas que no han aliviado las duras condiciones de vida de una población cada vez más empobrecida, obligada a practicar muy disímiles estrategias de supervivencia.

El propósito explícito de la Administración de Trump es que, apretando el cuello de la nación hasta el borde de la asfixia, se produzcan manifestaciones populares que, como en las pocas otras ocasiones que se han generado, serían reprimidas por el Gobierno, pues ya “la orden de combate ha sido dada”. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Es posible aplicar más presión contra el Gobierno cubano? Y se puede especular —repito, especular entre tanta incertidumbre local y global—: ¿vendría entonces una intervención militar de las llamadas humanitarias para restablecer el orden y provocar el cambio de sistema político perseguido desde hace más de 60 años? ¿Se probaría en Cuba una operación como la de Venezuela o se aplicará la fórmula de tierra arrasada de Gaza? ¿A quién se le darían después las riendas de un país al que no se le ha permitido fomentar una oposición ni medianamente organizada? ¿Se buscaría al fin un pacto con el aparato gubernamental actual o se vivirá un vacío de poder que incluso podría provocar convulsiones sociales de violencia y desgobierno como las que ha sufrido el vecino Haití (un país del cual, por cierto, nadie se ocupa)? ¿Para restablecer la convivencia se le encargaría el Gobierno a los mismos de ahora o se importará un gobernador estadounidense como el Leonard Wood y el Charles Magoon de las intervenciones militares de 1898 y 1906? ¿Y después?… Pero sobre todo —para no adelantarme con más especulaciones que pueden estar muy infundadas y que podrían ser otras, de diverso carácter—, ¿y ahora?, ¿y mientras tanto?

Pues ahora le toca a mis compatriotas residentes en la isla sufrir las más dolorosas carencias que se suman a las ya existentes, pero además con la sensación que muchos tenemos de que la primera solución política necesaria no es solo un “plan de contingencia” para intentar paliar la situación, sino la introducción de cambios profundos en las estructuras del país, asolado por diversas crisis. Generar una reforma coherente y efectiva cuya instrumentación se ha dilatado con la política de poner banditas donde se requerían cirugías profundas. Pero, mientras, amanecer cada día con la tremenda sensación de que el túnel oscuro que recorría la sociedad cubana ya no se sabe si tiene luz al final, pues, lo que es peor, no sabemos si el túnel todavía existe o si este es el destino que le ha tocado a un país de donde tanta gente se va, tanta gente quisiera irse si tuviera adónde y que cada vez se parece más a ese distópico “país de las últimas cosas” que pintó en su novela Paul Auster, porque entre las últimas cosas perdidas, ya para muchos también se han esfumado las esperanzas y temen que ocurra lo peor, sea lo que sea lo peor.


















SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA, HOXE, MÉRCORES 18 DE FEBREIRO, EN GALEGO

 







O Martes de Entroido, a festa principal da cidade das Palmas de Gran Canaria, xa pasou. As festas do Entroido están a rematar, pero aínda queda máis festa por vir durante toda a semana. Imos ás entradas do blog de hoxe. A primeira, escrita polo ex-deputado do Parlamento Europeo Ramón Jáuregui, pide diálogo interno dentro do Partido Socialista sobre temas que van dende a loita contra a extrema dereita ata a renovación socialdemócrata. A segunda é unha entrada do blog arquivada de febreiro de 2018, titulada "1968: Cincuenta anos despois", na que o escritor Fernando Aramburu lembra algúns acontecementos clave dese ano lendario. O poema de hoxe titúlase "Así morreu un varredor de rúas", escrito pola poeta Hasel-Paris Álvarez Martín. E a cuarta e última entrada, como sempre, é unha viñeta humorística. Por favor, sede felices. Ata mañá, se a sorte quere. Tamaragua, amigos meus. Bicos. Quérovos. HArendt













ENTRADA NÚM. 8914

DE LOS DEBATES INTERNOS QUE EL PSOE DEBERÍA TENER

 








Desde el combate contra la ultraderecha a la renovación socialdemócrata, se hace necesario que el Partido Socialista dialogue internamente, escribe en El País (09/02/2026) el exparlamentario europeo Ramón Jáuregui. Después de la derrota electoral de 2011, Alfredo Pérez Rubalcaba me encargó organizar una reflexión colectiva, profunda y renovadora, para debatir una nueva oferta política del PSOE, gravemente desgastado por la crisis económica y frente a una sociedad que mostraba quejas muy serias y tendencias pluripartidistas evidentes.

Durante un año largo, más de veinte grupos, formados por expertos, propios y ajenos al PSOE, debatieron y concluyeron una docena de documentos que abarcaban los grandes temas del momento. Una conferencia política celebrada en noviembre de 2013 (semejante a un congreso federal), adoptó las grandes resoluciones que han sostenido muchas de las bases ideológicas del partido estos últimos años.

Hoy vivimos asaltados por cambios estructurales y valores ideológicos mucho más trascendentes y peligrosos que entonces. El orden internacional ha saltado por los aires ;la democracia es combatida desde múltiples frentes; Europa está en riesgo; la desigualdad crece y nuestras herramientas para reducirla han quedado obsoletas; valores liberales y aspiraciones de justicia que creíamos en permanente progreso, son cuestionados o combatidos abiertamente; algunos sectores sociales, compañeros de viaje en nuestras políticas transformadoras, están siendo atraídos por populismos demagógicos… así podríamos seguir con una larga lista de amenazas ideológicas.

¿Qué más tiene que pasar para que nos paremos a pensar? ¿Para cuándo la autocrítica? ¿Cuándo y cómo abordaremos debates imprescindibles de nuestra estrategia política para los próximos años? Veamos unos cuantos, solo a modo de ejemplo:

1. Recuperar nuestra vocación de mayoría y nuestro proyecto federal.

Nuestro proyecto político está seriamente limitado en una coalición, que ha servido, pero que no tiene futuro. Habrá exigencias nacionalistas inasumibles y hay partidos que ya han decidido no sumarse a ella. Los efectos electorales de esos pactos en las comunidades no nacionalistas son negativos. Necesitamos recuperar la autonomía política de un proyecto nacional y ser percibidos como garantía de aspiraciones comunes de todos los españoles.

Tenemos una propuesta consensuada internamente para la España autonómica. Ese proyecto no es compatible con las pretensiones últimas y de fondo que nos plantean los nacionalismos: la autodeterminación, vía consulta o vía reconocimiento del llamado derecho a decidir y los mecanismos confederales derivados de supuestas soberanías originales e iguales a las del Estado. No hay punto de encuentro en esos planteamientos y debemos dejarlo claro ante todo y ante todos.

2. El combate ideológico a la “nueva derecha”.

Hay un “corpus doctrinal” en la ultraderecha que se proyecta con fuerza creciente en Europa impulsada por MAGA y por Estados Unidos. Un neonacionalismo patriota que alimenta el orgullo identitario y concentra en la nación la solución de los problemas. Un antieuropeísmo objetivo y militante que pretende la deconstrucción de la Unión. Un rechazo agresivo al diferente y al extranjero. El negacionismo del cambio climático. Su adhesión a los nuevos imperios frente al multilateralismo. Su querencia por los “hombres fuertes” y autoritarios y el desprecio por los valores liberales y la democracia misma. Sus códigos reaccionarios de conducta social y de moral pública. Su rechazo a la revolución feminista.

Hay una batalla cultural e ideológica por hacer desde el socialismo liberal contra esa doctrina. No basta la descalificación. Necesitamos rearmar nuestros argumentos y enfrentarlos día a día, en todos los planos del debate y en los nuevos medios de comunicación.

3. Reformas que fortalezcan la centralidad política.

El multipartidismo no es cuestionable porque así lo deciden los electores, pero sus efectos sí son negociables. El multipartidismo en España ha acabado configurando dos grandes bloques enfrentados y antagónicos. Parecemos condenados a perpetuarlos si no introducimos reformas electorales o facilitamos la investidura a la minoría mayoritaria. Esto devolvería al Parlamento la geometría variable del pacto con todos y facilitaría los pactos de Estado que España necesita. Sería, además, un poderoso estímulo electoral a las dos fuerzas centrales del país.

Este debate ni es fácil ni es pacífico, por las evidentes consecuencias estratégicas que conlleva, pero abordarlo me parece tan necesario y conveniente como inaplazable.

4. Estado de derecho, instituciones y Constitución.

Nuestras instituciones democráticas están sometidas a un acoso extraordinario y a un peligroso deterioro de su credibilidad. Desde la pandemia, el decreto-ley sustituye al Legislativo y el Parlamento pierde poder. Su proyección social se devalúa por la creciente agresividad de la polarización. El Poder Judicial está sometido a múltiples presiones y recuperar su credibilidad asegurando su independencia es tarea primordial. Muchos organismos institucionales deben ser reforzados en sus condiciones apartidistas y en la objetividad profesional de sus miembros. Evitar la colonización partidista es fundamental. Los medios de comunicación y las redes sociales deben contribuir a restaurar el edificio deliberativo de la conversación pública que la democracia exige y no lo contrario.

La Constitución necesita reformas, por motivos de todos conocidos. Un debate interno bien planteado debiera permitirnos ordenar y sistematizar nuestras propuestas de reforma y enriquecer así el debate político de nuestro país: desde las cuestiones territoriales del modelo autonómico, a la reforma del Senado; desde la inclusión de Europa en nuestro texto constitucional, al modelo de financiación de las autonomías y ayuntamientos; desde la igualdad de mujeres y hombres, a la incorporación de nuevos derechos fundamentales, incluyendo los digitales.

5. Renovación socialdemócrata.

A pesar de los notables avances sociales producidos estos últimos años, la socialdemocracia encuentra límites a sus políticas de igualdad. La fiscalidad internacional no avanza. Nuevas necesidades defensivas y un alto endeudamiento no permiten aumentos de gasto público. Un nuevo capitalismo financiero y globalizado impone límites a la legislación nacional. La tecnología genera nuevas divisiones sociales entre países y entre trabajadores. Los nuevos oligarcas tecnológicos imponen su ley al mundo. El listado de estos límites es desgraciadamente demasiado largo.

Tenemos que renovar nuestras herramientas, nuestras ofertas, nuestros instrumentos en favor de nuestras viejas demandas. Están surgiendo nuevas ideas sobre la necesidad de concretar objetivos precisos en materias vitales muy precarias: vivienda, energía, transporte, como banderas de una política predistributiva y de resolver las deficiencias surgidas en los servicios públicos esenciales, educación y sanidad principalmente. Modernizar nuestra oferta social no será fácil, porque entraña también un controvertido análisis sobre el deslizamiento de nuestro gasto hacia la población mayor y quizás reorientaciones de gasto hacia otros colectivos.

En ese sentido, nuestras políticas pre y redistributivas deben reformularse para ofrecer a los jóvenes españoles medidas capaces de recuperar su afecto por la política y su confianza en el PSOE. Desde la pobreza infantil, al ascensor social educativo; desde la vivienda a los contratos laborales de inicio y sus condiciones. Analizar a fondo la penetración del populismo y la antipolítica entre los jóvenes es de una urgencia vital. Es solo un índice de nuestras urgencias ideológicas y políticas. El PSOE está falto de pluralismo interno y de debate abierto. Este es el único espíritu de este artículo.
















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, 1968, CINCUENTA AÑOS DESPUÉS. PUBLICADO EL 13/02/2018

 







Parece que fue ayer y ya han pasado cincuenta años. 1968 fue un año importante en la historia. Y en lo personal, también para mí, pues ese año nació mi primera hija. El escritor Fernando Aramburu comenta en El Mundo algunos de los hechos que marcaron ese año inolvidable. 

Estudiábamos Historia, comienza diciendo. Nos hacían memorizar fechas relacionadas con acontecimientos relevantes. 1492 era un año de recordación inexcusable. El libro de texto afirmaba, con solemnidad usual de la época, que una serie de hechos trascendentales había cambiado el rumbo de la humanidad. He retenido otras fechas: 1789, 1917, 1936. Al mismo tiempo que en el colegio nos abrían ventanas al pasado, aquel año de 1968 se sucedían noticias de hechos que, con toda seguridad, de aquí a diciembre merecerán atención especial por celebrarse su quincuagésimo aniversario.

Transcurrido medio siglo, 1968 se revela con un destello intenso en la memoria colectiva y no sólo, como se lee a veces por ahí, a causa de los adoquines volátiles de París y el mes de mayo. Es cosa sabida que nada ocurre suelto. 1968 tuvo sus antecedentes, su prolongación y sus consecuencias; pero esa cifra para algunos mítica, para otros fuente de reprobación y discrepancia, parece constituir una bisagra de la Historia. Fue, sí, una época de sexo, drogas y rock and roll, de hedonismo y aventuras de libertad y rebeldía; pero también un año sangriento.

A comienzos de aquel año, los ojos del mundo están puestos en Ciudad del Cabo, donde un cirujano llamado Christiaan Barnard practica una operación de alto riesgo. No era la primera vez que Barnard procedía a un trasplante de corazón. Un mes antes, había colocado el de una mujer joven a un paciente que falleció de pulmonía 18 días más tarde. La tentativa no estuvo exenta de polémica. Hubo quienes postularon que Barnard debía ser acusado de homicidio por extraerle a un cuerpo un corazón "todavía vivo". Son años de apartheid en Sudáfrica. Para la segunda operación, el órgano ha de ser transportado de un hospital a otro, ya que el donante es un hombre de piel negra y el beneficiario, de piel blanca, está ingresado en un centro reservado a los de su raza. Técnicamente, la intervención quirúrgica es un éxito. El paciente, sin apenas perspectivas de vida antes del trasplante, será dado de alta al cabo de 74 días y vivirá año y medio con su nuevo corazón. La medicina ha abierto una nueva puerta a la esperanza.

Sin embargo, salvar vidas no es la tendencia predominante en aquel año dramático. En China persiste una orgía de sangre llamada Gran Revolución Cultural Proletaria, instigada por el dictador Mao, quien a fuerza de asesinatos y ejecuciones logrará hacerse con el control exclusivo del Partido. Era sumamente fácil caer en desgracia. Bastaba para ello con poseer un instrumento musical, antigüedades o cualquier objeto vinculable con "conductas burguesas". A fin de borrar el pasado, gran parte del patrimonio cultural chino -bibliotecas, templos, museos, etc.- fue destruido. Es imposible cifrar el número de víctimas mortales de aquella frenética matanza agravada por la hambruna. En todo caso, superaría con creces la población actual de España.

Vietnam es por entonces, como Biafra, escenario de otra escabechina. La superioridad militar estadounidense no conduce a la rápida victoria vaticinada por el presidente Johnson; antes al contrario, 1968 supone un giro cualitativo en las operaciones bélicas que preludia el desastre que aquella remota guerra deparará a los EEUU. Ese año, tropas del Viet Cong logran sitiar a 6.000 marines en el campamento de Khe Sanh. A las bajas numerosas sufridas por el invasor se une la derrota propagandística. En febrero de ese mismo año, el jefe de la policía de Vietnam del Sur ejecuta en plena calle a un prisionero vietnamita. Lo hace a sangre fría delante de las cámaras, rodeado de soldados norteamericanos en actitud pasiva. Las imágenes escalofriantes recorren el planeta, llegan por vía de la televisión a infinidad de hogares. Ha empezado una nueva era. Ya no es indispensable viajar para conocer el mundo. Ahora es el mundo el que, gracias a los televisores, se introduce en las casas. A las autoridades norteamericanas les resulta cada vez más difícil silenciar los horrores cometidos por su ejército. Menudean las manifestaciones de protesta dentro y fuera de EEUU y cada vez es menor el número de ciudadanos estadounidenses convecidos de la utilidad y justicia de aquella guerra.

1968 es asimismo un año salpicado de atentados. El líder estudiantil alemán Rudi Dutschke sobrevive en Berlín, con heridas graves, a los disparos de un fanático anticomunista. Menos suerte tiene un soñador llamado Martin Luther King, en Memphis, adonde había llegado días antes con el fin de apoyar a los recogedores de basura en huelga. Su asesinato desata una ola de tumultos que sólo en los primeros días dará un saldo de 39 muertos. En junio cae, víctima también de otro asesino dicen que solitario, Robert Kennedy, la gran esperanza demócrata del momento para alcanzar la presidencia de los EE.UU. King y Kennedy son víctimas más famosas que un modesto guardia civil de tráfico que un día de junio de 1968, a los 25 años de edad, muere tiroteado mientras regulaba el tráfico cerca de Villabona (Guipúzcoa). Su nombre: José Antonio Pardines Arcay. Pasa por ser la primera de las más de 800 víctimas mortales de ETA. Su agresor morirá horas después durante un tiroteo con la Guardia Civil. También en otros países de Europa se perfilan organizaciones dispuestas a alcanzar sus objetivos por la vía del terror: la banda de Baader-Meinhof en Alemania Occidental; las Brigadas Rojas, en Italia. Otra constante de 1968 son las revueltas estudiantiles. Los hijos de clase media se alzan contra un estado de cosas vigente desde la Segunda Guerra Mundial. El mal es, en su opinión, intrínseco al sistema, al que se asocia con la opresión, el racismo, la alienación sexual, el colonianismo... Es hora de romper tabúes y de establecer normas distintas de las impuestas por la generación de los padres. 

Se ha dicho con ironía que Mayo del 68 no se acaba a causa de las cargas policiales, sino como consecuencia de la llegada de las vacaciones. Un cariz harto más dramático presentan las revueltas estudiantiles de México, con la matanza de Tlatelolco, o el aplastamiento por parte de la Unión Soviética y de los países del Pacto de Varsovia del intento checoslovaco de construir un socialismo con rostro humano.

1968 es el año de los Juegos Olímpicos de México, con el salto de Bob Beamon y el saludo Black Power de Tommie Smith y John Carlos. Es el año de la famosa foto de la Tierra desde el espacio, del La la la de Massiel en Eurovisión y del primer ratón de ordenador, inventado por Douglas Engelbart. No es que en otros años no hubieran ocurrido acontecimientos relevantes; pero hay que reconocer que 1968 fue un año tan abundante en ellos como para marcar un antes y un después en la historia reciente de la especie humana. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt