martes, 25 de noviembre de 2014

El afán de saber perjudica seriamente la salud





http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/5b/Heinrich_fueger_1817_prometheus_brings_fire_to_mankind.jpg
Prometeo lleva el fuego a la humanidad (H.F. Füger, 1817)



Decía el filósofo Xavier Rubert de Ventós en su artículo La red del pescador (El País, 06/07/08), que al titán Prometeo le castigaron los dioses por "curiosear más de la cuenta"... Es una hermosa metáfora para explicar que el castigo le fue impuesto por robar el fuego a los dioses y ofrecérselo a los humanos. Les pasó "información privilegiada", que diríamos hoy, y por eso se quedó sin empleo en el Olimpo.

Todo el interesante artículo de Rubert de Ventós, plagado de citas filosóficas, está dirigido a hacer ver que el exceso de información existente hoy en día en la Red (la Red Global Mundial, traducción de su famoso y universal acrónimo WWW) puede generar confusión y acabar por dejarnos ciegos, mudos y colapsados. Pero Rubert de Ventós, y las bellas metáforas que al respecto cita de Castells, Aranguren, Nietzsche, Kant o Wiener, lo explican y justifican mucho mejor.... Y si tienen oportunidad de hacerlo no dejen de darse un atracón de buena literatura con el Prometeo encadenado, de Esquilo, escrita hacia el 458 a.C., o el Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, que lo fue en 1818, y que pueden leer en los enlaces anteriores. Entenderán, entonces, lo que los dioses no querían que supiéramos. Así, pues, no se crean eso que dicen de que el afán de saber puede perjudicar seriamente nuestra salud: es una burda mentira inventada por los dioses (o por el ministerio de Educación, Cultura y Deportes de España). ¡Quién sabe!...

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




Xavier Rubert de Ventós




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"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

lunes, 24 de noviembre de 2014

"Las bodas de Fígaro", de W.A. Mozart, en El Palco









Ayer domingo por la noche RTVE emitió a través de su programa El Palco, la ópera de W.A. Mozart "Las bodas de Fígaro". Una ópera en cuatro actos con libreto de Lorenzo Da Ponte, basada en la obra literaria de Pierre-Agustin Caron de Beaumarchais "Le mariage de Figaro". Grabada en directo desde el Teatro Real de Madrid en septiembre de este año, cuenta con la dirección escénica de Emilio Sagi y la dirección musical de Ivor Bolton. Sus principales personajes están interpretados, entre otros, por Luca Pisaroni, Sofia Soloviy, Silvia Schwartz, Andreas Wolf y Elena Tsallagova. El coro y la orquesta son los titulares del Teatro Real de Madrid.

"Las bodas de Fígaro" es la sexta ópera más representada en la historia de la música. El primer lugar lo ocupa "La traviata", de Verdi; seguida de "La bohème" de Puccini,; "Carmen" de Bizet; "La flauta mágica", de nuevo de Mozart; y "Tosca", también de Puccini.

Por razones de derechos de producción esta ópera solo podrá visualizarse durante quince días a partir de esta fecha. Aprovéchenlo, que merece la pena.

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt










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domingo, 23 de noviembre de 2014

Irán, hoy (y ayer)




Rayhaneh Jabbari



En una mano el Libro, en la otra la copa,
voy de lo permitido a lo prohibido:
bajo la sólida bóveda de lapislázuli
no estamos seguros ni con Dios, ni sin Dios

Omar Jayyam (poeta iraní, siglo XI)


No parece que las espectativas que en Occidente levantó la elección de Hasán Rouhani como presidente de la República Islámica de Irán se hayan cumplido. Ni en el asunto del programa nuclear iraní (el plazo pactado para llegar a un acuerdo termina precisamente mañana), ni en la cuestión de los derechos humanos (585 ejecuciones según Naciones Unidas en lo que va de año). La última conocida, el pasado 25 de octubre, levantó una gran conmoción: una joven iraní de 26 años llamada Rayhaneh Jabbari, acusada de matar en 2007 a su violador, fue ejecutada en una prisión de Teherán. De acuerdo con la "sharia" (ley islámica, vigente en Irán), la familia de su víctima se había negado a concederle clemencia, por lo que fue el hijo mayor del violador asesinado por Rayhaneh quien abrió la trampilla de la horca que ejecutó a la joven.

Mi sintonía con el régimen actual iraní de los ayatolás iranies es nula. También era escasa con el de su antecesor el sah, al que la gran escritora y periodista italiana Oriana Fallaci retrató cruel y magistralmente en su libro "Entrevistas con la historia" (1986). Más simpatía por el actual régimen iraní -ciertamente, no acrítica- parece tener la catedrática de historia contemporánea de la universidad de Extremadura María Jesus Merinero, que en una extensa reseña titulada "Añicos de Irán", publicada en Revista de Libros en 2011, criticaba con inusitada dureza el libro de los periodistas Serge Michel, suizo, y Paolo Woods, italiano, titulado "Puedes pisar mis ojos. Un retrato del Irán actual", que a mí me pareció más que interesante y nada frívolo cuando lo leí también por esas fechas. 

Pero mi relación amistosa con el Irán histórico y con sus gentes viene de antiguo. Para ser exactos, de hace cincuenta y ocho años. En 1956, mis padres, que vivían en Madrid en el barrio de Delicias, se mudaron al de Prosperidad, en el distrito de Chamartín. Y lógicamente, a mis diez años de edad, me fui con ellos y con mis hermanos. Muy cerca de la casa de mis padres, en un chalecito semioculto entre grandes árboles entre el paseo de La Habana y la avenida de Pío XII, creo recordar que en la calle Jerez, estaba la Embajada Imperial del Irán. En horas libres de tareas escolares mis amigos y yo solíamos acercarnos a las embajadas acreditadas en Madrid para pedir libros, mapas, cuentos y documentación varia alegando un próximo viaje familiar a dicho país o la necesidad de hacer un trabajo escolar que nos habían encomendado. Las razones eran falsas pero nosotros, en nuestra inocencia, deberíamos resultar convincentes porque nos colmaban de atenciones... ¡y de libros!..., especialmente en la representación diplomática del Imperio iraní. 

Repetimos visita varias veces, y de aquellas visitas nació en mí un sentimiento de cariño por el pueblo, la cultura y la historia de Irán que llego a cautivarme. Tanto, que unos años más tarde, llegado el momento de tener que dar una disertación en francés, como un ejercicio más de los que teníamos que hacer en la Escuela Central de Idiomas de Madrid en la que estudiaba por las tardes la dulce lengua de Francia, recité de memoria un cuento que me habían regalado en una de aquellas visitas a la embajada iraní. Se titulaba, ¡nunca podré olvidarme! "Mernahz, la Cendrillon iranienne" (Mernahz, la Cenicienta iraní). Y que como todos los cuentos que se precien comenzaba así: "Il était une fois une petite fille appelée Merhnaz..." (Érase una vez una niñita llamada Merhnaz...). Me lo aprendí en los ratos libres que me permitían los partidos de beísbol que jugábamos, a la espera de mi turno de bateo, sobre la ahora intransitable M-30...

La injusta y desgraciada suerte de Rayhaneh Jabbari y mi desapego nunca disimulado por el régimen teocrático irani, no es óbice para recordar con nostalgia una relación con el Irán eterno que vista desde los ojos del niño que fui una vez se me antoja entrañable. Un Irán eterno que mejor que nadie supo reflejar el gran trágico griego Esquilo, allá por el años 472 a.C. en su inmortal obra "Los persas", una de las más memorables muestras literarias de la grandeza del pueblo ateniense para con sus adversarios, que me permito dejarles como obsequio en la seguridad de que disfrutarán de su lectura.

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




Ruinas de Persépolis (Irán)





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sábado, 22 de noviembre de 2014

Recordando a Kennedy. Un año más...



John F. Kennedy (1917-1963)



Cincuenta años no son nada a escala cósmica, a escala humana es otra cosa. Resulta bastante probable que una persona pueda celebrar el aniversario de un hecho que vivió, conoció y le afectó, para bien o para mal, cincuenta años antes. Que pueda conmemorar o recordar ese mismo hecho cien años después, resulta, por desgracia, bastante improbable.

Mi hija Ruth me va a reir de mí por traer por enésima vez esta historia al blog, historia que ella me recuerda con cierto sarcasmo que se sabe de memoria; como las del abuelo Cebolleta del TBO. Me da igual, es "mi historia" y quiero contarla de nuevo porque sé que no podré hacerlo cuando se celebre el centenario del acontecimiento que marcó mi juventud, aunque espero que mis nietos y bisnietos, y con suerte mis hijas, me recuerden con cariño ese 22 de noviembre de 2063 en que se conmemore el centenario de uno de los más trascentales acontecimiento de la segunda mitad del siglo XX.

Exactamente a las 18:30 de la tarde (hora de Canarias) de hoy, 22 de noviembre de 2014, se cumplen cincuenta y un años del asesinato, aun no esclarecido a juicio de la historia, aunque sí lo esté a efectos oficiales, del presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy, en la ciudad de Dallas (Texas).

Supongo que todos nostros nos hemos preguntado en alguna ocasión porqué hay acontecimientos y recuerdos que quedan fijados en la memoria como grabados a fuego y otros en cambio acaban difuminándose hasta perderse sin dejar rastro. ¿Cuáles son esos recuerdos preferentes?: ¿La primera experiencia sexual? ¿El descubrimiento de la muerte? ¿El nacimiento del primer hijo?… 

Para mí, uno de esos acontecimientos que perduran para siempre en la memoria ocurrió el 22 de noviembre de 1963. Era viernes, y en Madrid las siete y media de la tarde. Yo tenía en ese momento 17 años, 9 meses y 15 días y estaba volviendo a la casa de mis padres, en la calle Chile, en el distrito de Chamartín, donde vivíamos desde hacia ocho años.

Lo hacía andando para ahorrarme el billete de autobús, desde el Hospital Militar de Maudes en Cuatro Caminos, a unos seis kilómetros de casa, en el que estaba internada mi madre a la espera de una operación de vesícula. Javier Fernández, mi mejor amigo en aquel entonces, me había acompañado. Los dos estudiabámos IPS (instrucción premilitar superior) en el colegio “Infanta María Teresa” de la Guardia Civil, muy cerca de casa. Nuestra ilusión era entrar como alumnos en la academia general militar de Zaragoza. Ninguno de los dos intuíamos que apenas un mes más tarde y a causa de un conflicto bastante cómico con nuestro profesor de francés en el colegio, aprovechando las vacaciones de navidad, abandonaríamos los estudios militares y el colegio para siempre. 

Es todavía de día en Madrid. La casa de mis padres estaba en un segundo piso. Nada más entrar en el portal me encuentro a mi hermano Alberto, once años mayor que yo, que baja las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Al verme, sin apenas detenerse, me espeta: "¡Han matado a Kennedy. Están poniéndolo por la tele!". La verdad es que no le hago mucho caso -él sabe que admiro a Kennedy; es mi héroe favorito- y le suelto un ”¡vete a la mierda, gilipollas!”, que me sale sin pensar. En casa solo está mi cuñada Mary, la mujer de mi hermano. No hay nadie más. Mi padre se ha quedado en el hospital acompañando a mi madre. La televisión está encendida y, efectivamente, están dando la noticia: El presidente Kennedy ha sido tiroteado en Dallas, Texas, hace una hora. Me quedo abobado mirando la pantalla. Tengo la impresión de que el mundo, al menos el mundo que yo conozco, se me ha caido encima de repente, pues nunca he vivido una situación como esta. Llamo por teléfono a mis padres al hospital y me pasan con mi madre: le cuento lo que ha pasado, lo que está diciendo la televisión. Se queda muda, y al instante, no se si me dice o me pregunta si “eso va a ser otra guerra mundial”. No se que responderle porque a mi edad no se tienen respuestas para una pregunta así.

Ellos han vivido en Sevilla la proclamación de la república. Estaban en Asturias en octubre de 1934, cuando la revolución obrera. Y en Barcelona, en julio de 1936. Los últimos meses de la guerra civil los ha pasado sola en Barcelona, con mi padre internado en un campo de concentración en Francia. La segunda guerra mundial la han pasado prácticamente en la isla de El Hierro, en Canarias, donde mi padre ha sido destinado -o desterrado, según se vea-, aunque según mi madre los cinco años allí vividos fueron para ella los más felices de su vida. Es lógico que esté aterrada. Me dice que no le cuente nada a mi padre, que ella se lo dirá ahora; y cuelga el teléfono entre sollozos. 

Mi hermano, mi cuñada y yo nos pasamos la noche pegados al televisor, como, suponemos, que gran parte de los españoles y del resto del mundo. Al día siguiente, sábado, mi amigo Javier y yo nos encontramos a la puerta del colegio. La calle Príncipe de Vergara (en aquella época del General Mola) está en absoluto silencio a las nueve de la mañana. La gente hace largas colas en los quioskos de prensa, esperando pacientemente para comprar un periódico. No llegamos a entrar en clase. Javier y yo hemos decidido que ese día tenemos cosas más importantes que hacer. Comentamos entre nosotros lo que ha pasado, las noticias que se van filtrando en las colas. Hay miedo en la gente de que hayan sido los rusos, o los cubanos, pues la crisis de los misiles hace pocos meses que ha tenido lugar. Compramos un periódico. Y decidimos ir andando hasta la Embajada de los Estados Unidos, en la calle Serrano, no muy lejos de nuestras casas.

Somos “viejos” conocidos de la Embajada pues ambos solemos ir a menudo a leer libros en la Biblioteca de la Casa Americana, una institución cultural dedicada a propagar la imagen y la ideología norteamericana en Europa. Nos sabemos los nombres de todos los estados de la Unión y sus capitales respectivas, y jugamos a menudo a irlos nombrando uno a uno, de memoria, siguiendo su ubicación en el mapa. 

La Embajada está fuertemente custodiada en el exterior por la policía española. Entramos en ella mostrando nuestra tarjetas de socios de la Casa Americana y llegamos hasta el acristalado vestíbulo de su entrada principal. La bandera ondea a media asta sobre el techo de la Embajada. Nada más entrar en el vestíbulo, a la izquierda del mismo, han montado junto a una bandera de los Estados Unidos una pequeña mesa cubierta con un paño de terciopelo negro donde hay una bandeja de plata en la que vemos muchas tarjetas de visita. También hay un libro, grande, forrado de cuero azul marino donde vemos que la gente, después de hacer una pequeña cola, deja su testimonio de pésame escrito en el mismo. 

Delante de nosotros hay dos muchachas más o menos de nuestra edad, quizá uno o dos años mayores que nosotros, norteamericanas sin duda, que lloran desconsoladamente. Una es rubia, y la otra pelirroja. La rubia va vestida con falda gris claro y un jersey rojo sin mangas, sobre una blusa blanca. La pelirroja lleva unos ajustados pantalones azules y un jersey blanco. Junto a la mesita un infante de marina norteamericano, con uniforme de gala, hace la guardia en posición de descanso. Con su brazo derecho sujeta el fusil que se apoya en el suelo; el brazo izquierdo está doblado a la altura de su cintura, en la espalda. El soldado, sin mover un músculo de su rostro, está llorando mansamente... Mi amigo y yo nos quedamos impresionados por la escena, y al menos a mi se me forma un nudo en la garganta. Escribimos en el libro un escueto “Nuestro más sentido pésame” y ponemos nuestras firmas. 

Salimos inmediatamente detrás de las dos muchachas al patio exterior de la Embajada donde está el aparcamiento y vemos que las dos se han parado ante un Wolkswaguen (un escarabajo) amarillo. Lanzados, les preguntamos que si viven en Chamartin. Nos contestan, más serenas ya que no pero que si queremos nos alcanzan hasta allí. Les decimos que sí y subimos los cuatro al coche. Ellas delante y nosotros detrás. Hablan bastante bien español. Nos comentan que son estudiantes y que están pasando un año académico en España para aprender español. El trayecto es corto hasta Chamartin: por el Paseo de la Castellana hacia el norte hasta llegar a la calle de Alberto Alcocer y de allí, girando a la derecha, hasta la plaza de la República Dominicana, donde nos dejan. Intentamos quedar con ellas, pero nos dicen amablemente que no. Nuestro intento de ligue ha quedado abortado, pero lo hemos intentado: las hormonas son las hormonas...

Volvemos a nuestras casas después de pasar el resto de la mañana vagabundeando por las calles del barrio. Todo está paralizado, pero hay una gran serenidad en las gentes. Los días siguientes los paso pegado a la televisión y leyendo ávidamente los periódicos. Por televisión veo la emotiva escena a bordo del avión presidencial en que el vicepresidente Johnson, camino de Washington con el cadáver de Kennedy en la bodega del aparato, jura junto a la viuda de éste su cargo como nuevo presidente de los Estados Unidos. Más tarde, cuando ya todo el mundo sabe que han detenido al presunto asesino, Lee Harvey Oswald, estoy viendo en directo por televisión como van a trasladarlo desde el lugar donde está retenido hasta el juzgado. Un único pensamiento cruza mi mente en ese momento: ¡Ójala lo maten! Y ante mis ojos un señor con sombrero tejano, Jack Ruby, sale de entre el público con una pistola en la mano disparando a bocajarro sobre él… Esa premonición, cumplida inmediatamente de formulada, me ha acompañado siempre como una maldición de la que creo nunca podré desprendeme. Al igual que me acompañará para siempre la imágen vista de nuevo por televisión días más tarde del solitario corcel negro, ensillado, que acompaña los restos mortales de Kennedy por las calles de Washington; y el saludo militar de John-John, su hijo pequeño, acompañado de su hermana y de su madre, al pasar ante ellos el cortejo fúnebre… Ahí están, vívidos como si fueran hoy, todos esos recuerdos. Y supongo que ahí seguirán mientras yo pueda seguir diciendo que tal día como hoy de hace nosecuantos años…

El pasado año (el del cincuentenario) no me pareció que hubiera una excesiva proliferación informativa alrededor del mismo. En el diario El País aparecieron varios reportajes recordándolo, entre ellos los titulados: "Los que vieron morir a Kennedy", o "250 000 voces para llorar a Kennedy". Yo, por mi parte, y para no dejar en mal lugar a mi hija Ruth, traje de nuevo hasta el blog los enlaces a las entradas y vídeos que publiqué en 2012: "John F.Kennedy, asesinado en Dallas (22/11/63)", y  "Erykah Badu canta "Windows seat" (Dallas, 2010)"; las que dediqué al acontecimiento en 2011: "Tal día como hoy de hace no sé cuantos años...", y "Funeral y entierro del presidente Kennedy"; y la que escribí en 2009 bajo el epígrafe "22-N: Una fecha para el recuerdo". Me repito, lo sé; no se enfaden conmigo, pero este es mi blog y mi recuerdo. Perdónenme por este ejercicio de nostalgia. 

En este otro enlace pueden ustedes acceder a un recopilatorio bastante completo de todos los reportajes y noticias que El País ha venido publicando sobre el asesinato de Kennedy desde 1976 hasta ahora mismo. El pasado año fui añadiendo a la entrada todo aquello que se iba publicando sobre el cincuentenario que me pareció de interés, por ejemplo: "El Camelot de Kennedy sin conspiraciones"; o este otro: "Abraham Zapuder, piedra fundamental del periodismo ciudadano", sobre el hombre que grabó las únicas imágenes del atentado; o el titulado "Quién mató a Kennedy"; este otro de "Dallas, cincuenta años después"; el de "La América de John F. Kennedy"; y el de "Jackie Kennedy y la invención de Camelot". No insisto, pero quedan citados para este misma hora el  22 de noviembre de 2015.


Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




Entierro del presidente Kennedy (Washington, nov. 1963)




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viernes, 21 de noviembre de 2014

Dieu et mon droit



http://www.elpais.com/recorte/20080705elpepivin_2/XLCO/Ies/20080705elpepivin_2.jpg





Nicole Muchnik, una conocida escritora y pintora tunecina afincada en España escribió hace un tiempo en El País un artículo muy crítico con la iglesia católica española: "La excepción religiosa española", se titulaba. Y me acordé hoy de él a punto de terminar de releer las casi 800 páginas de "Cristianismo. Esencia e historia" (Trotta, Madrid, 1997), del teólogo suizo Hans Küng. 

Se equivoca quien piense que el fenómeno religioso me resulta ajeno o indiferente; por el contrario, me interesa muchísimo y no para combatirlo, cuestión esa es la que no tengo el menor interés, sino porque me parece un fenómeno relevante en la historia del progreso humano y que debería conocerse y enseñarse en las escuelas, eso sí, desde la objetividad y la total ausencia de dogmatismo. ¿El cese, o jubilación forzosa si lo prefieren así, de monseñor Rouco al frente de la iglesia católica española hará que esta camine por derroteros diferentes a los que caracterizaron su mandato? Espero que sí.   

Esta entrada me va a resultar un poco más larga de lo habitual pero no me queda más remedio que hacerlo así si quiero explicarme. Cuenta Küng en el libro citado más arriba refiriéndose al pensamiento de Immnauel Kant (1724-1804) sobre la existencia o no existencia de Dios, que fue de extrañar que él, el ilustrado por antonomasia, superara al mismo tiempo la Ilustración en sus tres críticas: "Crítica de la razón pura" (1781), "Crítica de la razón práctica" (1788) y "Crítica del juicio" (1790), poniendo límites estrictos a la ingenua omnipotencia de la razón respecto del conocimiento de Dios, pero haciendo lo mismo con la fe ingenua. Es claro, dice Küng, que no son posibles las demostraciones científicas acerca de Dios, sobre la existencia de un Dios que no está en el tiempo ni en el espacio y que por consiguiente no es objeto de contemplación. Las pruebas de Dios según Kant, afirma, no solo han fracasado sino que en modo alguno son teóricamente posibles. Por eso, añade, Kant en la cuestión del conocimiento de Dios apela no a la razón teórica sino a la razón práctica, que se manifiesta en la actuación moral del hombre: Se trata, dice, no solo del ser, sino del deber ser; no solo de ciencia, sino de moral. Dios es, pues, concluye, la condición de la posibilidad de moralidad. Pues lo siento, pero no me convence Kant, al que no he leído en profundidad, ni Küng, al que sí he leído y admiro. Yo no necesito a un Dios eterno para ser un hombre moral

Llevo unos meses dándole vueltas a la idea de matricularme en alguno de los cursos que imparte el Instituto Superior de Teología de Canarias en Las Palmas, pero no acabo de decidirme. Me resulta complicado explicar que puedo sentirme cristiano sin creer en Dios, pero eso es lo mismo que pensaban también la filósofa Simone Weil o el escritor Albert Camus, ambos franceses, por citar solamente dos ejemplos señeros al respecto; ellos creían en un humanismo cristiano, sin necesidad de un Dios, que yo comparto. 

A mí ninguna confesión religiosa me parece un peligro público; ya he superado esa fijación pueril. Respeto su derecho a existir, a organizarse como mejor crea, a adoctrinar a sus fieles y a exponer libremente su "mensaje", si es que lo tiene... Pero sí me molesta que la iglesia católica española goce de privilegios inadmisibles e inentendibles en otros países europeos, salvo acaso la excepción italiana o polaca. Y que no se me diga que el 99,99 por ciento de la población española es católica para justificarlos, primero porque no es verdad, y segundo porque una cosa es haber sido bautizado en una confesión religiosa, y otra muy distinta compartir, aceptar, seguir y cumplir sus preceptos, y no digamos ya considerar que esos preceptos y directrices obligan al conjunto de la sociedad. 

Sin acritud, y con cierta dosis de ironía, diría que lo ideal para mi es que ser católico, evangelista, luterano, testigo de Jehová, musulmán, judío, ortodoxo, ateo, agnóstico, etc., etc., etc., resultara tan irrelevante a efectos sociales para los ajenos a la respectiva fe como ser del Real Madrid, el Barcelona o el Numancia Fútbol Club... Mientras no sea así seguiré siendo escéptico sobre las iglesias y confesiones, sobre "todas ellas", hasta que no demuestren con sus actos que las personas somos, para "todas ellas", más importantes que sus dioses. Y es que remedando el lema nacional de la Gran Bretaña que da título a la entrada a mí lo que me gustaría poder decir es: "Dieu est-il?, oui, mais mon droit aussi" (¿Dios?, sí, pero mi derecho también). 

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




Nicole Muchnik




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jueves, 20 de noviembre de 2014

Recorrido sentimental por la Roma española



"Extasis de Santa Teresa" (Bernini, Roma)



No puedo negar que lo mío con Roma fue amor a primera vista. Sí, confieso que es el único lugar del mundo, fuera de mi isla de Gran Canaria, en el que me gustaría vivir. Hasta en invierno, algo que detestaba César Moncada, el joven protagonista de la novela de Pío Baroja "César o nada", escrita en 1910, que curiosamente resulta una apología "avant la lettre" del movimiento fascista italiano que no nacería sino once años más tarde. ¿Premonición de Baroja? A ello le dediqué un trabajo de curso durante mis estudios de licenciatura en ciencias políticas, pero eso nada tiene que ver con mi pasión por Roma. 

Tampoco voy a contar de nuevo la historia de mi primer encuentro con la Ciudad Eterna. La tengo comenzada y nunca concluida en la entrada del blog que lleva su nombre: "Roma". Solo animarles a leer el relato que en ella reproducía del escritor Enric González titulado "Historias de Roma", historia que concluía con la encomiosa recomendación del autor de que no se perdieran, si tenían la ocasión de presenciarlo, el más maravilloso de los espectáculos que un mortal puede gozar en esa ciudad: ver caer la nieve en el interior del Panteón... Yo no lo he visto, pero espero hacerlo algún día. En cada una de las ocasiones en que he visitado Roma, me he dejado muchas cosas por ver. Así, siempre tendré una excusa para volver... La próxima tengo claro que me gustaría pasar una noche entera de verano deambulando por el Trastévere con mi mujer.  

Hoy quiero traer al blog una nueva crónica sobre Roma, en esta ocasión, publicada hace pocos días en el diario El País por el novelista español Pedro Jesús Fernández bajo el título de "Romance español en Roma", que no es otra cosa, como digo en la cabecera de la entrada, que un recorrido sentimental por la Roma española. Por las plazas, calles, edificios, estatuas, fuentes, palacios y lugares de la ciudad de Roma vinculados por la fuerza del tiempo a esa otra vieja tierra que es España y a sus gentes. 

Un recorrido que comienza hace más de veinte siglos en la octava colina romana, el monte Testaccio, conformado por los restos de los millones de ánforas que durante centenas de años llegaron a Roma trayendo el vino y el aceite de sus provincias de Hispania; sigue por la piazza Navona, con sus edificios poblados de conchas de Santiago y castillos y leones; o por el palazzo Borghese, la residencia de Paulina Bonaparte, que fue sede de la embajada de la República Española ante Italia; o por la piazza Fameta, por donde deambula aun hoy Aldonza, la lozana andaluza de Francisco Delicado. Pero también por el palazzo di Spagna, en la plaza homónima, quizá, o sin quizá, la plaza más famosa de Roma, en la que está desde 1647 la embajada más antigua del mundo: la de España ante la Santa Sede, plaza que fue durante siglos de jurisdicción española. O por Villa Medici y sus jardines, magistralmente retratados por Velázquez, y en donde también pintó su "Venus del espejo" y el que está considerado el mejor retrato de la historia de la pintura universal, el del papa Inocencio X. Y porqué no, gozando del "Extasis" de nuestra Teresa de Jesús, la sensual escultura de Bernini en la pequeña iglesita de Santa Maria della Vittoria; o si de iglesias hablamos la basílica de Santa Maria Maggiore, la más hermosa de Roma, cuyo techo está fabricado gracias a la primera remesa de oro que España trajo de América. O el castel de Sant'Angelo, la más majestuosa tumba del mundo, mandado construir por el emperador Adriano, originario de Itálica, en la provincia hispana de la Bética. 

Y más cosas, muchas más cosas, lugares e historias que no quiero revelarles para así animarles a hacer conmigo, de nuevo o por vez primera, este emocionado y emocionante recorrido sentimental por las huellas que España y los españoles dejaron en Roma a lo largo de los siglos. Comprenderán ahora porqué siempre que viajo a Roma me dejo a propósito cosas y lugares por ver...

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Castel de Sant'Angelo (Roma)




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martes, 18 de noviembre de 2014

¿Marilyn o Norma Jeane?






No sé a cuál de ellas preferirán ustedes, pero yo me quedo con Norma Jean Mortenson. Nunca la conocí como tal sino intepretando su papel, el que le tocó en la rueda de la Fortuna, el de Marilyn Monroe, y aunque no me crean, nunca tan admirable para mí como en una de sus últimas películas, "Vidas rebeldes" (1960), de John Huston, junto a Clark Gable y Montgomery Clift. Nunca hasta entonces me había parecido tan frágil, tan Norma Jeane, tan bella y tan ella misma. De seguir viva tendría ahora 88 años. Pero la diosa Tiqué se la llevo a los 36 años para desgracia de ella y fortuna de sus admiradores que nunca la conocerán ajada ni maltrecha de cuerpo, aunque de alma lo estuvo y mucho.

El escritor español Benjamín Prado le dedica hoy en El País un hermoso recuerdo: "Cuando Marilyn Monroe leía a Lorca y Alberti", en el que nos cuenta que cuando la casa Christie's sacó a subasta su biblioteca personal, aparecieron en ella más de cuatrocientos títulos de primerísimo nivel literario que incluían a autores como Joyce, Whitman, Saint-Exupéry, Wilde, Kerouac, Tolstoy, Proust, Camus, Mann o Steinbeck, pero también a Federico García Lorca y Rafael Albertí o un catálogo sobre la pintura de Francisco de Goya. La noche del 4 de agosto de 1962, la noche de su muerte, cuenta Prado, su amigo Ceferino Carrión, un español de Santander, dueño del restaurante La Scala, llevó a la casa de Marilyn la cena que esta le había encargado. Fue, quizá, el último de sus amigos que la vio con vida. Y este contó más tarde la gran admiración que Norma Jeane sentía por la cultura española, no solo por los citados Lorca y Alberti, sino también por la obra pictórica de Velázquez, Goya o Picasso. Si la frase "dime que has leído y te diré quién eres", comenta Prado, tuviera algo de cierto, después de asomarnos a su biblioteca tal vez sepamos algo más de ese mito erótico, el mayor del siglo XX, que fue Marilyn Monroe.  

Pero yo me quedo con Norma Jeane, la persona real, y no con la actriz. El artículo de El País trae una foto suya, ¿de Marilyn?, ¿de Norma Jeane?, leyendo, se supone que en su casa, con un vestido rojo que deja poco que ocultar: ¡está bellísima! Sin duda es una pose, como en esa otra foto que pongo al final de la entrada en que, de nuevo, nos la presentan leyendo, ahora el "Ulises" de Joyce. 

Marilyn fue un mito, pero Norma Jeane fue una persona real bella, frágil e infeliz que fue tratada por todos los que la conocieron, incluso por los que la amaron, como un simple objeto, un cuerpo adorable, al que utilizaron a su antojo. Y yo prefiero quedarme con la persona tierna y desamparada que rodó, quizá ya más Norma Jeane que Marilyn Monroe, la inolvidable "Vidas rebeldes". 

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Entrada núm. 2193
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lunes, 17 de noviembre de 2014

¡Qué vienen los vándalos!... ¿Y la izquierda, dónde está?




El historiador Tony Judt


A los amables lectores que lleguen por vez primera a este blog les extrañará el título de la entrada de hoy: una exclamación que tiempo atrás causaba pavor entre quienes la escuchaban. Los vándalos fueron un pueblo germano asentado durante siglos entre los ríos Vístula y Oder, en Europa oriental, que a principios del siglo V d.C. llegan junto a visigodos, suevos y alanos a las provincias romanas de Hispania. Como federados del imperio pernoctan en la Bética, acaban fundando un reino en el norte de África y escriben su nombre en la historia de España dàndole el suyo a mi tierra de nacimiento: Andalucía. 

Los vándalos de hoy, ese azote que pulula hoy de un extremo a otro de Europa y España sin más ideología ni programa que mirarse el ombligo para ver si es más redondo que el del vecino y poner patas arriba todo lo hecho hasta ahora (malo o bueno, les da lo mismo), son los nacionalismos y populismos de todo tipo y condición. Como ya escribí sobre ellos hace unos días no voy a insistir en el asunto. 

Ahora quisiera escribir de nuevo sobre la "izquierda", y permítanme hacerlo trayendo de nuevo a colación una cita del gran politólogo italiano Norberto Bobbio: "Cuando alguien dice que no es de derechas ni de izquierdas, es SIEMPRE de derechas". Como método de análisis político puede parecer simplista pero les aseguro que funciona relativamente bien.

Descartados nacionalismo y populismo como instrumentos de regeneración democrática, y autodescartada la derecha , anclada en el inmovilismo revestido de teoría ecomómica, social y política, nos queda mirar a la izquierda real y posible, no a la de las utopías castrantes del comunismo y el anarquismo, fracasadas históricamente. ¿Pero existe hoy esa izquierda? Y si existe ¿dónde está? ¿Qué le está pasando a la izquierda en el mundo? ¿Tiene la socialdemocracia europea (la única izquierda posible) alguna influencia real en el continente? ¿O es imposible a estas alturas de la historia la mera idea de asociar socialismo, libertad y democracia?

Hace solo quince años trece de los quince Estados de la Unión Europea estaban gobernados por partidos socialistas. Hoy, en una unión de veintiocho Estados, apenas queda una decena, algunos en coalición, y otros acercándose a un abismo electoral inédito en su historia. Lo contaba Cecilia Ballesteros en un artículo de El País de octubre pasado titulado muy gráficamente "Socialistas en tierra de nadie". Y añadía: El primer ministro francés, el socialista Manuel Valls. ha dado la voz de alarma poniendo el dedo en la llaga, una llaga muy dolorosa, decía la articulista: "Hay que acabar con la izquierda anticuada. Incluso, ¿no ha llegado el momento de dejar de llamarnos socialistas?". Son palabras textuales de Manuel Valls. ¿Que fue mal? se pregunta Cecilia Ballesteros. ¿Cómo puede haberse desbaratado el modelo de Estado de bienestar levantado tras la II Guerra Mundial, base de los treinta años gloriosos de prosperidad que hicieron del continente una sociedad justa? 

Al comienzo de su artículo Ballesteros cita una frase del historiador británico Tony Judt (1948-2010), tantas veces citado por mí en este blog, tomada de su libro "Algo va mal": "La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy es mejor que cualquier otra que tengamos a mano". Frase que a  mí me recuerda mucho a la también famosa cita de otro famoso compatriota suyo, el que fuera primer ministro británico durante la II Guerra Mundial, Winston Chuchill (1874-1965), sobre la democracia: "Es el peor régimen político, exceptuados todos los demás".

De Tony Judt y su libro "Algo va mal" (Taurus, Madrid, 2010) ya he escrito en anteriores ocasiones en el blog. De él y de su libro, de su honestidad personal como historiador y como hombre de izquierdas escribió una magnífica reseña con motivo de su muerte el profesor Álvarez Junco (Revista de Libros, marzo 2011) titulada "Elegía por la socialdemocracia". Y también sobre Tony Judt y su libro, apenas dos meses después de su muerte, en octubre de 2010, escribió en El País una elogiosa crónica: "El testamento político de Tony Judt", el profesor Josep Ramoneda. Creo que merece la pena, de verdad, que echen una ojeada a los enlace citados para comprender el alcance de la actual y larga crisis de la socialdemocracia europea (y española). Si tienen interés en ello, claro está.

Del libro de Judt que estamos comentando recuerdo una frase (la cito de memoria) que venía a decir que no debemos sacralizar los nombres ni las palabras: que el nombre con el que nos autodefinamos no tiene mayor importancia; que podemos llamarnos y reconocernos como de izquierdas, socialistas, social-liberales, socialdemócratas o progresistas; que los nombres carecen de importancia; que lo importante es que defendamos que el socialismo solo es posible desde la libertad y que la libertad tiene que ir indisolublemente unida a la idea de igualdad.

El partido socialista español hizo pública ayer domingo una declaración política de alcance, denominada "Declaración de Zaragoza", en la que invita a todas las fuerzas políticas españolas a implicarse en la búsqueda de un acuerdo global que siente las bases para una reforma de la Constitución de 1978 sin echar por tierra los enormes avances políticos y sociales que ella ha supuesto. Era un paso necesario y ya está dado. Esperemos que fructifique, por el bien de todos.

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




Pedro Sánchez, secretario general del PSOE




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"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

viernes, 14 de noviembre de 2014

Leer, pensar, escribir







Leo en la edición elecrónica de El País Semanal la entrevista que el semanario hace al escritor británico Julian Barnes (nacido en 1946, veinte días antes que que este escribidor). Interesante entrevista, sin duda, en la que hace referencia constante, de motu propio o a instancias del entrevistador, a tres de sus obsesiones literarias: la pureza y el buen uso del lenguaje, la influencia de los escritores y la literatura francesa (algunos le consideran el escritor más francés entre los ingleses) y la omnipresencia en sus libros de temas como la muerte o el suicidio, aunque siempre tratados con ese distanciamiento pudoroso e irónico de los ingleses sobre sí mismos.

Alguien dijo alguna vez que toda obra literaria es el fondo una paráfrasis de la propia vida, consciente o inconscientemente, del autor. Y de sus lecturas, añade Barnes en la entrevista reseñada: estoy de acuerdo. Leyéndola recordé haber escrito algo en el blog, alguna vez, sobre él y sobre el único de sus libros que he leído. Una obra menor, sin duda: "La mesa limón" (Anagrama, Barcelona, 2005). Y sí, lo hice en una entrada de noviembre de 2011: "Mis lecturas", en la que dejaba constancia de las reflexiones a vuela pluma reflejadas en una especie de diario literario que llevé entre mayo de 2004 y noviembre de 2006 sobre algunas de mis lecturas (no académicas), setenta en total, de aquellas fechas. No sé si interesarán a alguien, pero por si es así, ahí las dejo.

Sobre "La mesa limón" de Julian Barnes tengo anotado lo siguiente: "Colección de relatos cortos de este escritor británico en los que con ácido humor pone delante de nuestros ojos la vida, los amores y la presencia latente de la muerte de las personas englobadas en ese grupo que hemos dado en llamar "tercera edad"; deliciosos relatos a pesar del previsible final trágico de todos sus protagonistas".

Ya puestos a ello, si lo desean y tienen tiempo, curiosidad y paciencia, les invito a echar una ojeada en la columna derecha del blog al apartado "Algunos de mis autores (y sus libros) favoritos". Solo pongo un libro por cada autor. Evidentemente, no están todos los que son pero sí son todos los que están... En cualquier caso, no dejen de leer la entrevista a Julian Barnes, que es el objeto central de esta entrada. Espero que la disfruten. 


Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




El escritor Julian Barnes



Entrada núm. 2191
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miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Cataluña contra España o España contra Cataluña?: Al final vamos a perder todos...



Manifestación independentista en Cataluña


Hace unos días una buena amiga catalana me reprochaba de buenas maneras mi actitud contraria a una posible independencia de Cataluña de España. Tras manifestarle mi profundo y sincero respeto por todos los catalanes: por los que se sienten y solo quieren ser catalanes y por los que se sienten y quieren seguir siendo catalanes y españoles, no me quedó más remedio que expresarle mi opinión de que la democracia no consiste en hacer cada uno lo que le da la gana cuando le da la gana, sino en respetar a rajatabla las reglas de juego comunes, es decir, la Constitución. Y si esas normas no gustan, no sirven, no funcionan, las cambiamos todos los españoles, no solo una parte de los españoles.

El documentado y denso estudio del profesor Gabriel Tortellá, catedrático emérito de historia de las instituciones económicas de la universidad de Alcala, titulado "Los costes de la separación de Cataluña. Los divorcios son caros", publicado hace solo unas horas en Revista de Libros, no va a convencer a nadie que ya esté convencido de la validez de su propio criterio, pero pienso que merece la pena leerlo con atención, y después, allá cada cual con sus conclusiones.

En todo caso, sería deseable por el bien de catalanes y españoles, un máximo de cordura y un mucho de sangre fría ante tanto incompetente e incendiario a uno y otro lado del Ebro para que no acabe este convertido en barricada.

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt



Rajoy y Mas: ¿Un diálogo de sordos?



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domingo, 9 de noviembre de 2014

Y el Muro (de Berlín) se cayó....



Berlin, 9 de noviembre de 1989 

Esta entrada ha sido programada para publicarse exactamente a las 20:12, hora de Canarias, del día 9 de noviembre de 2014, justo en el momento en que se cumplen los veinticinco años en que el Muro de Berlín fue derribado por los jóvenes de uno y otro lado del mismo, hartos de una ignominia que avergonzaba al mundo. 


El caso es que ese día y a esa hora exacta el Muro de Berlín, tras 18 años, 2 meses y 27 días de existencia y más de 300 víctimas mortales en su intento de traspasarlo, se vino abajo. ¿Recuerdan que estaban haciendo ustedes exactamente a las 20 horas y 12 minutos de ese 9 de noviembre de 1989 en que la historia de Europa y de la Guerra Fría dio un vuelco espectacular? Supongo que habrá mucha gente que lo recuerde, pero estoy seguro que no es el caso de la mayoría. Yo, tampoco, pero sí que...

También un día 9, sí, es casualidad, pero es así, en este caso del mes de julio de 1964, este escribidor en ciernes comenzaba en Cercedilla, un pueblo de la sierra de Madrid en el que estaba pasando unos días de vacaciones con su familia, una especie de diario que cincuenta años después aún sigue llevando. Sólo en los primeros años fue lo que podría decirse un "diario" clásico de juventud, en el que se ven registrados los primeros escarceos amorosos y los primeros desengaños, los problemas con los estudios y el trabajo, los acontecimientos familiares, los relaciones y enfrentamientos con los amigos, las lecturas, y los problemas de conciencia; sí, muchos problemas de conciencia... En diciembre de ese mismo año comenzaba a trabajar y ese diario de adolescente, se fue convirtiendo imperceptiblemente en un registro pormenorizado, eso sí, y anotado día a día, de sucesos, acontecimientos y vicisitudes personales con muy poco, por no decir nada, de reflexiones o confesiones íntimas. Y así sigue, día a día, exactamente 18386 días después.

El 9 de noviembre de 1989, al final de la página de ese día, hay en el diario una escueta anotación de cuatro líneas escrita con estilográfica de tinta negra, que dice así: "El Muro de Berlín se cae: El nuevo gobierno germano-oriental ha abierto el Muro sin restricciones. Queda como un monumento a la insolidaridad humana". Hoy se conmemora en toda Europa ese hecho. No me corresponde a mi, ni querría hacerlo, un análisis de tan trascendental acontecimiento. Sólo dejar constancia de como lo percibí ese lejano día de hace veinticinco años. 

En noviembre de 2009, en la conmemoración del vigésimo aniversario de la caída del Muro, si lo comentaron ilustres profesores, políticos y periodistas. Guardo tres de esos comentarios que me parecieron más que interesantes y que no han perdido nada de actualidad.

El primero, de Rosa María Artal, una excelente periodista con la que yo mantenía por aquellas fechas una fluida relación epistolar a través de nuestros respectivos blogs. Aquel día de 1989 ella estuvo en Berlín con un equipo de Televisión Española, lo vio y lo vivió todo en primerísima persona y lo rememoraba en un artículo titulado "Berlín: Así se desmoronó el Muro", de octubre de ese año 2009.

El segundo, del sociólogo y profesor en la Universidad Libre de Berlín Ignacio Sotelo, se titulaba "Por qué cayó el Muro", se publicaba unos días antes del veinte aniversario de la efeméride explicando las causas políticas, económicas y sociales que llevaron a su estrepitosa caída, y con ella, a la del Telón de Acero, el fin de la Guerra Fría y el comienzo del proceso de reunificación europea.

El tercero y último estaba escrito por el protagonista innegable de la desaparición del Muro de Berlín y, con él, del comunismo como opción política, y poco más tarde de la propia Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que lo sustentaba. Me refiero, como es lógico, a Mijail Gorbachov, en esos momentos todopoderoso secretario general del PCUS y líder del comunismo mundial, que el día 5 de noviembre de 2009 escribía un ponderado artículo titulado "Veinte años después del Muro la historia continúa", en el que analizaba los cambios positivos que habían ocurrido en el mundo en esos últimos veinte años y, también, los retos y problemas a los que se enfrentaban ahora la humanidad y los Estados.

Mucho más reciente, del pasado mes de octubre, es el recordatorio del aniversario que comentamos por parte del ingeniero y profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, Francisco García Olmedo, en un artículo titulado "Gerald Edelman me avisó de que el Muro iba a caer", que recuerda con claridad como en una cena con un colega suyo, el ingeniero genético Gerald Edelman, unos años antes de aquel 9 de noviembre de 1989 su amigo le había predicho con exactitud la caída del muro...

Les dejo con el especial que el diario El País está dedicando durantes estos últimos días a la efeméride que celebramos. Espero que les resulte interesante. ¿Se animan a contar lo que estaban haciendo ustedes a esa hora ese día clave para la historia de Europa? Desde el trópico de Cáncer está a su disposición.

Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




La Puerta de Brandeburgo, hoy (Berlín, Alemania)



Entrada núm. 2189
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