lunes, 28 de febrero de 2011

Cortes de Cádiz: Diario de Sesiones - Febrero de 1811





Los desastres de la guerra, grabado de Francisco de Goya



En el enlace que se indica más adelante de la página electrónica del Congreso de los Diputados de España, puede leerse el Diario de Sesiones de las Cortes de Càdiz correspondiente al mes de febrero de 1811. Hace justamente 200 años. Espero que les resulte interesante. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt





La familia de Carlos IV, de Francisco de Goya




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"Pues, tanto como saber, me agrada dudar" (Dante)
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

Goya en tiempos de guerra. Museo del Prado (Madrid)

sábado, 26 de febrero de 2011

El frufrú de las togas





Togas





Durante más de 150 años aproximadamente, desde el pronunciamiento de Riego en 1820 hasta el golpe de estado del 23-F en 1981, los españoles -permítaseme la metáfora- hemos vivido bajo el síndrome del perpetuo "ruido de sables" que salía de las salas de banderas de nuestros cuarteles. Hoy, el ejército español es, junto a la Corona, la institución política más y mejor valorada por el conjunto de la sociedad..


¿Tendremos que esperar otros 150 años para que los nietos de nuestros nietos puedan decir lo mismo de la justicia? Parece difícil; casi imposible, diría yo, la consecución de tal "aggiornamento" en el seno de la institución peor valorada, con mucho, de la democracia española. Por culpas ajenas, sin duda, pero también por méritos propios. Un cáncer [v. "El cáncer de la democracia española"] que quizá solo pueda enfrentarse con éxito a una cierta posibilidad de salvación extirpando de raíz todo cuanto tiene de enfermo y podrido.

Sonroja la complacencia mostrada por la cúpula judicial española sobre el funcionamiento de sí misma, si bien es cierto que cada vez son más la voces que desde dentro del propio poder judicial se alzan contra tal estado de cosas. Por citar solo tres ejemplos recientes, a los que remito: "La cara poco humana de la justicia", un reportaje de Pere Ríos en El País del 24 de febrero pasado; el artículo "Un juicio al tribunal supremo", del ex fiscal jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejotambién en El País del día anterior; o el blog "Reinventemos la Justicia", de la exjueza Manuela Carmena, cofundadora de Jueces para la Democracia.

Si comencé esta entrada de hoy con la metáfora del ya extinto "ruido de sables" que se oía en las salas de oficiales, permítaseme concluirla  con una onomatopeya que es toda una aspiración: la del "frufrú" de las togas que, al escucharse en las salas de vistas de nuestros tribunales, nos hagan ponernos en pie, respetuosamente, porque ahora sí, estamos ante la personificación de la Justicia.

Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






La justicia por Forges







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¿Qué es la Justicia?

miércoles, 23 de febrero de 2011

El golpe de estado del 23-F, treinta años después






Gutiérrez Mellado y Adolfo Suárez 






Estoy muy cansado... Pero comparto lo que para sí misma, y sobre lo que para ella representaba la tarea de escribir, decía la novelista francesa Françoise Sagan y que yo  reproducía en mi última entrada del blog. 

Hoy, trigésimo aniversario del intento de golpe de estado que ha pasado a la historia bajo las siglas 23-F, me hubiera gustado decir o escribir algo original, pero creo que es una tarea estéril. Salvo voces aisladas como las del abogado, escritor y cineasta grancanario Gustavo Socorro que aún insisten en el argumento de tramas secretas y en la implicación del propio rey Juan Carlos o de personas de su entorno más inmediato en la preparación del golpe, la verdad política, jurídica e histórica, está ya dicha. 

En varias ocasiones he escrito en el blog sobre el 23-F [v. "El día de la ignominia", "Anatomía forense" o "Anatomía de un instante"]. En la Wikipedia se puede encontrar una información muy sucinta sobre el hecho, pero con buenos e interesantes enlaces. Y en El País de hoy puede verse, y descargarse pare el recuerdo, las siete ediciones facsímiles que dicho diario publicó sobre el desarrollo del golpe de estado a lo largo de los días 23 y 24 de febrero de 1981.

Personalmente viví la jornada con un sentimiento de profunda vergüenza. Sí, creo que ese fue el único sentimiento del que guardo recuerdo. En ningún caso de miedo o temor. Aquella tarde había estado acompañando a mi mujer a comprar unas cortinas para el cuarto de estar, y luego a las cinco, hora de Canarias, estaba sentado en mi coche a las puertas del centro asociado de la UNED en Las Palmas esperando para asistir a un coloquio sobre alguna de las asignaturas, no recuerdo cual, que cursaba de la licenciatura en Geografía e Historia, escuchando la radio. Fue así como tuve noticia de lo que estaba pasando en Madrid. Volví a casa enseguida y llamé por teléfono a mis padres y mis hermanos, que vivían en Madrid. Y luego, como todos los españoles, me puse a escuchar la radio junto a mi mujer y mis hijas. 

Cuando el rey salió por televisión supe, con seguridad, que aquello había acabado y nos fuimos a dormir, más por agotamiento que por valentía. Al día siguiente mi mujer y yo fuimos a nuestros trabajos respectivos convencidos de que la rendición de los asaltantes era cuestión de horas. 

Aún hoy, treinta años después, no he logrado sobreponerme al sentimiento de vergüenza que sentí aquel nefasto día, que solo palía el recuerdo del honroso comportamiento ante los golpistas del diputado comunista Santiago Carrillo, del general Gutiérrez Mellado y del propio presidente del gobierno, en funciones, Adolfo Suárez. Ellos salvaron el honor del parlamento, del gobierno, del ejército y de los españoles.

La omisión de toda referencia a los nombres de quienes mancharon con su actuación el uniforme que portaban es absolutamente premeditada por mi parte. No creo que merezcan ni siquiera que se les mencione.

Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






   
Santiago Carrillo






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lunes, 21 de febrero de 2011

Tristeza, rostro bello...






La escritora Françoise Sagan (1935-2004)




Las horas de hospital de un domingo dan para mucho, aunque se destinen a acompañar a un enfermo. A mi me han dado hoy para releer Buenos días, tristeza (Cátedra, Madrid, 1996), la extraordinaria novela de Françoise Sagan. Escrita en 1954, cuando solo tenía 18 años, la catapultó a la fama literaria de la noche a la mañana, y solo tres años después la llevaría al cine el gran director Otto Preminger.

La leí por vez primera, en francés, con dos años menos de los que tenía su autora cuando la escribió. Me la había regalado una amiga francesa con la que me carteaba desde hacía un tiempo, y su impacto en mí fue electrizante. Normal, hasta cierto punto, pues catalogada por muchos críticos como una novela de iniciación, con apenas 16 años la verdad es que casi todo resulta iniciación... Me aprendí de memoria, en francés, el poema de Paul Eluard que sirve de introducción a la novela, y casi todo el capítulo primero. Y me crean o no, sigue siendo, aún hoy, el único poema que soy capaz de recordar y recitar completo, en francés o en español. 

Dicen que un buen comienzo es el cincuenta por ciento del éxito de una novela. Y el de Buenos días, tristeza no puede resultar más sugerente: "Dudo en dar el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza, a este desconocido sentimiento cuyo tedio y dulzura me obsesionan. Es un sentimiento tan completo, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido algo honroso. Conocía el aburrimiento, la añoranza en menor medida el remordimiento, pero de la tristeza no había tenido experiencia alguna. Hoy algo se repliega sobre mí, como un tejido de seda, suave e irritante, y me separa de los demás."

Más tarde leí, ya en español, la mayor parte de sus otras novelas, y escribió unas cuantas, pero ninguna de ellas me gustó tanto ni alcanzó el clamoroso y espectacular éxito de Buenos días, tristeza. Françoise Sagan se convirtió para mí en un icono de juventud que persistió durante mucho tiempo y que en cierta manera no me ha abandonado nunca. Su azarosa vida personal jamás la apartó de lo que era, indiscutiblemente, la razón de su existencia: escribir.

Dejó dicho de sí misma: "Escribir es la única verificación que tengo de mí misma. A mi entender, es el único signo activo de que existo, y lo único que no me es muy difícil hacer. (...) Si no escribiera la vida sería diferente, no tendría ganas de encontrar las palabras que corresponden a lo que siento, ni tan siquiera tendría ganas de comprender o conocer, la vida estaría muerta".

Todos esos recuerdos me han venido esta tarde al releer Buenos días, tristeza, junto a una cama de hospital. Y es que la tristeza puede presentársenos en muchas ocasiones bajo la apariencia de un bello rostro, como dice el último verso del poema de Eluard. Un sentimiento que no debemos confundir con la "desgracia", que es un hecho o acontecimiento, como dijo la propia Sagan, que "no nos enseña nada, nos deja cojos, nos pone contra la pared". Por esos caminos transitamos ahora...

Sean felices, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




Adieu tristesse
Bonjour tristesse
Tu es inscrite dans les lignes du plafond
Tu es inscrite dans les yeux que j'aime
Tu n'es pas tout à fait la misère
Car les lèvres les plus pauvres te dénoncent
Par un sourire
Bonjour tristesse
Amour des corps aimables
Puissance de l'amour
Dont l'amabilité surgit
Comme un monstre sans corps
Tête désappointée
Tristesse beau visage.

- - - - - - - - - - - - - - - -

Adiós tristeza.
Buenos días tristeza.
Estás inscrita en las líneas del techo.
Estás inscrita en los ojos que amo.
Tú no eres exactamente la miseria,
pues los más pobres labios te denuncian
por una sonrisa.
Buenos días tristeza.
Amor de los cuerpos amables,
potencia del amor,
cuya amabilidad surge
como un monstruo incorpóreo.
Cabeza sin punta,
tristeza bello rostro.

Paul Eluard (1895-1952)









Imagen de portada de "Bonjour tristesse"





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Bonjour Tristesse, de Otto Preminger (1958)

lunes, 7 de febrero de 2011

Grandeza y servidumbres de la democracia





Atentado de ETA en 1991




El artículo que en El País de hoy publica su corresponsal político en el País Vasco, Luis R. Aizpeolea, titulado "La izquierda ''abertzale''' da un gran paso", me ha llevado a una dolorosa reflexión personal sobre la democracia, y lo que ella conlleva de dramática servidumbre y de gloriosa grandeza. La grandeza de la democracia, el respeto a la ley, es también su servidumbre. Comprendo las reticencias del gobierno y del partido socialista, me llena de estupor el cinismo del partido popular, y me preocupa la práctica unanimidad de la izquierda y los nacionalistas, pero la democracia tiene estas cosas. Si el partido que la izquierda nacionalista radical vasca pretende crear cumple los requisitos que la Constitución y la ley le imponen, habrá que legalizarla. Y todas las consideraciones personales, por justas que resulten, o por peligrosas que pensemos que sean las consecuencias de esa legalización, tienen que ceder ante el hecho fundamental de que la democracia no se construye desde la exclusión del adversario político sino desde el respeto a su existencia, por mucho que nos desagrade lo que dicen o hacen. La ley solo juzga hechos, no opiniones. Son las personas las que delinquen, no los partidos. Son la Constitución y la ley quienes determinan el terreno de juego de la democracia, no  nuestras opiniones, nuestras filias o nuestras fobias. Podemos comprender y compartir el dolor de las víctimas, pero nadie puede pedir a otros que compartan su dolor si no desean hacerlo; lo que si podemos y debemos exigirles es que condenen la violencia, la extorsión y el asesinato como medio de actuación política. Esa es, como demócratas, nuestra servidumbre. Esa es, como demócratas, nuestra grandeza. Ahora, que decidan los jueces. Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt








Dirigentes radicales vascos presentan nuevo partido






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ETA en acción (Película El Lobo)

domingo, 6 de febrero de 2011

Limpieza de sangre: La herencia maldita de Castilla






La conquista de Tenochtitlán, de Diego Rivera





"No es frecuente. Sin embargo, en ocasiones un libro nos obliga a replantear muy a fondo formas de entender aspectos del pasado que parecían bien explicados en sus líneas generales. Este es el caso de una reciente contribución de María Elena Martínez, profesora de la University of Southern California, un estudio fundamental acerca de las consecuencias que la exportación de los estatutos de limpieza de sangre tuvo en la formación histórica de las sociedades coloniales en la América española. La autora cuenta divertida cómo, en su primer viaje para investigar en los archivos españoles, los historiadores del lugar le mostraron su extrañeza por el tema que quería estudiar. A su buen entender, la elección carecía por completo de sentido, puesto que aquel instrumento de depuración de un catolicismo histérico no había sido exportado a los dominios de la monarquía al otro lado del océano. Los venerables legajos del Archivo de Indias, sin embargo, demostraban lo contrario con generosidad. El libro que comentamos es el resultado de aquella empresa de restituir la dimensión real a una cuestión que sólo desde la ignorancia puede ser considerada como incidental."

Es cierto, no es frecuente que la lectura de un solo párrafo desencadene en mí tal cantidad de sensaciones contrapuestas, pero así ha sido. Me ha costado mucho esfuerzo escribir esta entrada sobre esa herencia maldita de Castilla, la "limpieza de sangre", que sus conquistadores, sacerdotes, misioneros y colonizadores llevaron desde la península a tierras americanas después de ensayarla y hacerla fructificar, desgraciadamente, en la España europea.  Como descendiente de conversos que soy, esta entrada no puede ser entendida en sus justos términos sin una remisión obligada a dos anteriores mías publicadas en el blog bajo los títulos de "La Noche de los Cristales" y "Genética española", que pueden leerse en los enlaces reseñados. A ellas me remito.

El párrafo en cuestión corresponde a las primeras líneas del artículo titulado "Una herencia que nadie reclama", escrito por el profesor Josep M. Fradera, catedrático de Historia Contemporánea e investigador ICREA en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y que es una recensión crítica del libro "Genealogical fictions. Limpieza de sangre, religion, and gender in colonial Mexico" (Stanford University Press, Stanford, CA., 2010) de la profesora de la University of Southern California, María Elena Martínez. Lo publica en abierto Revista de Libros, en su número de febrero de este año, y pueden acceder al contenido del mismo en el enlace que he puesto más arriba.

En todo caso, como comentó el insigne historiador y filólogo español Américo Castro, el concepto de "limpieza de sangre" no fue un invento español, ni siquiera castellano o cristiano, sino judío, y por las razones de autodefensa que más adelante expone. Pero fueron esencialmente los castellanos quienes lo desarrollaron a lo largo de la edad media y lo condujeron a su plenitud en los siglos posteriores. Su paroxismo, sin embargo, llegaría en pleno siglo XX, bien es cierto que con otras connotaciones, de las manos del régimen nacional-socialista alemán. Dice Castro en su libro "España en su historia. Cristianos, moros y judíos" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1988): "No se encuentra en los cristianos medievales la inquietud por lo que después se llamaría limpieza de sangre. [.../...] Quienes realmente sentían el escrúpulo de la limpieza de sangre eran los judíos. [.../...] El judío minoritario vivió a la defensiva frente al cristiano dominador, que lo incitaba o forzaba a conversiones en las que se desvanecía la personalidad de su casta. De ahí su exclusivismo religioso, que el cristiano no sentía antes del siglo XV, si bien már tarde llegó a convertirse en una obsesión colectiva. [.../...] Para el cristiano medieval no fue problema de primera magnitud mantener incontaminadas su fe y su raza, sino vencer al moro y utilizar al judío." (págs. 519/520). "La limpieza de sangre fue réplica de una cristiandad judaizada al hermetismo racial del hebreo" (pág. 524). 

Antes de dejarles con la interesantísima lectura del artículo del profesor Fradera, una última digresión muy personal que tiene que ver con la anécdota sobre la extrañeza de los historiadores españoles ante el interés de la profesora Martínez por investigar un tema que a ellos les resultaba tan ajeno. Cuando terminé mis estudios de licenciatura en Geografía e Historia en la UNED, me planteé realizar mi tesis doctoral sobre las repercusiones que las noticias sobre los sucesos que dieron origen a las primeras luchas por su independencia de las repúblicas hispanoamericanas habían tenido en las islas Canarias. No podía creerme en aquel entonces, y sigo sin creérmelo ahora, que en Canarias, escala obligada de los navíos españoles en su travesía del Atlántico, y cuya población había contribuido tan generosamente a la colonización de los nuevos territorios, no se recibieran y percibieran con un cierto grado de expectación y excitación tales sucesos y echara germen la idea de independencia del archipiélago, al menos en la parte más "ilustrada" de su población -me remito al respecto a lo que pensaban los diputados peninsulares de las Cortes de Cádiz (1810-1812) sobre tal proceso en mi entrada de abril del pasado año titulada "La independencia de América"-. 

Para mi estupor y sorpresa, cuando le trasladé mi pretensión a un ilustre historiador y catedrático grancanario, pidiéndole que aceptara la dirección de la tesis, su respuesta fue que me olvidara del tema, que la burguesía ilustrada canaria, evidentemente la única capaz de haber acometido tal empresa, "nunca jamás" había sentido ni tenido tal pretensión y había sido "siempre fiel" a la corona española. Desgraciadamente para mí, no tuve los arrestos que tuvo la profesora María Elena Martínez para persistir en su empeño investigador. Y ahí se quedó el intento. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt 








El profesor Josep M. Fradera





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"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

"Aguirre, la cólera de Dios" (Werner Herzog, 1972)