miércoles, 29 de abril de 2009

Gran Canaria, la triple vergüenza y el 29 de abril

Con la rendición del último reducto de resistencia indígena que se había hecho fuerte en el Sitio de Ansite, y la entrega a los castellanos de las princesas Abenohara, Masequera y Tenesoya, el 29 de abril de 1483 se daba por concluida en el Real de Las Palmas la conquista y pacificación de Gran Canaria por la Corona castellana. Era una derrota en toda regla de la población aborigen, que desde 1478 había defendido con valentía e indomable coraje la independencia de su isla.

Durante 500 años el 29 de abril y el 8 de septiembre (Festividad de Nuestra Señora del Pino, patrona de la isla) fueron las festividades mayores de la isla de Gran Canaria. Civil y patriótica, la primera; religiosa y popular, la segunda. Restaurada la democracia, la primera dejó de celebrarse con la complicidad de una derecha oligárquica a la que le recordaba su vinculación con los fastos del franquismo, de una izquierda que se avergonzaba de "celebrar" una derrota, y de un nacionalismo bananero que repudiaba, y sigue repudiando, todo aquello que le relacione con España.

Allá ellos. Me da igual que me consideren un reaccionario. Será por la condición natural de mi familia, formada por descendientes de judíos conversos, castellanos-viejos, canarios de origen e italianos de la diáspora, que la pureza de sangre me la refanfinfla. Para mi, el 29 de abril seguirá siendo la fecha en que Gran Canaria entró por la puerta grande en la Historia. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)





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El Roque Nublo (Gran Canaria) con el Teide (Tenerife), al fondo





Imágenes:
(1) El Roque Nublo, símbolo de Gran Canaria, en:
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Bandera de Gran Canaria, Las Palmas




Símbolos de Gran Canaria:
(1) Escudo de Armas de Gran Canaria, en:
http://simbolosdecanarias.proel.net/xtras/images/img/gran-canaria_escudo.png
(2) Bandera de Gran Canaria, en:
http://img227.imageshack.us/img227/4351/z19jy8.jpg
(3) Himno Oficial de Gran Canaria, en:
http://www.youtube.com/watch?v=w02hFMo9b2A





http://simbolosdecanarias.proel.net/xtras/images/img/gran-canaria_escudo.png
Escudo de Armas de Gran Canaria




(Entrada núm. 1140) .../...

martes, 28 de abril de 2009

Anatomía de un instante

Al final lo compré antes de lo que pensaba. El mismo día 23 de abril, por la tarde, mientras paseaba con mis nietos, por la calle Mayor de Triana en Las Palmas, compré en la Librería Atlántico el libro que da título a este comentario: "Anatomía de un instante" (Mondadori,
Barcelona, 2009), escrito por Javier Cercas. Lo comienzo a leer esa mismo noche y lo termino, emocionado, el día 26 por la tarde bajo el porche de nuestra casa en Maspalomas. No voy a hacer una crítica, ni textual, ni de ningún tipo, del libro en cuestión. Que cada uno de los lectores saque sus propias conclusiones, y que lo disfrute, porque merece la pena leerlo.

Tengo la sacrílega (para algunos) costumbre de rellenar con anotaciones, pensamientos a vuela pluma, preguntas, interrogantes y signos de admiración, amén de subrayados y líneas al margen, las páginas de los libros que leo. Cuando son de mi propiedad, claro está. El número de anotaciones no es signo indiscutible de mi mayor o menor interés sobre lo que estoy leyendo, pero sí de que me ha interesado.

Mi primera anotación al texto de "Anatomía de un instante" la realizo al margen de la página 208 y dice así: "Yo, ese día, lo único que sentí fue una vergüenza inmensa". Y lo que la ha motivado es este párrafo en el que Javier Cercas habla de las similitudes entre la ocupación del Congreso de los Diputados por el teniente coronel Tejero, en 1981, y la de la mítica entrada a caballo en el hemiciclo, en 1874, del general Pavía. Mítica, sí, porque Pavía nunca entró a caballo en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, sino a pie, ante lo cual los diputados republicanos salieron de las Cortes en desbandada. En 1904, Nicolás Estébanez, grancanario como yo, poeta, político liberal, revolucionario republicano que acabó monárquico, y treinta años atrás diputado en las Cortes republicanas, escribiendo sobre ese hecho, comentó: "No rehuyo la parte de responsablidad que pueda corresponderme en la increible vergüenza de aquel día; todos nos portamos como unos indecentes". Y afirma Javier Cercas al respecto: "Aún no han transcurrido treinta años desde la asonada de Tejero, y que yo sepa, ninguno de los diputados presentes el 23 de febrero en el Congreso ha escrito nada semejante". Y en la página siguiente, la 209, afirma con rotundidad: "Ésa fue la respuesta popular al golpe: ninguna. Mucho me temo que, además de no ser una respuesta lúcida, no fuera una respuesta decente". Totalmente de acuerdo con él. Y esa es una más de las razones de mi vergüenza esa fatídica tarde: los españoles (entre los que me incluyo, claro está) ese día nos quedamos sentados ante la radio viéndolas venir... A partir de esa pagina las anotaciones se van a ir sucediendo con profusión.

"Anatomía de un instante" es el relato-crónica pormenorizado, detallista y exhaustivo del golpe de estado del 23 de febrero. Del "por qué", del "cómo" y los "por quién". De la "placenta" del golpe, como la denomina Cercas, de su desarrollo y de sus consecuencias. Y su título hace referencia a ese momento, clave, en que tras los disparos de los guardias civiles en el interior del hemiciclo, como en el fotograma congelado de una película, aparte de los asaltantes, sólo el
presidente del Gobierno, Adolfo Suárez; su vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado, y el diputado y secretario general del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, permanecen impertérritos en sus escaños mientras las balas silban a su alrededor. A explicar el "por qué" de ese hecho y a reinvindicar históricamente sus figuras, y el protagonismo y responsabilidad que tuvieron en la génesis del 23-F, está destinado buena parte del libro.

La última de mis anotaciones está en la páginas 434 (el libro tiene 437 sin contar notas y apéndices), y no es tal, sino un subrayado de diez líneas que dicen lo siguiente: "El franquismo fue una mala historia, pero el final de aquella historia no ha sido malo. Pudo haberlo sido: la prueba es que a mediados de los setenta muchos de los más lúcidos analistas extranjeros auguraban una salida catastrófica de la dictadura; quizá la mejor prueba es el 23 de febrero. Pudo haberlo sido, pero no lo fue, y no veo ninguna razón para que quienes por edad no intervinimos en aquella historia no debamos celebrarlo; tampoco para pensar que, de haber tenido edad para intervenir, nosotros hubiésemos cometido menos errores que los que cometieron nuestros padres".

Disfrútenlo, de verdad que merece la pena. Para los que tenemos edad para recordar lo que pasó aquel día, asumiendo nuestra cuota de responsabilidad personal e histórica; para los que no tenían edad para recordarlo y mucho menos comprenderlo, para que aprendan el valor de la libertad, los sacrificios de su conquista, y la facilidad con que ésta puede perderse por la estupidez y la ambición y la soberbia de los hombres. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)




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El presidente Adolfo Suárez




Imágenes:
(1) Adolfo Suárez, en:
http://desdemirincon.files.wordpress.com/2008/08/adolfo_suarez.jpg?w=444&h=526
(2) Portada de "Anatomía de un instante", en:
http://www.parasaber.com/libros/media/200904/14/20090414psalib_1_Ies_LCO.jpg





http://www.parasaber.com/libros/media/200904/14/20090414psalib_1_Ies_LCO.jpg
Portada de "Anatomía de un instante"




(Entrada 1139) .../...

lunes, 27 de abril de 2009

Vida de reyes

Es cierto. No suele faltarles de nada. Lo tienen todo, o casi todo, resuelto materialmente hasta el fin de sus días, y cuando eso llega, les sepultan en un precioso panteón (1) de mármoles rojos bajo el altar mayor de la Basílica de San Lorenzo de El Escorial... Eso es vida, y lo demás cuento...

La escritora Elvira Lindo (2), la "mamá" del entrañable y repelente Manolito "Gafotas", estuvo el pasado día 23 en la comida que los reyes de España ofrecieron en el Palacio Real de Madrid a Juan Marsé, premio Cervantes 2008, y a un centenar de invitados más. Ayer, Elvira Lindo dejó una crónica de esa comida en la revista Domingo, el suplemento semanal de El País.

¿Cómo será la vida si no puedes mantener una conversación maliciosa con un desconocido?, se pregunta la escritora. ¿Cómo vivir sin la pequeña maldad o sin esa confidencia temeraria a la que uno se atreve cuando se han bebido dos copas? ¿Cómo soportar que los demás no se comporten nunca contigo de manera natural? No le gustaría vivir así, confiesa, Y añade que aunque sabe que la van a llamar reaccionaria por ello, o lo que es peor, cursí, siente pena por los reyes; y que no quiere esa vida para ella.

Algunos dirán que si tan mal lo pasan, que se vayan. Bien, es una opción. Pero tengo la impresión de que con simplezas como esa dejamos en el aire la verdadera cuestión: Si tan inútiles, gorrones y parásitos resultan para el país, ¿por qué la Corona (3) es la institución política mejor y más valorada por los ciudadanos?... Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)





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Los reyes de España




Notas:
(1) http://www.fuenterrebollo.com/Sala-Reyes/panteones-escorial.html
(2) http://es.wikipedia.org/wiki/Elvira_Lindo
(3) http://www.casareal.es/

Fotos:
(1) Los Reyes de España, en:
http://farm3.static.flickr.com/2210/1822140911_3923b5944b.jpg
(2) La escritora Elvira Lindo, en:
http://www.madeingreen.com/es/images/amigos/ElviraLindo.jpg
(3) Real Monasterio de El Escorial, Madrid, en:
http://www.madridpedia.com/files/fotografias/monasterio-de-san-lorenzo-de-el-escorial-patrimonio-de-la-humanidad.png




http://www.madeingreen.com/es/images/amigos/ElviraLindo.jpg
La escritora Elvira Lindo




"AIRES DE GRANDEZA", por Elvira Lindo
Domingo, 26/04(09

Aires de grandeza. Eso es lo que debo tener, pienso, mientras miro al Rey, que preside la mesa en la que como, y siento compasión por la vida que le ha tocado vivir. Supongo que para los detractores de la Corona, esta sensación mía es un insulto al pueblo, ya que se supone que los Reyes son seres que sólo viven para acumular privilegios; supongo que también para él, para el mismo Rey, sería humillante si supiera que esta mujer que le observa desde el otro lado de la mesa siente algo parecido a la lástima por él. Alargo el cuello, hago la grúa, y la miro a ella, a la Reina, la veo afirmar con la cabeza, sonriente y con más atención que su marido, que a veces tiene la mirada brumosa; entonces, otra compasión del mismo calibre que la anterior me invade. No tengo a nadie a quien confesárselo; creo que en esta mesa de 100 personas que celebramos el Cervantes concedido a Juan Marsé no habría casi nadie que pudiera compartir estas ideas que rumio. Unos pensarían que sentir pena de los Reyes es reaccionario, cursi o de una inaceptable humanidad. ¡Pero no puedo evitarlo! Sé que ahora mismo hay mendigos de solemnidad ahí abajo en la plaza de Oriente, en el interior de los enormes setos que adornan el parque. Sé que hay casi cuatro millones de parados, inmigrantes sin papeles, mileuristas sin esperanza. Sé que hubo un culebrón, los ricos también lloran. Sé que los intelectuales miran las lágrimas de los Reyes con ironía. Bien. Sin embargo, yo, viéndolos a ellos, experimento de una, a lo bestia, toda la fortuna de mi vida: la fortuna de no cargar sobre mis hombros con un destino familiar del que no poder zafarme; la alegría de no ser el centro allí donde vas; la ligereza de caminar por donde me da la gana; la libertad de poder expresar mis ideas sin que se cuestione mi derecho a hacerlo; el alivio de no tener que hacer el rendez-vous a mandatarios extranjeros, el coñazo de los viajes, el coñazo de los bailes regionales en todos los aeropuertos. ¡Ja! No es que la desgracia ajena me haga sentir bien, aunque también. Me veo aquí, sentadita en palacio: cuando quiero, hablo con mis compañeros de mesa; cuando no, me quedo mirando la impresionante mampostería del techo. Cuando este palacio fue de verdad habitado, los reyes habrían de notar el runrún de los habitantes de los pisos superiores, de todo ese batallón de operarios, modistillas, criados, lavanderas, que asistían a la monarquía y formaban una especie de pueblo interior, un Madrid dentro de Madrid, con pasillos concurridos como si fueran calles. Tendría que oírse. Tal vez sería un lejano rumor, como el ruido de las correrías de los ratones en las buhardillas de los pueblos. Ellos ya no viven en este palacio inabarcable, pero viven en otras casonas, igualmente pertrechadas por vigilantes, ajenos física y humanamente a la gente que anda por la calle con las manos en los bolsillos. Me causa extrañeza esa vida, sí. ¡Con lo que a mí me gusta andar con las manos en los bolsillos! Miro al Rey. Muchos adjetivos le adornan, algunos muy sabidos: socarrón, campechano, simpático. Hago la grúa y miro a la Reina: atenta a las palabras de otros, discreta (algunos dirán que ese adjetivo se malogró este año). Imagino la de días en los que tienen que asistir a actos como éste. Se supone que este acto debiera ser un poco más sexy por el hecho de estar protagonizado por gente del mundo del libro. Pero no, nosotros podemos ser tan aburridos como cualquiera, o incluso más, porque forma parte de nuestra esencia mostrar desprecio y distancia, aunque lleguemos a ponernos paranoicos si no se nos invita. Nadie mejor que Alan Bennett ha descrito esa pose cejialta en aquel libro del que ya escribí, Una lectora poco común. Por lo que a mí respecta, estoy disfrutando, disfruto de ver el palacio por dentro, de zascandilear, de escuchar algún chisme, de saberme espectadora, sin más. Sobre todo, disfruto de lo que es una excepción en mis sobremesas. No podría aguantar que esto se repitiera más de un día al año. Para el café, pasamos al salón contiguo. Ésta es la parte relajada, me dice alguien, en la que ellos pueden departir con autores, editores y directores generales. Ah. Desde mi rincón, les veo, efectivamente, moverse de un grupo a otro. Los príncipes sostienen una atención más enérgica, más juvenil, como si la batería estuviera al máximo, pero en ellos se nota el cansancio de siglos, de su sangre y la de sus antepasados. ¿Cómo será la vida si no puedes mantener una conversación maliciosa con un desconocido? ¿Cómo vivir sin la pequeña maldad o sin esa confidencia temeraria a la que uno se atreve cuando se han bebido dos copas? ¿Cómo soportar que los demás no se comporten nunca contigo de manera natural? ¿Acaso no perciben que según se acercan a un grupo se hace un silencio, se tensan las sonrisas, se fuerzan las amabilidades? Al día siguiente, antes del gustoso ronroneo en mi siesta Amarentiemposrevueltos, veo el telediario; ahí están de nuevo, con una delegación india. Indios o escritores, tanto da. Un aburrimiento. Me imagino en su lugar, ya por la noche, en la soledad de su cuarto o de sus cuartos. Seguro que yo me pondría a fantasear con la república. Pero yo, ya digo, tengo aires de grandeza.




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Real Monasterio de El Escorial, Madrid




(Entrada núm. 1138) .../...

Sectarismos

La gente de izquierda es muy dada a los sectarismos, y contra más a la izquierda, más sectaria. Me aplico el cuento a mi mismo, y eso que yo me autoubico en una izquierda moderada, socialdemócrata, que ya no pretende transformar el mundo, y bastante tiene con que el mundo no acabe fagocitándola por entero. Por eso no me extraña el sectarismo maleducado y chillón de buena parte de la militancia de Izquierda Unida (1), y sí me duele en cambio el sectarismo, educado, pero sectario, de mi admirada escritora Almudena Grandes (2) refiriéndose ("Siempre Rosa", El País, 27/04/09) a la marcha de la ex-alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, (3) al gobierno de Andalucía como independiente.

A mi no me parece que cambiar de idea (política, social, religiosa, cultural, económica...) sea algo malo en sí ni motivo de vergüenza o escarnio. Ayer mismo, en el programa "Redes" de la Segunda Cadena de radio-televisión española, Eduardo Punset (4), un excelente divulgador científico, comentaba -sin referencia alguna a Rosa Aguilar- que si hasta la materia cambia de estado, como es posible que todavía haya quien se extrañe de que las personas cambien de idea... En esas estamos. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)





http://www.elpais.com/recorte/20080324elpepinac_5/LCO340/Ies/Rosa_Aguilar.jpg
La ex-alcaldesa de Córdoba (IU) Rosa Aguilar




Notas:
(1) http://www1.izquierda-unida.es/
(2) http://www.almudenagrandes.com/
(3) http://es.wikipedia.org/wiki/Rosa_Aguilar
(4) http://www.eduardpunset.es/blog/

Fotos:
(1) Rosa Aguilar, en:
http://www.elpais.com/recorte/20080324elpepinac_5/LCO340/Ies/Rosa_Aguilar.jpg
(2) Almudena Grandes, en:
http://antoncastro.blogia.com/upload/20070428111941-almudena.jpg
(3) Eduardo Punset, en:
http://estaticos02.cache.el-mundo.net/elmundo/imagenes/2007/11/12/1194863330_0.jpg





http://antoncastro.blogia.com/upload/20070428111941-almudena.jpg
La escritora Almudena Grandes




"SIEMPRE ROSA", por Almudena Grandes
El País, 27/04/09

En el siglo XX, la palabra preferida por los políticos españoles para definir su propia tarea fue el verbo "servir", a veces a palo seco, como lo consumían los falangistas, y otras, siempre a la izquierda, combinado en expresiones como "estar al servicio de". Eran otros tiempos, en los que la política era el noble arte de conducir a los pueblos hacia su futuro, la ideología, otro nombre propio, y la lealtad, un compromiso íntimo, más poderoso que los carnés y las cuotas mensuales. El tiempo no ha restado importancia a la relación del verbo "servir" con la trayectoria de los políticos españoles, pero ha cambiado su manera de conjugarlo. Quienes antes la servían, ahora se sirven de ella. Hasta para hacerse trajes.

No hablo solamente de Rosa Aguilar. Muchos de sus ex correligionarios, que ahora se llevan las manos a la cabeza y se muerden la lengua para no pronunciar la palabra "traición", de tan siniestros ecos, han sido capaces de hundir la organización a la que pertenecían sólo por no tener que volver a fichar en una oficina de nueve a cinco. Consciente de que es muy improbable que la izquierda vuelva a ganar unas municipales en Córdoba, Rosa Aguilar ha buscado una salida personal distinta, en apariencia más brillante, pero también más deshonrosa, si llamamos a las cosas por su nombre. Porque es vergonzoso que un cargo público elegido en las listas de un partido abandone su responsabilidad en medio de una legislatura para integrarse en un gobierno de otro partido, contra el que votaron sus electores al votar por ella. O, mejor dicho, en otras épocas habría sido vergonzoso. Ahora, hasta habrá quien lo califique como sentido del Estado.

Rosa Aguilar ha demostrado que es una mujer de su tiempo. No me ha sorprendido. Cada país, en cada momento, tiene los políticos que se merece. Últimamente, parece que en España se llaman Rosa.





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El escritor Eduardo Punset




(Entrada 1137) .../...

domingo, 26 de abril de 2009

Rajoy y la crisis

Es cierto el proverbio que dice que una imagen vale más que mil palabras... Lo saben sobre todos los humoristas gráficos, seres capaces de plasmar la compleja realidad en una sola viñeta. En España los hay geniales. Uno de ellos, Forges, lo hace hoy en El País con una que refleja con sensacional visión y mala leche lo que muchos españoles pensamos sobre el señor Rajoy y su partido en el dramático asunto de la crisis que nos afecta: sencillamente, que no tienen vergüenza, ni por supuesto, recetas que ofrecer. Sean felices a pesar de todo. Y disfruten del domingo. Tamaragua, amigos. (HArendt)


















Forges (El País, 26/04/09)




Entrada 1136 (.../...)

jueves, 23 de abril de 2009

¡Eureka!

¡Eureka!... "La literatura, desde los tiempos de Homero, sólo es el regreso a los lugares en que perdimos el corazón." Estaba buscando algún comentario original para conmemorar el día de hoy, 23 de abril, Día de las Letras Españolas y aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes. Una frase emotiva que resumiera el placer que proporciona el leer buena literatura. Lo encontré en el último párrafo del artículo con el que el escritor Gustavo Martin Garzo ("El embrujo de Juan Marsé", El País, 23/04/09) homenajea a su homólogo Juan Marsé (1), que hoy recibe el Premio Cervantes de manos del Rey. Leánlos (a Martín Garzo, y por supuesto a Juan Marsé; yo sólo soy un mensajero...) Disfrútenlos. Y sean felices, por favor. Y si quieren, terminen el día con la lectura de una de las más famosas novelas de nuestro Premio Cervantes: "Últimas tardes con Teresa", pueden descargarla aquí (2), gratis y legalmente. No me dan las gracias; es un placer. El discurso de Juan Marsé en el acto de recepción del Premio Cervantes pueden leerlo aquí (3). Y el "especial" de El País sobre el Día del Libro y los Premios Cervantes, en ésta (4) dirección electrónica. Tamaragua, amigos. (HArendt)


Notas:
(1) Página electrónica de Juan Marsé, en:
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/marse/index.htm
(2) "Últimas tardes con Teresa", en:
http://www.bibliotheka.org/?/ver/24700
(3) Discurso del escritor Juan Marsé con motivo de la recepción del Prmeio Cervantes, en:
http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/200904/23/cultura/20090423elpepucul_1_Pes_PDF.pdf
(4) Página especial de El País con dedicada al Día del Libro y los Premios Cervantes, en:
http://www.elpais.com/especial/dia-del-libro/premios-cervantes/

Imágenes:

(1) El escritor Juan Marsé, en:
http://www.gonzalobarr.com/blog/wp-content/uploads/2008/12/juan_marse.jpg
(2) Portada de "Últimas tardes con Teresa", en:
http://www.lalibreriadejavier.com/wp-content/uploads/2008/12/ultimas-tardes-con-teresa.jpg





http://www.gonzalobarr.com/blog/wp-content/uploads/2008/12/juan_marse.jpg
El escritor Juan Marsé, Premio Cervantes




"EL EMBRUJO DE JUAN MARSÉ", por Gustavo Martín Garzo.
El País, 23/04/09

Los personajes de sus novelas poseen la falta de orgullo y la capacidad redentora de los antiguos héroes, ese viejo idealismo que se opone a la penosa realidad del presente. Marsé recibe hoy el Premio Cervantes. En la literatura española no hay grandes historias de amor. Ni siquiera Don Quijote de la Mancha o La celestina lo son. Don Quijote sustituye el mundo real por el de los ideales, y para Calixto su encuentro con Melibea no implica mucho más que la satisfacción de una necesidad fisiológica. Esta segunda tendencia es la que triunfa tristemente en nuestra literatura desde la picaresca, y se prolonga hasta bien entrado el siglo veinte. Hay excepciones, y sin duda la más decisiva es Galdós. Él fue el creador de Fortunata, el personaje femenino más inolvidable de nuestra literatura. En un mundo tristemente lastrado por las ideas más rancias, es Fortunata quien formula el mandamiento esencial del amor: que nada que tenga que ver con él es pecado. Son muchas las cosas que unen a Juan Marsé y a Benito Pérez Galdós. Su visión pesimista del ser humano, su capacidad para situarse en el lugar de la derrota y el fracaso de los ideales, y el que sus novelas sean algo así como un gran almacén de las emociones humanas. Pero, sobre todo, la facilidad con que sus personajes se desplazan del mundo real al mundo de los sueños. Es esta cualidad la que les hace tan sensibles a lo amoroso, que siempre tiene que ver con la ensoñación. Y los personajes más inolvidables de Marsé, el Java de Si te dicen que caí, el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa, la Susanita y Daniel de El embrujo de Shanghai, no dejan de fantasear acerca de los demás o de sí mismos, ni de confundir el mundo real con el de sus sueños. Sobreviven contándose historias, pero la ficción no es sólo para ellos una forma de evadirse de un mundo degradado, en que predomina la violencia y la represión, sino la posibilidad de salvar las verdades más hondas de lo que son. En cierta forma, todos ellos son artistas, seres imaginativos y soñadores, dotados de una rara capacidad para comprometer a los demás con sus fantasías y de dar a sus acciones un sentido artístico de descubrimiento. Octavio Paz dijo que la poesía vuelve habitable el mundo, y es lo que hacen los impenitentes fabuladores que pueblan el mundo de Marsé, transformar el degradado paisaje en que viven en un paisaje moral. Tal vez por eso, los dos pilares básicos de este mundo son el regreso del héroe y la reivindicación del amor y de la amistad. En las novelas de Marsé el protagonista siempre busca algo que perdió y quiere recuperar, algo que tiene que ver con ese viejo idealismo que se opone a la penosa realidad del presente. Sus personajes poseen esa falta de orgullo y esa capacidad redentora de los antiguos héroes. Son hombres cansados o muchachos confusos que viven entre la inmundicia, o pobres mujeres a las que la vida ha condenado a la soledad y la degradación, pero en los que aún late esa antigua capacidad del corazón humano para conmoverse ante la luz y el brillo del mundo. Es esta búsqueda de los lugares encantados del pasado la que les hace vivir. Tal vez por eso a todos nos gustaría ser como ellos, pues por muy derrotados y tristes que nos parezcan en los personajes de Marsé siempre hay una honda conexión con la vida y la belleza, con ese mundo de los "primeros deslumbramientos" que no dejamos de buscar. Se ha escrito mucho sobre Marsé, sobre su capacidad para mezclar en sus novelas lo popular y lo culto, la literatura y la política, el folletín con la sociología, el sarcasmo con la piedad, lo grotesco con lo lírico; pero suele olvidarse que ese alarde técnico, esa búsqueda incontestable de fluidez y de totalidad, encubre una clara voluntad transfiguradora. El misterio de Marsé es cómo consigue que sus personajes abandonen el libro que estamos leyendo para vivir a nuestro lado como si hubieran salido de un cuento. Y no hay mejor ejemplo que Últimas tardes con Teresa, donde la pareja protagonista, más allá de lo que en principio cabe esperar de ellos, vive su amor ante nuestros ojos como esos grandes amantes de la literatura cuyas palabras y gestos nunca podremos olvidar, pues pertenecen al mundo antiguo del mito. Porque Últimas tardes con Teresa es sin duda una de las novelas de amor más hermosas escritas jamás en nuestra lengua. Antes he hablado de Galdós pero tal vez con el que habría que comparar a Marsé es con Scott Fitzgerald, por su capacidad para hacer de la literatura el espacio de la transfiguración. James Joyce llamó epifanías a esos instantes de encantamiento en que "la realidad se vuelve de pronto expresiva", y Marsé sólo escribe para dar cuenta de ellos. Eso es una epifanía, una pequeña explosión de realidad que hace del texto el lugar de la restitución. No es extraño que en el prólogo que escribe para su novela, diez años después de su publicación, se limite a hacer una lista apresurada de esos momentos encantados: la visión del pijama de seda de una niña o de las cofias y los delantales de una criada, dos manos unidas en un cementerio, o "el desorden de flores y besos que Teresa y Manolo dejan tras ellos en su última noche juntos, sobre el confeti de la calle en fiestas". Juan Marsé, como todos los grandes narradores, quiere llevarnos al lugar del milagro. El lugar donde los animales bajan a comer de las manos de los niños, donde los amantes se encuentran y donde se escuchan las voces de los muertos. Por eso sus historias se pueblan de seres tan extraños como inolvidables: pistoleros capaces de calentar la leche con sus manos, ancianos que detectan el olor de la muerte, muchachos de barrio que salvan el mundo con sus fantasías, fantasmas que deliran por los barrancos, niños que escuchan las voces de los desaparecidos, perros enfermos que siguen fielmente a sus amos, cojitas que se inventan flores que no pueden existir, mujeres hermosas que siguen brillando en la derrota como vírgenes en sus retablos de oro. Todos ellos cargan en su pecho un corazón demasiado grande con el que no saben qué hacer. Con el instinto de ese narrador eterno descrito por Benjamin, que entrega su propia vida a la tarea de contar, Marsé ha hecho arder una y otra vez la suave llama de sus historias. El resultado es una obra construida con materiales de derribo en la que misteriosamente siguen viviendo esas historias eternas que nos dicen que "los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos" y que en la vida real no caben todos los anhelos de nuestro corazón. Hay un momento en Lolita, la novela de Nabokov, que resume lo que acabo de decir. Lolita, casada y embarazada, le dice a Humbert-Humbert excusándose de haberle engañado con Vilty: "Tú destrozaste mi vida, pero él me rompió el corazón". Las novelas de Juan Marsé no hacen sociología, aunque sea posible reconstruir a partir de ellas tantas conductas de la época y del país en que fueron escritas; no hablan de vidas destrozadas, sino de corazones rotos, lo que es muy diferente. Él sabe que la literatura, desde los tiempos de Homero, sólo es el regreso a los lugares en que perdimos el corazón.





http://www.lalibreriadejavier.com/wp-content/uploads/2008/12/ultimas-tardes-con-teresa.jpg
Portada de "Últimas tardes con Teresa", de Juan Marsé




(Entrada 1135) .../...

miércoles, 22 de abril de 2009

23-F: Anatomía forense

Hace unos días polemizaba a través del correo electrónico con mi amigo, el periodista argentino Alberto Atienza, sobre el diferente criterio que debemos asumir ante el contenido de una obra pretendídamente histórica, y por tanto construida con rigor académico y objetividad, y el de otra obra construida como una historia novelada o una novela con ínfulas históricas.

Alberto vive en la ciudad de Mendoza, en el centro-oeste argentino y con el Aconcagua a la vista, y escribe en un interesante blog colectivo que lleva el nombre de "La 5ta. pata" (1), cuya lectura les recomiendo. La discusión, amigable como no podía ser menos, surgió con motivo del cabreo de mi corresponsal con el contenido de una novela del escritor escocés, Phillip Kerr, titulada "Una llama misteriosa" (RBA, Barcelona, 2009), relativamente publicitada en España, sobre el desembarco en la Argentina peronista de los años 50 de numerosos jerarcas nazis huidos de Europa tras el fin de la II Guerra Mundial, en la que se mezclan sucesos históricos con embarazos de Eva Perón por ex-generales nazis...

He recordado esta discusión a causa de la reciente publicación de una nueva novela del escritor catalán, y profesor de Literatura española en la Universidad de Gerona, Javier Cercas (2), sobre los sucesos del 23-F, que lleva el titulo de "Anatomía de un instante" (Mondadori, Barcelona, 2009). ¿Novela histórica o historia novelada? No la he leído, pero pienso hacerlo. De momento, he recogido dos comentarios recientes sobre ella, ambos elogiosos pero, como no podía ser menos, desde ópticas diferentes: la del historiador y profesor de la UNED, Santos Juliá, titulado "Mientras zumbaban las balas" (El País, 22/04/09), y la del escritor y periodista Jesús Ruiz Mantilla, con el título "23-F. El juicio de los hijos" (El País Semanal, 12/04/09). Se los reproduzco más adelante para que ustedes se formen su propia opinión. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)

P.S.: Hoy, Día del Libro, me he comprado "Anatomía de un instante", y ya lo estoy leyendo... (HArendt)


Notas:
(1) El blog "La 5ta. pata", en:
http://la5tapatanet.blogspot.com/
(2) Javier Cercas, en:
http://es.wikipedia.org/wiki/Javier_Cercas


Imágenes:
(1) El escritor Javier Cercas:
http://virutas.files.wordpress.com/2007/03/cercas.jpg
(2) Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentan a los asaltantes:
http://www.nodulo.org/ec/2009/img/n084p21a.jpg
(3) El Tte.coronel, Antonio Tejero, irrumpe en el Congreso:
http://ve.kalipedia.com/kalipediamedia/historia/media/200707/12/hisespana/20070712klphishes_250_Ies_SCO.jpg





http://virutas.files.wordpress.com/2007/03/cercas.jpg
El escritor Javier Cercas




"MIENTRAS ZUMBABAN LAS BALAS", por Santos Juliá
El País, 22/04/09

Literatura e historia se unen en el nuevo libro de Javier Cercas sobre el golpe del 23-F. El autor rescata del mito, la mentira y la desmemoria aquel periodo en que lo único permanente era la improvisación.

Escribía hace años Juan Linz que la transición a la democracia, convertida en historia, en objeto de estudio científico, corría el riesgo de que, quienes no la vivieron, la consideraran "algo obvio, no problemático". Y tenía razón: el alud de libros, artículos, series de televisión, debates, coloquios, que cayó sobre ella fue creando una imagen en la que unos hombres procedentes del régimen y de la oposición habían tomado decisiones que con el apoyo de un pueblo ejemplar sirvieron para salir de la dictadura en un modélico ejercicio de moderación. A esta mirada, centrada en unas élites que se encuentran, negocian y acaban queriéndose, se añadieron sociólogos y politólogos que insistieron en lo natural del proceso, atribuyendo aquella moderación y buen espíritu a causas objetivas como el desarrollo económico de los años sesenta, el crecimiento de la sociedad civil, el auge de la clase media. La Transición, resumió Fabián Estapé, no la hizo Suárez, la hizo el Seiscientos, como diciendo: no hay que darle más vueltas; pasó lo que tenía que pasar.

Pero al cabo de muy pocos años, sobre este complaciente relato llovieron torpedos procedentes de los más diversos cuarteles. Así, cuando iban mediados los años noventa, la clase política se enzarzó en agrias disputas sobre el lastre franquista que la Transición nos habría dejado como herencia; departamentos de lenguas románicas de universidades americanas insistieron en la idea de un pacto maligno, determinado por el miedo, la aversión al riesgo, la cobardía y la traición a los ideales; militantes de la memoria histórica explicaron la historia por el silencio impuesto a una sociedad desnortada, presa de una amnesia colectiva; en fin, y por alargar la lista, para un buen plantel de historiadores, de aquí y de fuera, la Transición se redujo a una leyenda áurea, un mito inventado con el propósito de ocultar la única realidad: que todo cambió para que todo siguiera igual.

De modo que desde el Seiscientos del chiste hasta el bloque de poder del último estudio macizo sobre la Transición como mito, aquel carácter problemático evocado por Linz se ha ido evacuando por los sumideros de la memoria. Sin duda, no faltan quienes recogen y amplían lo mejor de los estudios de los años ochenta, como el excelente trabajo de Nicolás Sartorius y Alberto Sabio sobre el final de la dictadura. Pero entre la profusión de títulos sobre la mentira, el mito, la desmemoria, los pactos de silencio y olvido, las traiciones, la renuncia a la ruptura y demás maldades de la Transición, hemos perdido aquella sensación de incertidumbre, de ritmos espasmódicos, de dudas y riesgos, aquel no saber qué va a pasar mañana, un tiempo en que lo único permanente fue la improvisación. Entre la moderación trufada de consenso y el mito gestado para ocultar el miedo, va quedando como cubierto por un espeso manto de olvido todo lo que aquel tiempo tuvo de incertidumbre, lucha y aprendizaje.

Y cuando habíamos cambiado, como se cambian cromos, la aproblematicidad basada en teorías deterministas por otra construida sobre el mito, un nuevo relato de aquellos años golpea nuestra atención por su atrevimiento al colocar bajo potentes focos el instante en que confluyeron las conspiraciones y los equívocos que poblaron todos los días de aquellos años. Su autor ya había convertido en memorable otro instante, fruto del azar y de la piedad, en el que un soldado de la República descubrió en los últimos días de la Guerra Civil a un hombre acurrucado en un hoyo, le apuntó con su fusil, lo miró a los ojos, vaciló, dio media vuelta y se fue sin disparar, gritando a sus compañeros: no, por aquí no hay nadie. El hombre era Rafael Sánchez Mazas, un falangista; el soldado era un desconocido, ambos de carne y hueso; el que contaba la historia y la leyenda era un periodista de ficción en el que se disfrazaba un novelista, Javier Cercas. El instante, con su carga simbólica, era el anuncio del fin de la Guerra Civil.

Hoy no es la guerra, es la Transición, y el autor ha dejado caer su disfraz para presentarse en primera persona, con su documentación, sus dudas y sus conjeturas a cuestas. Y a este novelista, periodista, historiador, que tuvo dificultades para conversar de otra cosa que no fuera de política con su padre, antiguo falangista pasado por Acción Católica, le intriga un instante, también al borde de la muerte, también símbolo de la clausura de una época de tensión, de futuros inciertos y de presentes sembrados de trampas, mentiras y conspiraciones. Qué fogonazo iluminó la conciencia de aquel soldado de la República: ésa era la pregunta que guiaba la búsqueda del novelista; qué resorte interior, qué fuerza, qué coraje, qué sentimientos y recuerdos cruzaron por la mente de aquellos tres hombres -Suárez, Gutiérrez Mellado, Carrillo- que permanecieron sentados en sus escaños, inermes, mientras una turba armada de guardias civiles irrumpía en el Congreso y las balas comenzaron a zumbar sobre sus cabezas: ésta es la pregunta que anima ahora la búsqueda del historiador, que quiere saber algo más acerca de su padre y de la recusación que, cuando joven, sintió hacia su padre, o hacia lo que creyó que representaba su padre.

Lo hace con las armas de la literatura y de la historia. Las primeras, evidentes no sólo en el estilo, en las figuras del discurso a las que recurre con frecuencia, a veces con demasiada frecuencia: anáforas para reforzar gradaciones, quiasmos para expresar paradojas, por no hablar de otras aliteraciones y de las abundantes paráfrasis de que va sembrando aquí y allá su relato para expresar una duda, recalcar una sospecha, formular una conjetura, desarrollar una idea. Pero no se trata sólo de figuras retóricas, sino de la estructura del relato, con una acción que progresa en la tarde-noche del 23 de febrero de 1981, interrumpida por los flash-back que iluminan las biografías de estos tres hombres sentados en sus escaños del Congreso y de un cuarto hombre que, en la distancia del palacio de la Zarzuela, guarda hasta hoy el secreto de aquel día y de las conversaciones equívocas, irresponsables, de los días, semanas y meses que lo precedieron.

La anatomía del instante, junto a la indagación del sentido del gesto de estos tres héroes de la retirada erguidos en sus escaños, personalmente rotos y políticamente asediados por sus adversarios, que han conspirado para colocar en su lugar a una personalidad independiente, preferentemente un militar; pero también, o sobre todo, despreciados por gentes de sus propios partidos, que no aguantan más al chisgarabís falangista, al militar traidor o al comunista entregado, devuelve a los años de desmontaje de la dictadura y construcción de la democracia lo que nunca debió haber perdido: su singularidad, el momento excepcional que ocupa en la historia española del siglo XX, esa mezcla de audacia e incertidumbre, de aprendizaje del pasado y de echar al olvido el pasado, de coraje y miedo, de dos pasos adelante y uno atrás, de pesada carga de la herencia y frágil esperanza del futuro.

Hacía tiempo que no llegaba tan concentrado el fuerte olor de aquellos tiempos: héroes de la retirada, guiados por una ética no ya de la responsabilidad, sino de la traición, que desvelan en su postrer gesto político todo el sentido de un instante, solos frente a su pasado y su futuro, mientras sobre sus cabezas zumbaban las balas.

Y aquí habría acabado la historia si el autor no hubiera tenido la osadía de presentarnos a su padre en la ceremonia del entierro, todavía reciente. No es casual esta intromisión, como no lo era la del periodista, incansable hasta encontrar al soldado de la República. Entonces, Cercas simbolizaba en un instante de piedad el fin de una guerra; ahora, tras su largo viaje a las profundidades de la Transición, simboliza en otro instante, cuando ha terminado de desentrañar el significado del gesto de un comunista, un militar y un falangista que no se tiraron al suelo, la reconciliación del nieto de la guerra que es él con aquel niño que durante la guerra fue su padre. Y éste sí que es el fin de esta historia.





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Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentan a los asaltantes (23/02/1981)




"23-F. EL JUICIO DE LOS HIJOS", por Jesús Ruiz Mantilla
El País Semanal, 12/04/09

Ese hombre solo, recostado con aparente tranquilidad en su escaño, puede que contemple la escena consciente de su gesto y puede que no. Un puñado de guardias civiles, pistola en mano, con un personaje al frente llamado Tejero, ha entrado en el Congreso para secuestrar la democracia y, casi sin mediar palabra, ha comenzado a disparar. Quizá él no se ha tirado al suelo, como casi todos, porque no tiene nada que perder. Porque ha sido abandonado por todos. Desde varios de sus colaboradores hasta el Rey, que no se inmutó cuando le presentó su dimisión. Quizá no ha capitulado porque al defender la dignidad de su cargo de presidente del Gobierno, todo el país, a partir de ese instante y pese a que en los días previos ha querido quemarlo en la hoguera, lo juzgará como un héroe.

Ese hombre, entre sombrío y decidido, desconcierta con la mirada, como en un duelo, la actitud de aquellos bárbaros uniformados que se han alzado en la tribuna de oradores con la dialéctica del ¡Se sienten, coño! y las ametralladoras. Pero no ha sido el único que ha permanecido sentado mientras tronaban los disparos. También lo han hecho su vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado, y otro diputado, Santiago Carrillo, secretario general del PCE. Acaso las únicas dos personas que permanecieron junto a él hasta el final. Más que nunca en ese momento, cuando faltaban minutos para que lo dejara todo –se votaba la investidura de su sustituto, Leopoldo Calvo Sotelo–, pero él mismo no podía humillar esa encarnación de la soberanía popular metiéndose debajo de los bancos. Ya se habían ocupado de abaratar sus logros todos los demás conspirando en su contra. Desde el Ejército hasta la oposición, de la prensa a su propio partido, Unión de Centro Democrático (UCD), con varios de sus ministros incluidos. Por no hablar del mismo Rey, que durante meses había estado clamando a quien quisiera escucharle para que se lo quitaran de encima, según se desprende del último libro de Javier Cercas, Anatomía de un instante (Mondadori).

Pero ni aun así piensa tirarse al suelo. De esa forma, no. Bajo las amenazas del pistoletazo, no. Por la fuerza, no. “Porque no me daba la gana”, decía en una entrevista posterior. Para chulo él, listillo de Ávila, arribista en las postrimerías del franquismo y encantador de serpientes; guapetón, yerno perfecto para las suegras de toda España, tipo temerario y decidido. El mismo que hace días ha soportado la humillación de don Juan Carlos en La Zarzuela cuando aceptó sin rechistar su dimisión; el mismo que ha debido pasar el trago de aguantar cómo en su despacho, sin mirarle, sin pedirle que se lo pensara, sin hacer un gesto para frenar su decisión, el Monarca, sencillamente, ha llamado a su secretario y le ha dicho: Sabino, éste se va. Él, que hacía cinco años había confiado casi a ciegas en su instinto y su talento político para aniquilar el régimen y construir sobre sus ruinas una duradera monarquía parlamentaria que consolidase de nuevo a su dinastía…

El significado de ese momento ha dado pie a Javier Cercas para revisar los acontecimeintos que rodearon el 23-F en su nuevo libro. Sabe que va a dar que hablar porque se trata de una relectura generacional, distante, cruda y desprejuiciada de los hechos. La visión de una dinámica perversa y enloquecida que llevó al país hacia aquella tremenda equivocación. Un error que a punto estuvo de tirar abajo la todavía balbuceante democracia.

Fue una noche tensa. Horas con líneas de teléfonos al rojo vivo. Se jugaba una partida de póquer en los despachos, la calle y los cuarteles. Pero aquel precipicio estuvo en el ambiente durante meses. Era un clamor el descontento de los militares por la España de las autonomías, las cruentas campañas de ETA, la situación económica, la legalización del PCE y las reformas del Ejército. “Aunque éste no fue un golpe propiciado sólo por el descontento de los militares”, afirma mientras toma un café Javier Calderón, que entonces era hombre fuerte del CESID y años después escribió el libro Algo más que el 23-F, con su compañero Florentino Ruiz Platero.

Contra todo eso, el propio Suárez se encontraba impotente, acorralado, inerme. No hacía nada. Su actitud de encierro y resquemor alentaba a conspirar contra él a todos los niveles. La posibilidad de un Gobierno de concentración presidido por un general como Alfonso Armada no era una quimera para algunos, sobre todo para el propio Armada, hombre de ambición desmedida que se movía como una serpiente a todos los niveles. Ni siquiera era una locura para los propios socialistas que, en teoría, formarían parte de él y del que estaban prevenidos en una reunión que mantuvieron Armada y Enrique Múgica, número tres del PSOE, según relata Cercas en el libro.

“Claro que se sabía aquello. A mí me lo comentó el propio Rodríguez Sahagún, entonces ministro de Defensa. Era su principal preocupación”, asegura Alberto Oliart, que después del golpe ocupó también ese puesto y se encargó del juicio a los conspiradores. “Pero”, como comenta el propio Santiago Carrillo ahora, tranquilamente, fumándose un cigarrillo a sus 94 años en su casa, “una vez trasladas el poder a un militar, sabes que no va a dejarlo nunca”.

Aquello era una locura visto con distancia, pero no en mitad del meollo. La desgracia de Armada fue que esa noche coincidieron, por lo menos, dos golpes. El suyo, que le alzaría tras una increíble cadena de conspiraciones al poder más o menos por las buenas, y el de Tejero y su inspirador, Jaime Milans del Bosch, que tenían intenciones más cruentas. De hecho, el último había sacado los tanques por las calles de Valencia mientras el resto de mandos dudaban qué hacer, mostraban su lealtad a la Corona o esperaban órdenes no saben de quién.

La incapacidad de Armada de convencer a Tejero aquella misma noche para que le diera el mando e implantara la solución ansiada por él con un Gobierno de concentración lo echó todo por la borda. Según Carrillo, “Tejero montó el golpe, y Tejero se lo cargó”. Aquel hombre básico no podía consentir que después de habérsela jugado, Armada le ofreciera una salida digna en Portugal para él y para sus hombres y se diera entrada en ese futuro Gobierno a políticos socialistas, incluso comunistas. Ni la conversación telefónica de Tejero con Milans del Bosch en presencia de Armada, como relata Cercas, consiguió que diera su brazo a torcer. Ahí terminó todo.

¿Improvisación? ¿Ninguna planificación clara? Todo junto quizá. “Fracasó porque fue una auténtica chapuza”, comenta Calderón. Una chapuza que, pese a todo, “estuvo a punto de salir; eso es lo preocupante”, cree Cercas. Y una chapuza que precipitó la dimisión de Suárez…

De esa conversación en el Congreso de los Diputados hay testigos, pero no queda rastro. Cercas ha estado buscando las grabaciones que existen por varios sitios. Para llegar hasta ese desenlace ocurren muchas cosas. Primero, lo que él describe como la placenta del golpe.

La entrada de los guardias en el hemiciclo fue el resultado en parte de aquella confabulación universal que se desarrolló contra Suárez a partir de 1980. “Las operaciones políticas fueron el contexto que propició la operación militar. La placenta del golpe, pero no el golpe. El matiz es capital para entenderlo”, escribe Cercas.

En ese estado de ánimo conspirativo se encontraban todos: los partidos políticos, la prensa y el Ejército, que en aquella época era, asegura Alberto Oliart, “completamente franquista”. Suárez era el gran Satán. Para todos. Incluido el Rey, que le echaba la culpa de la situación. Éste es uno de los puntos más polémicos del libro. “Como casi toda la clase política, en los meses previos al 23 de febrero el rey se comportó de forma como mínimo imprudente y -porque para los militares él no era sólo el jefe del estado, sino también el jefe del ejército y el heredero de Franco-, mucho más que la de la clase política su imprudencia dio alas a los partidarios del golpe. Pero el 23 de febrero fue el rey quien se las cortó”. Eso escribe el autor. Y ahora puntualiza para El País Semanal: “Sí, es cierto que el Rey paró el golpe. Y a él, ante todo, debemos agradecerle su reacción aquella noche, pero es igual de cierto que sus indiscreciones y su deseo de acabar con Suárez también lo facilitaron”, sostiene Cercas. Una afirmación que tiñe de luz y sombra el papel del Monarca. Una de las tesis fundamentales.

Esas supuestas indiscreciones, sin duda, empujaron a Armada a lanzarse hacia la aventura. El general había sido tutor de don Juan Carlos desde la adolescencia. Su relación siempre fue especial. ¿Debió escoger el Rey otras personas con las que desfogarse por aquel entonces? Sin duda, sí. Más, a juzgar por la manera de ser de un hombre como Armada. Sinuoso y “con una enorme ambición, según me han contado quienes fueron compañeros suyos y le conocieron a fondo”, afirma Oliart. “Era una de esas personas que confunden su ideología con la verdad absoluta, como buen miembro del Opus”, afirma Javier Calderón. Para muestra, el teniente general hoy retirado recuerda una frase que le dijo Gutiérrez Mellado a Armada con ocasión de alguna de esas apocalípticas conversaciones que mantuvieron en la transición: “Alfonso, tú eres uno de esos exaltados que, con tal de salvar al Rey, te cargas la monarquía”.

Su papel fue extraño y huidizo, como el de una auténtica culebra, en la gestación del golpe. Pero hoy nadie duda de que el conocido como Elefante Blanco, aquella autoridad que iba a presentarse en el Congreso después del asalto, era él. Lo supo Suárez, lo sostiene Cercas, lo contaron los periodistas José Luis Barbería y Joaquín Prieto en su larga investigación titulada El enigma del elefante, todavía hoy de referencia. Lo afirma sin ningún género de dudas Carrillo. “A Suárez nunca le gustó la idea de Rodríguez Sahagún de nombrarle segundo jefe del Estado Mayor en los meses previos al golpe. Es más, se lo reprochó delante de mí y del Rey en una reunión posterior en La Zarzuela”, comenta el ex líder comunista.

Durante meses, Armada fue inoculando en los cuarteles y en los cenáculos la idea de que el Rey estaba en peligro y a continuación se postulaba como presidente de un Gobierno de concentración. Sus ambiciones confluyeron con las de otros. Las de Milans y Tejero, que ya había realizado sus ensayos en la Operación Galaxia. Por eso utilizaron también su nombre para justificar las acciones y provocaron una confusión monumental con ello entre los mandos de los cuarteles. Sobre todo en Madrid, donde el general Juste, entonces jefe de la División Acorazada Brunete, esperaba noticias de La Zarzuela. Más cuando su colega Torres Rojas, encargado por los golpistas de tomar el mando de la Brunete, actuaba de manera extraña.

Pero una de esas casualidades que unen el sexto sentido con la intuición y la habilidad detuvo lo que podía haber cambiado todo. El cometido de Armada aquella noche consistía, a toda costa, en conseguir permiso para subir al palacio a detallarle la situación al Rey. Una vez se supiera en algunos cuarteles que estaba allí, no habría hecho falta otra explicación para decantarse a favor o en contra. Cuando Juste y Sabino Fernández Campo hablaron, el jefe de la División Acorazada preguntó si Armada estaba ya en La Zarzuela, a lo que Fernández Campo respondió: “Ni está, ni se le espera”. Una frase determinante para Juste.

Aquella pregunta encendió las alarmas de Fernández Campo. Según quienes le rodeaban, y como recordaron Prieto y Barbería, el secretario del Rey, al colgar, sólo dijo: “Huy, huy, huy”. Y se dirigió al despacho donde se encontraba el Monarca. Justo al tiempo, Armada había conseguido hablar por teléfono con el Rey. Cuando Fernández Campo apareció por la puerta le desaconsejó que le diera permiso a Armada para venir al palacio de la Zarzuela. “Es mejor que te quedes donde estás”, le ordenó.

Ese cúmulo de casualidades, que fueron recogidas primero por Prieto y Barbería y narradas en la serie que emitió el pasado febrero Televisión Española, desmontó en buena parte el golpe. Pero sí consiguió Armada permiso para acudir al Congreso a mediar, según sostenía él, para no delatarse como líder de la conspiración, con Tejero. No estaba claro entonces qué cartas jugaba el general. Fernández Campo le advirtió de que en ningún caso utilizara el nombre de la Corona. “El Rey no tiene nada que ver con esto. ¿Está claro?”, le ordenó Sabino. Pero, ¿era esa garantía suficiente para alguien que se había llenado la boca en su nombre? ¿Qué les hacía suponer en La Zarzuela que no lo haría? “Fue un error, a mi juicio”, dice Calderón. “Un error quizá comprensible por la situación, pero muy peligroso”, cree Cercas.

Armada no logró convencer a Tejero. Lo que ocurrió después también lleva a Cercas a sacar una conclusión polémica. Nada más y nada menos que sobre el discurso que pronunció el Rey aquella noche. Sirvió para desmontar el golpe. El de Tejero. Pero ya que la solución Armada también se presentaba como una salida constitucional, pudiera haber explicado esa otra opción.

Éstas fueron las palabras del Rey: “Cualquier medida de carácter militar que, en su caso, hubiera de tomarse, deberá contar con la aprobación de la Junta de Jefes de Estado Mayor. La Corona, símbolo de la permanencia y la unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum”.

La interpretación del autor del libro es polémica. “Las palabras tienen amo, y es evidente que si Armada hubiese conseguido pactar con los líderes políticos el Gobierno previsto por los golpistas y presentar como solución al golpe lo que en realidad era el triunfo del golpe, esas mismas palabras hubieran continuado significando desde luego una condena a los asaltantes, pero hubieran podido pasar a significar un espaldarazo”, apunta Cercas. “Eran una condena al golpe de Tejero, pero no necesariamente al de Armada”.

El caso es que no hubo manera de llegar a la siguiente fase. Armada abandonó la sala en la que discutió con Tejero muy irritado: “¡Este hombre está loco!”. La salida de los diputados fue tranquila. El cansancio les confundía. El propio Suárez, al ver allí a Armada, creyó que había acudido a mediar realmente y que gracias a su intervención se había reventado todo. El presidente del Gobierno, que siempre le consideró un conspirador, durante unas horas pensó que estaba equivocado con Armada. “Incluso se lo dijo al Rey. Y fue el propio don Juan Carlos quien le devolvió a la realidad: ‘No estabas equivocado. Ha sido él quien lo ha montado’, le dijo”, recuerda hoy Carrillo.

El caso es que visto así, con distancia, el golpe del 23-F no pudo escapar de un complicado nudo paradójico. Entre sus tensiones, bajo sus motivaciones y a juzgar por lo que ocurrió después, aquel acontecimiento despertó e hizo madurar al país. Lo que parece claro es que España andaba ya muy poco dispuesta a ser tutelada. Que la tradición de los salvapatrias parecía ya ridícula a los ojos de la mayoría. En los meses previos, que un militar volviera a poner orden, para muchos –clase política incluida– se antojaba como la mejor opción.

¿Y la calle? La calle no quería tensiones. No quería uniformes en los bancos del Gobierno. No quería revivir el fantasma de la guerra. “Sentido común”, dice Cercas. “Es a lo que aspiraban”. Eso tan preciado que no le podían ofrecer entonces dirigentes, periódicos exaltados, diplomacias vigilantes –como la de Estados Unidos–, militares que veían esfumarse a base de reformas necesarias todo su peso, su poder.

“El golpe terminó con la Guerra Civil, con el franquismo y con la transición a la vez”, concluye Cercas. Es algo que apoya Santiago Carrillo: “Muy posiblemente fue así”, dice este personaje clave en la arquitectura que devolvió la democracia a los españoles. Sin embargo, ese papel crucial de la izquierda en la transición corre peligro, según ellos dos, de ser barrido de la memoria colectiva. “Existe un revisionismo de aquel periodo preocupante. La transición fue un logro sobre todo de la izquierda al que últimamente parece que ha renunciado. No se puede colgar esa medalla la derecha”, afirma Cercas. “Yo creo que es algo que debía constar y reivindicarse entre los logros de la historia del Partido Comunista, principalmente, y me da la impresión de que se está dejando pasar”, asegura Carrillo. “Me empiezan a cansar ciertas cosas de lo que llaman la memoria histórica”.

El viaje de Carrillo hacia la reconciliación fue largo. Primero, en el exilio. Después, en la transición. Demasiado para pagar todo un sacrificio. Aquella noche, Carrillo pensó que le podrían matar cuando fue conducido a la Sala de los Relojes. “Al entrar vi que allí estaban cara a la pared Felipe González y Alfonso Guerra. En otra parte, Rodríguez Sahagún, y junto a mí, Gutiérrez Mellado”.

Ironías de la historia. Aquellos dos hombres enfrentados antaño en la guerra cumplían esa noche castigo hombro con hombro. Compartieron cigarrillos y meditaciones. Porque los guardias que los tenían vigilados con sus Cetme no les dejaban hablar. Javier Cercas ha reparado en esa casualidad. Durante la guerra, cuando Carrillo era uno de los responsables de la seguridad en Madrid, Gutiérrez Mellado pasó una temporada en la prisión de San Antón, de donde salían las sacas en camiones que llevaban a Paracuellos de Jarama. El que fuera vicepresidente suarista se salvó entonces. “Fuimos enemigos en la Guerra Civil y esa noche defendíamos la misma causa”, cuenta ahora Carrillo en la misma Sala de los Relojes.

De vez en cuando, Tejero se paseaba a ver a los prisioneros. Suárez estaba en otra sala. El golpista solía desafiarles con la mirada. Algunos la evitaban. El presidente del Gobierno, no. Que no les faltaban ganas de ejecutarle, saltaba a la vista. De haber triunfado el golpe de Tejero y Milans, pocos dudan de que lo habrían pasado por las armas. Esa noche, el cabecilla sublevado le dio una pista. Le amenazó con la pistola. Suárez le contestó con una orden: “¡Cuádrese!”. Cercas lo recuerda. De todas las anécdotas del heroísmo suarista esparcidas por sus hagiógrafos, da crédito a pocas. Una es ésta, que no es poca cosa.

La tensión se palpaba en el hemiciclo, en los pasillos y en los salones donde los cargos y los políticos permanecieron apartados. A Antonio Chaves le tocó vivirlo todo muy de cerca. Entonces trabajaba como ujier; ahora sigue en el Congreso, pero le cuesta recordar aquel día. Cómo entró al hemiciclo avisando de que llegaban hombres armados, cómo se tiró al suelo cuando escuchó los disparos, cómo le caían casquillos y cascotes encima de la cabeza. Cómo Tejero le pidió que le buscara un sitio discreto para hablar con Suárez. “Les metí en esta habitación”, comenta entrando en una pequeña sala que queda a la derecha de la tribuna de oradores cruzando una puerta.

¿De qué hablaron? “No pienso contarlo. Sólo diré una cosa. Yo en esos años era de izquierda, casi revolucionario, pero me impresionó la dignidad con la que se mantuvo en su sitio; a partir de ese día me hice incondicional suyo”. En un momento determinado, le llevó un cigarrillo. “Años después, iba paseando por la plaza de Oriente y un coche oficial se detuvo junto a mí. Se bajó la ventanilla y era Suárez. ¿Sabes qué me dijo?: Antonio, te debo tabaco”.

Cuando este empleado del Congreso abandonó el recinto, los guardias estaban acabando con las reservas del bar. “Bebían de todo. Unos iban de chulos y otros estaban por las esquinas llorando”. Tampoco la actitud de los empleados del Congreso fue unánime. “Muchos se pusieron a las órdenes de Tejero. Estaban encantados”.

La noche acabó con los golpistas abandonando el Congreso por la puerta y las ventanas. Lo difícil era juzgarlos. Pero se hizo. Y en aquel ambiente. Estaba claro que el Ejército franquista se había aniquilado a sí mismo. Alberto Oliart, que fue ministro de Defensa, lo recuerda. “Fue complicado, pero logramos lo que nos habíamos propuesto: que se celebrara y se dictara una sentencia con arreglo a la ley”. Pero fue polémico. Dos de los responsables principales, Tejero y Milans, fueron condenados a 30 años. Armada, al principio, sólo a seis. El Tribunal Supremo quintuplicó la pena.

Aquel juicio cerró un capítulo ejemplarizante. Cercas ha llegado 28 años después para revisar muchos puntos oscuros. Hizo algo similar con la Guerra Civil en Soldados de Salamina. Fue el juicio de los nietos a esa parte de la historia. Ahora ha dictado la sentencia de los hijos de la transición.

ANTONIO CHAVES. Ujier en el Congreso de los Diputados: "Alguien más entre los civiles debía de estar al tanto de aquello; si no, no se entiende".

Vio cómo entraban con sus armas y dio la voz de alerta. Después presenció cosas de las que pocos han sido testigos. “Tejero pidió que buscara una habitación para hablar con Suárez. Les metí en la sala de ujieres. Escuché y vi cosas que no voy a contar”, avisa. ¿Insultos? ¿Humillaciones hacia quien los golpistas consideraban el culpable de todos los males? “En todo momento, mientras yo estuve allí, trataron a Suárez con respeto. Pero se respiraba la tensión”. En aquel pequeño cuarto [en la foto] y en todo el recinto. No se quedó allí toda la noche. “Nos obligaron a salir. Primero, de la habitación donde les dejamos. Yo al principio me hice el loco, pero luego Tejero lo pidió de peor manera y uno de los guardias me apuntó la salida con su arma”. Después, él mismo negoció con los asaltantes que el personal del Congreso abandonara el lugar. “Nos fuimos al Palace y luego quisimos volver a entrar, pero no nos dejaron”. Le queda una duda: “Entre los civiles, alguien más debía de estar al tanto”.

JAVIER CALDERÓN. Hombre fuerte del CESID en la noche del 23-F: "Tejero pensaba que los militares eran unos calzonazos, por eso provoca el golpe"

A Javier Calderón, por haber formado parte de la cúpula del CESID mientras se cocía el 23-F, le han visto con resquemor en algunos sitios. La participación de algunos miembros de los servicios de información siempre ha planeado por encima de su cabeza. Pero Javier Cercas cree que en el caso de Calderón no hay asomo de duda. Este teniente general retirado pasó la noche protegiendo a los que estaban fuera del Congreso y tratando de enterarse de lo que ocurría dentro. Siempre fue fiel a un amigo: el general Gutiérrez Mellado. De quienes se descubrieron después como motores del golpe, sabe con certeza que uno de ellos, sobre todo, empujó a los demás. Cuando Adolfo Suárez dimitió como presidente del Gobierno acabó con la razón principal del golpe: ser defenestrado. Pero ellos siguieron. Ahora o nunca, pensaron los más duros. “Tejero creía que los militares eran unos calzonazos, que si no los provocaba, no se sumaban”. El guardia civil se lió la manta a la cabeza, apostó y perdió.

SANTIAGO CARRILLO. Secretario general del PCE y diputado en 1981: "No me tiré al suelo porque pensé: ¿qué dirán mañana mis hijos?".

Poco después de que los golpistas entraran en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, algunos líderes políticos fueron apartados de sus escaños. A Santiago Carrillo, líder del PCE, le condujeron a la Sala de los Relojes (en la imagen). “La recordaba más grande. Ahora me parece pequeña. Estuvimos 10 personas aquí: Felipe González, Alfonso Guerra, Rodríguez Sahagún, Gutiérrez Mellado, yo y los guardias que nos vigilaban”, comenta al volver a entrar ahora. El dirigente comunista mantuvo en todo momento una actitud ejemplar. “Pensé que en cualquier momento podrían matarme”, aseguró. Fue, junto a Adolfo Suárez y el general Gutiérrez Mellado, entonces vicepresidente del Gobierno, el único que permaneció sentado mientras tronaban los tiros. “No me tiré al suelo porque, entre otras cosas, pensé: ¿qué diran mañana mis hijos?”.

MARIANO REVILLA Y RAFAEL LUIS DÍAZ. El técnico y el cronista de la cadena SER que relataron el asalto: "Sobre el golpe existe todavía un silencio pactado".

Mariano se las arregló para dejar conectado todo el equipo, y Rafael, para contar lo que pudo. Su relato es a día de hoy una pieza mítica en la historia de la radio. “Lo más importante era que no cortaran la conexión”, asegura Mariano Revilla. Al fin y al cabo, se trataba del único sonido ambiente que llegaba al exterior. Sacó los equipos con disimulo, pero dejó un micrófono tirado en el suelo para que captara el ambiente. Un micrófono que Rafael fue escondiendo cuidadosamente con los pies para que nadie viera lo que ocultaba. “Ése finalmente lo desconectaron. Pero la salida de los micrófonos de la sala a la que teníamos acceso directo, no”, recuerda Revilla. “A las dos horas nos soltaron. Lo normal quizá hubiera sido marcharnos a casa. Pero nadie se movió de la zona. Estuvimos trabajando toda la noche hasta el final”, afirma Rafael. Fue una noche para periodistas de raza. Pero un episodio del que aún quedan dudas. “Creo que hay un silencio pactado. Sólo conocemos la punta del iceberg”, asegura Rafael Luis Díaz. Revilla, a su lado, sencillamente asiente.





http://ve.kalipedia.com/kalipediamedia/historia/media/200707/12/hisespana/20070712klphishes_250_Ies_SCO.jpg
El Tte. coronel Tejero irrumpe en el Congreso (23/02/81)




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lunes, 20 de abril de 2009

Los fastos de Cádiz. Carta abierta a la Ministra de Cultura

Estimada Ministra:

Felicidades, en primer lugar, por su nombramiento. Los ministros y ministras de Cultura tienen buena prensa en este país. Estoy seguro que, a pesar de los chistes y bromas sobre la "SINDEs-carga" su paso por la Casa de las Siete Chimenas será positivo para el mundo de la cultura española.

Leo esta mañana en El País la crónica de Isabel Gallo ("Otra lección de historia") sobre la próxima emisión por TVE de una serie coproducida por TVE, TV-3, TV Aragón, Canal de Historia, Sagrera Audiovisual y Casa Árabe, y dedicada a conmemorar el 400 aniversario de la expulsión de los moriscos españoles de los territorios de la Corona.

No es que tenga una gran fe en las series históricas con el sello "made in Spain", aunque es cierto que hay notables excepciones. El artículo de Isabel Gallo cita algunas de ellas. La última, "Águila roja", a mi me parece un auténtico bodrio, pero en fin, para gustos se hicieron colores.

Estoy seguro de que usted ha disfrutado la reciente serie de la HBO norteamericana, dirigida por Tom Hooper, y producida por Tom Hanks y Gary Goetzman, dedicada a la vida del que fuera segundo presidente de los Estados Unidos de América, el abogado bostoniano John Adams. Una miniserie (1), de siete capítulos, basada en el libro del historiador norteamericano David McCullough, realmente notable, que ha alcanzado una merecida fama y reconocimiento.

La disfruté muchísimo. Con especial delectación, los capítulos en que vemos como se va fraguando en el Congreso Continental celebrado en la ciudad de Filadelfia el impulso hacia la Declaración final de Independencia, proclamada el 4 de julio de 1776.

¡Qué envidia!, pensé para mis adentros... ¿Seríamos los españoles capaces de hacer una serie de televisión similar, narrando con seriedad y rigor históricos, las peripecias que llevaron a nuestro país a las "Cortes Generales y Extraordinarias de la nación española" que elaboraron entre 1810 y 1812, en plena guerra contra el ejército napoleónico, la primera Constitución de nuestra historia? El año que viene estamos ya inmersos en el Bicentenario, y en 2012, de cumpleaños...

El asunto no ha tenido un excesivo tratamiento literario. El más conocido, el de mi paisano, el grancanario don Benito Pérez Galdós, en uno de sus "Episodios Nacionales", el titulado "Cádiz" (2), que no es precisamente uno de los más conseguidos. A comentar dicho "Episodio" dedicaron sendos artículos afamados historiadores como José M. Cuenca Toribio y Soledad Miranda García en "Las Cortes de Galdós" (3), uno de los artículos del número monográfico de "Cuadernos Hispanoamericanos", de octubre de 1988, dedicado a la presencia de "América en las Cortes de Cádiz", o el profesor de la Universidad de Cádiz, Miguel Soler Gallego, en su "Reflexiones acerca del "Cádiz" de Benito Pérez Galdós como novela histórica. Un reflejo de la vida y la época de las Cortes" (4).

Tiempo tenemos, señora ministra, pero ¿tendremos voluntad? Confío en que sí. Tamaragua, amiga.

Afectuosamente, su amigo,

HArendt





http://www.andaluciaimagen.com/Iglesia-Oratorio-de-San-Felipe-Neri--Cadiz_45423.jpg
Iglesia de San Felipe Neri, Cádiz. Sede de las Cortes Generales entre 1810-1812




Notas:


(1) "John Adams", de Tom Hooper (HBO, 2007), en:
http://www.blogdeseries.com/2008/02/26/hbo-presenta-john-adams/

(2) "Cádiz", por Benito Pérez Galdós. Edición electrónica de la Biblioteca Virtual Miguel Cervantes, en:
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/05811730811358839754480/index.htm

(3) "Las Cortes de Galdós", por José M. Cuenca Toribio y Soledad Miranda García (Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 460, octubre 1988), en:
http://descargas.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/04704174512681795209079/210307.pdf

(4) "Reflexiones acerca del "Cádiz" de Benito Pérez Galdós como novela histórica. Un reflejo de la vida y la época de las Cortes", por Miguel Soler Gallego (Universidad de Cádiz), en:
http://www.tonosdigital.com/ojs/index.php/tonos/article/viewFile/259/200


Imágenes:

(1) Iglesia de San Felipe Neri, de Cádiz, donde se reunieron las Cortes entre 1810 y 1812:
http://www.andaluciaimagen.com/Iglesia-Oratorio-de-San-Felipe-Neri--Cadiz_45423.jpg

(2) La Casa de las Siete Chimeneas, en Madrid, sede del Ministerio de Cultura, en:
http://img146.imageshack.us/img146/2277/sietechimeneaslo1.jpg





http://img146.imageshack.us/img146/2277/sietechimeneaslo1.jpg
La Casa de las Siete Chimeneas, Madrid. Sede del Ministerio de Cultura




"OTRA LECCIÓN DE HISTORIA", por Isabel Gallo

TVE recrea en una serie la expulsión de los moriscos. De la dictadura de Primo de Rivera a la franquista. Del Siglo de Oro a la transición. Desde hace años, las series de TVE buscan la inspiración en el pasado: Cuéntame cómo pasó, Amar en tiempos revueltos, La señora, Águila Roja. Coincidiendo con el 400º aniversario de la expulsión de los moriscos, acaba de finalizar el rodaje de una coproducción de TVE, TV-3, TV Aragón, Canal de Historia, Sagrera Audiovisual y Casa Árabe, que se estrenará próximamente. Expulsados 1609: la tragedia de los moriscos es el título de la serie, que reconstruye la primera década del siglo XVII.

Las derrotas en Flandes fueron un duro golpe a la credibilidad de la Monarquía española. Ante esta situación se debían tomar medidas para devolver a España a la primera línea. La corte barajó diferentes disposiciones, y finalmente encontró una solución. Durante 1609 fueron expulsadas más de 300.000 personas. ¿La razón? El simple hecho de ser identificados como moriscos, españoles con costumbres heredadas de los árabes, aunque durante la Reconquista fueron obligados a convertirse al cristianismo.

En este contexto discurre la serie interpretada por Fernando Guillén (El abuelo, Don Juan en los infiernos) y un grupo de actores televisivos encabezado por Pablo Rivero (Cuéntame), Pablo Derquí (El síndrome de Ulises), Ana Alonso (Hospital Central) y Juli Fàbregas (El comisario). La mayoría de los protagonistas están inspirados en personajes reales y sus acciones se basan en documentación y testimonios de la época.

Todo empieza cuando Juan (Pablo Derquí), un joven profesor de Historia, encuentra en una alacena de su casa de Almonacid de la Sierra (Zaragoza) varios manuscritos antiguos. Uno de ellos relata lo sucedido en 1609, cuando los Aziz, una humilde familia de labradores, se ven obligados a partir hacia el exilio.




(E-1133) .../...

domingo, 19 de abril de 2009

Dos mujeres

He dado a esta entrada el título de "Dos mujeres", el mismo de la hermosísima y dura película de Vittorio De Sica (1961), basada en un relato de Alberto Moravia, e interpretada por una exhuberante Sofía Loren, Emma Baron, Eleanora Brown, Raf Vallone, y un principiante Jean Paul Belmondo. Salvo el título, nada tiene en común la trágica violencia ejercida por esos soldados aliados que avanzan por la península italiana en en las postrimerías de la II Guerra Mundial sobre una joven viuda y su hija, con esa otra historia de dos mujeres, contemporáneas, y aparentemente con muy pocas cosas en común, que hoy comento: Rita Levi-Montalcini (1) y Corín Tellado (2). La primera, italiana y judía, neurocirujana, premio Nobel de Medicina, soltera, que cumple 100 años dentro de unos días; la segunda, española de Asturias, católica, prolífica autora de novelas "rosa", la escritora en español más leída después de Cervantes, separada, fallecida la semana pasada. Y sin embargo, ambas unidas por su condición femenina, por un indomable carácter, una voluntad férrea y una increíble capacidad de trabajo. Esta mañana, leyendo por Internet el suplemento "Domingo" de El País de hoy, que les dedica sendos reportajes ("Un cerebro centenario", por Miguel Mora, y "El amor sólo en los libros", por Javier Cuartas) he descubierto el gran paralelismo profundo existente entre dos vidas tan dispares, y que puede resumirse en el insobornable deseo de vivir con dignidad. No se si he acertado en la comparación, pero a mi me ha parecido interesante. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)


Notas:
(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Rita_Levi-Montalcini
(2) http://es.wikipedia.org/wiki/Cor%C3%ADn_Tellado

Imágenes:
(1) Rita Levi-Montalcini:
http://files.nireblog.com/blogs1/asturieslliberal/files/corin%20tellado.jpg
(2) Corín Tellado:
http://files.nireblog.com/blogs1/asturieslliberal/files/corin%20tellado.jpg




http://emmyfinegold.files.wordpress.com/2008/11/rita-levi-montalcini1.jpg
Rita Levi-Montalcini




"UN CEREBRO CENTENARIO", por Miguel Mora
Domingo/El País, 19/04/09

"Cuando ya no pueda pensar, quiero que me ayuden a morir con dignidad". El 22 de abril cumple 100 años Rita Levi-Montalcini. La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa.

Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.

Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.

Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.

Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".

Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.

Pregunta. ¿Cómo es la vida a los cien años?

Respuesta. Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.

P. ¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?

R. No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.

P. ¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?

R. Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".

P. ¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?

R. El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.

P. Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.

R. Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.

P. En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?

R. Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.

P. ¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?

R. Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.

P. Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?

R. No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.

P. ¿Basta un siglo para comprender a Italia?

R. Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.

P. ¿Cómo ve a Italia hoy?

R. Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.

P. ¿Cómo vivió el fascismo?

R. No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.

P. ¿Así que no sintió miedo?

R. Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.

P. ¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?

R. Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.

P. ¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?

R. No comparto lo que ha dicho.

P. ¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?

R. Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.

P. ¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?

R. Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.

P. ¿Le importó alguna vez la gloria?

R. Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.

P. ¿El cerebro sigue siendo un misterio?

R. No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.

P. ¿Hará fiesta de cumpleaños?

R. No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...

P. Díganos el secreto.

R. La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.

P. ¿Está preparada?

R. No hace falta. Morir es lógico.

P. ¿Cuánto desearía vivir?

R. El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana.




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Corín Tellado




"EL AMOR SÓLO EN LOS LIBROS", por Javier Cuartas
(Domingo (El País), 19/04/09

Corín jamás dijo "te amo". Corín Tellado, la maestra del género rosa en castellano y autora de una gigantesca obra literaria de temática sentimental que sedujo a varias generaciones de mujeres durante más de medio siglo, no logró en sus casi 83 años de vida la dicha amorosa que transmitió en las más de 4.000 novelas que, con una disciplina de trabajo indesmayable y una fantástica capacidad de fabulación, publicó semanalmente durante 53 años hasta su fallecimiento en su domicilio de Gijón (Asturias) el pasado día 11.

Su vida amorosa, truncada a los tres años de matrimonio por una separación que ella impuso, fue la única trama argumental a la que nunca quiso ponerle un final feliz. Ni hubo reconciliación conyugal ni volvió a rehacer su vida sentimental con otro hombre. Las cartas que le escribiera su marido durante años tras la separación quedaron sin abrir y la escritora las quemó, el mismo día que enviudó, sin haberlas leído. Ya octogenaria, confesó: "Me olvidé de vivir".

Corín jamás cayó rendida a las pasiones que promovió. "Nunca estuve locamente enamorada. Quise apaciblemente". Y también: "No he sufrido nunca ese amor ardiente y arrebatado". La autora de la más extensa obra literaria amorosa en castellano, con más de cuatro millones de ejemplares vendidos, no fue el prototipo de mujer sentimental y romántica al uso, sino una persona de carácter recio, muy aguerrida y pragmática, por más que, bajo su apariencia de dureza, latiera la nobleza de un ser sensible: "Soy realista", le confesó a este periodista en julio de 1987. "Me emocionan las cosas reales, las que palpo, las que tienen vida. No me seducen las puestas de sol, ni las estrellas, ni la luna llena. Yo nunca he dicho 'te amo', 'te quiero', 'vida mía'. Sólo lo sugiero en las novelas para que se emocionen otros. A mí me conmueven los animales, los prados, las personas, la roca viva, los acantilados".

María del Socorro Tellado López (Viavélez, Asturias, 1926) ya era Corín Tellado cuando conoció a su futuro marido y padre de sus dos hijos. La afamada escritora descubrió a quien creyó que iba a ser el hombre de su vida en el verano de 1958 en Gijón. Domingo Egusquizaga, delegado comercial de una compañía vasca, había acudido a la Feria Internacional de Muestras de Asturias. La escritora tenía ya 32 años y llevaba 12 publicando una producción novelística de entrega semanal en la que sublimaba (aun con sufrimientos, avatares y desamores) las relaciones de pareja. Domingo era, según Corín, "guapo, bien plantado, limpio, dicharachero... Era el hombre perfecto".

Aunque nacida a orillas del Cantábrico, en una casa blanca que se levanta junto a una palmera de ensoñaciones ultramarinas, la escritora quiso que su boda se celebrara en las montañas de Covadonga. En la gruta, sobre una cascada de agua y al pie de la Santina, Corín y Domingo se dijeron "sí, quiero" en plenos Picos de Europa, en 1959, un año después de su primer encuentro. Pero la relación se demostró fallida de inmediato. Ya durante el viaje de novios intuyó que su matrimonio había sido una equivocación. "Qué gran error. No pegábamos ni con cola. Él hubiera sido feliz con otra mujer, y yo lo hubiera sido con otro hombre, pero juntos éramos un fracaso como pareja. No teníamos nada en común". El matrimonio siguió resquebrajándose con la convivencia diaria. Un año después de la boda nació la hija mayor, Begoña, y un año más tarde, el varón, Chomín. Pero Tellado toma en 1962 una decisión radical para la época: impone la separación y se queda con los niños. A Tellado, que ya publicaba en la revista Vanidades, de Miami, le propusieron mudarse a Florida para que pudiera rehacer su vida, pero la escritora optó por quedarse en Gijón.

Las causas de su fracaso matrimonial fueron varias. "Yo era mucha mujer", comentó en julio de 1987. Años después fue más explícita: "Yo quise mucho a mi marido. Era guapo y buena persona, pero era un fastidio. No era un hombre malo, pero su carácter era fastidioso, reñía, era un cascarrabias".

La separación se produce en un momento cumbre de la escritora. La Unesco acababa de proclamarla como el segundo autor en castellano más leído en el mundo, sólo tras Cervantes. Amén de sus novelas semanales para la editorial Bruguera, seguía publicando una historia quincenal en Vanidades, de difusión en Hispanoamérica. Y a fines de aquel mismo 1962 aparecieron las fotonovelas Corín Ilustrada.

Se levantaba a las cinco de la madrugada y se encerraba con un café y una cajetilla de cigarrillos mentolados Kool en el despacho, donde tecleaba en una Hispano-Olivetti 50 hasta la hora de la comida. A veces corregía por las tardes. Cuando terminaba una novela, en un par de días, ya había concebido la siguiente.

La relación con su marido ya no se recompuso. Hace 22 años le confió a este periodista que durante años siguió recibiendo cartas de su marido, pero que nunca las leyó ni las abrió. Y el mismo día que le notificaron su fallecimiento, las quemó sin leerlas. Tampoco acudió al entierro de su marido en San Sebastián. "Fue mi hija Begoña y vio que tenía la casa llena de recuerdos de su familia, mis novelas y cartas dirigidas a mí que nunca envió. No supo manifestar lo que sentía. Sus cartas las rompí sin leerlas". "Murió como buscó morir: solo. Pero lo respeté siempre. Si nos vemos en el más allá, le daré la mano".

Como un trasunto de sus relatos, donde también aparecen mujeres de carácter, incluso adelantadas a su época, pero constreñidas por el ambiente pacato de la época, ella no fue una excepción. Aunque rompedora con su conducta, se puso el mundo por montera como mujer emancipada, triunfadora en su oficio, separada y que ya en los cincuenta circulaba por Gijón en una Vespa cuando era insólito ver una mujer en moto -"me importaba un rábano lo que dijeran de mí"-, hubo fronteras que nunca se atrevió a cruzar. Quizá sus hijos -lo insinuó en alguna ocasión- pesaron más que su temperamento indómito. El caso es que no se permitió una segunda oportunidad sentimental: "Soy mujer de compañero, pero fallé una vez y eso me marcó".

Sólo al final de su vida comentó que fue víctima de una época sin libertades. "Lamento no haberme casado otra vez. Pero nunca me divorcié. Cuando pude hacerlo, no existía el divorcio en España, y cuando se legalizó, el sol había pasado ya por mi puerta. Yo creo en el matrimonio. Mi madre murió con 78 años, y no paso un solo día sin recordar a mi padre. Eso es acabar bien la vida. Y yo estoy rodeada de los matrimonios de mis hijos. El amor existe". Capaz de combinar la causticidad con la ternura, la nobleza con el coraje y la apariencia de frialdad con el afecto profundo, Tellado era, al igual que su estilo literario, de trato directo y frontal -"no soy mujer a la que le gusten las ceremonias"- y ocultaba su verdadera personalidad bajo la impronta de un genio vigoroso: "Doy la impresión de ser mujer fría y distante, y aparentemente tengo mal carácter, pero sólo aparentemente. La gente que me conoce bien sabe que no es cierto. Lo que sí tengo es temperamento, eso no lo puedo negar, pero eso no es malo. No hubiera llegado aquí sin ese temperamento".

Los más cercanos, y entre ellos sus seis nietos, que la llamaban Tatín, lo avalan. Corín Castro Tellado, de 19 años, escribió el lunes a su abuela: "Fuiste (...) más que una madre. Lo fuiste todo para tus hijos. Y ahora ellos lloran tu ausencia. Todos te echamos de menos". Sólo en muy contadas ocasiones admitió haber sufrido: "La gente piensa que Corín Tellado es un portento y que vive divinamente, pero no, yo he sufrido, he llorado, he sentido como cualquier otro. He puesto en las novelas un sentimiento muy común, muy cercano y por eso nunca me extrañó que las chicas me leyeran con tanto entusiasmo".

En realidad, Tellado fue una mujer que, ya desde muy pequeña, aspiró a ocultar sus debilidades. Sus primos y vecinos la recuerdan de niña en Viavélez, antes de la Guerra Civil, como una muchacha muy tímida que superaba sus complejos adoptando una actitud de rebeldía. Aquella Socorrín -diminutivo familiar del que derivó el sobrenombre de Corín-, y única mujer de cinco hermanos, halló en las travesuras infantiles, que hicieron fama en Viavélez, la vía de superación de la timidez congénita y la forma de dar cauce a la imaginación desbordante que luego reconduciría hacia la escritura. Vivió la Guerra Civil en Viavélez. Conoció el desosiego de la familia "poniendo colchones en las ventanas" para protegerse de la metralla y tuvo el primer contacto con la muerte: "Vi cadáveres en las cunetas". Pero también descubrió la magia de la literatura en los libros que su padre atesoraba en el desván de la vivienda familiar.

Al término de la contienda, el ascenso laboral de su padre a jefe de máquinas supuso la mudanza de la familia: el buque en el que navegaba Guillermo Tellado dejó de hacer escalas en Asturias y la familia decidió su traslado a Cádiz. En la capital gaditana, Corín se recuerda como una muchacha "muy vergonzosa, muy tímida, que ni siquiera jugaba en los recreos", pero una compañera de la época, Ana María Morgado, la recordó como una adolescente "muy lanzada, que montaba en bicicleta cuando estaba mal visto y que fumaba cigarrillos a escondidas".

También mantuvo su afán lector: su debú como escritora, cuando estaba a punto de entrar a trabajar en una zapatería para contribuir a la economía familiar, fue producto del desafío y la emulación. Corín, que empezó a escribir relatos por las noches mientras velaba a su padre en el lecho de muerte, en 1945, escribió su primera obra para demostrarle a uno de sus hermanos que era capaz de escribir mejor que él. El librero gaditano al que compraba libros gestionó la publicación de su primera novela.

Fue en 1946. Tellado tenía 19 años y aquello cambió su vida. La muerte del padre había dejado a la familia en una situación económica maltrecha, y Corín había tenido que renunciar a seguir estudiando. Un contrato con Bruguera sólo un año después, en 1947, es el espaldarazo. La editorial le encarga un título a la semana. "El amor no era nada para mí cuando escribí mi primera novela. Allí le eché imaginación. Yo no sabía nada de hombres ni de amores. Pero desde aquel día nunca me faltó un sueldo".

Con los primeros ingresos económicos, se permite en 1948 una visita a Asturias. Lo que iba a ser una estancia breve se convirtió en definitiva: "Nada más apearme del tren reencontré aquella parte de mí misma que había quedado atrás y supe que éste era mi sitio y mi tierra". Corín mantiene su febril actividad de escritura en Gijón. Luego llegó el noviazgo, la boda, los hijos y la separación. El ritmo incesante de producción literaria se acelera. No terminaba una novela cuando ya estaba pergeñando la siguiente. Nunca se detuvo. Siguió tecleando en la Hispano-Olivetti y tratando de acompasar su novelística a los nuevos tiempos modernizadores y al avance de la sociedad y de las costumbres. "Me he divertido poco. Salía a veces con una amiga, pero no a bailar, sino al teatro, al cine, a escuchar a Antonio Molina... No, no era una vida divertida, pero no echaba nada de menos".

Ya no se la conocen nuevas relaciones afectivas aunque más de una vez declaró: "Hay cosas de mi vida que sólo yo conozco y que nadie sabrá jamás. Mi verdadera vida no se la digo ni se la diré a nadie. A nadie".

Con la llegada de la democracia y la superación del género rosa tradicional por los nuevos vientos de la libertad, Tellado evolucionó sus propias novelas (aparecen divorcios, abortos y desamores) y pulsó otras temáticas. En 1979, bajo el seudónimo de Ada Miller, publicó 26 novelas eróticas de bolsillo, pero no se sintió cómoda en el género. Pero el cambio social en España es arrollador y su novelística, sin llegar a desaparecer, sufre una merma en la atención del público. Ha dejado al menos dos novelas acabadas y el miércoles 8, tres días antes de su muerte, acabó de dictar la última historia para Vanidades.

La escritora, que acumuló un apreciable patrimonio, repartió sus bienes en vida entre sus dos hijos y vivió en los últimos años de una pensión y de los derechos de autor. La última reunión familiar se había producido el Viernes Santo, la víspera de su muerte. Su nieta Corín Castro Tellado aseguró que el mayor empeño de su abuela fue mantener unida a la familia. "Lo ha conseguido", sentenció. Corín afrontó su último trance con afán escudriñador: "Soy católica con reparos. Sólo siento curiosidad por saber lo que hay más allá. Si no hubiera algo, sería decepcionante".




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