viernes, 30 de enero de 2009

El detalle en el Arte




Adán y Eva, de Alberto Durero (Museo del Prado, Madrid)



El pasado martes mi hija Ruth, historiadora del arte (no ejerciente), y un servidor de ustedes asistimos a la primera jornada del Curso de Iniciación al Arte Contemporáneo (1) programado por el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas entre los meses de enero a mayo de este año. El Centro Atlántico de Arte Moderno, el CAAM (2) es uno de los grandes museos de arte contemporáneo de España, en la estela del Reina Sofía de Madrid, y una de las instituciones culturales más prestigiosa de las islas. Soy socio del mismo desde su fundación, lo que no implica ninguna clase de privilegio o prerrogativa, salvo la de recibir gratuitamente su magnífica revista "Atlántica" (3), revista de arte y pensamiento, que ya va por su número 44. Dicha revista, junto a periódicas y asiduas visitas al museo, me mantiene al tanto de las corrientes y tendencias vanguardistas del arte contemporáneo, arte, que dicho sea de paso, no entiendo, y en la mayor parte de las ocasiones no me gusta, aunque me abstengo de enjuiciarlo con excesiva acritud. La asistencia a este curso es un enésimo intento de acercarme a su comprensión; a ver si ahora lo consigo; tengo mis dudas...

Hace unos días se publicó la noticia del acuerdo suscrito (4) entre Google y el Museo del Prado, por medio del cual, a través de Google Earth pueden examinarse con el más absoluto de los detalles, casi microscópicos, algunas de las más celebradas obras pictóricas (5) del Museo. Es muy interesante, aunque yo pienso que las obras de arte deben observarse con cierto distanciamiento entre el espectador y la propia obra. No todo el mundo piensa así.

En ese descender al detalle de la obra pictórica como objeto de estudio, análisis, mera curiosidad, o facultad de admiración, se centra el artículo que, con el título de "Detalles de la pintura" (6), escribe Charo Crego, ensayista y crítica de arte, en el último número de Revista de Libros (7), comentando la obra "El detalle. Para una historia cercana de la pintura" (Abada, Madrid, 2008) del historiador del arte francés, Daniel Arasse.

Dice la articulista sobre el libro comentado que, probablemente, uno de los méritos más auténticos del mismo sea que, a pesar de su erudición e ingente conocimiento, Arasse nunca pierde de vista la mirada. Ésta sigue siendo lo esencial para él, como historiador y amante del arte. Mirada próxima y escrutadora del espectador que no sólo descubre lo que hay en la imagen, que no sólo permite apreciar la invención humana, sino que sirve además para poner límites a las derivas interpretativas en las que tan fácilmente pueden caer los historiadores del arte.

Me he apropiado la frase, y haciéndola mía, voy a aprovechar el curso que ahora inicio para intentar mirar el arte contemporáneo con otros ojos, pero eso sí, sin dejarme impresionar por la retórica de sus valedores, que los tiene. En todo caso, disfruten de las bellísimas imágenes -no precisamente contemporáneas- que acompañan este comentario. Entre ellas, las del para mi más bello cuadro del Prado: "La Anunciación", de Fray Angélico. Las otras dos, "La vista de Delft", de Vermeer, y "La Virgen de Lucca", de Van Eyck, se citan en el artículo de Charo Crego que comento. Sean felices. Y buen fin de semana. Tamaragua. (HArendt)




http://web.educastur.princast.es/proyectos/jimena/pj_leontinaai/arte/webimarte2/WEBIMAG/RENACIMIENTO/IMAGENES/FANGELICO/anunpr.jpg
La Anunciación, de Fray Angélico




Notas:
(1) http://www.caam.net/es/curso_ini.htm
(2) http://www.caam.net/
(3) http://www.caam.net/es/atlantica.htm
(4) http://www.elcultural.es/noticias/ARTE/503703/Las_grandes_obras_del_Prado,_al_detalle_gracias_a_Google_Earth
(5) http://www.museodelprado.es/es/bienvenido/
(6) http://www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=4199
(7) http://www.revistadelibros.com/

Fotos:
(1) http://web.educastur.princast.es/proyectos/jimena/pj_leontinaai/arte/webimarte2/WEBIMAG/RENACIMIENTO/IMAGENES/FANGELICO/anunpr.jpg
(2) http://www.filomusica.com/filo82/vermer.jpg
(3) http://img530.imageshack.us/img530/9950/lavirgendeluccair7.jpg





http://www.filomusica.com/filo82/vermer.jpg
Vista de Delft, de Vermeer




"Detalles de pintura", por Charo Crego
Revista de Libros, nº 145 · enero 2009

Daniel Arasse
EL DETALLE. PARA UNA HISTORIA CERCANA DE LA PINTURA
Trad. de Paloma Ovejero
Abada, Madrid 424 pp. 30 €

En La vista de Delft del pintor holandés Johannes Vermeer hay un recuadro de pintura amarilla que representa un tejado de una de las casas de la ciudad. Este «pequeño lienzo de pared amarillo» se ha convertido en uno de los «trozos de pintura» más literarios de la historia. En En busca del tiempo perdido, Proust sitúa la muerte del escritor Bergotte en el momento en que éste se halla ante esta obra. Maravillado por esa pared, «que era como una preciosa obra de arte china», Bergotte sufre intensamente la amargura de sus carencias: «así debería haber escrito yo».

También el poeta Rainer Maria Rilke se deja seducir por un trozo de pintura, en este caso aún más pequeño. Al contemplar la Virgen de Lucca de Van Eyck, el poeta queda cautivado por un mínimo detalle: «Y de repente deseé, deseé, oh, deseé ser no una de las dos pequeñas manzanas del cuadro, no una de esas manzanas pintadas en el alféizar [...] No, deseé ser la sombra dulce y minúscula, la sombra insignificante de una de esas manzanas [...] ese fue el deseo en el que todo mi ser se contuvo».

Bergotte deja de ver la panorámica de Delft para quedarse con ese pequeño rectángulo amarillo; Rilke pierde de vista a la Virgen con el niño, su trono y su manto, incluso las manzanas, para quedarse con esas escasas pinceladas oscuras. El cuadro se disloca cuando no se guarda una cierta distancia para su contemplación, cuando uno se acerca tanto que prácticamente huele la pintura. Daniel Arasse nos invita a esta forma de mirar, de tocar con la mirada, en esta Historia cercana de la pintura.

La sombra, el tejado amarillo, la mosca pintada en el marco interior del cuadro que uno quiere espantar, el pliegue que de repente adquiere formas humanas insinuantes, o el gato que es sorprendido por el arcángel Gabriel, son algunos de los numerosos detalles que Arasse analiza en este libro. Aunque publicado por primera vez en Francia en 1992, su éxito fue tan grande que aún hoy sigue encontrándose en edición de bolsillo y Flammarion acaba de publicarlo en una nueva edición de lujo que, por fin, hace justicia al texto. Gracias a esta obra, Daniel Arasse se convirtió en un autor a la vez respetado por los especialistas y reconocido por el gran público. Aunque tarde, con esta excelente traducción se brinda ahora al público español la oportunidad de conocerlo de primera mano.

Arasse, que había empezado sus estudios con el famoso italianista André Chastel, terminó doctorándose de la mano del filósofo y semiótico Louis Marin sobre la memoria y la retórica. Además de traducir a famosos historiadores, como Panofsky, Montias o Yates, enseñó durante años en la Sorbona, fue director del Instituto francés de Florencia y, por último, director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Hasta su muerte en 2003, Arasse se convirtió en un animador excepcional del arte en Francia. Entre otras, organizó la famosa exposición sobre Botticelli que se celebró en París en 2003 y fue el protagonista de una serie de emisiones radiofónicas sobre historia del arte que alcanzaron una gran popularidad (1).

Una parte importante de sus escritos está dedicada al Renacimiento italiano, con estudios sobre Leonardo da Vinci, los primitivos italianos o la Anuncicación en la pintura italiana. Su italianofilia, o italianomanía, como él mismo la catalogaba, no le impidió, sin embargo, asomarse a otros campos. En 1987 escribió un estudio sobre La guillotina y la figuración del terror, traducido al castellano (2) y a otras lenguas. En 1993 publicó el libro La ambición de Vermeer (3) y en 2001 un estudio esencial sobre el artista alemán de nuestros días Anselm Kiefer (4), en el que indagaba sobre la memoria y su representación. Tras su muerte, se han publicado algunos textos inéditos, entre ellos una recopilación de artículos dedicados a artistas contemporáneos, como Cindy Sherman, Andrés Serrano o James Coleman, bajo el título Anachroniques (5).

En el marco de esta compacta obra, El detalle representa una inflexión en su carrera. Por una parte, en él Arasse no se limita al Renacimiento italiano, sino que extiende el período histórico de su estudio desde el final de la Edad Media hasta el último cuarto del siglo XIX. Por otra, es el primer texto en el que rompe explícitamente con la forma de análisis propia de la historia del arte. Se distancia en él de las atribuciones, los estilos o las grandes interpretaciones, para centrarse en esos elementos que hasta entonces habían pasado inadvertidos: los detalles. Desde el primer momento, Arasse distingue entre el detalle considerado como una parte de un objeto o de un cuerpo –las cejas, las arrugas, los pliegues, el pétalo de una flor, etc.– y el detalle visto como el rastro y el resultado de alguién que ha «de-tallado» una parte del todo, ya sea el pintor o el espectador, como la sombra de las manzanas de Van Eyck o el pequeño recuadro amarillo de Vermeer. El detalle es, por ello, una plataforma privilegiada para estudiar desde él tanto la historia de la producción como de la recepción de las obras de arte.

Se abre así un campo de estudio inmenso en el que Arasse se adentra con la ayuda de un método de análisis al que denominó «iconografía analítica». Iconografía, porque para dilucidar el significado de una imagen se sirve de textos, documentos u otros testimonios, próximos histórica o espacialmente. Y analítica, porque es muy consciente de que no hay transparencia entre las imágenes y los textos, sino que, lejos de contar con una fuente única, los cuadros, frescos, dibujos o estampas se superponen, se entremezclan y condensan, como los sueños según Freud. Además, es iconografía y no iconología, porque no pretende elaborar un sistema en el que las imágenes se ordenen según series, sino que se interesa en descifrar los casos particulares, sin intentar traicionar la singularidad indómita que revela cada detalle.

Hablar de iconografía, iconología, etc., puede inducir al lector a pensar que nos encontramos ante una obra erudita con una abrumadora cantidad de datos y referencias históricos. Nada más lejos de la verdad. Arasse es un estilista y, en su escritura, siempre intentó ser fiel a su admirado Roland Barthes. Era consciente de que el placer del texto tenía que ser compartido por el escritor y el lector, igual que el placer que producen el descubrimiento y la contemplación de las obras de arte tenía que ser transmitido al lector y futuro espectador.

Probablemente uno de los méritos más auténticos de este libro sea que, a pesar de su erudición e ingente conocimiento, Arasse nunca pierde de vista la mirada. Ésta sigue siendo lo esencial para él, como historiador y amante del arte. La mirada próxima y escrutadora no sólo descubre lo que hay en la imagen, no sólo nos permite apreciar la invención humana, sino que sirve además para poner límites a las derivas interpretativas en las que tan fácilmente puede caer el historiador. El lector de este libro comprobará que los argumentos que se desarrollan en él le llevan a volver constantemente a la imagen de la que se habla, e incluso a buscar en Internet, a falta de no poder ir directamente a los museos, para apreciar en su justa medida las interpretaciones propuestas.
Se ha acusado a Arasse de sobreinterpretar y ser imprudente en sus análisis, de buscar más la excepción que la regla. A modo de epílogo, Arasse nos presenta algunos ejemplos en que muestra cómo historiadores del calibre de Shapiro, Settis o Panofsky han caído en errores de interpretación por privilegiar más los textos y los documentos que la imagen y lo que se ve en ella. Quizás el ejemplo más hermoso sea el de El retablo de Merode de Robert Campin, en el que se ve a san José trabajando como carpintero con una tabla en las manos y un taladro. Antes de que se atribuyera a Campin, se creía una obra del conocido como «Maestro de la ratonera». Este motivo, unido a la interpretación de una metáfora según la cual la cruz era la ratonera del diablo y al papel que se atribuía a san José en la Encarnación, junto con el emergente realismo, llevaron a Shapiro a afirmar que lo que está construyendo san José es una ratonera, a pesar de que los agujeros que está haciendo carecerían de función en ella. Tanta interpretación aleja a estos eruditos de lo más evidente: que sí hay dos ratoneras pintadas en el retablo de Merode, pero que éstas están sobre la mesa y la ventana, y que de ahí provenía la denominación del «Maestro de la ratonera». Además, en la tabla central del retablo puede verse un salvachispas ante una chimenea, lo que, si nos dejamos llevar sólo por la imagen, nos da la pista para descubrir que lo que san José está construyendo es la tapadera de una rejuela, ese objeto en el que se meten las brasas para guardar el calor.

Arasse ofrece muchos otros ejemplos de interpretaciones fallidas en los que los historiadores han caído presas en las ratoneras de su propio deseo interpretativo. La única cura posible contra la sobreinterpretación es volver a la imagen, intentar leer su propio mensaje, sin limar las asperezas o las desviaciones que los detalles representan. Y eso es lo que hace Arasse en este libro: acercarse tanto a la pintura que casi llega a acariciarla con la mirada.

Notas:
1. Estas charlas radiofónicas se han publicado en Histoires de peintures, París, Denoël, 2004.
2. La guillotina y la figuración del terror, trad. de Carmen Clavijo, Barcelona, Labor, 1989.
3. L'Ambition de Vermeer, París, Adam Biro, 1993.
4. Anselm Kiefer, París, Regard, 2001.
5. Anachroniques, París, Gallimard, 20




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jueves, 29 de enero de 2009

Canarias en la picota

Enésima afrenta del gobierno regional de ATI-CC y PP a los grancanarios a cuenta del famoso mapa del periódico El Día, repartido en los centros públicos de la Comunidad Autónoma, en los que se ignora y modifica el nombre de su isla. Menosprecio gratuito, innecesario y bastante idiota, por cierto. ¿Voluntario? Pues es posible que no, pero en política la mujer del César no sólo tiene que ser honesta sino parecerlo, y este gobierno de honestidad, la verdad, y en base a la de querellas judiciales en que sus miembros están enfrascados, no parece muy sobrado.

¿Consecuencias? En principio, muchos grancanarios están convencidos de que Canarias no tiene viabilidad política mientras continúe en el gobierno ATI-CC, y comienzan a pensar que, contra los tinerfeños nada, pero con Tenerife a ningún sitio. ¿Opciones? Tres: la doble autonomía, federalizar Canarias, y coyunturalmente, y a los solos efectos de modificar el Estatuto de Autonomía y el sistema electoral canario, un pacto PSOE-PP que desaloje a ATI-CC del poder, y después, a quién Dios de la dé, San Pedro se la bendiga.

Personalmente, prefiero la doble autonomía. Pero reconozco las dificultades de todo tipo que ese paso supone y que la convierten en, prácticamente, inviable. Así pues, quedaría una segunda opción: federalizar Canarias.

Federalizar Canarias supondría replantearse la distribución del poder político en el seno de la Comunidad Autónoma de manera horizontal entre el gobierno regional y los gobiernos insulares mediante un reparto de competencias tasado estatutariamente tanto a nivel regional como insular, y la configuración de un parlamento regional (o Cabildo General de Canarias) bicameral en el que estuvieran representados tanto el pueblo del archipiélago en su conjunto como cada una de sus islas (consideradas como entidades territoriales propias y autónomas) con competencias legislativas iguales y capacidad de exigir la responsabildad política del gobierno regional. La Cámara de elección popular sería elegida por la totalidad de la población del archipiélago por un sistema proporcional puro, en una circunscripción electoral única. La Cámara territorial estaría conformada por representantes de los gobiernos de los Cabildos Insulares, en número igual para cada uno de ellos, independientemente de su población.

No es la primera vez que planteo esta posibilidad. Lo hice ante el propio Parlamento de Canarias en 1995, 1996 y 1997, con ocasión de las deliberaciones que llevaron a la reforma del Estatuto de Autonomía, y en varios artículos publicados en la prensa regional que tuvieron cierta repercusión en medios académicos y universitarios, pero casi ninguna política. Esos artículos pueden leerse, en mi anterior blog ("Desde el Trópico de Cáncer") (1) en las entradas correspondientes a los días 26 y 27 de octubre, y 25 y 28 de noviembre, de 2006. Y si alguien ve algún tipo de animadversión a Tenerife en esta crónica, se equivoca de medio a medio, pero como ocurre a veces en los matrimonios mal avenidos, el divorcio de mutuo acuerdo puede ser lo mejor para todos. Más abajo pueden leer el artículo que sobre la polémica del mapa escribe hoy en La Provincia-Diario de Las Palmas, titulado "Un mapa para la discordia", el director de dicho periódico, Ángel Tristán Pimienta. Sean felices. Tamaragua. (HArendt)


Notas:
(1) http://ccampos1946.blog.com

Fotos:
(1) El Escudo de Armas de Canarias:
http://www.estecha.com/imagen/escudos-piedra-comunidades/canarias-escudo.jpg




http://www.estecha.com/imagen/escudos-piedra-comunidades/canarias-escudo.jpg
Escudo de Armas de Canarias



"Un mapa para la discordia", por Ángel Tristán Pimienta

José Miguel Ruano nació y se crió en Schamann, concretamente en la calle Doña Perfecta. Es un 'canarión' de origen rural que vive en Tenerife desde que fue a estudiar a La Laguna, y que ha escalado puestos en ATI, perdón, en la Coalición Canaria tinerfeña a base de trabajar duro. Porque sólo desde el famoso síndrome del converso se puede explicar una inoportunidad que puede traducirse como que un alto cargo de la Comunidad Autónoma tome partido en una cuestión sensible y disparatada que constituye un ataque contra una de las islas. Miren ustedes que hay mapas antiguos para reproducir en el calendario 2009, año posterior a la rebambaramba por los editoriales de El Día, de la Consejería de Presidencia, planos que reflejan una historia real y que no han sido utilizados torcidamente por personajes llenos de odio que llevan su obsesión al punto de pretender que las otras islas impongan el cambio de nombre a la que es objeto de sus delirios.

Ya los Reyes Católicos, desde el momento mismo de la conquista y de la fundación del real de Las Palmas, se referían en sus cartas y cédulas reales a "la ysla de la Gran Canaria", término que alternaban de vez en cuando con "la dicha ysla de Canaria", incluso en los mismos textos, por la sencilla razón de que al archipiélago no se le denominaba en plural, Canarias, sino en singular, Canaria, tomado el nombre de la principal, que también recibía el de Gran. El archipiélago de Canaria quedó a la postre en archipiélago canario o de Canarias. Y Gran Canaria siguió con la denominación que ha llegado hasta la actualidad. Pretender que es más exacto históricamente suprimir el Gran en base a datos descontextualizados, minoritarios y manipulados, sería lo mismo que pretender que Tenerife se llamara Isla del Infierno porque así está en algunos documentos de la época, sin duda influidos por las poderosas explosiones del Teide, entonces en erupción, que asustaban a los navegantes y aterrorizaban a los vecinos. Sinceramente, no parece muy probable que este se publique el año que viene.

Pero no. José Miguel Ruano, y con él todo el Gobierno, se ha inclinado por el bando que sigue las consignas del periódico El Día, y no sólo hiere la sensibilidad de los grancanarios, constantemente agraviados no sólo por ese diario y sus medios vicarios, sino por la ATI que fue y que, en el fondo y en la forma, sigue estando ahí, sino que da un paso más en dirección a la crispación.

Se duelen muchos miembros de buena fe de Coalición Canaria en Gran Canaria cuando se cita a CC tras las siglas de ATI. Puede que sea un error. Pero no pueden negar que casos como la utilización extemporánea y malévola de este mapa no son el mejor argumento para creer en la sinceridad regional de Coalición Canaria y de su Gobierno. En esta ocasión, que no es una ocasión cualquiera, sino que la cuestión está en plena efervescencia, con amonestación parlamentaria incluida, ni ha demostrado tener sensibilidad ni, por supuesto, neutralidad objetiva. Es decir, se ha dejado llevar por el instinto y ha arrinconado, una vez más, cualquier demostración de vida inteligente y de respeto hacia 'los demás'.

Saldrán en coro ahora sus portavoces quitando importancia al asunto; diciendo que tanta es su bondad y su altruismo que nunca pensaron que se fuera a formar un lío, lo cual, sensu contrario, sería muestra de un preocupante retraso mental en su variante de capacitación política. Pero no se trata de una anécdota, que es la clásica disculpa prepotente y cínica. Es parte de una estrategia fría y premeditada que trampea los mandatos del Estatuto y quiere provocar un estado de tensión que permita desactivar las defensas naturales de Gran Canaria. En esa visión estratégica se incluye, además de sorpresas como la de este mapa francés del mil setecientos elevado a categoría en un documento oficial del Gobierno regional, la voluntad del presidente Paulino Rivero de no cumplir cabalmente con su obligación de residir en Las Palmas de Gran Canaria estos cuatro años y de celebrar, en dicha ciudad, las obligaciones oficiales de agenda. Muy al contrario, son numerosos los empresarios y cargos de las administraciones que se quejan por la necesidad de desplazarse a Tenerife para ser atendidos por el presidente, que tiene una disculpa 'fenomenal': como está arreglando los baños de la residencia oficial con largueza digna de Versalles y lleva año y medio en el hotel Santa Catalina le es más cómodo estar en Santa Cruz.

¿Quién es el que desata el 'pleito insular'?, ¿el que agrede o el que se defiende?, ¿el que aviva los delirios de un expolio demente o el que trata de evitarlo?, ¿el que apoya una locura cerril o el que defiende el buen juicio y la convivencia pacífica y productiva entre todos los canarios?

El Gobierno autonómico sólo tiene una manera de demostrar que se ha equivocado y que no ha querido ofender ni colaborar en el 'golpe de estado' palaciego para dañar la imagen y los intereses de Gran Canaria: retirar con toda urgencia el calendario.
Si la 'guanchancha' se utiliza con los mismos parámetros, el lío del espionaje en Madrid sería un cómic. (La Provincia-Diario de Las Palmas, 29/01/09)



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domingo, 25 de enero de 2009

Francis Bacon en El Prado

Bello texto el de Julia Luzán, en El País Semanal de hoy domingo, sobre el pintor anglo-irlándes Francis Bacon (1), al que el Museo del Prado de Madrid dedica una exposición que se abre al público el próximo día 3 de febrero, comisariada por Manuela Vega. Una vida atormentada, como la de otros muchos artistas, que nunca ocultó su admiración y devoción por los tres más grandes pintores españoles: Velázquez, Goya y Picasso, y que murió en abril de 1992 en Madrid junto a ese Museo del Prado que él tanto amaba. Disfrútenlo. Y sean felices. Tamaragua. (HArendt)





http://www.lacoctelera.com/myfiles/marchenaescritor/0234201.jpg
Francis Bacon, en su estudio




Notas:

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Francis_Bacon_(pintor)

Fotos:
(1) Estudio del papa Inocencio X de Velázquez:
http://www.elpais.com/recorte/20090123elpepucul_5/LCO340/Ies/Estudio_papa_Inocencio_X_Velazquez_1953.jpg
(2) Francis Bacon en su estudio:
http://www.brunel.ac.uk/3/News%20Images/Beldam%20Francis%20Bacon%20in%20his%20studio,%20seated.jpg




http://www.elpais.com/recorte/20090123elpepucul_5/LCO340/Ies/Estudio_papa_Inocencio_X_Velazquez_1953.jpg
Estudio del papa Inocencio X de Velázquez




"Viaje póstumo de Bacon a Madrid", por Julia Luzán


La primavera en Madrid se alargaba aquel junio de 1956. Los plátanos centenarios del paseo del Prado cubrían de sombra las zonas donde el sol empezaba ya a calentar en exceso. Dos hombres de mediana edad, vestidos con pantalón y americana oscura, se fotografiaban el uno al otro en la balaustrada del Museo del Prado, con el hotel Ritz al fondo. Su aspecto delataba de inmediato su condición de extranjeros. Francis Bacon y su amigo Peter Lacy se encontraban de paso en España camino de Tánger -la ciudad marroquí, imán para homosexuales, escritores y artistas, que Truman Capote, William Burroughs, Allen Ginsberg, Paul Bowles y la generación beat hicieron suya-, donde Lacy debía cumplir una oscura deuda con el propietario del bar Dean's y tocar allí el piano por las noches. Era la primera vez que el pintor (Dublín, 1909-Madrid, 1992), entraba en el lugar donde se exhibían las obras maestras de su adorado Velázquez, que conocía de sobra a fuerza de observar La Venus del espejo en la National Gallery de Londres: "Si no se entiende esa obra, no se entiende mi pintura".

Manuela Mena, jefa de conservación del siglo XVIII y Goya del Museo del Prado y comisaria en Madrid de la gran exposición retrospectiva sobre Bacon, organizada por la Tate Britain de Londres y el Metropolitan de Nueva York, desconoce cómo fue aquella primera visita del artista, pero sí recuerda el aspecto entonces del museo, un lugar apacible, silencioso, sin turistas, solitario y oscuro, con suelos de madera que crujían con las pisadas. "Había siempre poca gente, y aunque ahora nos parezca mentira, no tenía luz artificial, los cuadros debían contemplarse con la que entraba desde el exterior. ¿Cuántos días estuvieron aquí, cuánto tiempo pasó Bacon en el Prado? No podemos saberlo. A él le gustaba Velázquez y en esa primera visita debió de verlo todo".

Un siglo antes, en 1865, Édouard Manet experimentó el mismo impulso que el pintor inglés atormentado y transgresor "que pinta monos locos", como decía Allen Ginsberg, y acudió al Prado para ver la obra de los grandes maestros españoles. Ambos peregrinaron para observar de cerca las pinceladas, la composición, la forma de hacer tan moderna, tan colorista, de Velázquez, Goya, Zurbarán, El Greco o Ribera.

De haber vivido, Francis Bacon hubiera cumplido este próximo otoño 100 años. El segundo de los cinco hijos de Cristina y Edward, ingleses protestantes, nació un 28 de octubre en Dublín. Su padre, un ex militar, entrenador de caballos de carreras que afirmaba ser descendiente del filósofo Francis Bacon, inculcaba disciplina, orden y mando en la familia. De aquellos años, el pintor recordaría después la soterrada violencia en el ambiente, el inicio de la I Guerra Mundial y el paso de las tropas del regimiento de caballería cercano a su casa. También las frecuentes crisis de asma que sufría: "Me acuerdo", le confesó al crítico de arte David Sylvester en 1979, "de que me inyectaban morfina y la relajación que me producía era fabulosa. No querían darme mucha porque temían que me volviera adicto".

Eran años en que Bacon viajaba a Madrid con bastante frecuencia. Un amor español tenía la culpa. Como cuenta Michael Peppiatt, su biógrafo y amigo, tras la gran exposición que la Tate Britain le dedicó en 1985, un joven llamado José tuvo la oportunidad de verla y quiso manifestar su entusiasmo al pintor. Le escribía cartas a la galería Marlborough, a mano, con una cuidada letra. A Bacon, que jamás contestó a ningún mensaje, aquel detalle le hizo gracia, le entró curiosidad por conocerle y quedó fascinado por aquel hombre "tan bien educado, rico y sofisticado", que hablaba varios idiomas y amaba la pintura y era casi 50 años más joven que el artista. Un octogenario Bacon se subió con pasión al último tren que pasaba por su vida, un regalo inesperado. Cobró nuevas energías y sus estancias en España se multiplicaron. "En algunas de aquellas visitas que hizo a Madrid vino también al Prado y tuve el honor y la suerte de conocerle", cuenta Manuela Mena. "Me llamó él directamente y le acompañé en varias ocasiones. Me pidió entrar en el Prado los lunes, el día en que el museo está cerrado. Lo único que quería ver era Velázquez y Goya, no deseaba contemplar nada más".

Se quedaba solo ante los cuadros, con José unos pasos detrás. Miraba, remiraba, pero no tomaba ni un apunte. "Un artista de esa categoría no hace bocetos. Estudiaba las pinceladas, que es donde está todo, muy de cerca, con mucha concentración". Iba de cuadro en cuadro de Velázquez; se paraba ante Las meninas un buen rato, pasaba a Los borrachos, luego al Pablo de Valladolid. "Bacon observaba la materia de los cuadros como quien se recrea en la piel de un amante". Dice Manuela Mena que en aquellos años se le veía contento, y describe al hombre que conoció como "tremendamente tímido, muy dulce, muy agradable, muy educado. Lo más interesante de él era la mirada, penetrante y brillante como pocas he visto, muy clara. Era una persona que cuando te miraba, te miraba sólo a ti". Piensa en el artista como un hombre cercano y rememora para la periodista uno de sus recuerdos más preciados: "Me mandó un ramo de flores, el más bello que me han regalado en la vida. Eran flores de primavera, de todos los colores y mezclados de una manera que tuvo que ser él personalmente quien las eligiera".

Su personalidad, fuerte, bronca, como su obra, hizo de Bacon un ser atormentado. A los 16 años su padre le descubrió vestido con la ropa interior de su madre y, sin contemplaciones, le echó de casa. Sobrevivió como pudo, de chico para todo, de acompañante de gentlemen, y gracias a las tres libras semanales que le enviaba, a escondidas, su madre. Pasó una larga temporada en Berlín, sumergido en una atmósfera como la de El ángel azul, la película de Josef von Sternberg con Marlene Dietrich. Para alguien como él, llegado de una sociedad extremadamente puritana, Berlín fue una fiesta. "Todas las tardes hacíamos la ronda de bares y cabarés. Encontraba eso fantástico, me divertía de lo lindo. No lo vi de inmediato, pero aquello me marcó profundamente". También vivió tres meses con una familia francesa, en Chantilly, para aprender el idioma. Allí, en el Museo Condé, se produjo una de las primeras revelaciones que le impulsarían a pintar. Descubrió La matanza de los Inocentes, de Poussin. "El mejor grito en pintura... Aquel cuadro me produjo una enorme impresión". De regreso a Londres trabajó como decorador de interiores, y se metió tanto en el papel que llegó a diseñar tapicerías y muebles con estructuras de hierro y acero en el estilo tubular de Le Corbusier.

En esa singular vinculación de Bacon con España se encuentra también Picasso. Su primer motor hacia la pintura. Fue tras ver una exposición de dibujos de Picasso en la galería Paul Rosenberg en París hacia 1928 cuando Bacon realizó sus primeros dibujos: "Las obras de Picasso en 1926-1930, sus años de surrealismo con esas figuras aisladas, solitarias, en las playas, me produjeron tal choque que me entraron ganas de pintar. ¿Por qué no lo intento, me dije?". Lo hizo, aunque, llevado por sus impulsos, el pintor destruyera luego la mayor parte de sus primeras obras.

Los ojos de Bacon, como los de Picasso, apresaban las imágenes para devolverlas transformadas en una pintura que no intenta contar historias, sino "colgarse del sistema nervioso del espectador".

Finalizada la II Guerra Mundial, en1945, Bacon regresó a la pintura con más energía. Sus Tres estudios para la base de una crucifixión, claramente inspirados por Picasso, son el punto de partida de los primeros cuadros que le hicieron famoso. Las pinturas de un ateo que reflejan los instintos animales de los humanos. La memoria de la guerra reciente se palpa en los desnudos masculinos, agresivos y violentos. Su primer tríptico de la Crucifixión, con la gran boca abierta que devora al espectador, estará en una de las salas del Prado.

En los años cincuenta, su pintura da un giro. Bacon descubre a través de fotografías el Inocencio X, de Velázquez, "uno de los más grandes retratos que se hayan pintado nunca". Bacon lo representa con la boca abierta, aullando, lo que el crítico de Time Robert Hughes llamó "una mancha surgiendo de la oscuridad como un ectoplasma carnívoro", en jaulas de vidrio o entre barrotes. "Siempre me han obsesionado los movimientos de la boca, su forma y la de los dientes... Me gustan el brillo y el color que tienen, y siempre he querido ser capaz de pintar la boca como Monet pintaba una puesta de sol".

Bacon descubrió España y su modo de vida con pasión. Comenzó a estudiar español, hacía pinitos lingüísticos y acentuaba con énfasis las zetas. Los españoles poco o nada sabían de aquel hombre sin aristas, de permanente flequillo, un autorretrato de sí mismo, y menos, de su grandeza como artista. Sólo pudo verse una pequeña muestra de sus obras en la Fundación Juan March de Madrid en 1978, ya muerto Franco. La gran antológica que llega ahora al Prado es el desquite, el homenaje tardío al hombre excesivo, al pintor de la soledad, del sexo, de la vida.

"Cuando Miguel Zugaza [director del Museo del Prado] comentó que estaba pensando en hacer esta exposición y que quería que me encargara yo de ella, sentí que estaba en lo cierto, que era lo correcto que Bacon viniera a Madrid y al Prado. Me pareció que encajaba perfectamente dentro de lo que es el museo, siempre volcado al futuro". Manuela Mena impulsa claramente este homenaje singular y cercano al pintor inglés que amó el Prado. "Es el sitio natural para uno de los más grandes artistas contemporáneos, que vino aquí con tanta pasión y que, además, como él decía, debía tanto a Velázquez y a Goya".

Mena lleva trabajando tiempo con sus colegas de la Tate Britain de Londres. Ha visto de cerca los esfuerzos por lograr obras del artista para la exposición. "Bacon es dificilísimo porque muchas de sus obras están en colecciones privadas y la valoración económica de sus cuadros es elevadísima [por su Tríptico de 1976, el millonario ruso Roman Abramóvich pagó no hace mucho más de 55 millones de euros], lo que hace que la gente se lo piense mucho antes de ceder cualquier obra. Pero hay unos préstamos impresionantes. Se ha conseguido lo que se quería".

La leyenda de Bacon en España se alimenta con los recuerdos de los pocos que le trataron en sus cortas estancias en Madrid. Hablan de los lugares donde tomaba copas, de los paseos por la ciudad y de aquel día aciago, un 28 de abril de 1992, en que murió en la clínica Ruber de Madrid. Harto de estar confinado por problemas de salud (le habían extirpado un tumor del riñón) en su casa-estudio de Reece Mews, en Londres, decidió viajar a Madrid para ver a su amigo José. Poco después se sintió enfermo y su estado llegó a ser crítico. Respiraba con dificultad y le diagnosticaron una neumonía. Un ataque al corazón acabó con su vida en la habitación 417 del Ruber. Fue la hermana de las Siervas de María, Sor Mercedes, quien le cerró los ojos. El 30 de abril su cuerpo fue incinerado en el cementerio de la Almudena, solo, sin testigos, como él quería.

En las salas temporales del Prado, las obras se expondrán como Bacon siempre quiso, detrás de un cristal: "No utilizo ningún barniz y el vidrio ayuda a dar unidad al cuadro. Me gusta también la distancia que el cristal crea entre lo que he hecho y el espectador; me gusta que el objeto, por así decirlo, esté lo más lejos posible". La retrospectiva recoge asimismo parte del archivo de Bacon: grabados, libros, recortes de periódico, fotografías de gimnastas, de hombres desnudos, fotomatones de él, de sus amantes, George Dyer, Peter Lacy; de amigos, como el pintor Lucian Freud, o instantáneas de Hitler, de corridas de toros, de toreros... El mundo íntimo, la base pictórica de Bacon.

"Quienes vienen habitualmente al Prado", asegura Manuela Mena, "se sentirán noqueados ante las imágenes tan tremendas de alguno de los cuadros de Bacon. Y por otro lado, aquellos que acuden a museos de arte contemporáneo y vean a Bacon en el Prado se darán cuenta de que hay una unión absoluta entre el arte del pasado y el actual. No hay diferencias. No hay barreras. La gente tiene que venir con los ojos muy abiertos y dejarse llevar por las reacciones que le provoca la obra de arte". La exposición se abre al público en el Museo del Prado de Madrid el próximo 3 de febrero. (El País Semanal, 25/01/09)




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"Que se avergüence quien haya pensado mal"

"Que se avergüenze el que haya pensado mal". Doña Esperanza Aguirre, condesa de Murillo, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, es, sin duda, una mujer culta. Así que es más que probable que conozca la frase que da título a este comentario, pronunciada por el rey Eduardo III de Inglaterra a mediados del siglo XIV con ocasión de un lance cortesano que se hizo célebre. Y que haya pensado en ella (a mi, infinitamente menos culto que la señora condesa, me ha venido enseguida a la cabeza) a raíz de la que le está cayendo encima por causa de la trama de espionaje interno en el seno del PP madrileño puesta en público por el diario El País. Sinceramente, los problemas internos de los partidos, y los del PP en particular (perdónenme lo soez de la expresión) me la traen floja, así que mencionado el asunto, voy a referirme a la destacada influencia francesa (o más específicamente normanda; pues fueron normandos, no los autóctonos sajones, los fundadores del Reino de Inglaterra) en la tradición británica.

Dos ejemplos. El lema de la monarquía británica: "Dieu et mon droit" (1): Dios y mi derecho, así escrito, en francés. Y también, en francés, la fórmula mediante la cual la reina de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, sanciona y promulga las leyes del reino: "La Reine le veult" (2): La Reina lo quiere. Por último, la historia del lance que dio origen a la frase "Honi soit qui mal y pense" (3) y con ella al nacimiento de la Orden de la Jarretera, una de las más preciadas condecoraciones de la monarquía británica.

Cuenta la leyenda que una noche en que el rey Eduardo III de Inglaterra estaba bailando con la condesa de Salisbury en una gran fiesta de la corte, hacia el año 1344, la dama perdió su jarretera (liga). Después de recogerla, cuando el rey estaba devolviéndosela, se dio cuenta de que la gente de su alrededor estaba sonriendo y murmurando. Airado, exclamó "honi soit qui mal y pense" (que se avergüence el que mal haya pensado), y colocándose la media sobre su propio muslo, añadió que haría la pequeña jarretera azul tan gloriosa que todos querrían poseerla. Con tal fin creó el rey la Orden de la Jarretera, cuyo símbolo es una jarretera azul oscuro, de borde dorado en la que aparecen en francés las palabras dichas por el rey. Buen fin de semana. Y sean felices, por favor. Tamaragua. (HArendt)




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Emblemas de la Orden de la Jarretera




Notas:
(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Dieu_et_mon_droit
(2) http://en.wikipedia.org/wiki/Royal_Assent
(3) http://es.wikipedia.org/wiki/Orden_de_la_Jarretera

Fotos:
(1) Emblemas de la Orden de la Jarretera:
http://participacion.abc.es/myfiles/tiempovariable/jarretera.jpg
(2) Escudo de Armas del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte:
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/84/UK_Royal_Coat_of_Arms.svg/250px-UK_Royal_Coat_of_Arms.svg.png




http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/84/UK_Royal_Coat_of_Arms.svg/250px-UK_Royal_Coat_of_Arms.svg.png
Escudo de Armas del Reino Unido




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sábado, 24 de enero de 2009

Terpsícore




La musa Terpsícore




Soy capaz de recordar y reconocer casi cualquier fragmento de texto literario (o película) que haya leído (o visto), aunque solo haya sido una vez en la vida. Por el contrario, ni el Azar ni la Naturaleza, mis divinidades paganas preferidas, me han dotado del mismo talento para la música. La musa Terpsícore (me ha negado sus favores, salvo en aquellas piezas que ya forman parte, por la amplitud de su difusión, del imaginario colectivo de la humanidad. Y esa incapacidad para recordar y reconocer piezas músicales, es una de las circunstancias que más dolor me producen, porque en contraste con ella la música es de todas las Bellas Artes la que más profundas emociones me provoca, muchas veces hasta el llanto.

Mi amiga Ana, conocedora y siempre al tanto de mis inquietudes intelectuales, me envía desde Ámsterdam el artículo que en El Cultiberio de hoy sábado pública Incitatus ("La Cuarta según San Juan"), en el que relata la impresión que le produjo la audición de la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky interpretada por la Orquesta Ciudad de Granada, bajo la dirección de Juan de Udaeta.

Su lectura, aparte de la consiguiente emoción, me ha traído hasta la memoria el comentario que sobre la Música realizara George Steiner en su libro "Errata. El examen de una vida" (Siruela, Madrid, 2001), uno de los más hermosos textos que he leído nunca.

Dice Steiner: "El canto (y la música) es, simultáneamente la más carnal y la más espiritual de las realidades. Aúna alma y diafragma. Puede, desde sus primeras notas, sumir al oyente en la desolación o transportarlo hasta el éxtasis. La voz que canta es capaz de destruir o de curar la psique con su cadencia".

Les dejo con el bello texto de Incitatus y el sonido del IV movimiento de la 4ª Sinfonía de Tchaikovsky intepretado por la The Chicago Symphony Orchestra, bajo la dirección de Baremboim. Disfrútenlos. Y sean felices. Tamaragua. HArendt




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George Steiner




"La Cuarta según San Juan", por Incitatus

Un concierto es un acto musical único e irrepetible, ya lo decía el gran Sergiu Celibidache y tenía toda la razón del mundo, pero ustedes no estuvieron –salvo mi amiga Marisol y otros descubrimientos felicísimamente vivaldianos– en Granada el otro día, y yo tengo que contarles esto, así que, ahora que no mira nadie, vamos a hacer trampa. Un poco sólo. A ver: busquen en la estantería, por favor, la Cuarta Sinfonía de Piotr Ilyich Chaikovski y ténganla a mano, que la necesitaremos dentro de un momento. Da igual la grabación, porque, como queda dicho, un concierto es algo que no se puede repetir y lo único que vamos a necesitar es una ayuda técnica, algo así como un plano.

Granada, Palacio de Congresos. Orquesta Ciudad de Granada, OCG. En el podio estaba nada menos que su fundador, el maestro Juan de Udaeta, que empezó a reclutar animosos chavales hace veinte años. In illo tempore, las "fuerzas vivas" conservadoras de la ciudad rezongaban (o chillaban) que para qué necesitaba Granada una orquesta. Hoy la OCG es uno de los legítimos orgullos del lugar y una de las mejores orquestas de España. Radio Clásica graba habitualmente los conciertos de tres formaciones: La de RTVE (que es la de la casa), la Sinfónica de Galicia y la OCG. Con eso está dicho todo.

Empezó el asunto con la obertura de La mort du Tasse, de Manuel García. Muy bien. Los músicos andaban aún algo fríos con esta partitura de principios del XIX que Udaeta conoce mejor que nadie en este país: él ha hecho la edición. Segunda pieza: La devota lasciva, del valenciano Juan José Colomer; un joven que escribió esta apasionante y apasionada obra para el Spanish Brass Luur Metalls (uno de los mejores grupos de metales del mundo), y justamente ellos fueron los intérpretes, junto con la OCG. Una delicia en la que Colomer usa el quinteto de metales no como cinco instrumentos distintos, que es lo que son, sino como una sola voz que a veces dialoga con la orquesta, a la manera de Vivaldi, y que otras la tiene detrás como paisaje sonoro, que es, más o menos, lo que solía hacer Bach. Una interpretación perfecta.

Pero vamos con la Cuarta. Ustedes saben –y si no lo saben se lo digo yo– que esta sinfonía, junto con las dos siguientes y últimas de su autor, forma un ciclo estrictamente personal que describe con espeluznante detalle la vida de aquel hombre desdichado. Chaikovski, aunque estuvo casado algún tiempo, no sentía el amor según los mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Creo que entienden lo que quiero decir. Eso, en la Rusia de la segunda mitad del XIX, podía ser desde un problema hasta una verdadera tragedia. De este último modo lo vivió el compositor, y ahí está la clave para entender la Cuarta… y las dos siguientes.

Pongan el disco, por favor. Imaginen la escena: la OCG con todos los sentidos despiertos y el maestro Udaeta allí sin partitura, de memoria, con un par. Comienza el primer movimiento, Andante sostenuto, con unos terminantes trompetazos. Esa es la clave. Vamos a llamarlo el "tema de ¡no, eso es pecado!". La gente vestida con lúgubres hábitos negros empieza mandando desde el primer segundo. Pero Chaikovski tiene que sobrevivir. Y hace que la orquesta cante buscando la felicidad de mil formas. Las cuerdas que comienzan una melodía deliciosa en piano, y Udaeta que logra repetirlo en un pianissimo de increíble delicadeza. Cuando parece que la sonrisa va a durar, zas, las trompetas: ¡No, eso es pecado! Caramba... La orquesta cambia de tonalidad e intenta otra cosa, igualmente dulce y amable. Pero ¡no, eso es pecado!: las negras trompetas vuelven a ahogar la dicha. Otro intento, y otro, y otro más, siempre en tonalidades distintas, buscando caminos diversos, siempre tímida la melodía al principio, luego más animosa. Y, una y otra vez, el clarinazo de los hábitos negros, de la hipocresía, del fanatismo, cercenando cualquier cosa que no sea la obediencia: ¡No! ¡Eso es pecado! ¿Lo ven?

El segundo movimiento, Andantino, es otra cosa. Chaikovski parece haberse encerrado en sí mismo y sueña. El oboe primero… Luego llegará el fagot, después el clarinete… Hay sombras, es verdad, pero el compositor tiembla de emoción e imagina: Qué haré, qué sentiré cuando me diga que me ama. Cómo haré para no morir de felicidad cuando me bese. ¿Lo están oyendo? Bien, pues ahora intenten imaginar eso con unos matices exquisitos, con una intención perfecta en el sentido de las frases, con una dulzura y una sinceridad que no caben en las palabras humanas. Eso fue lo que hizo Udaeta, que llevaba a la orquesta como una pluma con la punta de la batuta, que la alzaba y la acunaba y la hacía volar. Al término de la ensoñación de amor de Chaikovski, mi querida Marisol y yo estábamos pingando el moco como dos bobos. Como dos bobos desamorados que han soñado eso mismo –que nos quieran– varias veces; que lo habían entendido todo, que se habían visto traspasados por la belleza de la música… y por la elocuencia cristalina de la orquesta, algo que es mucho más difícil.

El tercer movimiento es un Scherzo que está ahí ­–digo yo– porque en las sinfonías románticas tiene que haber un scherzo. No sé si por algo más. La interpretación es dificilísima, porque casi todo es pizzicato: los músicos no tocan con el arco sino pulsando las cuerdas con el dedo, y ahí, como uno solo se despiste, pues a morir por Dios. Digamos que ese tercer movimiento es la distracción, el abandono, la vagancia de la mente. A lo mejor hasta una borrachera para no pensar. Pónganle nombre ustedes mismos.

Ah, pero el cuarto no. El cuarto y último, Allegro con fuoco, es la determinación de ser feliz. Udaeta empezó, como suele, a toda velocidad: el tema, brillante y optimista, extraído de una vieja canción rusa –Un abedul crecía–, está diciendo: voy a ser feliz y que le den morcilla al mundo. Me van a querer como yo quiero que me quieran, voy a triunfar, el sol saldrá para iluminar mi vida y no se ocultará nunca más. Algo así como el conocido "este partido lo vamos a ganar".

Y justo entonces, cuando todos estábamos ya en el Palacio de Congresos sonriendo como abedules en pleno crecimiento y llevando el compás con el pie, henchidos de fe en la felicidad… ¡No! ¡Eso es pecado! Las trompetas regresan, brutales, estridentes, y cortan de un hachazo toda esperanza, toda alegría. ¿Ya han llegado ahí? ¿Lo han oído? Bien, pues con toda probabilidad comprobarán que el director, sea quien sea, mete el tremendo clarinazo pero no pierde el compás, sigue el ritmo marcado. Pues Udaeta no. Udaeta dio la entrada a las trompetas y, en el silencio siguiente, se quedó quieto como una estatua durante segundos interminables. Y luego otra vez.

El efecto fue indescriptible. Cayó una helada negra, una helada atroz sobre el Palacio de Congresos. La rotura del ritmo, la prolongación de aquellos silencios despiadados, rencorosos, nos detuvo la sangre a todos. Qué expresividad tiene este hombre, por Dios, qué interiorización de la obra, qué conocimiento y qué fuerza. Y qué pedazo de orquesta, claro. Ese momento, el de la derrota de la esperanza a manos de la intransigencia, no lo había vivido yo jamás con tal intensidad. Aquello no era un director: aquello era Josué mandando pararse al sol, era Moisés separando las aguas, San Juan de Udaeta destazándonos el alma a todos (que era justo lo que quería Chaikovski) en una Cuarta como yo no había oído en todos los días de mi vida.

Salimos de allí arrecidos. Frío en la noche granadina, sí, pero en el corazón había una escarcha que no se templaba con nada. Es cierto que los aplausos y los bravi fueron interminables, y que a Udaeta sólo le faltó cantar el Ritorna vincitor a Granada, porque se lo comieron a besos y abrazos. Qué menos.

Pero antes de una cena por tantos motivos irrepetible (Inci fue descubierto por dos personas maravillosas, aunque eso es otra historia que aquí no cabe), yo pensaba, estremecido, que un concierto es un acto único, un milagro –cuando se produce, y ése era el caso– imposible de transmitir. Pero tenía que contárselo a ustedes. Tenía que intentar describirles, con un instrumento tan imperfecto como las palabras, aunque sólo fuesen unas gotas de aquella magia. Y no sé si lo habré conseguido. No lo sé. (El Cultiberio, 24/01/08)





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P.I. Tchaikovsky




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miércoles, 21 de enero de 2009

El valor de la libertad

Los europeos en general y la mayoría de los españoles en particular solemos mofarnos de ellos, comentar que son infantiles, pueriles, prepotentes, matones e incultos... Pero que gran lección nos están dando... Sí, me refiero al pueblo norteamericano. La mayor, la más antigua democracia del mundo, con solo 232 años de existencia... Y cuando la "política" parecía desaparecida de la faz de la tierra, la elección de un hombre, Barack Hussein Obama, como presidente de esa gran nación, nos la devuelve en toda su grandeza al primer plano del acontecer cotidiano de la humanidad... ¡Increíble!...

Oí anoche el discurso de toma de posesión de Obama, pero no tengo buen oído, y dicho sea de paso, la traducción simultánea de las cadenas de televisión que lo retransmitían en directo dejaba mucho que desear. Lo he leído esta mañana en El País (1), ya con detenimiento. Pero no voy a glosarlo. Ni tengo capacidad para ello, ni creo que mi opinión al respecto tenga mayor interés. Leo en el mismo periódico las opiniones y comentarios de relevantes personalidades que sí lo hacen. Lo comparan con los discursos de Franklin D. Roosevelt, de John F. Kennedy, de Ronald Reagan, e incluso con el memorable de Abraham Lincoln (2), no en su toma de posesión, sino en el de la inauguración del cementerio en honor de los soldados muertos en el batalla de Gettysburg (19 de noviembre de 1863) aún en plena guerra civil. O con el más próximo de Winston Churchill (3), apelando al coraje del pueblo británico para enfrentarse a la barbarie nazi, y pronunciado ante la Cámara de los Comunes el 13 de mayo de 1940...

Pero a mi me ha traido a la memoria otro histórico discurso pronunciado mucho antes, en Atenas, en una fecha indeterminada del año 430 a.C. Me refiero a la famosísima Oración Fúnebre (4) de Pericles ante la asamblea ateniense, en homenaje a los soldados muertos durante el primer año de la guerra entre Atenas y Esparta, y que el historiador ateniense Tucídides, contemporáneo de los hechos, dejó reflejada en su "Historia de la Guerra del Peloponeso" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1997)

Tómense unos minutos y hagan el esfuerzo de leer ambos discursos (los de Obama y el de Pericles). Y luego los de Lincoln y Churchill. Compárenlos. Admírenlos. Y reconozcan luego conmigo que todos ellos tienen un mismo sujeto, aunque su nombre se pronuncie con acentos distintos: la libertad, y sobre todo, el valor intrínseco de la libertad. Sean felices. Tamaragua. (HArendt)




Notas:
(1) http://www.elpais.com/articulo/internacional/Discurso/inaugural/presidente/Barack/Obama/elpepuint/20090120elpepuint_15/Tes (Texto original en inglés)
(2) http://es.wikipedia.org/wiki/Discurso_de_Gettysburg
(3) http://www.profes.net/rep_documentos/Propuestas_Bachillerato/La_Segunda_Guerra_Mundial.pdf
(4) http://es.wikipedia.org/wiki/Discurso_f%C3%BAnebre_de_Pericles


Fotos:
(1) El presidente Barack Obama pronunciando su discurso de toma de posesión, en:
http://www.diariolasamericas.com/uploaded_pictures/70488_1.jpg
(2) Busto de Pericles,en:
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/4/4b/Pericles_Pio-Clementino_Inv269_n2.jpg/395px-Pericles_Pio-Clementino_Inv269_n2.jpg





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El presidente Barack H. Obama




"Queridos conciudadanos:

Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.

Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.

Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.

Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.

Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.

Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.

Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.

Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.

Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.

Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.

Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.

Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.

A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.

Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.

Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.

Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.

Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía. Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto. Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.

Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:

"Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente".

América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras. Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América. (Discurso de toma de posesión de Barack Hussein Obama como presidente de los Estados Unidos de América, 20 de enero de 2009)





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Busto de Pericles




“Ciudadanos:

La mayoría de los que aquí han hablado anteriormente elogian al que añadió a la costumbre el que se pronunciara públicamente este discurso, como algo hermoso en honor de los enterrados a consecuencia de las guerras. Aunque lo que a mí me parecería suficiente es que, ya que llegaron a ser de hecho hombres valientes, también de hecho se patentizara su fama como ahora mismo ven en torno a este túmulo que públicamente se les ha preparado; y no que las virtudes de muchos corran el peligro de ser creídas según que un solo hombre hable bien o menos bien. Pues es difícil hablar con exactitud en momentos en los que difícilmente está segura incluso la apreciación de la verdad. Pues el oyente que ha conocido los hechos y es benévolo, pensará quizá que la exposición se queda corta respecto a lo que él quiere y sabe; en cambio quien no los conoce pensará, por envidia, que se está exagerando, si oye algo que está por encima de su propia naturaleza. Pues los elogios pronunciados sobre los demás se toleran sólo hasta el punto en que cada cual también cree ser capaz de realizar algo de las cosas que oyó; y a lo que por encima de ellos sobrepasa, sintiendo ya envidia, no le dan crédito. Mas, puesto que a los antiguos les pareció que ello estaba bien, es preciso que también yo, siguiendo la ley, intente satisfacer lo más posible el deseo y la expectación de cada uno de vosotros.

Comenzaré por los antepasados, lo primero; pues es justo y al mismo tiempo conveniente que en estos momentos se les conceda a ellos esta honra de su recuerdo. Pues habitaron siempre este país en la sucesión de las generaciones hasta hoy, y libre nos lo entregaron gracias a su valor. Dignos son de elogio aquéllos, y mucho más lo son nuestros propios padres, pues adquiriendo no sin esfuerzo, además de lo que recibieron, cuanto imperio tenemos, nos lo dejaron a nosotros, los de hoy en día. Y nosotros, los mismos que aún vivimos y estamos en plena edad madura, en su mayor parte lo hemos engrandecido, y hemos convertido nuestra ciudad en la más autárquica, tanto en lo referente a la guerra como a la paz. De estas cosas pasaré por alto los hechos de guerra con los que se adquirió cada cosa, o si nosotros mismos o nuestros padres rechazamos al enemigo, bárbaro o griego, que valerosamente atacaba, por no querer extenderme ante quienes ya lo conocen. En cambio, tras haber expuesto primero desde qué modo de ser llegamos a ellos, y con qué régimen político y a partir de qué caracteres personales se hizo grande, pasaré también, luego al elogio de los muertos, considerando que en el momento presente no sería inoportuno que esto se dijera, y es conveniente que lo oiga toda esta asamblea de ciudadanos y extranjeros.

Tenemos un régimen político que no se propone como modelo las leyes de los vecinos, sino que más bien es él modelo para otros. Y su nombre, como las cosas dependen no de una minoría, sino de la mayoría, es Democracia. A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos en los conflictos privados, mientras que para los honores, si se hace distinción en algún campo, no es la pertenencia a una categoría, sino el mérito lo que hace acceder a ellos; a la inversa, la pobreza no tiene como efecto que un hombre, siendo capaz de rendir servicio al Estado, se vea impedido de hacerlo por la oscuridad de su condición. Gobernamos liberalmente lo relativo a la comunidad, y respecto a la suspicacia recíproca referente a las cuestiones de cada día, ni sentimos envidia del vecino si hace algo por placer, ni añadimos nuevas molestias, que aun no siendo penosas son lamentables de ver. Y al tratar los asuntos privados sin molestarnos, tampoco transgredimos los asuntos públicos, más que nada por miedo, y por obediencia a los que en cada ocasión desempeñan cargos públicos y a las leyes, y de entre ellas sobre todo a las que están dadas en pro de los injustamente tratados, y a cuantas por ser leyes no escritas comportan una vergüenza reconocida.

Y también nos hemos procurado frecuentes descansos para nuestro espíritu, sirviéndonos de certámenes y sacrificios celebrados a lo largo del año, y de decorosas casas particulares cuyo disfrute diario aleja las penas. Y a causa de su grandeza entran en nuestra ciudad toda clase de productos desde toda la tierra, y nos acontece que disfrutamos los bienes que aquí se producen para deleite propio, no menos que los bienes de los demás hombres.

Y también sobresalimos en los preparativos de las cosas de la guerra por lo siguiente: mantenemos nuestra ciudad abierta y nunca se da el que impidamos a nadie (expulsando a los extranjeros) que pregunte o contemple algo —al menos que se trate de algo que de no estar oculto pudiera un enemigo sacar provecho al verlo—, porque confiamos no más en los preparativos y estratagemas que en nuestro propio buen ánimo a la hora de actuar. Y respecto a la educación, éstos, cuando todavía son niños, practican con un esforzado entrenamiento el valor propio de adultos, mientras que nosotros vivimos plácidamente y no por ello nos enfrentamos menos a parejos peligros. Aquí está la prueba: los lacedemonios nunca vienen a nuestro territorio por sí solos, sino en compañía de todos sus aliados; en cambio nosotros, cuando atacamos el territorio de los vecinos, vencemos con facilidad en tierra extranjera la mayoría de las veces, y eso que son gentes que se defienden por sus propiedades. Y contra todas nuestras fuerzas reunidas ningún enemigo se enfrentó todavía, a causa tanto de la preparación de nuestra flota como de que enviamos a algunos de nosotros mismos a puntos diversos por tierra. Y si ellos se enfrentan en algún sitio con una parte de los nuestros, si vencen se jactan de haber rechazado unos pocos a todos los nuestros, y si son vencidos, haberlo sido por la totalidad. Así pues, si con una cierta indolencia más que con el continuo entrenarse en penalidades, y no con leyes más que con costumbres de valor queremos correr los riesgos, ocurre que no sufrimos de antemano con los dolores venideros, y aparecemos llegando a lo mismo y con no menos arrojo que quienes siempre están ejercitándose. Por todo ello la ciudad es digna de admiración y aun por otros motivos.

Pues amamos la belleza con economía y amamos la sabiduría sin blandicie, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia de palabra. Y el reconocer que se es pobre no es vergüenza para nadie, sino que el no huirlo de hecho, eso sí que es más vergonzoso. Arraigada está en ellos la preocupación de los asuntos privados y también de los públicos; y estas gentes, dedicadas a otras actividades, entienden no menos de los asuntos públicos. Somos los únicos, en efecto, que consideramos al que no participa de estas cosas, no ya un tranquilo, sino un inútil, y nosotros mismos, o bien emitimos nuestro propio juicio, o bien deliberamos rectamente sobre los asuntos públicos, sin considerar las palabras un perjuicio para la acción, sino el no aprender de antemano mediante la palabra antes de pasar de hecho a ejecutar lo que es preciso. Pues también poseemos ventajosamente esto: el ser atrevidos y deliberar especialmente sobre lo que vamos a emprender; en cambio en los otros la ignorancia les da temeridad y la reflexión les implica demora. Podrían ser considerados justamente los de mejor ánimo aquellos que conocen exactamente lo agradable y lo terrible y no por ello se apartan de los peligros. Y en lo que concierne a la virtud nos distinguimos de la mayoría, pues nos procuramos a los amigos, no recibiendo favores sino haciéndolos. Y es que el que otorga el favor es un amigo más seguro para mantener la amistad que le debe aquel a quien se lo hizo, pues el que lo debe es en cambio más débil, ya que sabe que devolverá el favor no gratuitamente sino como si fuera una deuda. Y somos los únicos que sin angustiarnos procuramos a alguien beneficios no tanto por el cálculo del momento oportuno como por la confianza en nuestra libertad.

Resumiendo, afirmo que la ciudad toda es escuela de Grecia, y me parece que cada ciudadano de entre nosotros podría procurarse en los más variados aspectos una vida completísima con la mayor flexibilidad y encanto. Y que estas cosas no son jactancia retórica del momento actual sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío de la ciudad, el cual hemos conseguido a partir de este carácter. Efectivamente, es la única ciudad de las actuales que acude a una prueba mayor que su fama, y la única que no provoca en el enemigo que la ataca indignación por lo que sufre, ni reproches en los súbditos, en la idea de que no son gobernados por gentes dignas. Y al habernos procurado un poderío con pruebas más que evidentes y no sin testigos, daremos ocasión de ser admirados a los hombres de ahora y a los venideros, sin necesitar para nada el elogio de Homero ni de ningún otro que nos deleitará de momento con palabras halagadoras, aunque la verdad irá a desmentir su concepción de los hechos; sino que tras haber obligado a todas las tierras y mares a ser accesibles a nuestro arrojo, por todas partes hemos contribuido a fundar recuerdos imperecederos para bien o para mal. Así pues, éstos, considerando justo no ser privados de una tal ciudad, lucharon y murieron noblemente, y es natural que cualquiera de los supervivientes quiera esforzarse en su defensa.

Esta es la razón por la que me he extendido en lo referente a la ciudad enseñándoles que no disputamos por lo mismo nosotros y quienes no poseen nada de todo esto, y dejando en claro al mismo tiempo con pruebas ejemplares el público elogio sobre quienes ahora hablo. Y de él ya está dicha la parte más importante. Pues las virtudes que en la ciudad he elogiado no son otras que aquellas con que las han adornado estos hombres y otros semejantes, y no son muchos los griegos cuya fama, como la de éstos, sea pareja a lo que hicieron. Y me parece que pone de manifiesto la valía de un hombre, el desenlace que éstos ahora han tenido, al principio sólo mediante indicios, pero luego confirmándola al final. Pues es justo que a quienes son inferiores en otros aspectos se les valore en primer lugar su valentía en defensa de la patria, ya que borrando con lo bueno lo malo reportaron mayor beneficio a la comunidad que lo que la perjudicaron como simples particulares. Y de ellos ninguno flojeó por anteponer el disfrute continuado de la riqueza, ni demoró el peligro por la esperanza de que escapando algún día de su pobreza podría enriquecerse. Por el contrario, consideraron más deseable que todo esto el castigo de los enemigos, y estimando además que éste era el más bello de los riesgos decidieron con él vengar a los enemigos, optando por los peligros, confiando a la esperanza lo incierto de su éxito, estimando digno tener confianza en sí mismos de hecho ante lo que ya tenían ante su vista. Y en ese momento consideraron en más el defenderse y sufrir, que ceder y salvarse; evitaron una fama vergonzosa, y aguantaron el peligro de la acción al precio de sus vidas, y en breve instante de su Fortuna, en el esplendor mismo de su fama más que de su miedo, fenecieron.

Y así éstos, tales resultaron, de modo en verdad digno a su ciudad. Y preciso es que el resto pidan tener una decisión más firme y no se den por satisfechos de tenerla más cobarde ante los enemigos, viendo su utilidad no sólo de palabra, cosa que cualquiera podría tratar in extenso ante ustedes, que la conocéis igual de bien, mencionando cuántos beneficios hay en vengarse de los enemigos; antes por el contrario, contemplando de hecho cada día el poderío de la ciudad y enamorándose de él, y cuando les parezca que es inmenso, piensen que todo ello lo adquirieron unos hombres osados y que conocían su deber, y que actuaron con pundonor en el momento de la acción; y que si fracasaban al intentar algo no se creían con derecho a privar a la ciudad de su innata audacia, por lo que le brindaron su más bello tributo: dieron, en efecto, su vida por la comunidad, cosechando en particular una alabanza imperecedera y la más célebre tumba: no sólo el lugar en que yacen, sino aquella otra en la que por siempre les sobrevive su gloria en cualquier ocasión que se presente, de dicho o de hecho. Porque de los hombres ilustres tumba es la tierra toda, y no sólo la señala una inscripción sepulcral en su ciudad, sino que incluso en los países extraños pervive el recuerdo que, aun no escrito, está grabado en el alma de cada uno más que en algo material. Imiten ahora a ellos, y considerando que su libertad es su felicidad y su valor su libertad, no se angustien en exceso sobre los peligros de la guerra. Pues no sería justo que escatimaran menos sus vidas los desafortunados (ya que no tienen esperanzas de ventura), sino aquellos otros para quienes hay el peligro de sufrir en su vida un cambio a peor, en cuyo caso sobre todo serían mayores las diferencias si en algo fracasaran. Pues, al menos para un hombre que tenga dignidad, es más doloroso sufrir un daño por propia cobardía que, estando en pleno vigor y lleno de esperanza común, la muerte que llega sin sentirse.

Por esto precisamente no compadezco a ustedes, los padres de estos de ahora que aquí están presentes, sino que más bien voy a consolarles. Pues ellos saben que han sido educados en las más diversas experiencias. Y la felicidad es haber alcanzado, como éstos, la muerte más honrosa, o el más honroso dolor como ustedes y como aquellos a quienes la vida les calculó por igual el ser feliz y el morir. Y que es difícil convencerles de ello lo sé, pues tendrán múltiples ocasiones de acordarse de ellos en momentos de alegría para otros, como los que antaño también eran su orgullo. Pues la pena no nace de verse privado uno de aquellas cosas buenas que uno no ha probado, sino cuando se ve despojado de algo a lo que estaba acostumbrado. Preciso es tener confianza en la esperanza de nuevos hijos, los que aún están en edad, pues los nuevos que nazcan ayudarán en el plano familiar a acordarse menos de los que ya no viven, y será útil para la ciudad por dos motivos: por no quedar despoblada y por una cuestión de seguridad. Pues no es posible que tomen decisiones equitativas y justas quienes no exponen a sus hijos a que corran peligro como los demás. Y a su vez, cuantos han pasado ya la madurez, consideren su mayor ganancia la época de su vida en que fueron felices, y que ésta presente será breve, y alíviense con la gloria de ellos. Porque las ansias de honores es lo único que no envejece, y en la etapa de la vida menos útil no es el acumular riquezas, como dicen algunos, lo que más agrada, sino el recibir honores.

Por otra parte, para los hijos o hermanos de éstos que aquí están presentes veo una dura prueba (pues a quien ha muerto todo el mundo suele elogiar) y a duras penas podrían ser considerados, en un exceso de virtud por su parte, no digo iguales sino ligeramente inferiores. Pues para los vivos queda la envidia ante sus adversarios, en cambio lo que no está ante nosotros es honrado con una benevolencia que no tiene rivalidad. Y si debo tener un recuerdo de la virtud de las mujeres que ahora quedarán viudas, lo expresaré todo con una breve indicación. Para ustedes será una gran fama el no ser inferiores a vuestra natural condición, y que entre los hombres se hable lo menos posible de ustedes, sea en tono de elogio o de crítica.

He pronunciado también yo en este discurso, según la costumbre, cuanto era conveniente, y los ahora enterrados han recibido ya de hecho en parte sus honras; a su vez la ciudad va a criar a expensas públicas a sus hijos hasta la juventud, ofreciendo una útil corona a éstos y a los supervivientes de estos combates. Pues es entre quienes disponen de premios mayores a la virtud donde se dan ciudadanos más nobles. Y ahora, después de haber concluido los lamentos fúnebres, cada cual en honor de los suyos, márchense”. (Discurso de Pericles a la asamblea ateniense, en el 430 a.C.)





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