jueves, 3 de septiembre de 2009

Adriano, por Yourcenar

Salvo excepciones, que haberlas, haylas, no me gusta prestar mis libros. Soy de los que piensan que es tristemente real ese pareado que reza: "libro prestado, libro amortizado", así que prefiero regalarlos, sin desprenderme del mio... Hace unos meses me llegó por correo un libro que había prestado a un antiguo compañero de trabajo, jubilado hace ya mucho tiempo, hacía al menos quince años. Me lo devolvía con una nota pidiéndome disculpas por su tardanza en hacerlo. Confieso que sabía que lo había prestado, pero ni recordaba a quién. Lo había vuelto a comprar, y no una, sino varias veces.

Ese libro, uno de los más hermosos que yo he leído nunca es, sin duda alguna, "Memorias de Adriano" (Edhasa, Barcelona, 1983) de la novelista franco-belga Marguerite Yourcenar (1903-1987). Un texto bellísimo, al menos en el castellano de la traducción de Julio Cortazar, que es la que yo conozco. Es también uno de los libros que más veces he regalado a aquellos que considero mis amigos, en la confianza de que sabrían apreciarlo. No siempre ha sido así, pues no es un libro que atraiga de entrada: ¿a quién puede interesar la reflexión que al final de su vida, un emperador envejecido hace por carta a quién años después le sucederá al frente de Roma (Marco Aurelio) sobre lo que ha sido su vida y su reinado?... A mucha gente, se lo aseguro, que conserve intacta la ilusión de la buena literatura.

De Yourcenar he leído también "Opus Nigrum" y "Alexis o el tratado del inútil combate". Y la biografía, excelente, que sobre ella escribió Josyane Savigneau: "Marguerite Yourcenar: La invención de una vida" (Alfaguara, Madrid, 1992). Pero ni punto de comparación con "Memorias de Adriano".

En El País del pasado 31 de agosto, José Manuel Fajardo firmaba un bello artículo sobre la tierra flamenca, a caballo entre Francia y Bélgica, que vio nacer y crecer a Marguerite Yourcenar. Leyéndolo, me dio por recodar la anécdota de la recuperación de ese libro suyo que ya creía perdido, pero también me vinieron al recuerdo los largos paseos que en mi último viaje a Roma, hace ya tres años, diera por la que fuera la última residencia del emperador Adriano, "su casa", Villa Adriana, en la actual Tívoli, a una veintena de kilómetros al nordeste de la capital italiana, tan retratada en la novela que comento. Anímense a leerla; seguro que les encantará. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)







La novelista Marguerite Yourcenar




"A LA SOMBRA DE YOURCENAR", por José Manuel Fajardo
EL PAÍS - 31-08-2009

Montes de Flandes es sin duda un nombre exagerado porque las colinas a las que se refiere, situadas en la frontera entre Francia y Bélgica, son unas ondulaciones del terreno de apenas 200 metros de altura. Sin embargo, el rigor horizontal de la gran planicie flamenca sobre la que se alzan las vuelve excepcionales. Sólo las torres de las iglesias compiten con ellas en la disputa por el título de montaña, como ironizaba el cantante Jacques Brel.

Uno de estos montes, el Mont Noir, así llamado por la abundancia de pinos negros que oscurecen su cima, debe su discreto renombre a dos hechos bien opuestos: ser paraíso de compras de tabaco y bebidas alcohólicas durante los fines de semana, y haber albergado la residencia familiar de la gran escritora Marguerite Yourcenar, autora de Memorias de Adriano.

El pueblo que corona la colina parece sacado de un relato de ciencia-ficción en el cual el tiempo se hubiera detenido. En pleno espacio Schengen, en medio de la Europa sin fronteras, la carretera-calle en torno a la cual se reú-nen los pocos edificios que componen el pueblo traza una especie de frontera perdida. En ella no hay más que restaurantes, bodegas, estancos y tiendas de souvenirs, y cada fin de semana su calma de decorado de película de Far West se rompe con el bullicio de automóviles y peatones. Una acera es territorio belga, la otra, francés. Y el espacio único europeo, logrado por la política, recupera sus diferencias gracias a los impuestos. Las menores tasas aplicadas por las autoridades belgas a las bebidas alcohólicas y al tabaco propicia ese semanal regreso de un pasado de vida fronteriza.

A menos de un kilómetro del happening comercial, Mont Noir ofrece su otra cara casi secreta: las ocho hectáreas del parque departamental Marguerite Yourcenar, una zona boscosa en la que abundan robles, hayas y castaños, que desciende entre pequeñas vaguadas hacia las planicies de las villas de Bailleul y de Saint Jans-Cappel. En pleno parque está el antiguo pabellón de los guardianes del château que fuera residencia de verano de la familia Yourcenar, el único edificio del conjunto arquitectónico que sobrevivió a los terribles bombardeos de la I Guerra Mundial que asolaron la zona.

Porque la serena planicie y las amables lomas de los montes flamencos esconden un pasado atroz: haber sido escenario de terribles batallas desde los tiempos en que los tercios españoles luchaban en las guerras de religiones. Sus campos están moteados de pequeños cementerios que acogen los cuerpos de miles de soldados aliados muertos en las dos guerras mundiales, uno de los cuales se halla en el mismo parque de Mont Noir.

Marguerite Yourcenar describió el horror de aquella guerra que vivió de niña, pero es sobre todo la evocación de los descubrimientos de sus veranos infantiles lo que ha dado un lugar a Mont Noir en su obra. "Allí aprendí a disfrutar de todo aquello que aún hoy sigo amando", afirmó, "la hierba y las flores silvestres que crecen en ella, los huertos, los árboles, los bosques de abetos, los caballos y vacas en las praderas. (...) Aunque el francés ha sido mi instrumento como escritora, no puedo verme sin Flandes, sin el lugar en el que por primera vez me vi confrontada a la pureza y a la fuerza de los elementos".

Como si la propia tierra hubiera aprendido, gracias a la autora, la terrible lección de su pasado de división y violencia, Mont Noir y toda la región del Flandes francés se han convertido durante los últimos 20 años en punto de encuentro cultural, un rincón de intenso activismo literario europeísta. El pabellón de la antigua residencia Yourcenar, en cuyos hermosos locales se organizan también festivales y debates culturales, alberga una residencia de escritores por la que han pasado en los últimos 12 años más de un centenar de autores. Y el que durante años fuera director de la Residencia, Guy Fontaine, ha dado continuidad a ese activismo a través de la Asociación Lettres Européennes, que agrupa autores de todo el continente y se esfuerza en introducir la enseñanza de la Literatura Europea en los sistemas educativos, como herramienta pedagógica en la formación de la mentalidad de los ciudadanos de la Unión. Cultura y naturaleza, a la sombra de Marguerite Yourcenar.






Mont Noir, la casa de Yourcenar en Flandes




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Nota:

Este comentario se publica simultáneamente en El País:
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y la Cadena Ser:
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La versión definitiva del mismo puede leerse en:
http://harendt.blogspot.com





Villa Adriana, Tívoli




Entrada núm. 1219
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)

martes, 1 de septiembre de 2009

Falsos mitos

Hay mitos y mitos. Destruir los falsos mitos, los que se construyen sobre datos erróneos, tergiversados, mal intepretados o lisa y llanamente inventados o prefabricados con alevosía y premeditación es labor primordial de los historiadores.

Entre mis libros de cabecera hay uno, "Lecciones sobre la filosofía de la historia universal", de G.W.F. Hegel (1770-1831), al que le profeso especial estima. Lo tengo en dos ediciones, una de la Biblioteca Universal-Círculo de Lectores y otra de Alianza Universidad (Madrid, 1980).

Es en esta última en la que figura un extenso y clarificador prólogo del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) en el que hay una frase que contrapone la labor del "filósofo" a la del "historiador". No me me resisto a reseñarla: "Tener 'ideas' es cosa para los filósofos. El historiador debe huir de ellas. La idea histórica es la certificación de un hecho o la comprensión de su influjo sobre otros hechos. Nada más, nada menos".

Hoy, uno de septiembre, se cumplen 70 años justos de la entrada de los ejércitos alemanes en Polonia, y con ello del inicio de la II Guerra Mundial. El historiador Ángel Viñas dedica hoy en El País a la efemérides un documentado artículo titulado "Un tiempo de sangre y fuego" en el que desmonta algunos falsos mitos, entre ellos, el existente sobre el pacto Stalin-Hitler que para algunos fue el paso previo necesario para la invasión, pero también sobre otros antecedentes que tuvieron como escenario la guerra civil española de 1936-1939.

Espero que les resulte interesante. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos.
(HArendt)




El historiador Ángel Viñas




"UN TIEMPO DE SANGRE Y FUEGO", por Ángel Viñas
EL PAÍS - Opinión - 01-09-2009

Los mitos siguen impidiendo analizar por qué Stalin pactó con Hitler y se inició hace 70 años la II Guerra Mundial. Los republicanos españoles acertaron: lo que pasó aquí fue el preludio de lo que sucedió en Europa.

El 1 de septiembre de 1939 es la fecha convencional del estallido del segundo conflicto mundial cuando las tropas alemanas invadieron Polonia. Y, 48 horas más tarde, Reino Unido y Francia declararon la guerra al Tercer Reich. El mundo en que vivimos es tributario de las repercusiones de la época que entonces dio comienzo.

En términos numéricos la historiografía sobre la II Guerra Mundial ha sobrepasado la generada por uno de los conflictos que le precedieron, el español, pero todavía subsisten autores que disminuyen la relación entre una y otro. Suelen ubicarse entre quienes defienden la racionalidad de la política de apaciguamiento de los dictadores fascistas que impulsó uno de los más desastrosos políticos británicos del siglo XX, Neville Chamberlain, o entre quienes sobreenfatizan el trastocamiento de frentes que se produjo en la escena europea en comparación con la española.

La diferencia sustancial suele ligarse en el último caso al cambio de alineación de la Unión Soviética, que pasó de oponente de la expansión fascista a presunta promotora del pacto Molotov-Ribbentrop del 23 de agosto de 1939. Éste, innegablemente, permitió a Stalin mantenerse al margen de lo que no tardó en caracterizar, de forma mendaz y camelista, como guerra intra-imperialista.

Se trata de una explicación favorecida por los historiadores franquistas y neofranquistas, empeñados en presentar ayer y hoy el conflicto español como una pugna grandiosa contra el comunismo. Tal interpretación se mantuvo del principio al fin y la propagaron policías, soldados, clérigos, periodistas y académicos complacientes. Fue la pieza esencial para defender la contribución de Franco a la defensa del mundo libre durante la guerra fría. Un centinela de Occidente. El primero y más preclaro.

Es labor del historiador sustituir el mito por el dato, la construcción político-ideológica por la reconstrucción documental. En los archivos que han ido abriéndose en los últimos años surgen evidencias que permiten contrastar aquellos planteamientos.

Investigadores ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses e italianos, entre otros, han analizado la génesis del pacto Molotov-Ribbentrop. No respondió a un proyecto oculto que el Kremlin hubiese acariciado mientras los españoles se entremataban. Fue el resultado de una valoración muy fría de Stalin en tres circunstancias precisas: a) La profunda suspicacia ante el comportamiento de Chamberlain unida al desencanto por el fracaso del apoyo a la República dada la timidez de las potencias democráticas en generar una respuesta robusta a la expansión fascista. b) La renuencia de Londres y París en llegar a un acuerdo de defensa mutua, nuevo objetivo tras el mero fortalecimiento de la política de seguridad colectiva, hundida después de los acuerdos de Múnich en septiembre de 1938. c) Los intensos esfuerzos nazis de seducción del Kremlin para llegar a un acuerdo, primero en el plano económico y comercial pero desde julio de 1939 también en el plano político y de seguridad.

Dado que sus espías tenían al corriente a Stalin de las reflexiones que iban desarrollándose en Alemania para conseguir su neutralidad ante el ataque contra Polonia, en un rasgo de supremo jugador oportunista optó por aproximarse a Hitler y echar por la borda la estrategia que había seguido durante los cinco años precedentes. La mutación produjo una conmoción inmensa en los partidos comunistas nacionales. Muchos de los españoles no la soportaron. En Francia los comunistas fueron objeto de una colérica persecución, que también afectó a los exiliados republicanos.

El resultado, desde el punto de vista de los inmediatos intereses soviéticos, fue espectacular: dividida la Europa oriental en zonas de influencia respectivas a tenor de lo previsto en dos protocolos secretos (el primero anejo al pacto), los rusos invadieron Polonia y no tardaron en extender su incipiente glacis imperial también a los países bálticos, algo que estos nuevos miembros de la UE no han olvidado. Les costó sudor y lágrimas, eso sí, vencer la tenaz resistencia finlandesa. Al avanzar sus fronteras hacia el oeste, en teoría, aunque no en la práctica, la URSS hubiera debido estar en mejores condiciones para hacer frente a la máquina de guerra nazi. Stalin no las aprovechó. Dos años después la Wehrmacht lo comprobaría.

¿Y desde el punto de vista opuesto? La versión convencional afirma que fue el pacto Molotov-Ribbentrop la clave que hizo posible la agresión alemana y, por ende, el conflicto que el apaciguamiento había tratado de evitar. Sin embargo, la decisión de Hitler de atacar Polonia estaba tomada en firme. El pacto con Stalin cumplió no sólo funciones externas sino también internas. Dos fueron fundamentales: a) Tranquilizar a los sectores todavía no suficientemente nazificados. b) Asegurar el suministro ininterrumpido de materias primas, pues la hambrienta economía alemana no aguantaría sin ellas el ritmo de rearme dado el estrangulamiento exterior. Lo que dio el tono fue que Hitler temía que la ecuación estratégica terminaría tornándose en contra suya si esperaba. Contaba con que las potencias democráticas no hicieran efectiva sus garantías a Polonia, pero incluso cuando fue acumulándose la evidencia de que tal no sería el caso no se echó para atrás.

Quienes tuvieron razón fueron los republicanos españoles. Desde principios de septiembre de 1936, cuando confirmaron que de los triunfos militares de Franco eran partícipes las potencias fascistas, no se cansaron de subrayar que lo que pasaba en España era el preludio de lo que tarde o temprano terminaría ocurriendo en Europa. No era propaganda. Fue una valoración genuinamente sentida por la mayor parte de quienes conocían las realidades internacionales de la época, ya fuesen políticos, funcionarios o dirigentes de partidos. Nunca tuvieron éxito. Como señaló Orwell, los escenarios que la izquierda británica aclaraba en panfletos de tres peniques no penetraron en la conciencia de los decisores últimos de las potencias democráticas y, en particular, de Chamberlain y su guardia pretoriana. Las voces discrepantes, que hubo y muchas, tampoco lograron nada. Ni las dimisiones, a veces sonadas.

El caso francés fue igualmente emblemático. Hace ya años que Duroselle acuñó el concepto de "decadencia" para caracterizar su política exterior y de seguridad. El temor ante y la fascinación por el fascismo corroyeron la capacidad de decisión autónoma, debidamente trabajada por los británicos. Uno de los más nefastos políticos de la época, Georges Bonnet, ilustra hasta qué punto vivir en dependencia se había convertido en el destino de Francia.

Sólo los republicanos, abandonados a su suerte, hicieron ver que la contención del fascismo no era del todo imposible. Cinco meses después de que la época de sangre y fuego individualizada llegara a la inevitable conclusión a que la condujo en España la no intervención, para empezar otra más solapada bajo la Victoria, tocó el turno a franceses y británicos. Sus estrategias fueron un fracaso total. No se doma a un tigre hambriento por el mero hecho de echarle carnaza.

Nada de lo que los historiadores han ido desentrañando ha impedido que continúe la manipulación del pasado. Las conveniencias del presente se imponen en el mundo político e ideológico cuando no mediático. El pacto Molotov-Ribbentrop es un ejemplo. La Guerra Civil española otro. Hay que penetrar en lo que hubo detrás de los hechos y derribar los mitos.

Un historiador británico, Adam Tooze, se ha "cargado" algunos de los relacionados con el Tercer Reich y su conducción de la guerra. No es otro el destino que aguarda a las interpretaciones neo-franquistas sobre el conflicto español. En el plano científico está en juego cómo en el futuro deberá presentarse una historia que sigue manipulándose. En el plano ético el antecedente de los valores democráticos, entonces ahogados con sangre y fuego. Y en el ámbito metapolítico la determinación de cuál sea la experiencia colectiva con que cabe entroncar los orígenes de nuestra democracia. No fue la franquista.





1/9/1939: Tropas alemanas entran en Polonia




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Nota:

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Entrada núm. 1218
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